Capítulo 10 #3
Tracie pudo jurar que la nuez de Adán subió y bajó a máxima velocidad con esa pregunta.
—¿Por qué todos preguntan eso? ¡Es irrelevante!
—¿Quiénes son todos?
—Mi madre, Brett, mis hermanas… —enumeró Tracie.
—Yo… ¿Lo ama?
—No pienso responder a eso. —La señorita Plageman cruzó los brazos.
—Entonces, no tengo de qué disculparme. Si no le importa… —Hayden hizo una leve reverencia para irse.
—¡No se vaya!, no he terminado. ¡Tiene que disculparse conmigo por intervenir en mi vida! —le demandó Tracie.
—Lo siento… —La muchacha soltó el aire aliviada al escucharlo; el suspiro pareció limpiarle el cuerpo de semanas de furia. ¿Tan fácil lo perdonaba? Lo que el barón dijo después le hizo coger aire e ira de nuevo—, lo siento, pero no me disculparé.
—¿Cómo dice?
—No me disculparé, señorita Plageman. Hice lo que hice porque estaba convencido de ello y hasta ahora nada me ha probado que estuviese equivocado.
Lamento que esto la afecte, pero esa circunstancia escapa de mi control.
El señor Clarke podría haber obrado con más tacto; no obstante, mi amenaza contra su vida solo podía poner una condición en el contrato, y era que no se casara con usted.
Pedir más hubiera sido de gran avaricia de mi parte.
Tracie parpadeó lento al oírlo.
—¿Lamenta que el señor Clarke me haya dicho la verdad?
—Parte de la verdad —corrigió él.
—¿Y cuál es la otra parte? ¿La parte en que le rompió una rodilla?
—¡Yo no lo golpeé! ¿Eso dijo él?
—No, pero usted lo amenazó y apareció en mi casa cojeando. Es lógico pensar…
—Es lógico pensar mal de mí. Bien, lo comprendo. —Hayden se acercó a ella; ahora la furia era compartida—. Entiéndalo bien, señorita Plageman, si yo le hubiera puesto una mano encima, no habría llegado a su casa cojeando, sino arrastrándose por el suelo.
Tracie abrió los ojos desmesuradamente. La boca formó una enorme «O». Jamás había pensado estar viva para ver al barón así de cabreado, porque esa era la única palabra que hallaba para describir ese enojo visceral.
—¡Con qué derecho está más enfadado usted que yo!
—¿Estoy más enojado que usted? —Hayden pareció relajarse. Tracie era incapaz de guardar verdadero rencor.
—Ya no. —La muchacha alzó el mentón; le permitió ver sus ojos marrones refulgentes de ira—. Si no se disculpa, milord, me veré en la obligación de odiarlo.
—¿No me odia ya?
Tracie pareció pensarlo. Su boca formó un mohín.
—Todo el mundo tiene derecho a una defensa justa. Pero usted no parece querer usar ese derecho. Así que, de ahora en más, desde este instante, milord, empezaré a odiarlo.
Hayden formó una delgada línea con la boca; intentó contener entre los labios la sonrisa, las respuestas, las ganas de confesarle todo.
Solo pensar que ella pudiera sufrir lo mantenía en ese terco silencio.
Tracie no había negado estar enamorada de Edmund Clarke; quizá disimulaba, tal vez se trataba de su forma relajada de afrontar los males.
Pensar en que su corazón podía romperse hacía que Hayden fuera capaz de martillar el suyo y convertirlo en añicos.
—¿Hay algo que pueda hacer para que no me odie?, ¿algo que no implique exponer mis razones?
—No. —Tracie alzó el dedo—. ¡Y no crea que bastará con exponer sus razones, milord! Ya no. Ahora, como lo odio, esas razones tendrán que ser muy buenas y las tendrá que exponer de una manera muy sentida.
—Veo.
—Preferentemente bajo la lluvia o tras una cabalgata infernal.
Aunque lo segundo ya lo hizo mi cuñado Leopold, sería muy poco original de su parte.
Pero tendrá que disculparse y exponer sus razones un día de lluvia, milord.
De lo contrario, no podré perdonarlo y me veré en el trabajo de seguir odiándolo.
—¿Es un trabajo para usted odiarme?
—Sí, uno de jornada completa, sin festivos —especificó Tracie.
—Me temo, señorita Plageman, que tendrá una vida muy extenuante, porque no pienso ni disculparme ni explicarme —le dijo Hayden.
Tracie asintió.
—Me lo temía.
Archie se acercó a ella y jugueteó con su falda. La muchacha se agachó a acariciar al perro y se valió de eso para no mirar al barón a los ojos.
—No solo me duele que se haya entrometido en mi vida, milord, ni que me considere indigna de recibir explicaciones. Tal vez piense que soy demasiado tonta para entenderlas…
—Tracie…
Ella alzó la vista al oír su nombre en los labios de Hayden. Era la segunda vez que la llamaba así, con confianza, como si en la intimidad la pensara por su nombre de pila.
—Lo que más me duele, milord, es que podrá usted ser la persona con la conversación más aburrida de Londres, podrá ser irritablemente puntual e incluso el mayor déspota que dio Europa después de Napoleón, pero hasta unas semanas atrás lo consideraba un amigo. Y yo no tengo muchos amigos.
Cogió a Archie del collar y lo hizo dirigirse hacia la casa principal. Fue tras el perro, sin mirar atrás. No contempló la visión de Lord Hayden, convertido en estatua de sal.
Había muchas formas de perder a alguien y de romper un corazón. Él perdió a Tracie dos veces y su corazón acababa de recibir un nuevo golpe letal.