Capítulo 12
La residencia urbana de Lord Ashdown se alzaba en una de las zonas más exclusivas y caras de Londres.
Una hilera elegante de antiguas casas nobles convertidas, con el paso de los años, en refugio perfecto para herederos ricos, lores ociosos y caballeros con demasiado dinero y muy poca supervisión familiar.
Las fachadas impecables, las columnas blancas y las ventanas iluminadas daban la impresión de respetabilidad. Pero bastaba permanecer unos minutos en aquella calle para comprender que, después del anochecer, el concepto de «respetabilidad» se volvía bastante flexible.
La casona Ashdown destacaba incluso entre todas esas casas elegantes.
Amplia, ostentosa y en extremo iluminada, parecía gritar “dinero” desde cada ventana.
Y quizá también peligro. Peligro para cualquier persona con algo de sentido común…
lo cual descartaba a Tracie Plageman y Lady Joyce Grigg.
Ambas parecían dispuestas a arriesgar su buen nombre y reputación con tal de entrometerse en asuntos que no les incumbían.
—A ver, voy a repetirlo una sola vez más —declaró Brett con una gravedad impropia de un joven de dieciséis años—. ¿Qué parte no entendieron de que estoy aquí para preservar el decoro de ambas? Lo que sea que tengan planeado lo dejan en mis manos, ¿está claro?
Frente a él, Tracie y Joyce permanecieron en absoluto silencio. Ni siquiera pestañearon. No hubo muecas, suspiros dramáticos ni miradas de indignación. Nada. Sus rostros conservaron una expresión neutra que, por un instante, Brett creyó haber logrado lo imposible.
Exhaló aliviado. Interpretó que esas dos damas finalmente comprendían la gravedad del asunto.
Por supuesto, estaba equivocado.
Apenas transcurrieron un par de segundos más, Tracie estalló en carcajadas. Y Joyce, aunque intentó conservar algo de compostura, terminó imitándola casi de inmediato.
—Milord todavía no posee un tono de voz lo bastante grave como para emitir semejante declaración —comentó Joyce entre risas—. Nosotras lo apreciamos muchísimo, de verdad, pero le falta… contundencia vocal.
—Sí —asintió Tracie mientras se secaba una lágrima de risa—. La intención fue excelente. La ejecución… bueno, tus cuerdas vocales todavía están en etapa de desarrollo.
—Me importan tres pimientos mis cuerdas vocales. No se trata de eso. Se trata de que bajo ningún concepto van a bajar de este carruaje. ¿Les quedó claro? ¿O las tengo que maniatar y amordazar?
Las dos dejaron de reír. No porque estuvieran obedeciendo, sino porque el joven vizconde parecía enojado. Algo poco habitual en él.
—Brett… —empezó Joyce. Era su plan lo que los había llevado hasta allí. Su idea era la precursora de todo aquel enojo. Sentía que era su responsabilidad tranquilizarlo.
—No, Lady Joyce, no. —Alzó una mano—. Sigo sin comprender qué demonios pensaban hacer. ¿De verdad creyeron que podían presentarse aquí, golpear la puerta principal de Lord Ashdown y recibir una cordial bienvenida?
—Bueno… cuando lo dices de ese modo…
—¡Porque ese es el modo en que iba a suceder! —exclamó él—. ¿Tan inocentes son respecto a cómo funcionan esta clase de reuniones?
—No somos inocentes —protestó Tracie.
Brett la fulminó con la mirada. La piel de la nuca de ambas se erizó de repente. ¡Vaya versión inesperada tenían frente a ellas! Una versión muy masculina y bastante atractiva para los ojos de cualquier dama. Con excepción, claro, de su prima.
—¡Entonces son dos desquiciadas! Y sinceramente todavía no decido cuál opción es peor.
Joyce carraspeó. Pretendía exponer su plan completo.
—No pretendía entrar así vestida… Ni tampoco pretendía eso de Tracie. No soy una improvisada.
Eso hizo que Brett frunciera aún más el ceño. Se cruzó de brazos.
—Ah, perdón, milady… Me adelanté a su estrategia. Dígame, ¿qué pretendía entonces?
—Bueno… —Joyce acomodó un pliegue invisible de su falda—. Si hubiésemos venido en el carruaje de mi hermano, habríamos tenido ropa masculina para cambiarnos antes de entrar.
—Oh, muy bien pensado —celebró Tracie, como si un par de prendas masculinas fuesen la pieza fundamental de un plan magistral.
Brett parpadeó una vez.
Después otra.
—Mientras más las escucho, menos claro tengo si ambas perdieron la razón o si jamás la tuvieron desde el inicio.
—¡Oye, eso ha sido ofensivo! —exclamó Tracie.
—¿Has oído lo que ha dicho? —Brett se golpeó la sien con el índice—. ¡Trajo ropa de su hermano para infiltrarse en una reunión privada de hombres!
—A mí me parece una idea bastante sólida. —Se encogió de hombros al tiempo que le dedicaba una mirada de complicidad a Joyce.
—Por supuesto que te lo parece —masculló Brett llevándose una mano a la frente—.
Es mi culpa… completamente mi culpa. —Resopló—.
Esta es la consecuencia directa de haberme ido a Eton y dejarte sola…
Voy a tener que hablar con tía Melissa. —Después soltó aire con lentitud, intentando recuperar algo parecido a la serenidad—.
Escuchen bien… Lord Ashdown no es solo «un gran idiota», como ustedes creen.
Es un idiota peligroso. La clase de hombre que, cuando cae al fango, se asegura de arrastrar a todos consigo.
—Veo que lo conoces demasiado bien —dijo Tracie señalándolo con gesto acusador.
—Gracias al cielo, no, no lo conozco. —Brett hizo una mueca—. Pero sí conozco a su hermano menor. Lord Anthony es uno de mis compañeros de estudio.
—¿Y qué opina de su hermano? —preguntó Joyce.
Brett soltó una risa seca.
—Lo detesta… Anthony es disciplinado y bastante más inteligente que su hermano mayor. Quizá precisamente por ello, este vive obsesionado con arrastrarlo hacia una vida más divertida.
Las dos muchachas intercambiaron una mirada inmediata.
—Me pregunto a qué le llamará una vida más divertida…
—Tracie intentó conjeturar al respecto. Mucho se comentaba acerca de la vida de los libertinos hedonistas y, a partir de ello, las jóvenes terminaban imaginando toda clase de cosas.
Aunque, siendo sincera, la imaginación de Tracie respecto a esos asuntos seguía siendo bastante limitada.
—Créeme, no deseas descubrirlo en persona…
—concluyó él. Se acomodó la chaqueta dispuesto a descender del carruaje—.
Bien, ahora haré esto a mi manera. Ustedes van a quedarse aquí dentro mientras yo entro, averiguo qué demonios sucede ahí y hablo con Anthony.
Si tengo suerte, podré obtener información suficiente para satisfacer la curiosidad enfermiza y cuestionable de ambas sin que ninguna de las dos arruine su reputación en el proceso.
—Nuestra curiosidad no es enfermiza —se defendió Tracie.
—¡Con esos rostros delicados y bien femeninos pretenden infiltrarse disfrazadas de hombres en una reunión privada masculina!
—No me dejaste finalizar. No es enfermiza —repitió Tracie—, solo es cuestionable.
Brett golpeó el techo del carruaje. El cochero abrió la ventanilla superior.
—¿Sí, milord?
—Bertram, escúcheme bien. —Señaló a las dos muchachas—. Tiene prohibido permitir que estas damas abandonen el carruaje. Si una sola de ellas pone un pie fuera de aquí, considérese despedido.
El pobre cochero carraspeó con nerviosismo.
—¡Sí, señor! ¡Por supuesto, señor! ¡Puede darlo por hecho, no ocurrirá!
Brett le guiñó discretamente un ojo. Mentía. Jamás lo despediría por algo así.
El cochero entendió el mensaje.
—No se preocupe, milord —continuó Bertram entrando en el juego—. Vigilaré este carruaje con mi propia vida.
Brett descendió de la cabina y cerró la portezuela tras él.
Las dos muchachas se abalanzaron hacia la ventanilla.
Desde allí lo observaron subir la escalinata principal de la residencia con paso firme.
Hizo sonar la campanilla ni bien estuvo sobre el porche de ingreso.
Al cabo de unos segundos, un mayordomo abrió la puerta.
Luego de intercambiar un par de palabras, el hombre se hizo a un lado y le permitió el ingreso.
Así, en un abrir y cerrar de ojos, Brett desapareció dentro de la casa.
La puerta volvió a cerrarse.
Tracie entrecerró los ojos.
—Maldición… Para quedarnos aquí, nos hubiésemos quedado en casa.
—Sí —coincidió Joyce con visible fastidio—. Creí que bromeaba cuando dijo que iba a dejarnos aquí.
—Brett nunca bromea… —chasqueó la lengua Tracie.
—Sí lo hace —dijo Joyce como si conociera una faceta del joven vizconde que ni su propia prima conocía.
Tracie la miró de reojo con el ceño fruncido. Joyce tosió.
—Como sea, no soy una principiante en estas lindes. Y repito, tampoco una improvisada… No pienso perderme esto.
—Yo tampoco… Aunque yo sí soy una improvisada y una principiante.
—No te preocupes. Tú sigue mis pasos, ¿de acuerdo?
Tracie asintió.
Acto seguido, las dos guardaron silencio. Luego cabecearon en dirección al cochero.
Joyce hizo una serie de gestos mudos: una mueca con los labios, cejas hacia un lado, cejas hacia el otro, elevó el puño e inició una cuenta regresiva con los dedos.
Tres…
Dos…
Uno…
A la cuenta de uno, abrieron la portezuela, descendieron a los trompicones y se lanzaron a la carrera.
—Lo siento, Bertram… —gesticuló Tracie en cuanto el cochero intentó descender del pescante para ir tras ellas.
Era inútil. No iba a alcanzarlas. No era un hombre joven y, al cabo de unas zancadas, se quedó sin aire.
¡Al demonio esas muchachas!
Las vio perderse por el corredor contiguo a la casa, el que conducía a la entrada de empleados.
El corredor lateral que bordeaba la residencia era mucho más estrecho y oscuro que el acceso principal. La elegancia desaparecía allí detrás, reemplazada por paredes húmedas, adoquines irregulares y el olor mezclado de carbón, cocina y humedad londinense.
A medida que avanzaban, el ruido de la calle iba quedando atrás.
El atardecer comenzaba a hundirse sobre la ciudad y las sombras se acumulaban entre las paredes angostas del pasillo, volviendo el recorrido bastante más inquietante de lo que Tracie había imaginado cuando decidió escapar del carruaje.
O quizá no inquietante… Quizá emocionante. Sí, sin lugar a duda, emocionante.