Capítulo 11
El despacho del vizconde de Kinloss parecía el único sitio silencioso de toda la residencia. Y, aun así, Brett Grenville comenzaba a sospechar que aquello no dependía del lugar, sino de la ausencia temporal de cierta señorita Plageman.
Porque apenas Tracie ingresaba a una habitación, el silencio huía despavorido.
—Podríamos ir al parque —decía ella mientras recorría el despacho sin rumbo fijo—.
O al mercado de flores. O al Támesis. ¿Hace cuánto no vamos al Támesis?
—Se lanzó con dramatismo exagerado en el sillón que estaba ubicado junto a la ventana.
El frú-frú de su falda contra el tapizado hizo resoplar al joven vizconde.
Pero ella estaba tan enfrascada en sus planes y pensamientos que ni lo oyó—.
También podríamos hacer de cuenta que somos personas respetables e ir a una exposición de arte.
—Chasqueó la lengua—. No, mejor no, es probable que me aburra a los siete minutos y termine imaginando cómo se verían esos retratos con bigotes dibujados encima…
Brett seguía escribiendo. O fingía hacerlo.
—Tal vez podríamos organizar un picnic —continuó Tracie al tiempo que se incorporaba de nuevo, incapaz de permanecer quieta más de treinta segundos seguidos—.
Aunque los picnics siempre parecen buena idea antes de que las hormigas intenten quedarse con la comida.
—Se detuvo de repente frente al escritorio de Brett, con los brazos en jarra—. No, ya sé, quizás podríamos…
La pluma del joven vizconde se detuvo. ¡Dios santo! ¿Cómo demonios hacía Hayden Kensington para soportar aquello? No, peor aún… ¿cómo hacía para disfrutarlo?
Porque Brett lo había visto. Había visto al barón escuchar las interminables asociaciones mentales de Tracie con una paciencia casi absurda. Incluso responderlas, analizarlas y discutirlas. Y aquello no tenía ningún sentido lógico.
Lord Hayden daba discursos políticos en la Cámara de los Lores, administraba propiedades, estudiaba reformas legislativas por entretenimiento y era capaz de convertir una conversación sobre flores en una explicación sobre gramática latina.
Tracie, en cambio, hablaba como si su cerebro funcionara a la velocidad de un carruaje cuesta abajo sin conductor.
Sin embargo…
Sin embargo, Lord Hayden siempre terminaba mirándola como si estuviera escuchando algo importante. Y eso desconcertaba profundamente a Brett. ¿Debería considerarlo como un modelo a seguir? Mmm... comenzaba a tener dudas al respecto.
—¿Me estás escuchando?
La voz de su prima lo arrancó de sus pensamientos. Brett levantó apenas la vista.
—Por supuesto que te estoy escuchando.
Tracie entrecerró los ojos con evidente desconfianza.
— Entonces dime qué acabo de decir.
El joven vizconde guardó silencio por un segundo. Después suspiró con resignación.
—Que deberíamos aprovechar el buen clima, salir de esta casa, hacer algo productivo para el espíritu humano y dejar de desperdiciar la tarde entre papeles aburridos.
Tracie abrió la boca.
¿Había dicho eso? ¿Exactamente eso? Ni ella misma lo sabía.
Hablaba tanto, tan rápido y enlazaba una idea con otra con semejante velocidad, que muchas veces ni siquiera era plenamente consciente de las cosas que decía.
Así que no podía poner en duda lo que su primo acababa de asegurar con tanta convicción.
Y, en definitiva, aunque no hubiera usado esas palabras exactas… el concepto era correcto.
Sí. El clima era hermoso. Sí. Aquella tarde merecía algo mejor que balances contables y tinta seca. Así que terminó asintiendo con absoluta seguridad.
—Bueno… sí. Eso mismo.
Brett parpadeó una vez. ¡Vaya! Había acertado de verdad. A veces sospechaba que comprender a Tracie resultaba más sencillo que interpretar un manual introductorio de protocolo social para alumnos de Eton. Bastaba captar una idea general y el resto encajaba solo.
—Hagámoslo entonces —declaró ella, como si él hubiera participado activamente de la conversación.
—No podemos «hacerlo» porque, a diferencia de ciertas personas incapaces de permanecer quietas, yo estoy bastante ocupado. —Señaló todos los papeles desparramados sobre su escritorio.
Tracie soltó un resoplido dramático.
—Por favor, Brett, estás en receso académico.
—Una cosa es el receso académico y otra muy distinta las responsabilidades del vizcondado.
—Eso es lo que diría un anciano de setenta años, no un joven de dieciséis.
—No... Eso es lo que diría alguien responsable.
—No... Eso es lo que diría alguien de Eton.
Brett alzó una ceja.
—Lo que resulta obvio, eso quiero decir. —Tracie se cruzó de brazos como si aquello le otorgara más peso a su argumento absurdo.
—A mí no me resulta obvio, así que explícate.
—Que Eton los convierte a todos en aburridos. Eso es lo obvio —exclamó.
—No seas ridícula —resopló él.
Tracie apartó la silla que estaba al otro lado del escritorio y tomó asiento frente a Brett. Apoyó los codos sobre la mesa y compartió su repentino análisis mental con su primo como si acabara de realizar un descubrimiento revolucionario.
—No, escúchame. Tiene sentido. Muchísimo sentido.
—Se mordió el labio por un instante. Sí, estaba cada vez más convencida de su teoría—.
Tú, Lord Hayden, Lord Wayne Sinclair… todos ustedes hablan igual.
Caminan igual. Respiran igual… —Se llevó un dedo a la sien y se dio pequeños golpecitos—.
Parecen organizados por una misma institución secreta dedicada a destruir cualquier posibilidad de diversión humana.
Brett intentó no sonreír. Fracasó. La comisura izquierda de su labio se ladeó, traicionándolo por completo.
—Lord Leopold VIII Audley fue a Eton.
Tracie hizo una pausa. Su cuñado no era para nada aburrido.
—Tienes razón. Pero eso no basta para desbaratar mi hipótesis.
Brett retomó la escritura. No tenía demasiado sentido darle pie a continuar aquella conversación; con Tracie, cualquier intercambio podía extenderse por horas. Así que buscó una manera relativamente amable de ponerle un punto final.
—Consideremos a Leopold una excepción. Quizá se golpeó la cabeza al caerse de un caballo o algo por el estilo. —Se encogió de hombros—. Tal vez su cerebro procesa las responsabilidades de otra manera.
Sí, sonaba absurdo. Pero con suerte bastaría para distraerla unos minutos.
—Dudo muchísimo que Leopold se haya caído alguna vez de un caballo. ¿Lo has visto cabalgar? Creo que aprendió a montar mucho antes que a caminar.
—En ese caso, alguna otra explicación debe existir… —murmuró Brett por lo bajo mientras seguía revisando documentos.
—Sí, por supuesto que existe. —Tracie asintió con seguridad—. Leopold compite en otra categoría.
Eso sí llamó la atención de Brett. Levantó los ojos hacia ella.
—¿Sí, cuál?
—Él entra en la categoría de libertino. —Tracie hizo un gesto teatral con la mano—. Ustedes, en cambio, pertenecen a la categoría de lores aburridos.
Brett dejó la pluma sobre el escritorio.
—¿Me estás diciendo aburrido? —exclamó con visible ofensa.
Tracie estaba a punto de responder cuando ambos escucharon el sonido distante de un carruaje deteniéndose frente a la residencia.
Sus ojos se iluminaron. Porque cualquier interrupción era bienvenida para ella. Cualquier cosa capaz de romper la monotonía de una tarde entera de balances, documentos y silencio administrativo merecía su agradecimiento eterno.
Corrió hacia el ventanal.
—¡Oh! —exclamó llevándose una mano al pecho—. ¡Bendita sea la buenaventura que ha traído este ser celestial a nuestro triste y burocrático porche de entrada!
Brett frunció el ceño.
—¿De quién estás hablando?
—La pregunta no es quién es —declaró Tracie sin apartar la vista de la ventana—. La verdadera pregunta es qué maravillas provocará su presencia inmaculada y luminosa en esta casa sumida en el tedio.
—Tracie… ¿Quién es?
Ella giró apenas la cabeza hacia él como si la respuesta fuese evidente.
—Dije «ser celestial», Brett. También dije «presencia inmaculada y luminosa». Pensé que eso bastaba para identificarla.
Brett resopló apenas. Y fue allí cuando Tracie notó el cambio repentino en él.
Vio cómo el cuerpo de su primo abandonaba la rigidez laboral. Cómo la pluma regresaba al tintero. Cómo dejaba de fingir que esos balances contables eran el eje que sostenía el funcionamiento completo del Imperio Británico.
Después se puso de pie. Así de fácil...
El joven vizconde caminó hacia el ventanal junto a ella. Afuera el cochero descendía para abrir la portezuela del carruaje.
—Cuando hablo de una presencia inmaculada y luminosa, claramente me refiero a Joyce —continuó Tracie con un tono inocente malicioso—. Ya lo sabías, ¿verdad?
Brett negó con la cabeza, pero sonrió. Esa pequeña sonrisa bastó para confirmar que lo había sabido desde el primer instante.
Ambos observaron el preciso momento en que Lady Joyce bajaba del carruaje con elegancia natural.
El vestido azul grisáceo se movió alrededor de sus tobillos al tocar el suelo, ligero como una ventisca delicada entre árboles.
Las cintas color marfil de su sombrero se agitaron apenas con la brisa de la tarde mientras acomodaba sus guantes largos con una gracia despreocupada, casi etérea.
Parecía una de esas criaturas encantadas de los cuentos antiguos: una especie de hada aristocrática.
—Bueno —declaró con satisfacción triunfal Tracie—, ahora no puedes negarte. Seremos dos contra uno.
—No estaba negándome.
—Discúlpame, ¿me estás tomando el pelo? Minutos atrás estabas defendiendo las responsabilidades del vizcondado como si fueran el último muro de contención entre la civilización y el colapso de Inglaterra.
—Sigo pensando lo mismo.
—Claro. Por supuesto. Benditas sean las responsabilidades que dejaron de ser urgentes apenas apareció Lady Joyce.
Brett carraspeó.
—Iba a dejar de trabajar de todos modos.
—Mmm.
—Y no tiene nada que ver con la presencia de Lady Joyce.
—Claro que no... —carcajeó ella.
Brett negó con resignación mientras tomaba la chaqueta que había dejado sobre el respaldo de la silla.
—Por supuesto que no, deja de hacerte ideas equivocadas.