Capítulo 12 #3
La reconocería incluso dormida. Incluso en sueños. Entre cien hombres hablando al mismo tiempo.
—«…porque un imperio sin dirección intelectual está condenado a fragmentarse…» —continuó esa voz profunda, muy bien articulada pese a un evidente estado de embriaguez.
Se asomó apenas por una de las puertas entreabiertas, y lo vio de inmediato.
Allí estaba Hayden... Un Lord Hayden Kensington que jamás había visto en su vida.
Dos hombres lo sostenían de los brazos mientras él, tambaleante, intentaba subirse sobre una silla entre las carcajadas y aplausos del resto de los presentes.
—¡Continúe, Kensington! —gritó uno desde el fondo.
—¡El Imperio necesita oírlo!
Para horror y fascinación de Tracie, Hayden obedeció a la pequeña multitud que lo vitoreaba.
Se paró sobre la silla con peligrosa inestabilidad, una copa todavía atrapada entre sus dedos y el corbatín desajustado alrededor del cuello.
—«La grandeza de una nación…» —prosiguió con ebria solemnidad— «…no depende únicamente de sus conquistas, sino de la capacidad de sostener una identidad política coherente incluso en medio del caos…»
Los hombres alrededor estallaron en aplausos exagerados.
Tracie reconoció el discurso. No recordaba con exactitud de quién era, pero sí recordaba haber escuchado a Lord Hayden citarlo en alguna conversación sobre política y reformas parlamentarias.
No estaba segura de cuál versión le agradaba más.
Si la del Hayden sobrio.
O la del Hayden ebrio.
Porque el Hayden ebrio venía acompañado de un corbatín flojo, el cabello desordenado cayéndole apenas sobre la frente, un vaso de whisky en la mano y un estado de relajación que volvía su presencia muchísimo más atractiva.
Dios santo… Incluso ebrio seguía pareciendo distinguido.
Era pura convicción etílica.
—«…porque un hombre incapaz de sostener sus principios…» —continuó mientras señalaba a nadie y a todos a la vez— «…termina sosteniéndose únicamente gracias al mobiliario…»
Las carcajadas explotaron alrededor.
—¡Bravo!
—¡A la mesa ahora!
—¡Arriba de la mesa, Kensington!
La escena dejó de resultarle divertida a Tracie. Varios hombres comenzaron a alentarlo a subir.
Y Lord Hayden —convencido de su propia estabilidad inexistente— miró la mesa como si fuera una idea razonable.
La pequeña burbuja de fascinación que había envuelto a Tracie se rompió de inmediato. Sin pensarlo siquiera, dio un paso hacia adelante con intención de entrar al salón.
¡Alguien tenía que detenerlo!
No iba a permitir que ese grupo de imbéciles se valiera del momentáneo traspié alcohólico de Lord Hayden para burlarse de él. Mucho menos permitiría que ese cuerpo perfecto, moldeado por los dioses, terminara estampado contra la alfombra.
Fue Joyce quien la sujetó del brazo antes de que pudiera avanzar más… y exponerlas a ambas. Tiró de ella hacia atrás justo cuando Lord Hayden apoyaba un pie sobre el borde de la mesa.
El movimiento de sus dos cuerpos intrusos no pasó desapercibido. Un par de hombres giraron el rostro en dirección a la puerta entreabierta. Uno de ellos incluso entrecerró los ojos, como si intentara reconocerlas.
Por suerte, la atención general volvió a dispersarse casi de inmediato cuando Lord Hayden se tambaleó una vez que estuvo de pie sobre la mesa. Una botella vacía cayó y se estrelló contra el suelo entre carcajadas y gritos de celebración masculina.
—¡El Imperio resiste!
—¡Continúe el discurso, milord!
Las miradas regresaron hacia el improvisado espectáculo.
Excepto una…
Alguien que sí logró distinguir a las dos intrusas escondidas junto a la puerta. El único joven presente que todavía conservaba la sobriedad: Brett.
Si alguien hubiese tenido la prudente e inútil idea de tomar apuntes detallados de los acontecimientos ocurridos durante esa expedición de apenas tres horas, el resumen habría quedado más o menos así:
Primero: el señor Bertram se quedaría sin empleo antes del amanecer.
Segundo: Lord Ashdown quedaba confirmado como un completo idiota y pasaba a encabezar, con honores, la prestigiosa lista de hombres sin decoro de Londres.
Tercero: Lord Oliver Whitcombe —aunque ninguna de las dos había logrado comprobarlo con sus propios ojos— había perdido más de cuatro prendas de vestir jugando a las cartas con mujeres de dudosa reputación.
Cuarto: Lord Pembroke era un ser humano desagradable y la reciente Lady Pembroke debería ser canonizada en vida.
Quinto: Lord Hayden Kensington ebrio.
Y esto merecía categoría propia. Un evento insólito... Algo que sería negado por la Cámara de los Lores si alguien intentaba registrarlo de manera oficial.
Sexto —la auténtica cereza del pastel—: el joven vizconde de Kinloss estaba furioso.
No con esa irritación elegante y silenciosa típica de los nobles británicos.
Furioso de verdad. Lo suficiente como para caminar de regreso al carruaje con paso rápido, tensión en la mandíbula y la chaqueta sostenida sobre un hombro mientras descendía por la escalinata como un hombre que acababa de perder por completo la paciencia…
y parte de la fe en la cordura femenina.
Dentro del carruaje, Tracie y Joyce permanecían sentadas con una compostura perfecta. Las manos acomodadas sobre el regazo. Las espaldas rectas. Las expresiones inocentes. Como si jamás hubieran abandonado la cabina.
La puerta se abrió de golpe.
—Ni se atrevan a mentirme —declaró Brett con un tono casi gutural —. Y mucho menos se atrevan a poner esas caras de mosquitas muertas.
—No sé de qué estás hablando... Nos dijiste que nos quedemos aquí y eso hicimos.
—¡No me tomen por tonto! Vi cómo espiaban detrás de la puerta del salón.
Brett cerró los ojos un segundo. Inspiró profundo. Después volvió a abrirlos.
—Como sea... lo hecho, hecho está, ya lo charlaremos en casa —dijo mirando a su prima con ojos furibundos—. Ahora muévanse.... Necesitamos espacio.
Las dos muchachas parpadearon al unísono.
—¿Espacio para qué? —preguntó Joyce.
—Para Lord Hayden.
Tracie se incorporó de golpe.
—¿Qué ocurrió?
—Nada todavía —gruñó Brett—, pero pienso evitar que ocurra. No voy a dejarlo en ese estado de embriaguez rodeado de hombres aún más ebrios que él. El único resultado posible de esa situación es que, en cuestión de minutos, se caiga de la mesa y se rompa la nariz.
—¡No! —exclamó Tracie con genuino horror—. ¡No su nariz!
No podía, ni quería, visualizar semejante tragedia. No con esa bella nariz diseñada para acompañar sus hermosas e insoportables expresiones de superioridad intelectual.
El joven vizconde cerró la puerta del carruaje y volvió a subir la escalinata.
—En verdad está enfadado.
—Sí —admitió Joyce, igual de sorprendida que ella. Ni su hermano Robin alcanzaba ese rango de enfado tan rápido—. Debo decir que resulta bastante impresionante cuando intenta comportarse como un lord adulto.
—¡¿Has visto?! Justo pensaba lo mismo… —murmuró Tracie mientras veía a Brett alejarse—. Y, encima, cada vez lo logra mejor.
No pasó demasiado tiempo antes de que el vizconde regresara acompañado de otro joven lord, sosteniendo entre ambos a un Hayden Kensington bastante más alto, bastante más pesado y bastante menos colaborativo.
—El Imperio aún resiste… —murmuró Hayden mientras intentaban hacerlo entrar al carruaje.
—Sí, sí, magnífico. El Imperio puede resistir dentro del vehículo, milord —gruñó Brett.
Finalmente lograron acomodarlo dentro de la cabina. El joven Ashdown soltó el aire con agotamiento.
—No puedo creer que haya terminado ayudando a secuestrar al barón de Sheffield.
—No es un secuestro —corrigió Brett—. Es una retirada estratégica… —Luego clavó la mirada en él—. De esto no se entera nadie. ¿De acuerdo?
Lord Anthony asintió. Miró a las muchachas y les sonrió con galantería. Brett le palmeó el hombro con cierta brusquedad. El joven lord carraspeó y borró la sonrisa de inmediato.
—Nadie sabrá que ustedes estuvieron aquí. Nadie sabrá que Lord Hayden estuvo aquí. Y, por todos los santos del cielo, espero que nadie repita jamás el discurso del Imperio.
Desde el asiento de la cabina, Hayden alzó una mano.
—Fue… un excelente discurso…
—Sí, milord —dijo Brett cerrando la puerta del carruaje—. Fue memorable.