Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—¿A mí, madre?, ¿cómo se me ocurre a mí?

Se quitó los guantes y se sentó, agotada, en el sofá. ¡Estaba exhausta y ni siquiera había visitado el jardín botánico! Su día era un desastre.

Melissa negó con la cabeza. Solía pensar con humor en la crianza de sus hijas. Noreen era la mayor, la hija que te hacía desear otra. Francie, la segunda, le había hecho creer que la maternidad era fácil. Tracie había llegado para sanarla del pecado de la soberbia. ¡Esa muchacha era indomable!

—¿Qué ha dicho el barón?

—¡Nada! Ha huido como un cobarde.

La señora Plageman rio por lo bajo. Solicitó té con manzanilla y lavanda; sus nervios necesitaban una dosis de calma.

—Tracie, ¿has pensado que, quizá, el señor Clarke mienta?

—¡Claro que lo pensé! Era lo que esperaba escuchar al llegar a la casa del barón. El señor Stern ha cometido el desliz de confesar que no, el señor Clarke dice la verdad. ¡El barón hasta lo retó a duelo!

—¿Cómo?

Melissa olvidó por un segundo su rol de madre y empezó a escuchar esa historia con la pasión que una buena matrona le pone a un jugoso cotilleo.

—¡Tal como lo oyes, madre! Lo ha retado a duelo.

—¿Por eso estaba herido el señor Clarke?

—Al parecer, no. Si el señor Stern no me ha mentido, el señor Clarke nunca eligió siquiera a los padrinos.

—¡Vaya!

—¡Madre!, pareces decepcionada.

—No, no… —se defendió Melissa—, aliviada. Aliviada de que no hayan hecho algo tan salvaje como retarse a duelo.

Tracie entornó los ojos. Conocía a su madre; esa no era su expresión de alivio.

—Tengo razón, ¿verdad, madre? Tengo razón en estar enfadada.

La señora Plageman regresó a su rol principal y analizó la situación con mirada crítica.

—Hija, ¿ha mostrado Lord Hayden en alguna ocasión intenciones románticas hacia ti? —preguntó.

—¡No! Jamás. Esto no tiene nada que ver con los celos, esto es una manifestación más de su carácter despótico.

—Y esas son las palabras exactas que empleó Clarke…

—¿Lo has oído?

—Pensé que te propondría matrimonio.

—Pretendía hacerlo, pero ha elegido vivir un día más, ¿puedes culparlo?

—Un poco…

—¡Madre! —se sorprendió Tracie.

—Lo siento, hija, me temo que los matrimonios de tus hermanas me han robado parte del pragmatismo para inclinarlo hacia pensamientos románticos.

Si el señor Clarke te pretende de verdad y tú lo amas de verdad, podremos enfrentar la enemistad del barón.

Tu primo es vizconde y, aunque su título en el presente está más debilitado que el del barón, sigue siendo de mayor envergadura. Y tenemos dinero, mucho…

—No les haría eso, madre.

—Tu felicidad vale más que nuestro dinero y posición social, Tracie. Además, Francie está casada con Audley y el señor O’Rourke tiene gran influencia en la economía británica. De verdad, hija, si amas al señor Clarke, cualquier amenaza del barón será en vano.

—Traería muchos problemas.

—Tracie, más problemas trae la desdicha…

—Arrastraría a muchas personas.

—Tracie…

—¡Que no lo amo, madre!

Melissa sonrió.

—En tal caso, me alegro de que el barón, en su insensatez despótica, no te haya herido en lo más hondo.

—¡Claro que me hirió en lo más hondo!

—El orgullo no es lo más hondo.

—Podría haberme enamorado del señor Clarke…

—Hmmm.

—¡Madre! ¿Por qué te pones del lado del barón? —se enojó Tracie.

—No lo hago, estoy de tu lado, hija. Lo que busco es que el árbol del enfado no te tape el bosque de emociones.

Tracie entornó los ojos.

—Es que es un árbol muy grande, madre.

—Como una muchacha que sabe pintar muy bien, sabes que el problema es de perspectiva.

—Igual estoy en lo correcto, tengo motivos para estar enfadada.

Melissa sonrió.

—Sí, hija. Incluso sin amar al señor Clarke, tienes motivos para estar enfadada.

—¡El barón no tiene ninguna autoridad para hablar en mi nombre!

Melissa asintió con la cabeza.

—¡Es una locura que haya recurrido a la violencia!

La mujer volvió a asentir.

—¡Y que haya huido sin dar explicaciones!

—¿Existe alguna explicación que pudiera calmar tu enojo, Tracie? —preguntó su madre.

—No.

La señora Plageman contuvo la sonrisa.

—En tal caso, es en vano que lo enfrentes, si tan decidida estás a mantener tu enfado sin importar los motivos.

Tracie miró a su madre con suspicacia.

—¿Tú sí crees que tiene un buen motivo, madre?

Melissa oyó los pasos de Brett y agradeció su regreso. Miró a su hija con enorme ternura.

—No, no creo que tenga un «buen motivo», pienso que tiene un «irracional motivo».

—Lord Hayden no es irracional.

—Exacto —coincidió Melissa.

—Entonces, ¿qué motivo irracional podría tener el hombre más aburridamente lógico de Londres?

—Uno que descubrirás cuando estés lista para ver el bosque detrás del árbol.

Brett vio la escena de su tía y prima y suspiró ante las evidentes malas noticias.

—¿Qué ha pasado?

—Tracie te pondrá al corriente —dijo Melissa, huyendo con la misma cobardía que Hayden.

¿Podía culparlo por escapar de Tracie furiosa?

No. Definitivamente, el barón había cometido un único acto irracional; todos los demás, como escapar de Londres, eran la racionalidad y el sentido común hechos acción.