Capítulo 12 #2
Joyce avanzaba delante de ella con seguridad, levantándose apenas la falda para no tropezar con los adoquines desparejos, caminando como alguien que sabía hacia dónde iba. Doblaron hacia una pequeña entrada auxiliar ubicada en la parte posterior de la residencia.
—¿Y ahora qué? —susurró Tracie.
Joyce la miró como si la respuesta fuera obvia. Golpeó la puerta…
Tracie parpadeó. ¿Eso era todo? ¿Golpear? Esperaba algo más clandestino y arriesgado. Tal vez escalar una ventana. Forzar una cerradura. Sobornar a alguien. Incluso saltar una balaustrada.
La puerta se abrió pocos segundos después.
Un hombre de mediana edad, claramente uno de los empleados de la casa, apareció del otro lado.
Al verlas, primero frunció el ceño. Luego las interrogó con tono bajo y medido.
No las conocía, pero un vistazo a sus atuendos bastaba para darse cuenta de que eran la clase de muchachas que no recibían órdenes, sino que las daban.
—¿Se encuentran bien? ¿Se han perdido? ¿Necesitan ayuda?
—Sí —respondió Joyce con calma—. Necesito que le informe a la señora Moure que Lady Joyce está aquí.
El hombre cambió de expresión de inmediato.
—¡Oh! Sí, claro, milady. Por supuesto. Disculpe, no sabía que… sí, enseguida. —Abrió más la puerta y se apartó con rapidez—. Por favor, esperen aquí dentro mientras voy en su búsqueda.
Las hizo pasar a un pequeño recibidor auxiliar, utilizado por empleados y proveedores. Era un espacio modesto, pero limpio, con paredes revestidas en madera oscura, un perchero de hierro y un viejo banco junto a la pared.
La puerta volvió a cerrarse. Y apenas quedaron solas, Tracie se giró hacia Joyce.
—¿Conoces gente dentro de la residencia?
—Por supuesto. ¿Cómo pensabas que íbamos a ingresar a la casa?
—No lo sé, asumí que íbamos a treparnos a una ventana… vestidas con pantalones o algo parecido.
Eso hizo sonreír a Joyce.
—No, mi querida amiga. En Londres no se abren ventanas trepando paredes.
Se abren con contactos. —Joyce acomodó sus guantes mientras miraba alrededor con naturalidad—.
Dicho sea de paso, algún día tanto tú como yo estaremos al frente de una casa.
Si todo marcha bien, terminaremos organizando personal, recibiendo invitados y lidiando con medio Londres entrando y saliendo de nuestras vidas.
—Volvió el rostro hacia ella—. Es importante que entiendas algo: a los empleados siempre debes tratarlos con límites claros, por supuesto…
pero también como aliados. Jamás permitas que se conviertan en enemigos.
Porque cuando hablamos de contactos, muchas veces ellos son la herramienta más valiosa de todas.
Tracie la observó con notoria admiración.
—No esperaba semejante nivel de sabiduría en esta situación. Admiro muchísimo tu conocimiento del entramado social londinense.
—Y yo admiro muchísimo tu capacidad para seguirme sin hacer demasiadas preguntas.
—Ah, no. Preguntas tengo muchas. Solo decidí formularlas después de que estuviésemos dentro. Si es que lográbamos ingresar…
—¿Dudabas de mí?
—No, de mí…
Una puerta lateral se abrió de repente. Una mujer robusta, de mejillas coloradas y delantal impecable apareció ante ellas. Apenas vio a Joyce, sonrió con alivio.
—¡Lady Joyce! Un gusto inesperado verla por aquí. —Hizo una pequeña reverencia improvisada. La mujer parecía sorprendida.
—¿Recibió mi nota, señora Moure?
—Sí, sí, recibí la nota. ¡Claro que sí!… Solo que perdí la noción del tiempo, eso es todo. Veo que trajo compañía.
—Es mi amiga, la señorita Plageman.
Tracie sonrió con entusiasmo.
—Un placer conocerla, señorita… —Hizo una pequeña reverencia cordial y, sin demora, giró sobre sus talones y las instó a que la siguieran—. Vengan por aquí, por favor… Procuren no llamar la atención.
—Es la prima del marido de la hermana de la dama de compañía de mi madre —explicó Joyce en voz baja hacia Tracie al tiempo que avanzaban—. O la esposa de su primo, ya no estoy segura.
—No te preocupes, he llegado a la conclusión de que, en algún punto, todas las familias inglesas parecen estar vinculadas entre sí de maneras absurdas.
—Eso mismo siempre digo yo.
Sonrieron en complicidad. La señora Moure giró el rostro y les hizo un gesto de silencio con el dedo. Luego, con otro movimiento rápido de la mano, las motivó a caminar más rápido.
Las dos muchachas comenzaron a seguirla por un corredor estrecho que conducía hacia el interior de la residencia. Mientras avanzaban, el ruido comenzó a volverse cada vez más evidente.
Risas masculinas. Copas chocando. Música lejana. Y voces femeninas... Muchas voces femeninas.
La señora Moure miró sobre su hombro con expresión seria.
—Intenten mantenerse lejos del salón azul y de la sala de juego principal.
—¿Por qué? —preguntó Tracie.
La mujer carraspeó.
—Porque no todos los invitados vinieron solos, señorita. Y las compañías femeninas presentes… bueno… no son precisamente damas.
—Oh… —murmuró Tracie mirando de soslayo a Joyce.
Esta se encogió de hombros. Había ido hasta allí en busca de ese tipo de información. Oír aquello no le sorprendía. Al contrario, parecía motivarla todavía más.
—Sí, «oh» —confirmó la mujer—. Así que manténganse cerca de mí y traten de no alzar demasiado la voz. De hecho, observen lo que vinieron a observar y no hagan preguntas.
El corredor interno de la residencia contrastaba por completo con el aspecto apagado y funcional del ingreso de empleados.
Allí dentro, todo recuperaba la elegancia exagerada propia de ciertas casas en donde el dinero parecía necesitar exhibirse incluso en los pasillos secundarios.
Las paredes estaban revestidas en madera oscura lustrada, los apliques dorados sostenían lámparas de aceite encendidas y gruesas alfombras cubrían el suelo amortiguando el sonido de los pasos.
A medida que avanzaban, las arcadas abiertas dejaban entrever fragmentos del interior de los distintos salones.
En cada uno de ellos permanecían empleados atentos a cualquier pedido de los invitados.
Aquello ayudaba a disimular la presencia de las dos muchachas infiltradas; entre tanto movimiento de criados entrando y saliendo, nadie parecía reparar demasiado en ellas.
Se movían silenciosas y ágiles, sin perder tiempo ni miradas en escenas que no habían ido a presenciar. Si ellas no miraban, nadie las miraba a ellas, ¿verdad?
Pero cuanto más se internaban en la residencia, más difícil resultaba no mirar. ¡Rayos!
Tracie giraba el rostro hacia todos lados, sentía que estaba ante uno de esos espectáculos nocturnos que se llevaban a cabo en los bajos fondos de Londres. Las risas, el humo de cigarros, la música y el murmullo constante de conversaciones masculinas componían una atmósfera extraña.
Hasta el momento, todos los rostros le resultaban perfectos desconocidos. Era apenas una debutante que se movía dentro de un círculo social bastante reducido. Algo que comenzaba a agradecer. Bien dicen: ojos que no ven...
¡Rayos! Pero ella vio.
Tiró de la manga del vestido de Joyce. La joven se detuvo en seco y Tracie chocó contra su espalda.
—Ese no es… —le susurró a Joyce. Necesitaba despejar su duda.
Joyce siguió la dirección de su mirada hacia uno de los salones laterales parcialmente abiertos.
—Sí… sí, lo es.
Dentro del salón, recostado con excesiva comodidad sobre un sofá de terciopelo, estaba Lord Pembroke... el recién casado Lord Pembroke.
Tracie abrió los ojos horrorizada.
—No puedo creerlo… ¿No contrajo matrimonio hace unas semanas?
—Doce días —corrigió Joyce en voz baja—. Lady Pembroke todavía debe seguir agradeciendo las felicitaciones.
—Oh, pobre mujer… —murmuró Tracie con genuina lástima.
—Fue un matrimonio arreglado, da por hecho que ella no esperaba demasiado de él. Quizás hasta le hace un favor viniendo aquí.
—¿A qué te refieres? —preguntó Tracie, con su tierna y adorable ingenuidad habitual.
—A que no hay placer más inmenso para una mujer que un esposo lejos de casa, lejos de tu alcoba. En especial, cuando tu marido te desagrada...
Tracie asintió. Lord Pembroke distaba mucho de ser agradable. ¡Pobre Lady Pembroke!
—Muchachas, por favor —intervino la señora Moure en un susurro apurado mientras les hacía gestos para continuar—. Si van a detenerse frente a cada hombre indecente de Londres, no saldremos jamás de este corredor.
Las dos retomaron el paso con rapidez. Mientras avanzaban, la señora Moure habló por encima del hombro.
—¿A quién venían a ver?
—A Lord Oliver Whitcombe —le informó Joyce.
La mujer se detuvo de repente. Se llevó la mano a la cabeza. Cerró los ojos un segundo.
—Oh, no... Y yo diciendo que evitaran el salón azul y la sala de juego principal.
—¿Y eso qué tiene que ver con Lord Oliver? —preguntó Joyce.
La señora Moure las miró con resignación.
—Lord Whitcombe está en la sala de juego principal.
—Bueno, no vamos a desmayarnos por ver a hombres apostando dinero —dijo Tracie.
—No apuestan dinero, señorita.
—¿Qué apuestan? —indagó Joyce con una sutil mueca en los labios. Contenía su sonrisa de satisfacción.
—Prendas de ropa, milady —carraspeó incómoda. Las tres compartieron un par de minutos de silencio—. Creo que lo mejor será que regresemos a la cocina y se marchen —concluyó. Era por el bien de las muchachas.
—Vamos, señora Moure —dijo Joyce intentando convencerla—. Ya hemos llegado demasiado lejos como para retirarnos ahora.
Mientras Joyce intentaba que la mujer continuara avanzando, Tracie se perdió en el extraño bullicio proveniente de uno de los salones cercanos. Algo entre las risas masculinas, el sonido de las copas y el murmullo general llamó su atención.
Mejor dicho, alguien.Una voz le resultó familiar.
Una voz masculina que comenzó a elevarse por encima del resto.
—«El Imperio no puede sostenerse únicamente mediante la fuerza…»
Tracie se quedó inmóvil.
—«…debe sostenerse también mediante la coherencia moral y política de su discurso…»
Dio un par de pasos hacia atrás casi sin darse cuenta, mientras aquella presencia sonora se volvía cada vez más clara entre el ruido del salón.
Sí. Dios… ¡Claro que la conocía!