Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Tracie asintió, distraída. Melissa entró a la sala con la bandeja de té, simulando no haber escuchado. También camufló la respuesta fisiológica que le generó la mirada de odio de Clarke ante el asentimiento de Tracie.

Cierto era que la actitud de su hija transmitía que, en efecto, no lamentaba en absoluto la falta de una propuesta matrimonial, pero un verdadero hombre enamorado se sentiría apenado y no invadido por tamaña furia.

—¿Irán al jardín botánico? —preguntó, en tono inocente.

—No, madre. El señor Clarke ha sufrido un horrible percance en su pierna.

Al pensar que Hayden no solo le había arruinado una potencial propuesta de matrimonio, sino también un buen paseo por Londres, empezó a enfurecerse más que Clarke.

—Lo siento, señor. Espero que se recupere pronto.

—Yo también. Lamento los inconvenientes, señora, señorita, pero será mejor que me retire y siga las indicaciones del médico. —Se puso de pie y el dolor de su pierna lo atravesó hasta hacerle latir las sienes.

Tracie lo acompañó a la puerta.

—Espero que podamos seguir siendo amigos —sugirió la muchacha con verdadera simpatía.

—Tendremos que preguntarle al barón —ironizó él.

—No se preocupe, yo hablaré con el barón. —Tracie frunció los labios en una mueca llena de ira.

Clarke contuvo la sonrisa al notar el enfado de la muchacha; la señorita Plageman jamás le perdonaría la intromisión. Era demasiado libre, demasiado americana y, sobre todo, demasiado rica como para que le importara ofender a un noble inglés.

«Yo no gozaré de su dote, milord, pero usted no gozará de su amada. Jamás».

Con esa promesa en su cabeza y una sonrisa apenada en los labios, hizo una reverencia y se despidió de las Plageman para siempre.

Necesitaba encontrar otra heredera. Urgente. O volvería a verle el rostro al jodido cobrador.

***

Tracie abandonó la casa de inmediato, convertida en un halo de furia.

Desoyó las demandas de su madre por primera vez en su vida.

La casa de la baronía se hallaba a una distancia imposible de recorrer a pie, algo en lo que cayó en cuenta luego de recorrer unas veinte calles.

Terminó por rentar un coche de alquiler para el trayecto restante.

Llamó a la puerta principal de la baronía ante la mirada espantada de los vecinos. El mayordomo de los Kensington la observó con pavor al abrir.

—Necesito hablar con el barón —anunció, sin más. La caminata la había despeinado y tenía las mejillas sonrosadas por el ejercicio.

—El barón no se encuentra. ¿Quiere hablar con su administrador, el señor Stern? —La hizo pasar con cortesía, de manera de apartarla de las miradas curiosas de los vecinos.

—No. ¿Dónde está el barón?

—No puedo decírselo, señorita.

La frustración hizo mella en Tracie. El hombre digitaba su vida y ni siquiera esperaba a ver el resultado de sus acciones.

—¡Vaya soberbia! —exclamó, molesta y por primera vez al borde del llanto.

No tenía muy en claro por qué lloraba, ¿por Edmund?, ¿por la intromisión?, ¿por la ausencia del barón?, ¿por un enojo tan profundo que buscaba pujar en forma de lágrimas?

El señor Stern oyó el alboroto y se acercó a ella. Carraspeó por lo bajo y el mayordomo se hizo a un lado para dejarle al administrador la tarea de lidiar con la señorita Plageman.

—Señorita, el barón ha partido esta mañana a su casa en las afueras de Londres.

—¿La casa bonita? —preguntó con voz nasal.

—Bueno, esta es bonita también.

Tracie miró alrededor.

—Es muy oscura, la casa de campo es preciosa. —Suspiró.

—En tal caso, sí, señorita, el barón está en su casa bonita. —Al señor Stern no le parecía un adjetivo fiel, «majestuosa» le sentaba mejor a semejante construcción casi palaciega.

—¿Tenía previsto el viaje o partió justo después de amenazar de muerte al señor Clarke?

—Justo desp… —El señor Stern cerró los labios de golpe.

—¡Lo sabía! El señor Clarke decía la verdad, ¡el barón lo amenazó de muerte!

—Bueno, en realidad… —intentó el administrador.

—¿Por qué? ¡No puedo entenderlo! Dígame que el barón ha contraído unas fiebres terribles y no está en su juicio.

—Señorita… En defensa del barón, no lo amenazó de muerte, sino que lo retó a duelo. Algo a lo que el señor Clarke no respondió. Lord Hayden ha aguardado hasta el amanecer por si le llegaba una nota con la elección de padrinos y armas, pero…

La expresión de Tracie se transfiguraba segundo a segundo.

—¿Un duelo? ¡¿Un duelo?!

—Señorita, entienda que el barón tenía sus motivos.

—¿Cuáles?

—No me corresponde decirlos.

—Tiene usted razón, ¡a él le corresponde dar explicaciones! —Tracie volvió sobre sus pasos, con más furia de la que había llegado—. Y el muy cobarde ha huido.

—Para ser específicos, permaneció aquí; el cobarde sería el señor Clarke.

—Señor Stern… —suspiró Tracie—, a usted le paga el barón, perdón si desconfío de la objetividad de su defensa. ¿Usted? —agregó en dirección al mayordomo—. ¿Tiene algo para decir de su señor?

—Que, con lo que me paga, señorita, hasta le salgo de coartada en caso de asesinato.

La furia de Tracie se volvió risa.

—¿Cómo se llama, señor?

—Barnaby Graves, señorita.

—Bien, señor Graves, usted está eximido de declarar contra su señor. En cambio, usted… —Entornó los ojos hacia el señor Stern—, usted que pretendía a mi hermana Francie…

El hombre se sonrojó, bajó la mirada. Tracie entornó más los ojos, ¿cómo podía un hombre tan déspota como Lord Hayden granjearse semejantes lealtades?

¡Le habían confirmado que Clarke no mentía!

, ¿entonces?, ¿por qué permanecían junto a un hombre capaz de perder los estribos y… ¡desafiarse a duelo!?

El dinero podía ser un motivo, pero algo le decía a Tracie que el señor Graves lo hacía por más que eso.

—¿Puedo saber cuándo regresará el barón?

—No… —respondieron los dos al unísono, en defensa de su señor. Edmund Clarke no era amenaza alguna para el barón, pero Tracie Plageman… ella tenía el poder de destrozarlo.

—Bien. Entiendo. —Frunció los labios—. Muchas gracias.

Y con las manos vacías y el doble de ira, regresó a su casa.

—¡Tracie! —Melissa había aguardado esos minutos con el corazón en la boca—. Rayos, hija, ¿cómo se te ocurre ir en busca del barón?