Capítulo 13 #5
—No me preocupo… Hayden —Tracie intentó acomodar el escote de su vestido; la camisola interior asomaba por el borde y sentía los senos pesados del deseo insatisfecho—.
La última persona que querrá que algo así se sepa es tu tía.
Ha dejado siempre bien en claro que los nobles no deben mezclarse con burgueses, ¡menos con burgueses americanos!
, y que, si existen excepciones, esas no se dan en la baronía de Sheffield.
Que Lady Honora nos haya descubierto es lo más parecido a que nadie lo haya hecho.
—Ya…
—Deberías estar tranquilo.
—Lo estoy.
—Luces como si te hubieras tragado un insecto. ¿Es porque te llamé Hayden? Puedo volver a tratarlo de lord, milord, si así le apetece, pero me dio la sensación de que, como usted me llamaba Tracie, yo podía…
—Puedes llamarme Hayden… en privado.
—Claro, en privado. Como los besos o como sus deslices ebrios o como sus imitaciones del ex primer ministro o como…
—¡Tracie! —gruñó Hayden con un deseo irrefrenable de volver a besarla—. Regresemos al salón, ¿sí? Es evidente que lo último que quieres es verte forzada por las buenas formas a ser baronesa.
—¡Sería terrible!
—Ya ves, esto ha sido un error.
—Un error que los dos olvidaremos por el bien de todos. Además, te recuerdo que no he dejado de odiarte. Aún no has pedido perdón…
—Bajo la lluvia, dejaste muy en claro que la lluvia era una condición innegociable.
—Exacto. Así que volveremos al salón, tú dejarás de ser un déspota con tus invitados, yo volveré a mi labor de odiarte y todos seremos felizmente infelices.
—Que así sea.
Caminaron de regreso. Cada zancada de él ameritaba un pequeño trote de ella.
A Hayden el plan de fingir que nada había sucedido le supo a hiel, pero no podía obligar a Tracie a casarse con él. Pese a lo que la muchacha pensaba, no era tan déspota. No siempre se salía con la suya.
Joder. Ya quisiera. Ya quisiera poder romper con todo, coger a Tracie en brazos, dejar a sus invitados de plantón y huir con ella a Escocia, hacerla su esposa, su amante, y saciarse de su sabor por siempre jamás.
En cambio, se acomodó el corbatín, entró al salón por uno de los grandes ventanales, mientras que Tracie lo hacía por las puertas acristaladas y…
Y todas las miradas se posaron en ellos.
El silencio fue pesado, solo una voz se oía por sobre el escaso ruido ambiental. La de su tía Honora.
—¡Ay, Melissa! No sé cómo disculparme por el comportamiento atroz de mi sobrino.
¡Todo el mundo sabe que la señorita Tracie Plageman es un sol!
, la inocencia hecha persona. ¡Es lo que todo hombre de bien desearía como esposa!
Ella no ha hecho nada incorrecto, claro que no, ha sido mi sobrino…
—Honora blandía el abanico y fingía no darse cuenta de que todos los ojos y oídos estaban en ella.
—Milady, por favor —clamó Melissa. La mujer buscó a su hija con pavor. Tracie estaba blanca como el papel.
¿Qué demonios hacía Lady Honora?
Hayden, en cambio, sabía muy bien qué hacía su tía. Demasiado bien. Lo empujaba a casarse con Tracie y no solo eso, a asumir toda la responsabilidad del asunto, porque esa era la mejor forma de hacerlo.
La reputación de Tracie estaría intacta, sería aceptada como baronesa por su intachable conducta. Él… él podía con el peso del juicio social.
Lo que no entendía era por qué. Bien podría haber cerrado el pico y fingir que nada había sucedido. Tracie estaba en lo cierto, Honora había expresado hasta el cansancio lo que pensaba de los matrimonios mixtos. ¿Qué la había hecho cambiar de parecer?
Se acercó a ella, hizo una reverencia a Melissa y, como nunca, sintió un profundo pudor ante su futura suegra.
—Señora Plageman, ¿sería tan amable de acompañarme a mi despacho para compartir unas palabras?
—Tracie…
—No creo que Tracie tenga que asistir —intervino Honora, cogiendo a Tracie en brazos como si fuera una generosa abuela que apaña a su nieta—, esta noche ha sido muy convulso para ella.
Una joven de su inocencia, dulzura y pureza no tiene por qué escuchar esas cosas horribles y aburridas de cómo se llevan a cabo los matrimonios.
Los murmullos empezaron a elevarse a su alrededor.
Tracie miró a los presentes, buscó en ellos el juicio que estaba segura de hallar; sin embargo, encontró algo muy distinto.
Los invitados se mostraban cautelosos, nadie quería ofender a la próxima baronesa de Sheffield.
El único que no parecía compartir ese humor era el señor Edmund Clarke, quien parecía estar furioso.
¿Acaso sí la había amado?, ¿o era otra la emoción que lo inundaba?
Tracie no pudo arribar a una conclusión, aún estaba aturdida por la actitud de Lady Honora.
—Claro, milord, hablemos —accedió Melissa, no sin sisear—, pero no tendrá su respuesta definitiva hasta que hable con mi hija.
—Lo entiendo —respondió él como un eximio ventrílocuo—. Tía, lleva a mi…
—Prometida. A tu prometida, querido, sí. ¿Dónde quieres que lleve a tu prometida?
—Al salón de la baronesa, allí podrá estar cómoda. Lady Joyce… —Hayden buscó a la hermana del vizconde—, ¿sería tan amable de acompañarla?
—Eso, Lady Joyce —insistió Lady Honora—, acompaña a la prometida de mi sobrino al salón de la baronesa. Se va a sentir como en casa. Muy atinado de tu parte, sobrino, muy considerado con el dulce carácter de la señorita Plageman. Vengan, vengan…
Joyce se acercó casi corriendo y escoltó a Tracie lejos de las miradas. Hayden se alejó con Melissa y Brett. Una vez que los seis desaparecieron en la planta alta, el murmullo se volvió ensordecedor.