Capítulo 9
Tracie caminaba nerviosa por la casa londinense. Edmund Clarke le había escrito para invitarla a un paseo por el jardín botánico y empezaba a ser evidente que el hombre mostraba interés por ella.
No iba a negarlo, se sentía halagada. Sus hermanas mayores habían vivido historias de amor peculiares, por fuera de lo establecido, y Tracie no había sabido qué esperar de un cortejo normal.
Le gustaba.
Le agradaban las notas escritas con esmero, las esperas de noticias, los planes comedidos y ese juego de miradas y roces que debían disimularse a la vez que establecerse para que no quedaran dudas.
Era divertido ser cortejada.
Había esperado alguna que otra mariposa en el estómago, incluso que la asaltara un deseo irrefrenable de ser besada.
Ansiaba experimentar ese estremecimiento ante el roce casual, el contener el aire cuando Edmund se aproximaba…
pero suponía que había exagerado en esas fantasías y que lo que los poetas escribían era pomposo.
La sensación, por lo demás, era estimulante. Tanto así que miraba las manecillas del reloj a la espera del llamado a la puerta.
Edmund Clarke no era tan puntual como Lord Hayden. Ya había pasado un cuarto de hora y ella seguía deambulando de lado a lado del salón.
—Tracie, siéntate, cariño. Te cansarás antes de llegar al jardín botánico —le sugirió su madre.
—Tengo energía de sobra.
—Lo he notado. —Melissa contuvo la sonrisa.
—¿Brett?
—Lo eché como pediste.
—Yo no pedí que lo echaras, solo rogué que no estuviera presente.
—¿No es eso lo mismo?
—¡Claro que no! El método empleado corría por tu cuenta, madre; si tú has decidido echarlo no fue bajo mi pedido.
—Empiezas a manejar muy bien la retórica —rio Melissa.
—¿La retórica?
La risa de la señora Plageman se hizo oír.
—No, claro, lo decías en serio. —Rodó los ojos con una expresión que aún denotaba cariño—. Como sea, Brett se encuentra en la librería del señor Thomson; estará ocupado varias horas si pretende conseguir los ejemplares que ansía para hacer de su biblioteca «la biblioteca de un buen vizconde».
—¿Y qué contiene la biblioteca de un buen vizconde? ¡Espero que alguna que otra novela pícara!
—Ya veremos qué le sugiere el señor Thomson.
Cuarenta y cinco minutos después de la hora acordada, llamaron a la puerta. Tracie abrió por su cuenta.
—Señor Clarke… —Le sonrió y lo invitó a pasar. Recién entonces notó que cojeaba y que, raro en él, llevaba guantes de montar pese a que se había acercado a pie.
—Señorita Plageman.
Melissa miró disimuladamente a la calle y no halló carruaje alguno. Clarke esperaba usar el del vizcondado, un gesto bastante oportunista. Tal vez, pensó la señora Plageman, Brett no estaba tan equivocado en su percepción del señor Clarke.
Tracie no lo notaba; para ella esos detalles eran menores, era incapaz de ver dobleces en las personas. Si ella tenía un carruaje, ¿por qué no emplearlo y punto?
—¿Quiere tomar el té o partimos de inmediato al jardín botánico? —preguntó al tiempo que cogía sus propios guantes. La respuesta elegida por Tracie era evidente, quería ir a los jardines.
Melissa observó ese detalle también. ¿Su hija disfrutaba del cortejo o ansiaba tener algo que hacer? Estaba sola y, si no la acompañaba Joyce, quien tenía muchas más responsabilidades y menos tiempo libre, no tenía con quién recorrer la ciudad.
—Esperaba poder hablar con usted, señorita.
—Claro. El jardín es muy sereno, podemos hablar todo lo que le apetezca, señor.
—Tracie… —Melissa se acercó al vestíbulo y saludó al señor Clarke—, hazlo pasar, cariño. Pediré té mientras ustedes hablan.
La decepción en el rostro de la muchacha fue notoria.
—Pase, señor Clarke, por aquí. ¿Qué le ha sucedido a su pierna?, ¿un accidente?
—No se preocupe por ello.
—Sería muy descortés de mi parte no preocuparme, ¿no lo cree? Tome asiento…
Le señaló un sillón vacío y ella ocupó el enfrentado a él. Tenía en sus manos ya enguantadas el bolso, el cual estrujaba con impaciencia. Los ojos de Tracie fueron al cielo londinense, trataron de averiguar si esas nubes que asomaban traerían lluvia o si conseguirían por fin ir al jardín botánico.
—Quería hablar con usted a solas.
—Estamos a solas, adelante —lo apresuró.
Clarke notó que la atención de Tracie no estaba en él y fue invadido por una ira repentina. Deseó cambiar de plan a último momento, herirla a ella y al demonio, pero el dolor en su rodilla le recordó que su peor enemigo era otro.
—Ansiaba confesarle cuán profundamente enamorado de usted estoy, señorita.
Melissa, que llegaba con la bandeja de té, dio un paso atrás y se mantuvo oculta. La curiosidad le ganó; en lugar de irse, se quedó allí, de pie, oyendo la declaración de amor hacia su hija.
—¿Enamorado? —Tracie dejó de mirar el cielo, pasó a observar a Clarke con una mezcla de estupor y espanto.
—Esperaba hasta estar seguro de sus sentimientos para confesar los míos, señorita, ¿no nos hace el amor unos cobardes?
—No —respondió Tracie con sinceridad—, el amor nos hace bastante valientes. Por ejemplo, yo amo a mi familia y haría muchas cosas por ellos que en cualquier otra circunstancia podrían considerarse arriesgadas, incluso dolorosas…
Clarke contuvo la exhalación molesta. ¡Demonios!, ¿qué le veía Lord Hayden a un ser tan irritante?
—Es usted más valiente que yo, señorita.
—Bueno, el valor no es un atributo cuantitativo…
Edmund iba a gritar. ¡Muchacha insufrible! «Lo que sí es cuantitativa es tu cuenta bancaria, maldición», pensó con resignación.
—Lo cierto, señorita, es que esperaba poder proponerle matrimonio al final de la temporada.
Tracie buscó en su estómago el aleteo de las mariposas, la sensación de desmayo… ¡algo!, pero lo único que se le vino a la mente fue:
—¿Por qué al final de la temporada?, ¿existen meses específicos para las declaraciones románticas?
—¡Para consolidar nuestro amor! —vociferó Edmund, molesto.
—¡Ah!, pero como dijo que me amaba… Bueno, bien, entiendo, no levante la voz, lo encuentro algo desagradable.
—Sí, la amo. La amo con ardor… —Se inclinó hacia ella, pero Tracie lo detuvo.
—Por favor, se puede amar con ardor y con sentido común, su pierna está herida. Mejor amar sentado y cómodo en el sillón.
Clarke volvió a considerar cambiar sus planes, deseó que Hayden Kensington se casase con la señorita Plageman y sufriera a diario sus desquiciadas conversaciones.
Luego cayó en cuenta de que serían tal para cual, tan dichosos los dos debatiendo sobre las técnicas de tejido de los vikingos en comparación con los tejidos egipcios, y lo embargó un profundo afán de venganza.
—Sin embargo, mal me temo que no podré hacer realidad mis más profundos anhelos. —Tracie frunció el ceño—. El de casarme con usted —agregó Clarke al ver que la muchacha no asociaba la declaración de amor con una propuesta de matrimonio.
Edmund estuvo seguro de que Tracie mostraba alivio. De hecho, parecía dispuesta a dejar el tema ahí. Por eso, prosiguió:
—Mas debo confesarle algo, señorita.
—Vaya, hoy está de lo más confeso —murmuró Tracie.
El tintineo de las tazas se escuchó lejano; Melissa debió alejarse de su escondite para que la risa no la delatara. ¡Tendría que hablar con Tracie!, brindarle un curso acelerado de modos amables para rechazar candidatos.
—El motivo por el que no puedo casarme con usted es Lord Hayden Kensington.
Tracie estuvo a punto de corregirle: «el motivo por el que no puede casarse conmigo es porque no he dicho que sí», pero el nombre de Hayden la hizo reaccionar.
Clarke apretó los dientes. La única condenada reacción de la muchacha fue ante la mención del barón.
—¿Qué tiene que ver Lord Hayden en esto?
—Él me ha amenazado, señorita. Me dijo que, si me atrevía a proponerle matrimonio, me arruinaría la vida. Sepa usted que tiene los medios.
Melissa, en las sombras, contuvo el aliento. Tracie lo soltó en una exhalación.
—¡Lord Hayden no puede tomar semejante decisión en mi nombre!
—Eso mismo le he dicho yo, pero me ha dejado claro que no le interesa más que su opinión.
—¿Por qué haría el barón tal cosa? ¡Es ilógico! Lord Hayden puede ser aburrido, severo, estricto, un poco esnob… ¡pero jamás es irracional! De hecho, es demasiaaaaado racional.
Y una lección acelerada de cómo defender a una persona, agregó Melissa mentalmente, porque, si así buscaba excusar al barón, no se imaginaba lo que sería si lo quisiera insultar.
—Busca motivos donde solo hay tiranía, señorita Plageman. —La muchacha frunció el ceño; hasta los tiranos tenían sus razones. Clarke pareció adelantarse—: Le pregunté si era acaso un problema de celos, podría entenderlo, es usted irresistible…
Tracie carcajeó.
—¿Celos, el barón?
Clarke suspiró. Esa muchacha lo desquiciaba.
—Lo conoce mejor que yo. No hay celos en su decisión, sino voluntad de poder.
—¡Es inadmisible! —Tracie se puso de pie—. Lord Hayden no es quién para mandar en mi vida. ¡Si hasta a mi primo, que es el vizconde, le he dicho que no se meta en mis asuntos! ¿Quién se cree que es Lord Hayden?
—Al parecer, un dios que todo lo digita.
—¿De verdad pretendía casarse conmigo? —preguntó Tracie. Recién ahora, ante la posibilidad truncada, entendía la magnitud de esa charla.
—Sí, nada he deseado más en mi vida que hacerla mi esposa. Por desgracia, la amenaza del barón fue más que explícita.
Clarke movió los dedos enguantados y compuso una expresión de dolor que no necesitó ser fingida. El cobrador le había fracturado varios dedos de la mano izquierda.
—¡No me diga que la cojera es producto de Lord Hayden!
—Jamás dañaría su sensibilidad con detalles tan escabrosos.
Era una buena forma de no mentir, pensó, dejaría que ella imaginara el peor escenario posible.
—¡No puedo salir de mi asombro! El barón jamás ha mostrado rasgo alguno de irascibilidad.
—Pero sí de despotismo.
—Sí, sí. De eso sí —reconoció Tracie, algo rendida. Se dejó caer en su sillón con dramatismo—. Entonces, ¿no me propondrá matrimonio?
—Me temo que no. Sepa que me hace más desdichado a mí que a nadie.