Capítulo 13 #4
Tracie no consiguió reaccionar. Eran demasiadas cosas a la vez: la pérdida del temple por parte del barón, su nombre de pila en los labios masculinos y esa forma de mirarla que parecía querer atravesarla.
—Yo no… —empezó a decir; quería responder que era una injusticia que la culpabilizara a ella por sus acciones, pero no terminó la frase.
Hayden la cogió de la cintura, como había hecho durante el vals, y la pegó a su cuerpo. Tracie no supo si agradecer o maldecir su torpeza, porque, al igual que cuando bailaba, trastabilló y cayó sobre el pecho de él. Posó las palmas en los pectorales del barón y alzó el rostro para disculparse.
—Perdón, creo que lo he vuelto a pisar. En mi defensa, no me esperaba que me acerca…
La boca de Hayden cayó sobre la de Tracie y la silenció. La mano que en el vals debía enredarse en la de ella viajó por el brazo izquierdo de la muchacha hasta el hombro, y de allí, hasta la nuca. En cada sitio por el que pasó, dejó una estela de fuego sobre la piel de Tracie.
La señorita Plageman intentó pensar. Puso todo su empeño en formar una idea en su cabeza, pero en cada ocasión que un concepto intentaba conectar con otro para llegar a un juicio, la boca de Hayden hacía algo sobre la de ella que desataba mil sensaciones demasiado placenteras para poner atención en algo más.
¿Cómo podían sus labios estar enlazados a sitios tan profundos de su ser?
Hayden olía a jardín inglés, tal como ya sabía. A ese aroma mezcla de tierra húmeda por la lluvia y a césped segado, a rosas y flores silvestres, a madera y al perfume que cogen las sábanas cuando las criadas las ponen al sol.
Su boca sabía a brandy y estaba tibia. A Tracie le recordaba a su postre favorito, crème brûlée. Por eso, cuando él invadió la suya con la lengua, ella en lugar de retraerse, asustada como la muchacha inexperta que era, salió a su encuentro y lo saboreó con gusto.
Hayden gruñó. La atrajo más a él. Tracie no se preocupó por su torpeza, no dudó en poner sus pies con botines encima de los zapatos Oxford del barón y elevar los talones para acercarse más.
La diferencia de alturas era un incordio, seguían pareciéndole guapos los hombres altos, pero aceptaba algunas de sus desventajas.
O no. Porque Hayden tenía soluciones para todo. La rodeó con todo el antebrazo por la cintura y la elevó del suelo. Así, la llevó más lejos, a las sombras, hasta el borde de la fuente de piedra donde Tracie pudo hacer pie e igualar las alturas.
Sus bocas se separaron un segundo. Se miraron frente a frente, los ojos de ella a la misma altura que los de él. De igual a igual.
—Por primera vez —confesó Tracie—, me quedé sin palabras.
—Bien.
—¿Bien?
—Si tú me robas la razón, yo te robaré el habla y estaremos a mano.
—Pero es muy difícil evaluar qué es más importante. Usted fue el que dijo lo de la coherencia del discurso, eso implica que el habla y la razón están muy ligadas, por tanto, ¿qué es primero?, ¿el discurso o el pensamiento crít…?
—Dios, Tracie, calla de una vez… —Hayden rio y volvió a besarla.
—Conseguí que te rieras —dijo ella, con los labios pegados a los de él.
—Consigues desquiciarme.
—¿Eso es bueno o es malo?
—Eso es… —Hayden hundió su lengua en ella al tiempo que con sus manos le recorría la espalda hasta el punto en que el polisón le abultaba el trasero.
Hambriento, abandonó la boca de Tracie y viajó con los labios por su cuello, por su esternón, hasta llegar al montículo que formaban sus senos al ser empujados hacia arriba por el corsé—.
Eso es… —buscó en su mente las palabras.
Rayos. Tracie estaba en lo cierto, palabra y razón eran la misma cosa, no podía hablar porque no podía pensar y no podía razonar porque el lenguaje se le hacía humo.
Su boca solo sabía de besar, de saborear, de deleitarse con la piel de Tracie.
Ella no lo empujaba, no lo alejaba, sino que lanzaba la cabeza hacia atrás y le daba más acceso a su piel. La sintió estremecerse, pegarse más a él. Compartían la necesidad de sentir al otro. No estaba solo en ese mar embravecido.
—Es bueno —dijo, volviendo a su boca—, es condenadamente agradable volverse loco de vez en cuando. Esto es lo…
—¡Lo más escandaloso que he visto en mi vida! —clamó Lady Honora al verlos.
—Tía…
—Milady…
—¡Oh, por Dios! Oh, por Dios. —Lady Honora buscó su abanico y lo blandió con exageración—. Esto es inadmisible. ¡Inadmisible!
Se dio la media vuelta y regresó al salón. Hayden miró a Tracie e intentó serenarse.
—Hablaré con ella, no te preocupes, Tracie.