Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Entiendo que esto sea nuevo para ti, Joyce, pero yo conozco mi destino desde que he puesto un pie en Londres. Sin embargo, mis hermanas me han dado esperanzas. Ellas eran tan imposibles de casar como nosotras y míralas nada más.

Noreen y Francie no solo tenían esposos, ¡estaban enamoradas de ellos! Y el sentimiento era mutuo. Resultaba encantador verlas con sus parejas, bailar, reír, hablar en susurros cómplices.

Tracie soñaba con conseguir lo mismo. Tal vez no pusiera mucho esmero en conseguirlo, pero eso no se debía a que no quisiera, sino a su capacidad de dispersión. Era difícil tener un objetivo cuando todo te distraía.

—¡Todo culpa de Lord Oliver! ¿Qué le costaba ser un buen candidato?

—Bueno, Joyce, no puedes pedirle a un hombre adulto que dé el estirón. Si no llega al metro setenta a los veinticinco…

—¡No hablo de su altura! —Joyce rio—, hablo de su comportamiento.

—Cierto —coincidió Tracie—, un hombre debería tener una estatura mínima para ser un libertino. No se puede ser tan poco atractivo y pretender ser feo moralmente.

Joyce volvió a reír; le divertía saber que Tracie hablaba en serio. Esa era su verdadera apreciación de Lord Oliver.

—¿Y tú?, ¿cómo estás respecto a Edmund Clarke? La sociedad también habla de que él retiró su propuesta de matrimonio.

—Para ser exactos, nunca se propuso en primer lugar.

—Está invitado… —susurró Joyce a su amiga.

—¿Qué? Imagino que no vendrá, teniendo en cuenta que Lord Hayden lo amenazó de muerte.

—Pues al parecer no se tomó muy en serio la amenaza, porque allí está.

—¡Bromeas!

Tracie se volvió hacia la puerta y lo vio entrar.

Abrió la boca como pez fuera del agua. Buscó a Hayden una vez más; ya no estaba con el primer grupo, sino algo apartado.

En cuanto los ojos de la señorita Plageman dieron con él, hicieron contacto con los azules de Hayden.

Él estudiaba su reacción y ella frunció el ceño.

—¿Crees que lo haya hecho a propósito? —le preguntó a Joyce.

—¡Sin dudas! Al parecer quiere demostrarle a la señorita Hilton que ella es la única dueña de su corazón.

—No me refería al señor Clarke, me refería a Lord Hayden. ¿Piensas que lo invitó para dañarme?

—No. La invitación a Clarke la hizo Lady Honora personalmente.

—¿Cómo sabes esas cosas?

—Los criados hablan, Tracie. Lo que nadie parece capaz de conjeturar es por qué lo hizo Lady Honora. Sabes que odia los escándalos.

—Los escándalos propios, porque ama los escándalos ajenos —corrigió Tracie.

—Exacto. Y si Lord Hayden reta a duelo a Clarke frente a todos, será la definición de escándalo propio.

—De suceder eso —dijo Tracie con un suspiro—, nuestro fracaso social pasaría a segundo lugar.

—Ven, demos un paseo. No dejemos que nos vean derrotadas.

Las muchachas se cogieron del brazo y dieron un rodeo alrededor de la pista de baile.

Cosecharon un par de miradas admirativas; eran dos de las jóvenes más bellas de la sociedad en esos momentos.

Tracie lucía muy bien su vestido verde esmeralda, el cual resaltaba su piel clara y su cabello castaño con destellos dorados.

Joyce era rubia y llevaba mejor los colores fríos; el azul de su traje resaltaba su aspecto.

Aun así, nadie se acercó a pedir un baile y las jóvenes terminaron el rodeo con los carnés tan vacíos como habían estado en un principio. Se situaron junto a la mesa de aperitivos, porque si ibas a aburrirte en un baile, lo mejor era hacerlo con el estómago lleno.

De todos modos, Joyce y Tracie nunca se aburrían.

Conversaron de la última novela que habían leído, del periódico amarillista del momento, de la sección de crímenes escabrosos, de moda, hasta llegar a temas más serios, como las leyes que se discutían en las cámaras o cómo pensaban ellas que sería mejor solucionar el problema habitacional de Londres.

Quien creyera que dos muchachas necesitaban de la atención masculina para divertirse estaría muy equivocado.

El problema era que cuanto más ajenas se mostraban al baile, más daban que hablar.

Los invitados no dejaban de comentar que justamente esa actitud era la que espantaba a los hombres y las convertía en potenciales solteronas.

—¿Qué crees que será la próxima pieza? —le preguntó Joyce a Tracie.

—Una cuadrilla, sin dudas. Lord Hayden nunca rompe con la armonía.

Pone muy pocos valses, para que estos sean especiales.

Se asegura de que las danzas sean entretenidas, porque lo festivo del baile hace que las personas hablen más relajadas y que esperen con expectación las danzas más románticas.

Y cierra las noches con un vals doble, de manera que, si una pareja desea proclamar sus intenciones, puedan hacerlo bailando dos piezas románticas seguidas.

Así se asegura tener el cotilleo y que nunca se exceda, pues nadie podrá bailar la obscena cantidad de tres valses al hilo.

Joyce rio ante la explicación de su amiga.

—¡Vaya que lo conoces!

—Es imposible no hacerlo, es la persona más predecible del mundo.

—¿Podías predecir que retara a duelo a Clarke?

Tracie frunció el ceño.

—No, eso fue impredecible.

—Quizá Lord Hayden tenga más de un secreto. Tal vez no solo de tanto en tanto beba de más e imite al ex primer ministro, Benjamin Disraeli.

—Quien, dicho sea, está aquí —susurró Joyce—. Y está hablando con el barón.

—¡¿Cómo hace para no sonrojarse?!

—Supongo que no lo recuerda.

Las dos muchachas soltaron sonoras carcajadas, ganándose más miradas de censura. Una de ellas, del señor Clarke. Tracie hizo un mohín.

—¿Qué sucede?, ¿aún piensas en él? —le preguntó Joyce.

—No mucho. Pero era divertido ser cortejada. Mira cómo brilla Lucy Hilton en sus brazos, ríe de sus bromas, está feliz.

—Pues a mí me resulta falso.

—¿A qué te refieres?

—A que así te trataba a ti, Tracie. Exactamente del mismo modo, casi con las mismas maneras…

—Dijo que me amaba, así que supongo que la amará a ella ahora.

—¿Se puede dejar de amar tan rápido y caer por otra con la misma velocidad? —insistió Joyce.

—No lo sé, nunca me he enamorado. —Tracie pareció perder una dosis de brillo. Siguió con la mirada a la pareja y, por primera vez en la vida, experimentó algo parecido a los celos.

—Lo siento, Tracie, te he puesto triste.

—No, no. —La señorita Plageman forzó una sonrisa, y Joyce le acarició la mejilla.

Con ella no necesitaba fingir—. Es que tal vez tengas razón; mi hermana Francie amó a Leopold por cuatro años y jamás pudo olvidarlo.

No pudo hacer eso, pasar de los brazos de uno a los de otro con la misma dicha.

Pero no podemos juzgar a los demás por experiencias individuales, quizás así es el señor Clarke y punto.

—Tal vez…

Joyce no estaba tan segura. A Tracie le costaba ver maldad en el mundo, tanto así que tampoco cavilaba en por qué Lady Honora lo había invitado.

Ella, por el contrario, empezaba a sospechar que lo que la tía del barón quería era limpiar el nombre de su sobrino ante Tracie, mostrarle la clase de hombre que era Clarke en realidad.

Tracie permaneció en silencio, algo raro en ella.

Empezaba a marchitarse. Hasta ahora había conseguido soportar el ostracismo social en ese rincón apartado, pero su orgullo se magullaba con el desprecio y le costaba mantener la sonrisa.

El mutismo en Tracie Plageman podía traducirse como una anomalía absoluta.

—Señorita Plageman, ¿me concede esta pieza? —la invitó ni más ni menos que Benjamin Disraeli.

Tracie quedó tan petrificada ante el hombre que solo pudo asentir con la cabeza y arrastrarse a la pista.

De más está decir que fue incapaz de hablar siquiera del clima y que se movió por la pista con una rigidez que le impidió cometer grandes errores. Al regresar junto a la mesa de aperitivos, Joyce estaba tan pálida como ella.

—¡Has bailado con el ex primer ministro! Si esto no te catapulta a la aceptación social…

Antes de que pudiera responder, el duque de Birmingham y el marqués de Ashbourne se aproximaron a pedirle un baile a cada una de ellas. Las dos muchachas cruzaron miradas de sorpresa, pero aceptaron, como era de esperarse.

Cuando el duque en persona se ofreció a traerle una bebida a Tracie, se acercó el señor Gladstone a solicitar otro baile.

Gladstone era uno de los catedráticos más respetables de Londres.

Antes de que ella pudiera siquiera aceptar, Lord Ewart se aproximó a solicitar una pieza a cada una y, en menos de diez minutos, estaban tan rodeadas de los caballeros más prestigiosos de Inglaterra que apenas podían respirar.

Tras ese muro de riqueza y buen nombre, se veía a Clarke bailar y reír con Hilton, mas sus ojos estaban puestos en el tumulto en torno al inesperado éxito de la señorita Plageman.

Tracie fue hacia la pista en brazos del señor Gladstone, con quien pudo al menos conversar dos palabras sin permanecer abrumada.

—Al menos conversa sobre la bolsa de Nueva York, es un tema que manejo mejor que el clima de Londres.

Gladstone rio sonoramente ante la gracia de su compañera de baile e ignoró cada uno de los errores de la muchacha en la cuadrilla. Cualquiera diría que acababa de descubrir a la criatura más fascinante del mundo.

Algo mareada por tanta atención, Tracie buscó a su familia para solicitar un rescate. Entonces, lo vio.

Lord Hayden hablaba ahora con el barón de Brentford. Este último puso sus ojos en Tracie y asintió con una sonrisa. Tras lo cual, fue a la pista y, antes de que Gladstone la acompañara junto a la mesa de refrigerios, le solicitó un baile.

Tracie entornó los ojos.

—Conque esas tenemos…

—¿Disculpe? —dijo Brentford.

—El barón le ha pedido que me invite, ¿verdad?

—No, claro que no. —Pero el sonrojo del hombre fue delator.

—Aggg… Disculpe, milord, no podré aceptar. Me duelen un poco los pies y siento una irrefrenable necesidad de invocar las prácticas francesas de 1789.

El barón contuvo la risa.

—En tal caso, me mantendré alejado de usted. —Tras una reverencia, se alejó de los deseos de afilar guillotinas que inundaban a Tracie.