Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Tracie sonrió con descaro. Él le hizo un gesto con la mano hacia la puerta.

—Ven... Vamos a recibir a ese ser celestial que ha venido a rescatarte de morir aplastada bajo el terrible peso de las responsabilidades de este lord aburrido.

Aquello hizo que Tracie levantara ambas manos en una pequeña palma de victoria.

—¡Ja! —exclamó encantada mientras comenzaba a caminar hacia la puerta junto a él—. Acabo de comprobar que todavía tienes salvación.

Brett soltó un suspiro cansino.

—¿Salvación de qué?

—De convertirte en un lord aburrido, obviamente. —Le señaló el pecho con solemnidad, luego hizo presión con su dedo—. Tengo muchísima fe en ti, Brett... Sé que lo lograrás.

—Qué alivio.

—No, en serio. —Frunció el ceño como si estuviera hablando de un asunto de extrema gravedad—. Haré de eso mi misión personal. Tú no terminarás convertido en otro… —Se interrumpió.

—¿En otro qué?

Su prima desvió la mirada hacia cualquier sitio que no fuera él.

—¿En otro Lord Hayden Kensington? —completó Brett.

Ella volvió a mirarlo. Abrió la boca. La cerró. Después volvió a abrirla, ofendida por el hecho de haber sido descubierta tan rápido.

—¿Sabes qué? —continuó Brett al notar su silencio repentino. Un hecho sin precedentes. ¡Vaya milagro!—. Acabo de comprobar que todos los caminos conducen siempre a Lord Hayden.

—Ya, Brett. Cállate. Deja de hacerte ideas equivocadas.

—Perfecto. Tú deja de hacerte las tuyas y yo dejaré de hacerme las mías. ¿De acuerdo?

—De acuerdo... —dijo ella—, pero que sea un trato.

Brett extendió la mano.

—Trato... Lo que se habla en este despacho, queda en este despacho.

Tracie observó su mano unos segundos, después la estrechó.

—Ahora, vamos a por Joyce.

Abandonaron el despacho justo cuando se abría la puerta principal de la residencia para recibirla.

Melissa llevaba ya varios días fuera de la residencia del vizcondado.

La madre de O’Rourke había llegado desde Irlanda para pasar una temporada junto a su hijo, nuera y nietos, y tanto Gail como Noreen consideraron adecuado que ambas mujeres compartieran tiempo juntas.

Después de todo, tenían algo en común: las dos habían criado hijos intensos, temperamentales y bastante difíciles de controlar.

Así que la matriarca Plageman partió con absoluta tranquilidad, dejando la casa en manos de Brett.

Si bien el joven vizconde contaba tan solo con dieciséis años, Melissa sabía que poseía la sensatez, disciplina y capacidad organizativa suficientes como para administrar una residencia noble sin que esta colapsara.

El único factor impredecible seguía siendo Tracie. Pero incluso eso parecía menos alarmante bajo la supervisión de Lord Brett Grenville.

O al menos, esa había sido la teoría. La práctica era bastante distinta.

Porque menos de media hora después de la llegada de Lady Joyce Grigg, la tranquilidad administrativa del vizcondado ya se había transformado en un improvisado té en el jardín trasero, con una mesa repleta de pastelillos, frutas, sándwiches, y un Brett intentando, inútilmente, leer el periódico mientras las dos muchachas hablaban a una velocidad incompatible con cualquier concentración humana.

—No pensé que vendrías hoy —dijo Tracie agregando más azúcar de la necesaria en su taza—. Qué raro que no avisaras antes. Si lo hubiese sabido, habría ordenado preparar algo digno de este encuentro.

Joyce soltó una pequeña risa mientras dejaba los guantes sobre la mesa.

—La verdad es que pensé enviarte una misiva avisándote de mi visita.

—Tomó la taza de té entre las manos—. Pero después me di cuenta de que el tiempo que habría perdido escribiéndola, enviándola, aguardando tu respuesta y coordinando finalmente el encuentro era una pérdida de tiempo innecesaria.

—Tracie asintió con total seriedad, como si Joyce acabara de formular una gran verdad silenciada—.

Así que le pedí el carruaje a mi hermano y vine hasta aquí.

—Joyce se encogió de hombros—. Digamos que decidí convertirme yo misma en la misiva.

—Tienes razón. A veces perdemos demasiado tiempo en correspondencias.

—Y esperando respuestas —agregó Joyce.

—Y coordinando respuestas a las respuestas —continuó Tracie—. Cuando, en realidad, podríamos simplemente presentarnos donde queremos estar.

Brett, detrás del periódico, intervino sin levantar todavía la vista.

—Coincido.

Ambas giraron hacia él con visible sorpresa. El joven vizconde bajó apenas el periódico.

—Las invitaciones y las misivas forman parte del protocolo social. Son necesarias en ciertos contextos. Pero en el día a día… no hay nada más eficiente que ahorrarse pasos innecesarios y convertirse uno mismo en el mensaje que desea transmitir.

Tracie abrió mucho los ojos. ¡Vaya sorpresa!

—Eso ha sido bastante inesperado para alguien perteneciente a la categoría de lord aburrido.

Brett volvió a levantar el periódico.

—Y eso ha sido bastante ofensivo para alguien que acaba de darte la razón.

Joyce ocultó una sonrisa detrás de la taza.

—En cualquier caso —continuó Joyce—, tenía dos motivos puntuales para presentarme hoy aquí.

—¿Dos? Oh, ahora sí me interesa muchísimo esta visita.

—El primero… —Joyce abrió su bolso de mano— era devolverle esto a Brett.

El joven vizconde volvió a bajar el periódico.

Joyce le extendió un pañuelo masculino doblado. Bordadas en una esquina podían verse las iniciales B.G.

—Gracias, milady. —Lo guardó en el bolsillo interno de su chaqueta.

—No, por favor, milord… Gracias a usted —dijo ella intentando disimular el repentino sonrojo que le había subido a las mejillas.

Tracie observó el intercambio en silencio. Y, tratándose de ella, no era una buena señal.

Joyce carraspeó.

—Ah… y también esto.

Sacó otro objeto de manufactura textil del bolso. Sí, otro... Un par de calcetines.

Tracie parpadeó. ¿Estaba viendo lo que creía estar viendo? ¡¿Qué demonios…?!

—¿Calcetines?

Brett levantó el periódico hasta taparse el rostro.

—No te escondas detrás del periódico, Brett —inquirió Tracie con un tono parecido al de Melissa cuando estaba a punto de interrogar a alguien. Al parecer, ciertas cosas sí eran hereditarias—. Dime, ¿por qué Joyce te está dando calcetines?

—Porque son míos —respondió Brett con tranquilidad, como si aquello fuera una situación cotidiana y razonable. Una lady devolviéndole calcetines a un lord. Totalmente normal, ¿verdad? En especial cuando entre ambos no existía ningún vínculo familiar—. Y Joyce me los está devolviendo.

—Sí, esa parte la entendí. Lo que no comprendo es el proceso intermedio que llevó a mis ojos a presenciar esta escena inesperada, indebida y sospechosa.

—No exageres, Tracie.

Joyce soltó aire por la nariz intentando no reír.

—Digámoslo así, Tracie… —intervino ella. Lord Brett se estaba comportando como un auténtico caballero. De su boca no saldría el más mínimo indicio de información comprometida—. Durante la cabalgata por las tierras del ducado… pasaron cosas.

—¿Qué clase de cosas?

—Cosas. Punto final. No es necesario indagar más. Cosas suficientes como para que tus preguntas empeoren todavía más el recuerdo de la situación.

—Eso solo consigue que quiera indagar más.

Brett continuaba refugiado detrás del periódico.

Y Tracie, fastidiada por la escasez de información que le brindaban, terminó arrancándoselo de las manos.

Su primo, en vez de enfadarse, mantuvo la compostura.

O, mejor dicho, mantuvo la fachada de un muchacho que sabía demasiado y pretendía decir muy poco.

Tracie entrecerró los ojos con desconfianza, intentaba reconstruir mentalmente aquella tarde.

—Ahora que lo dices… —murmuró— sí recuerdo que tu falda estaba embarrada. Y también las botas de Brett. —Frunció apenas el ceño—. Aunque Lord Oliver estaba impecable. Ni una sola mancha.

El cambio en el humor de Joyce fue inmediato.

—Sí… Lord Oliver estaba impecable —repitió con una sonrisa bastante fingida—. Aunque eso dista mucho de convertirlo en un hombre impecable.

Brett carraspeó al mismo tiempo que ella. Ambos intercambiaron una mirada demasiado rápida.

—Oh, sin dudas me perdí algo importante.

—No te perdiste nada —respondió Joyce alzando la taza—. Solo diré que Lord Oliver Whitcombe posee ciertas… actitudes cuestionables.

—¿Cuestionables para bien o para mal? —preguntó Tracie con la esperanza de escuchar algún alegato romántico relacionado con lo sucedido.

—¡Mal! —respondieron Brett y Joyce al unísono.

—¡Vaya! Eso sí que no me lo esperaba. —Resopló apenas—. No me lo esperaba considerando que durante la fiesta de Francie te pasaste media noche hablando de él. En más de una ocasión dijiste que te parecía atractivo.

—Así es… —Joyce sorbió un poco de té antes de continuar—. Tú misma lo has dicho: me parecía atractivo… en la fiesta de tu hermana.

Volvió a beber té, esta vez más lentamente, casi como si la infusión quisiera acompañar el ritmo reflexivo de sus pensamientos.

—Tiempo pasado —agregó—. En mi tiempo presente perdió bastante su atractivo.

A veces determinadas acciones disminuyen las virtudes físicas de una persona.

—Dejó la taza sobre el plato y tomó un pastelito de nata.

Lo mordió, masticó con tranquilidad y luego se limpió los labios con una servilleta—.

Además, tenías razón en algo… no es tan alto.

—Bueno, en defensa de Lord Oliver, nadie parece alto al lado de Lord Hayden —dijo Tracie, y apenas lo dijo, se arrepintió.

Se había jurado a sí misma detestarlo. Y detestarlo implicaba no pensarlo. No mencionarlo. No soñarlo. ¡Rayos! En especial lo último.

Brett arqueó una ceja.

—Todos los caminos conducen a…

Recibió una patada inmediata por debajo de la mesa.

—¡Auch! —se quejó.

—Te lo tienes merecido —masculló ella entre dientes—. Volviendo al asunto de la altura, incluso Brett es más alto que Lord Oliver.

Tanto Joyce como Brett asintieron.

—Y eso ya lo sabías —continuó Tracie—, así que dudo mucho que la altura haya sido el verdadero motivo de tu desencanto. Lo que me lleva, de nuevo, a las actitudes cuestionables… Dime, ¿qué sucedió?

Joyce dejó escapar un pequeño suspiro resignado.