Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Entre ella y el barón de Sheffield se formó un corredor de cuerpos humanos. Tracie avanzó en dirección al tirano y se paró frente a él.

—¿Cómo se le ocurre obligar a todos sus invitados a invitarme a bailar? —demandó.

—Yo no he obligado a nadie…

La orquesta comenzaba a tocar y las miradas se posaron en ellos. Para evitar más habladurías, Hayden condujo a Tracie a la pista.

Por supuesto, era el momento de uno de esos escasos valses.

—Y ahora me obliga a mí.

—¿Eso hago? —Hayden posó la mano en su espalda y dio un paso que ella siguió con naturalidad.

—No. Es verdad. Para eso al menos tendría que emitir una orden. Usted, en cambio, hace lo que le place y amenaza de muerte a quienes no responden.

—Otra vez con eso… —suspiró él—. He amenazado de muerte a una única persona en toda mi vida. No creo que sea algo definitorio de mi carácter.

—¿Y lo tiránico? Hoy ha obligado a media nobleza a tolerarme.

—Tolerarla no es un castigo, señorita Plageman.

Tal vez fuera una forma de respuesta o quizá su torpeza de siempre, pero Tracie lo pisó tras esa afirmación.

—¿Niega que los instó a invitarme a bailar?

—No, no lo niego.

—¿Por qué lo ha hecho?

Hayden la hizo girar. Ella tropezó y cayó sobre su pecho. Él la estabilizó con precisión.

—Una vez más, decide no dar explicaciones.

—No acostumbro a tener que darlas, señorita. Si tuviera que consultar a la sociedad ante cada decisión, no conseguiría nada en la vida.

—Y así es cómo los tiranos justifican sus tiranías, bajo la premisa de efectividad.

—Bueno, sí. La democracia como forma de gobierno ha sido cuestionada más de una vez.

—¡No estamos hablando de historia! —Hayden consiguió que no dieran de lleno contra la pareja formada por Clarke y la señorita Hilton.

Edmund fue consciente de ellos; Tracie, por su parte, ni siquiera se percató.

Su atención estaba en el barón y en lo mucho que conseguía irritarla—.

Estamos hablando de sus modos autoritarios y de que no da explicaciones.

¿Por qué obligó a sus invitados a invitarme a bailar?

—Porque parecía aburrida, señorita Plageman, y más temprano hemos acordado que yo sería su único motivo de disgusto.

—Entonces, ¿lo ha hecho por mí? —preguntó Tracie, sorprendida. Se quedó de pie en mitad de la pista y otra pareja necesitó rodearlos para no romper con la armonía.

Hayden no pudo seguir el ritmo. Miró la boca de Tracie, su expresión de sorpresa, el modo en que los ojos castaños de la muchacha brillaban por expectación.

—Lo hice por mí —confesó, incapaz de mentirle—. Lo hice porque no soporto que sufra por Clarke…

—No estaba sufrien… ¿qué? —Tracie trató de comprender qué quería decir Hayden con eso. El significado parecía claro, tan claro que encandilaba, y ella tembló. Se aterró—. No quiere que sufra por él, porque quiere que solo sufra por usted. ¿Eso es lo que quiere decir?

—No, yo no…

—Debí suponerlo. —Tracie separó su cuerpo del de él. Temblaba y no sabía por qué. ¿Por qué lo alejaba así?, ¿por qué, una vez que él estaba a punto de dar una explicación, ella lo detenía?—. Siempre lo supe, los que parecen más correctos por fuera, peores son por dentro.

—¿Eso piensa de mí?

—No lo pienso. Lo sé, milord. Usted no lo recuerda, pero yo lo he visto ebrio, imitando el discurso de Benjamin Disraeli frente a una panda de libertinos igual de ebrios que usted.

—¡¿Usted ha hecho qué?!

Más de una mirada se volvió en dirección a ellos. Hayden cogió a Tracie de la mano y la sacó de la pista.

—¡Tiene el tupé de ofenderse!, ¡era usted el que estaba ebrio!

—La última vez que me embriagué fue en la casa de Lord Ashdown y usted, señorita Plageman, no puede haber estado allí.

—Pues sí, estuve, y lo vi.

Hayden miró alrededor con pavor.

—Vaya por aquella puerta hacia el jardín —ordenó Hayden y la dejó de pie, sola, en un rincón del salón.

—¡Ni por todo el oro del mundo! —exclamó Tracie y cruzó los brazos con frustración.

Miró hacia la pista; Clarke y Hilton volvían a sonreír ahora que ella había demostrado ser una torpe muchacha imán para el escándalo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas de frustración y de un dolor difícil de dilucidar, una presión extraña en el pecho ante las palabras de Hayden. «Lo hice por mí, porque no soporto que sufra por Clarke…».

Se mordió los labios para contener el temblor que le nacía. Ella quería retorcer las palabras de Hayden, hacer que dijeran algo distinto, que no flotaran como una declaración de cariño.

¡Porque ella había decidido odiarlo!, pero, sobre todo, porque no podían quererse.

No quería pensar, se llevaba mal con las cosas tan complejas.

Ella era simple, muy simple tal vez, pensó con tristeza.

No era enigmática como les gustaba a los hombres, ni cautivadora.

Era franca, bocazas, demasiado sincera hasta para su bien.

Y si analizaba lo sucedido con esa simpleza, entonces solo podía concluir que Hayden se había preocupado por ella. La había visto sola y aburrida y había ordenado a todos que la invitaran a bailar.

De hecho, Hayden había hecho lo que Francie había esperado de Leopold el día que se le rompió el corazón. Salvarla de la burla, del qué dirán.

Clarke seguía riendo en brazos de la señorita Hilton. ¿Y si a Edmund lo había amenazado por lo mismo?, ¿por temer que él la hiciera sufrir?

Darle vueltas al asunto la estaba desquiciando.

—Estoy siendo tonta —se dijo, y descruzó los brazos—, estoy imaginando mil escenarios que no son por no hacer lo que debo.

—Miró hacia la puerta que iba al jardín y caminó con paso decidido—.

Esta vez me dará las explicaciones pertinentes y se acabó.

No me voy a enredar más. Le voy a decir que no vuelva a ser un mangonero ni conmigo ni con sus invitados y que las cosas se preguntan, se consultan y se debaten.

Sí, señor. Que el tiempo de los emperadores y los reyes terminó.

Siguió hablando sola mientras avanzaba por los caminos marcados del jardín.

—Y le dejaré bien en claro que no he salido al jardín porque él lo ordenó, sino porque ¡yo lo quise así! Sí, señor. Tiene un muy mal hábito de esperar a que todos hagan lo que dice, sin chistar, y es de lo más odioso. ¡Es la persona más odiosa de Londres! Se lo dejaré bien en claro que…

Un brazo la arrastró a las sombras del jardín. Tracie chilló.

—Chitón… —la calló Hayden, poniendo un dedo sobre su boca.

—Oh, no. No hará que me calle, no cuando he venido explícitamente a decirle que…

—Que soy la persona más odiosa de Londres, ya la oí.

—Y que no he venido porque usted me lo ordenó. Estoy hasta la coronilla, milord, de que digite la vida de todo el mundo a su antojo.

—No importa el motivo por el que vino, sino que lo ha hecho, porque sin dudas tiene que escucharme. No puede…

—¿Yo debo escucharlo? ¡¿Yo?! ¿Saben las personas allí presentes que usted se emborracha en fiestas privadas?

—Justo de eso quería hablar.

—¡Ah, no!, de ninguna manera cambiará esta situación a su favor —rebatió Tracie—. ¿Sabe el primer ministro que lo imita cuando bebe de más?

—Ex primer ministro —la corrigió él—, las elecciones fueron…

—Ni se le ocurra hacer una disertación del sistema de gobierno inglés, milord, que no es el asunto aquí. Mucho menos cuando es evidente que las elecciones no importan; al parecer, siguen rigiendo las tiranías…

—Si fuera un tirano, como me acusa, ya la hubiera encerrado en una mazmorra donde no pueda meterse en mil problemas a cada paso. ¿Entiende lo que hubiera pasado si alguien la veía en la casa de Lord Ashdown?

—Claro que lo entiendo. ¡Hubiera visto, al igual que yo, que usted no es tan recatado y perfecto como aparenta!

—Jamás intenté ni por un segundo parecer perfecto… —dijo Hayden—, soy muy consciente de mis defectos.

—Mencione alguno.

—Sin dudas, mi insensatez al intentar hablar con usted, señorita Plageman. ¡Podría haber arruinado su reputación!

—¿Y la suya está intacta?, ¿el mundo le perdona el desliz? Permítame preguntarle al primer ministro —hizo el intento de regresar al salón.

—El primer ministro lo sabe…

—¿Qué? —Tracie se detuvo y se volvió hacia él.

—Cualquier persona que ocupa un cargo público sabe que será burlada por la prensa y sus pares. Pero este no es el asunto aquí. El problema es que usted se ha presentado en una fiesta privada de caballeros…

—Ya, ya… poniendo en riesgo mi reputación. Una reputación que igual está por los suelos porque todo el mundo me considera imposible de convertir en esposa.

—¿De verdad piensa que ese era el peor escenario esa noche? —Hayden la cogió de los hombros y la obligó a mirarlo—. El mayor riesgo que corrió no fue que la reconocieran, señorita Plageman, sino que no lo hicieran… Que no supieran quién era usted. Que yo…

—Que usted, ¿qué?

—Que yo estuviera demasiado ebrio para defenderla. Que no la pudiera proteger. Que alguien le hiciera un daño irreparable. ¡Al demonio con su condenada reputación! Es usted quien me… quien me…

Hayden le soltó los brazos. Se mesó el cabello, desesperado, mientras en sus labios temblaba la palabra «importa». Es usted quien me importa.

—No tiene que protegerme, milord —le dijo ella—, no nos une ningún vínculo.

Si alguna vez nos unió uno, fue la amistad, esa que rompió al excederse, al cruzar cualquier límite…

No debe cuidarme, no debe decirles a los invitados que tengan caridad por mí y soporten mi torpeza en un baile para congraciarse con usted, ¡no tiene por qué espantarme los candidatos que considera inadecuados para mí, ni mucho menos hacerlo sin dar explicaciones!

No soy una propiedad más de la baronía, no soy suya, milord…

—No, joder, no eres mía… —masculló él.

—¿Qué? —Tracie lo miró estupefacta al escuchar su juramento.

Hayden también pareció sorprendido de su declaración y la miró a su vez. A Tracie le pareció vislumbrar un millón de emociones danzando en los ojos azules del barón.

—Estás haciendo que pierda la razón, Tracie, me estás volviendo loco…