Capítulo 10
La noticia de que Edmund Clarke estaba cortejando a Lucy Hilton llegó a la casa de las Plageman de boca de Alice, la doncella.
—Escuché en el mercado que la señora Yale le decía a la señora Norman que había escuchado que la señorita Green hablaba con la señorita Deen, que la señora Hilton le había dicho a la señora Deen que su hija Lucy iba a recibir una propuesta en breve por parte del señor Clarke.
—Oh… —fue la única reacción de Tracie.
Melissa la miró por encima de su trabajo de bordado. La muchacha había vuelto a pintar y no era casual que el paisaje elegido fuera un frondoso bosque en llamas.
—Qué rápido sanó del corazón —comentó Brett.
—¿Sabes, Brett? Por esas cosas Archie no te quiere —se quejó Tracie y acarició a su perro.
Melissa clavó sus ojos en su sobrino y lo reprendió con la mirada por su falta de tacto.
—Lo siento, tía, pero tampoco veo que mi prima llore por los rincones.
—Si lo prefieres, puedo tirarme de un puente, Brett. ¿Así estaría mejor?
—Y ahora ha aprendido a ser sarcástica.
—Suficiente, los dos —intervino Melissa—. El señor Clarke es libre de mostrar interés por quien le plazca y nosotros somos libres de olvidarnos de él. Hay muchos peces en el mar, Tracie, y el señor Clarke ni siquiera era el más apetitoso.
—Por si no lo has notado, los peces no se me acercan mucho en este mar y, cuando lo hacen, un enorme, espantoso y aterrador tiburón llamado Lord Hayden Kensington los espanta.
Tracie decidió que ya estaba bien con pintar bosques; ahora retrataría el fondo del mar. Colocó un lienzo nuevo en el atril y buscó la carbonilla para empezar el bosquejo. Alice se había sentado en una silla y guardaba silencio, pero no se perdía el cotilleo.
—Lord Hayden ha espantado a uno solo… —insistió Brett.
—¡Uno es una multitud cuando el grupo se eleva a… uno! —exclamó Tracie—. ¡Moriré sola, madre! Moriré sola, dependiendo de la limosna de mis hermanas… ¡Tendría que exigirle al barón una manutención por el desagravio!
—Tracie, por favor…
—Seré la tía solterona. ¿A qué edad crees que deba empezar a usar cofia, madre? Brett, prepárate para pagar mi próximo guardarropa, necesitaré muchas cosas grises, marrones y negras… ¡Las solteronas siempre guardamos luto por alguien!
—Tracie… —insistió Melissa.
—Languideceré y mi temperamento se amargará. ¡Y entonces ni mis sobrinos me querrán!
—¡Tracie! —clamaron Brett y Melissa.
—Solo espero partir joven, así puedo atormentar a todos como fantasma.
—¡Suficiente, Tracie! —la reprendió su madre—. Iremos a visitar a tus hermanas al campo. El cambio de aire te sentará bien y te ayudará a solucionar tu problema de perspectiva.
Tracie puso el pulgar equidistante entre el lienzo y su ojo.
—Mi perspectiva está bien, madre.
—Creo que disfrutas de estar enfadada, Tracie —le dijo Melissa—.
Pienso que estás tan aburrida que hasta el enfado te entretiene.
Definitivamente iremos al campo; saldrás a montar, jugarás con tus sobrinos, pasearás por los bosques y ya verás cómo encuentras algo más divertido que despotricar y dramatizar escenarios ficticios.
—¿Eso hago?
—¡Sí! —clamaron Brett y Melissa a coro.
—Pues se equivocan y se los probaré. Cabalgaré maldiciendo al barón, pasearé soñando que encuentro al barón herido en el bosque y lo dejo ahí para que se lo coman los lobos extintos de Inglaterra…
¿Sabían que en Inglaterra los lobos están extintos?
Me lo dijo… —Tracie cerró la boca de golpe—. No, no se me pasará el enfado. ¡Jamás!
—Iré a preparar las maletas —dijo Alice, conteniendo la risa.
—Te ayudaré —agregó Melissa.
—Yo iré a clasificar mis corbatines por color —se sumó Brett.
—¡Oigan! —se quejó Tracie, pero su voz rebotó en las paredes. Se encogió de hombros y volvió a bosquejar el fondo del mar. Un enorme tiburón ocupaba el centro de la escena.
Tracie detestaba reconocerlo, pero viajar al campo le había sentado bien. Extrañaba a Joyce, sin dudas. Con sus hermanas casadas, Joyce se convertía en su principal confidente. Por desgracia, la hermana de Lord Robin tenía muchas más responsabilidades que ella y menos tiempo para dedicar al ocio.
A la señorita Plageman, en cambio, el tiempo le sobraba; y nada era peor para el enojo que tener horas para echar leña al fuego.
Desde que habían llegado a la casa de campo, en cambio, Tracie casi no pensaba en su enfado y mucho menos en Edmund Clarke. Pasaba sus horas caminando por el bosque, pintando paisajes marítimos, jugando con Archie y leyendo las últimas novelas de moda.
Cada tanto se permitía alimentar fantasías románticas, pero, debía reconocer, lo hacía de puro aburrimiento.
Entonces intentaba figurarse a Edmund como un héroe enamorado y a Hayden como un villano.
Le funcionaba a medias, porque cuando dejaba a su imaginación flotar, los rostros masculinos se cruzaban y el rubio gruñón ocupaba el lugar de protagonista, mientras el moreno encantador simplemente se desvanecía.
—Sería una pésima escritora de romance, Archie —le dijo a su perro, que correteaba ardillas en el bosque—, no me gustan los conflictos ni en las novelas.
El perro ladró y se dio a la carrera. Tracie no se preocupó demasiado, puesto que en esa dirección estaba la casa Audley y nadie se molestaría si ella atravesaba el terreno vecino.
De hecho, bien podía seguir caminando un poco más e ir a ver a su hermana.
Desde que habían llegado al campo la había visitado casi a diario; temía resultar algo cargosa.
—Archie, te estaba hablando. Es de mala educación dejar a alguien con la palabra en la boca.
Tracie saltó las raíces de los robles y estuvo al fin al descubierto. Los Audley habían plantado cebada ese año y el terreno se veía de un hermoso tono dorado. La muchacha dio un rodeo para no pisar las plantaciones; Archie eligió un camino más anárquico.
Más allá de las plantaciones se hallaba la casa de viuda de los Audley, un edificio que empleaba Leopold VIII para sus experimentos de química, pues no existía tal concepto como «viuda» en la familia.
Los Audley eran poseedores del secreto de la longevidad y, tras vivir cien años, cuando moría uno de los dos, a los pocos meses lo acompañaba el otro.
En esos momentos vivían la bisabuela y el bisabuelo de Leopold, ambos de más de noventa años.
Pasando la casa de la viuda se hallaban los establos. Gracias al padre de Leopold, quien compartía nombre con su hijo, los establos del condado eran la joya de la corona. Todas las personas influyentes querían un caballo criado por los Audley.
Tracie amaba esos animales y, por fortuna, sus vecinos le permitían visitarlos cada vez que quisiera. En América, Tracie apenas sabía montar; en Inglaterra se convirtió en una gran amazona gracias a su cuñado.
La idea de montar le borró de la mente cualquier otra preocupación y hacia allí se dirigió.
Archie salió de las plantaciones de cebada y se unió al paseo.
Ella se colocó el sombrero de paja sobre la cabeza para cubrirse del sol; ya había aprendido que, aunque estuviera nublado, el sol quemaba lo mismo.
La cantidad de pecas en su nariz era prueba de ello.
—Y compórtate, Archie —le dijo al animal—, la última vez recibiste un arañazo de la gata del jefe de cuadras por andar metiendo el hocico donde no debes.
Archie ladró.
—Es que ustedes, los hombres, son todos iguales. Siempre metiéndose donde no deben, y luego ¿qué pasa? Pues que una tiene que andar poniendo los límites.
Otro ladrido.
—Lo siento, Archie. Pero la amistad también va de sinceridad y tengo que serte sincera: te has portado mal con la gata. Sigo siendo leal a ti, y mi lealtad es la que me empuja a darte ese consejo.
Archie correteó alejándose de ella.
—¡Rayos, qué sensible! Luego nos dicen a nosotras —se quejó Tracie.
El spaniel conocía el camino y llegó antes que ella a los establos Audley. Se perdió tras las enormes puertas de madera.
Ella empezó a silbar una melodía de moda. Era una pena que no pudiera bailarla en un salón; sería mucho más fácil seguir ese ritmo que el que proponían las fiestas de la alta sociedad.
Con ese buen humor entró a los establos.
—¿Rupert? —llamó al jefe de cuadras—. ¿Lord Audley?
No había nadie a la vista, algo muy extraño en las caballerizas del condado. Eran tan grandes que siempre trabajaban al menos una decena de personas. Pasó por las cuadras y saludó uno a uno a los animales:
—Crisálida, Freia, Rock, Samurái, Thor…
Cuando llegó a la cuadra de Mishka, la halló vacía.
—¡Oh! ¿Ya?
Mishka estaba preñada, por eso recibía otros cuidados. Salió de las caballerizas principales y fue a las secundarias, donde solían estar los animales que requerían cuidados especiales.
Allí no solo encontró a todo el personal, sino que también divisó la espalda de Lord Hayden Kensington.
Tracie olvidó que había jurado odiarlo, dejó su rencor para otro momento y corrió a la cuadra de Mishka.
Lord Leopold VII estaba allí, atendiendo a la yegua con sus manos.
Lady Greta también; se encargaba de sostener la cabeza del animal y hablarle con dulzura.
Lo cierto era que la mayoría de las personas sobraban allí, los partos de los caballos solían ser bastante más sencillos que los humanos.
En caso de complicaciones, otro era el asunto, y por eso había tanta gente lista para empezar a correr. Esa tarde, por fortuna, todos sobraban.
Incluida ella.
Incluido Lord Hayden.
Se apoyó en la madera junto a Hayden y se puso de puntitas para ver hacia el otro lado.
—Señorita Plageman… —Hayden la saludó y, por un momento, Tracie pudo jurar que la voz le había temblado. Seguro se equivocaba; el barón no era de los que tartamudeaban.
—Milord. Tenga a bien hacer silencio, pues estoy enfadada con usted y ahora no podemos hablar. Están sucediendo cosas más importantes, ¿no lo cree?
Hayden no respondió.
—Le he pedido su opinión, milord.
—Me dijo que haga silencio.
—Pero que haga silencio después de responder a mi intervención.