Capítulo 11 #3
—Nada. Nada que merezca ser recordado. Solo puedo decir que es un hombre que…
No terminó la frase. No tenía deseos de hacerlo. Sentía que gastar palabras en Lord Oliver era un desperdicio innecesario de oxígeno, pensamiento y paciencia.
Brett terminó la oración por ella. Gastó palabras por ella.
—Un caballero sin decoro —sentenció con un tono de fastidio muy bien controlado—. Mucho se habla de la falta de decoro en las damas. Muy poco de la falta de ésta en ciertos caballeros. Y si ese asunto se discutiera con verdadera honestidad, Lord Oliver encabezaría la lista sin demasiado esfuerzo.
Cogió su taza de té, bebió un sorbo y luego exhaló con calma.
—Por eso mismo considero poco prudente desperdiciar nuestro valioso tiempo hablando de él.
Al decirlo miró a Joyce con una complicidad silenciosa bastante evidente. Porque, desde su perspectiva, acababa de hacerle un favor. Un segundo favor, de hecho.
Joyce suspiró apenas. Miró a Brett y se encogió de hombros como un intento de disculpa anticipado.
—El problema es que… el segundo asunto que me ha traído hoy aquí es precisamente él. Así que, aunque sea poco prudente desperdiciar nuestro tiempo hablando del tema, lamento informarles que necesito ayuda.
Tracie dejó la taza sobre el plato. Como buen soldado, siempre estaba dispuesta para la batalla. Solo tenían que decirle dónde, cómo y cuándo.
—¿Ayuda? ¿Por qué? ¿Qué más ocurrió?
—Ese señor impecable… —carraspeó ella. Brett resopló por lo bajo—… le ha solicitado permiso formal a mi hermano para comenzar a cortejarme.
—¿¡Qué!? ¿Y qué respondió Lord Grigg?
—Primero pidió mi opinión antes de darle cualquier respuesta definitiva.
—Bien... Muy bien... —intervino Brett con aprobación inmediata—. No esperaba menos de Lord Grigg.
—Sí, pero el problema es que… mis argumentos, de momento, no le resultan suficientes.
—¿Suficientes para qué? —indagó Tracie.
—Para rechazarlo de manera definitiva. —Exhaló apenas—. Robin cree que estoy atravesando uno de mis habituales “cambios repentinos de opinión”.
Tracie hizo una mueca comprensiva.
—Típico de hermanos… o hermanas mayores. —Chasqueó la lengua. Estaba bastante acostumbrada a ese tipo de consideración dudosa—. Piensan que nuestras opiniones son como barriletes al viento… ondeantes, sin rumbo ni razón.
—Según él, tiene sus razones. —Joyce apoyó ambas manos alrededor de la taza —. Me recordó que, durante la fiesta de Francie, yo no parecía para nada disgustada ante la atención de Lord Oliver.
—Bueno… siendo justos, no lo parecías —admitió Tracie—. Estabas eclipsada por su carisma encantador y por su destreza en el vals.
—¡Gracias por tu apoyo incondicional!
—Intento ser objetiva.
Brett rio. Tracie lo fulminó con la mirada. No más risas para el joven vizconde.
—Pues Robin también decidió serlo. —Joyce suspiró—. Sostuvo que mi comportamiento suele modificarse con relativa facilidad cuando el hombre al que considero encantador comienza a prestarme auténtica atención… Cuando eso sucede, huyo como rata por tirante.
Brett frunció apenas el ceño. En función de lo oído, cualquiera podría suponer que la lady en cuestión poseía una habilidad bastante preocupante: encantarse ante el primer gesto caballeroso.
Ahora entendía cómo aquellas dos habían congeniado tan bien…
Demasiadas novelas románticas circulaban por las bibliotecas de ambas.
—¿Ha considerado atractivos a muchos lores, Lady Joyce? —La pregunta escapó de los labios de Brett antes de que pudiera detenerla.
—Eso no es relevante en este momento… —eludió la respuesta antes de retomar el hilo de la conversación—.
Lo relevante aquí es que Robin está convencido de que esto es otro capricho de mi parte.
Y yo le aseguré que no. Le dije que tenía argumentos válidos para querer a Lord Oliver Whitcombe a veinticinco leguas de distancia de mi persona.
—Razonable —murmuró Brett para sí. Todas las damas de Londres deberían mantener esa misma distancia de él.
—El problema es que mis argumentos no le parecieron lo bastante sólidos. Así que decidí conseguir pruebas más contundentes.
Brett ya empezaba a verse preocupado. Tracie, por supuesto, se mostraba fascinada.
Mala combinación.
—Continúa —pidió ella.
Adiós aburrimiento, pensó. Bienvenida aventura.
—Me llegó cierta información… —Joyce hizo una pausa, como si quisiera capturar la completa atención de su público.
Por supuesto, lo logró.
Tracie apoyó los codos sobre la mesa y dejó que la mandíbula descansara sobre sus manos en señal de concentración total. Incluso Brett dejó la taza sobre el plato.
—Al parecer —continuó Joyce—, todos los días quince de cada mes, Lord Oliver asiste a reuniones privadas organizadas en casa de Lord Ashdown.
—¿Lord Ashdown? —repitió Brett con visible desagrado. Ese lord era otro firme candidato a encabezar la lista de hombres sin decoro y pésima conducta—. Eso ya suena mal… o, mejor dicho, huele mal.
—Huele muy mal, puedes apostarlo. —Joyce asintió con una sonrisa ladeada—. En teoría, se trata de una especie de selecto club académico donde determinados caballeros se reúnen para debatir política, filosofía, economía y vaya uno a saber qué otras cuestiones intelectuales.
Brett soltó una risa seca.
—Lord Ashdown organizando debates intelectuales… Eso sí que es una buena broma.
—Lo mismo pensé yo. —Joyce tomó otro sorbo de té—. Si Lord Oliver encabeza el listado de hombres con poco decoro… Lord Ashdown directamente fundó la lista.
—¿Para tanto? —preguntó Tracie con su habitual inocencia.
La realidad era que el círculo masculino con el que ella interactuaba era bastante reducido.
Siempre terminaba rodeada de los mismos hombres…
hombres que, eventualmente, se habían convertido en sus cuñados.
Después de ellos estaba Lord Sinclair, a quien consideraba una extensión natural de los Audley y los O’Rourke.
Por fuera de ese grupo… Brett… y Lord Hayd… ¡Maldición!
—Sí… —exclamaron Joyce y Brett al unísono.
Fue Brett quien continuó:
—Para tanto. Así que, si en algún momento del futuro Lord Ashdown o cualquiera de sus amigos se acerca a ti, haces lo que acaba de describir Joyce: huyes como rata por tirante.
Joyce arqueó una ceja ofendida. Brett esquivó su mirada e hizo un gesto para que continuara.
—Como sea, decidí averiguar qué sucede en esas reuniones…
—¿Y cómo pretendes averiguarlo? —preguntó Tracie. Estaba bastante convencida de haberse perdido una parte importante del plan mientras divagaba en pensamientos.
—De la única manera lógica y posible… haciendo una visita en persona. Y da la casualidad de que hoy es día quince.
—Ah, perfecto, sí, sí… Solo quería comprobar que tu definición de «lógico» coincidiera con la mía.
Las dos sonrieron.
Brett, en cambio, permaneció en silencio mientras las observaba. Miró a una. Después a la otra. Luego volvió a mirar primero a Tracie y después a Joyce.
Parecían muy satisfechas con aquel absurdo plan.
—Disculpe, Lady Joyce… —utilizó el trato formal para aportar gravedad a una situación que la requería con desesperación.
Porque, claramente, el sentido común no había sido invitado a tomar el té aquella tarde, así que alguien debía convocarlo—.
Quiero asegurarme de haber entendido bien…
¿Usted pretende poner en riesgo su propia reputación para demostrar la falta de respetabilidad de ciertos hombres?
—Sí.
—No… —corrigió Tracie.
Brett suspiró.
¡No todo estaba perdido! Que su prima hubiese sido la primera en detectar lo absurdo del asunto resultaba innovador. Un acontecimiento casi histórico.
Joyce frunció el ceño en dirección a su amiga. Contaba con ella. ¡Qué demonios!
—¿Cómo que «no»? —balbuceó.
—No a lo que dijo Brett. —Tracie se acomodó en la silla—. Tú no vas a poner en riesgo tu reputación. Las dos la pondremos en juego para desmontar la fachada intelectual de Lord Ashdown y de todos esos supuestos caballeros eruditos que se reúnen allí a hacer cualquier cosa menos debatir filosofía.
Brett cerró los ojos. Imploraba ayuda divina en silencio. Podía lidiar con una muchacha. Pero con dos… Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar y la sabiduría para…
—No… —dijo con resignación espiritual.
Sabía muy bien que ni el mismísimo Todopoderoso podría ayudarlo.
—¡Sí! —exclamaron ambas al unísono.
¡Maldición!, pensó para sí. Haría preparar el carruaje.
Si no puedes contra ellas… únete.
Después de todo, ese parecía ser el mecanismo de supervivencia natural de cualquier hombre sensato. En especial cuando el enemigo vestía faldas elegantes y guantes de seda.