Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

—¿Por qué Lady Honora insiste en conseguirme un esposo si su sobrino está decidido a espantarlos a todos? —exclamó Tracie por enésima vez en el carruaje, camino a la gran fiesta de la temporada de la baronía de Sheffield.

Ese había sido el tono de la conversación a cada minuto. Tracie había querido negarse a asistir, pero Melissa fue categórica:

—No nos enemistaremos con los Kensington.

—Los Kensington son plural, estoy enemistada con uno solo —replicó ella.

—Con más razón…

—Pero ese «uno solo» es el dueño de todo, madre.

—Pues te aguantas, Tracie. Si tu hermana Francie pudo convivir con Leopold VIII por el bien de la amistad y las relaciones familiares, siendo que Leopold la desafiaba a cada palabra que decía, tú bien puedes vivir con la fría indiferencia del barón.

—Para tu información, madre… —Tracie alzó el mentón—, quien ha impuesto el trato de hielo he sido yo. Parecen olvidar que he sido la ofendida en esta ecuación.

—Nadie lo olvida —intervino Brett en un suspiro—. ¿Cómo hacerlo?

—¡Oye!

—Lo que pensamos es que el asunto se podría solucionar con una conversación sincera —finalizó Melissa.

—¡Intenté una conversación sincera! Saben lo que sucede… —Sus ojos se clavaron en Brett—, que es el barón quien no es sincero.

Brett palideció. Sabía a qué se refería su prima. Ni él daba crédito a la imagen del barón ebrio hasta el colapso. Estaba seguro de que no era su estado habitual; sin embargo, los hechos hablaban por sí mismos.

—Entonces, hija, no hables con él y punto. Sin duda será más tolerable que los cuatro años de cruces verbales que debí tolerar con Francie.

Tracie cruzó los brazos en un berrinche infantil y se dejó caer sobre el respaldo.

Francie solía ser muy reflexiva; esos cuatro años de enemistad habían estado acompañados de análisis acertados y erróneos, de contemplación de las emociones y de la conclusión evidente: discutían porque no podían ignorarse.

El barón y ella fingían poder ignorarse.

De hecho, lo intentaban. Tracie llevaba desde el encuentro del establo sin hablar con él y, desde su imagen ebria, sin verlo.

Le costaba reconocerlo y, por eso, dedicaba poco tiempo a pensar en el asunto: la indiferencia se sentía como una molesta espina en la planta del pie.

No demasiado dolorosa, solo molesta y en exceso persistente.

Y, si fuera Francie en lugar de Tracie, sería también consciente de que esa molesta espina se sentía más dolorosa que saber que Edmund Clarke se había «vuelto a enamorar perdidamente y hasta la locura».

O ese hombre estaba para un manicomio o era muy propenso al amor romántico. Como fuera, Tracie intentaba no analizar por qué le dolía más la apatía del barón que lo efímero del amor del señor Clarke.

El carruaje avanzó por el camino de gravilla de la majestuosa casa del barón de Sheffield, la que Tracie llamaba la casa bonita. Era tan hermosa que, una vez más, olvidó con facilidad las ofensas y la contempló con admiración.

Abrió la ventanilla de su carruaje sin importarle que la brisa la despeinara un poco y asomó la cabeza por la abertura. A los lados del camino se hallaban dispuestas una veintena de antorchas de aceite que teñían con su color cobrizo los jardines cuidados de la baronía.

—Jardines ingleses…

Gracias a una de sus aburridas charlas con Hayden, sabía la diferencia entre los jardines ingleses y los franceses. Los británicos buscaban parecer «naturales», menos geométricos y con la idea de que la vida humana convivía con la naturaleza en sano equilibrio.

Patrañas. ¡Pero qué bellas patrañas!

Los franceses, en cambio, conformaban formas reconocibles por el hombre: cuadrantes, esferas, árboles con formas humanas… Era una proclamación de dominación del hombre sobre la naturaleza.

Se alegraba de que, en ese aspecto, Lord Hayden fuera tan inglés.

La casa se alzaba en el centro, sin romper demasiado la armonía. Era de estilo reina Ana, con ladrillos rojos y detalles blancos.

—Me pregunto cómo habrá decidido ventilar el salón —murmuró con una sonrisa—. ¿Sentará a los duques junto a la ventana y a los plebeyos en el lugar más asfixiante?

—Tracie, por Dios. Entra ya.

La muchacha acató. Dejó la ventanilla abierta para inhalar el perfume a naturaleza que flotaba en el aire. Olía a él, a Hayden, comprendió, y se arrellanó en el asiento al darse cuenta de que reconocía su perfume, además de encontrarlo encantador.

¡Estaba fracasando en el trabajo de odiarlo!

Buscó en su mente un motivo para detestarlo, enumeró uno a uno sus defectos y se rindió ante el hecho de que solo podía despreciarlo si elevaba a Edmund Clarke al lugar de héroe romántico.

El carruaje se detuvo en la puerta y dos lacayos se acercaron a ayudarlos a descender.

—Supongo que el barón temía que rodara al bajar —murmuró Tracie.

El suave sonrojo de uno de los lacayos le confirmó que habían recibido una orden explícita de no dejar caer a la señorita Plageman sobre la gravilla—.

¡Perfecto! Tonta, torpe y un títere de su voluntad.

¡Vaya forma halagüeña en la que me ve Lord Hayden!

—Ya empezó —se quejó Brett, descendiendo tras ella. Tía Melissa le dio una suave caricia en el mentón a su sobrino y le sonrió.

—Entiéndela, querido, detestar así al barón le está costando mucho.

—¡En absoluto! Detestarlo es muy fácil. Es lo más fácil que he hecho en mi vida. ¡Me sale con completa naturalidad! Porque no es que yo deba hacer algo, ¡Lord Hayden es detestable por sí mismo!

—Buenas noches, señorita Plageman —carraspeó Lord Hayden a sus espaldas.

Tracie abrió los ojos en un gesto de pánico. Melissa contuvo la sonrisa, vocalizó un «te dije que tu bocaza te metería en problemas». El pánico se transformó en furia al comprender que no tenía aliados y se volvió hacia el barón.

—Buenas noches, milord.

—Espero que esta noche lo único detestable sea yo. Me sentaría muy mal que no pueda disfrutar de la velada.

Tracie se sonrojó.

—No se preocupe, así como uno disfruta de los picnics pese a los insectos, una puede disfrutar de las hermosas veladas pese a los lores entrometidos que no dan explicaciones sobre sus intromisiones.

Lord Hayden ladeó la cabeza, hizo sonar sus cervicales y repitió la acción hacia el otro lado.

—Tr… Señorita Plageman, la idea de los comentarios entre líneas implica dejar justamente la verdad entre esas líneas.

Melissa se adelantó.

—Milord, gracias por la invitación. Ha sido muy amable de considerarnos.

Hayden saludó a Melissa con un gesto cortés de cabeza. A Brett le estrechó la mano.

—Ahora es cuando dice que lo ha obligado su tía, milord —insistió Tracie.

—Sería una mentira y yo no miento, señorita Plageman.

—No, solo oculta la verdad.

—Algo completamente distinto, ¿no es así?

Tracie frunció el ceño, tras lo cual suspiró resignada.

—No. No se me da bien esto. Tendré que cambiar mi estrategia de odio, lo odiaré en silencio.

—¡Qué afortunado es usted, Lord Hayden! —exclamó Brett.

—¡Oye!

—¿Puedes detestarme a mí también, prima? —Brett bromeaba y Tracie rio al darse cuenta.

—Pues no, primo, tú te convertirás en mi persona favorita en el mundo, a quien haré partícipe de todas mis confidencias. De cada. Una. De. Mis. Confidencias.

Melissa sonrió ante la dinámica de los primos, y también ante la sutil expresión de celos de Hayden. El barón parecía envidiar que Brett fuera a recibir la cháchara interminable de Tracie. ¡Hay que ver las cosas delirantes que las personas pueden llegar a desear!

—Bueno, milord, lo dejamos para que pueda recibir a los demás invitados —dijo Melissa—, y además de la invitación, le agradezco en persona el hecho de que no haya sido una obligación por su parte contar con nosotros, sino un gesto nacido de una recíproca amistad.

Melissa sí sabía hablar entre líneas; en ese agradecimiento flotaba la confirmación de que el barón aún pensaba en Tracie como una amiga, sin importar el desacuerdo.

Nadie obligaba a Lord Hayden a hacer algo que no deseara; si no le apetecía ver a Tracie, le bastaba con marcar un límite a su tía y así se haría.

No había marcado ese límite. Es más, pensó Melissa mientras se adentraba en la hermosa casona de la baronía, la invitación había llegado de puño y letra del barón.

La señora Plageman conocía muy bien la caligrafía de Lady Honora; se escribían al menos una nota por semana y una carta extensa por mes.

Melissa mantenía ese detalle oculto porque temía que Tracie se empeñara más en rechazar la invitación. Ante lo visto, comprendía que estaba equivocada. Tracie no era Francie, el orgullo no prevalecía en su hija menor.

Entonces, ¿por qué seguía determinada a odiar al barón?

En cuanto Tracie entró al salón, dejó atrás la disputa con Hayden. Divisó a Joyce y fue a su encuentro.

—¡Tracie, por fin! Esto sería un infierno sin compañía —dijo Joyce, estrechándola con notable felicidad.

Juntas fueron hacia un grupo numeroso de personas, el círculo de afectos y contención de las dos muchachas. Francie, Leopold, Leopoldine, Wayne, Gail, Noreen, Robin, John… Los saludos se dieron con sincero cariño y la conversación animada llamó la atención de las personas a su alrededor.

La sociedad solía pensar que la amistad con americanos había hecho más laxos los modales de los Audley y Sinclair, sin imaginar ni por un momento cuánto se hallaba en el fondo de esas historias.

Sonrisas vemos, vidas desconocemos. Tras los saludos, Tracie llevó a Joyce a un lado.

—¿Qué sucede?, ¿por qué dices que será un infierno?

—Hay rumores sobre nosotras, Tracie.

—¿Rumores?, ¿alguien sabe que hemos…?

—¡Shh! No, eso no.

Tracie buscó a Hayden en la multitud. Se hallaba junto a su tía saludando a otros invitados. Nadie lo juzgaría a él por embriagarse, mientras que sí a ellas por ser testigos.

—¿Qué rumores corren sobre nosotras?

—Que somos incasables —susurró Joyce.

—¡Ah! —Tracie se mostró aliviada—. Al menos no mienten.

Joyce rio.

—Eso lo hace peor, no podemos desmentir una verdad. ¡Somos incasables, Tracie!