Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 10 #2
31%

Capítulo 10 #2

—No creo en categorizar los hechos por importancia, sino por urgencia. Este asunto no es más importante, sino más urgente. Mishka no puede esperar a que nosotros hablemos para terminar de parir.

Tracie rodó los ojos.

—Qué respuesta tan típica de usted.

—¿A qué se refiere?

—Shh, ahora es cuando deja de hablar.

—¿Si usted pregunta, señorita, yo tengo que responder y no a la inversa? Eso es una injusticia.

—Mire, mejor no hablamos de injusticias.

—Estoy de acuerdo —accedió el barón.

Tracie apretó los dientes; no quería estar de acuerdo con él en nada. Iba a rebatir, pero el potrillo empezó a salir del cuerpo de Mishka.

—¿Por qué está usted aquí? —preguntó Tracie. Hayden no respondió—. Ahora sí puede responder, milord.

—Ese potrillo es mío. Lord Leopold VII ha aceptado cruzar a mi Febo con Mishka.

En la mirada de Hayden brilló el orgullo; amaba a su caballo Febo y sabía que pronto no podría seguir cumpliendo sus funciones de montura habitual.

Era hora de otorgarle una vida más tranquila hasta el fin de sus días, pero la idea de que no le quedara nada de él se le hacía insoportable al barón; por eso había pagado lo que valía cada hora de trabajo de Audley para tener un heredero.

Tía Honora lo había reprendido por ello, por poner más esmero en tener un heredero de su caballo que uno propio.

—¡Oh, es hermoso! —exclamó Tracie. Le cogió el antebrazo a Hayden. Él sintió que la piel le quemaba bajo las capas de tela—. Mire, mire, ya casi…

El potrillo terminó de salir por el canal con enorme facilidad. Estaba cubierto de líquido y sangre, pero en perfecto estado.

—No deja de maravillarme lo rápido que se ponen de pie —comentó la muchacha—. Aww, moriré de amor aquí mismo. Mire, mire…

—Estoy mirando —le dijo Hayden.

—¡Al caballo, no a mí!

Mishka olió a su potrillo. Lord Leopold VII la revisó y Lady Greta fue a por los cubos con agua para limpiarlo.

—Es una yegua, Hayden.

Tracie aplaudió feliz, y el barón sonrió ante la sonrisa de ella.

—¡Tiene que elegirle un nombre! —insistió la muchacha.

—Pensé que estaba enfadada y decidida a no hablarme.

—Estoy enfadada y decidida a no hablarle, pero luego de esto. Es muy hermosa…

—¿Qué nombre quieres ponerle? —le preguntó a ella.

—¿Yo? Es su yegua; si la bautizo, será inevitable que piense en mí cada vez que esté con ella. Sería una tortura.

—Ya es una tortura —murmuró Hayden. Tracie alzó el mentón, ofendida.

—En tal caso, bien, milord, le elegiré un nombre para torturarlo. —Lo pensó y, tras unos minutos, llegó al veredicto—. Leto. Si su padre es Febo, ella tiene que ser Leto.

—No sabía que le gustaba la mitología, señorita Plageman.

—No mucho —mintió. En realidad, como buena lectora de novelas, sabía que los mejores cotilleos se daban entre los dioses míticos—, pero cierta persona a la que le gusta extender las conversaciones con datos de lo más aburridos me ha puesto al corriente.

—Nunca le hablé de Leto.

—Ni que recordara todas nuestras charlas, milord —respondió ella, para no admitir que sí, en efecto, había leído sobre mitología luego de una conversación con él sobre Ovidio y la reescritura de los mitos griegos por parte de los romanos.

—Recuerdo cada palabra —susurró él.

—Entonces, para no hacerlo más tortuoso, cerraré la boca. Imagine tener que vivir con mi voz en su cabeza las veinticuatro horas del día.

—Pensé que quería torturarme; no lo conseguirá si es considerada conmigo.

—Casi parece esperar dicha tortura, milord.

—Eso, milord —intervino Leopold VII con una media sonrisa—, casi parece que disfruta de ser torturado.

Hayden frunció el ceño. Lady Greta contuvo la risa.

—Se llamará Leto —sentenció Hayden.

Sabía que aún no podía acercarse al animal; las primeras horas la dejaban con la madre y luego ya podía empezar el proceso de socialización con él, para que se acostumbrara a su olor y fuera dócil y confiada.

—Leto será —dijo Leopold, pero Hayden ya se alejaba de allí.

Tracie frunció el ceño. ¿Otra vez pensaba huir de ella? Echó una última mirada a la cuadra y vio que los Audley la miraban conteniendo apenas la risa. No tenía tiempo de indagar qué les parecía tan divertido a esos dos, porque necesitaba retener a Hayden.

¿Para qué? No estaba muy segura. Ya había dejado en claro que estaba enfadada y él, que estaba al tanto de ello.

De todos modos, sentía la espinilla clavada en la garganta y estaba segura de que se sentiría mejor si decía lo que pensaba.

—Lord Hayden, espere. Tenemos que hablar.

—¿Tenemos?

—¡Claro que sí! O al menos, usted tiene que escucharme.

Hayden se detuvo y se volvió hacia ella.

Recién en ese momento, Tracie fue consciente de que el barón no llevaba chaqueta y de que el chaleco se ajustaba a su pecho.

Tampoco lucía corbatín; el primer y segundo botón de su camisa estaban desabrochados y bajo la tela se asomaba el esternón.

La nuez de Adán danzó en el cuello masculino, y Tracie se recordó que había decidido odiarlo.

—El señor Clarke me dijo que usted lo amenazó de muerte —le reprochó la señorita Plageman.

El barón no respondió. Desde su posición, ella solo podía verle la boca. El ala ancha de su sombrero de paja le tapaba los ojos. Tracie se dio cuenta de que no podía transmitir su enojo sin todo su rostro y echó el sombrero hacia atrás.

—¿Y bien? —exigió ante el silencio.

—Y bien, ¿qué?

—¿Es verdad?

—¿Importa?

—¡Sé que es verdad! —espetó Tracie, golpeando el pecho de Hayden con el dedo. Él miró hacia abajo, hacia ese índice que se incrustaba en su piel—. ¡El señor Stern me lo confirmó!

—El señor Stern no sabe mantener la boca cerrada.

—¿Qué tiene para decir de eso?, ¿eh?

—Nada.

—¿Nada?

—Ya lo sabe, amenacé al señor Clarke con matarlo si se casaba con usted. Veo que ha elegido vivir, puesto que usted está tan enojada…

—¿Eso es todo?, ¿no me dirá por qué?

—No, no le diré por qué.

Tracie puso las manos en torno a su cintura, formando una jarra con los brazos y el cuerpo. Ladeó la cabeza.

—¡Tiene que haber un motivo!

—Lo hay.

—Entonces…

—Pero no se lo diré. ¿Algo más?

—¿No piensa siquiera disculparse?

—¿Con quién?, ¿con Clarke? No, en lo absoluto.

—¡Conmigo!

—¿Lo amaba? —preguntó Hayden.