Capítulo 8
Hayden prescindió del carruaje. Cogió a Febo, su montura de confianza, y recorrió la ciudad hasta la dirección señalada en el informe del señor Stern.
Edmund Clarke vivía en la zona de pisos de solteros más famosa de Londres. Allí donde los comercios respetables cerraban antes del anochecer y las calles quedaban a oscuras, perfectas para las andanzas sin horrorizar a vecinos de buenas familias.
Hayden no era de los que juzgaban. Sus mejores amigos supieron ser libertinos. Cada quien soportaba la vida como podía. El punto era ese: poder. Al parecer, Edmund Clarke no se hallaba en el grupo de quienes eran capaces de mantener una vida de excesos.
—Llámame esnob, Febo —le dijo al caballo al descender de él—, no me importa. Ya todos lo piensan. Pero si no puedes financiar tus vicios, es mejor que no los tengas.
Febo no lo juzgaba por esnob; en sus ojos lucía otra respuesta: «tú sí tienes para financiar vicios, es hora de que te busques uno».
No fumaba, no bebía más que una copa de tanto en tanto; sus amantes, si cabía el plural, más que un vicio eran una necesidad fisiológica mutuamente saciada…
Amarró las riendas de Febo en un sitio apartado y tranquilo, en uno de esos pequeños pasadizos que se formaban entre edificio y edificio y que más de un político quería corregir, y buscó la entrada del edificio.
Se trataba de una de esas viejas casonas nobles de antaño convertidas en varios apartamentos de renta.
Su mente regresó al tema «vicios». Si consideraba a este como un hábito arraigado que debilita a la persona, nubla su juicio o fragmenta su voluntad, entonces su único vicio tenía nombre y apellido: Tracie Plageman.
Llamó a la puerta indicada sin recibir respuesta. ¿Acaso no había casero? Estudió el entorno por costumbre, sin saber qué buscaba, tal vez un motivo para estar allí que fuera de verdadero peso.
En su estudio vio un carruaje aparcado junto a la estrecha acera de enfrente.
El cochero dormía con el rostro cubierto por su sombrero; de dentro salía el humo de un puro.
Negó con la cabeza. Nadie iba a abrirle la puerta, pues un cobrador esperaba a que el primer incauto asomara la nariz para dejar constancia de su factura.
Tal vez una simple amenaza, o quizá ya había llegado al punto en que los huesos entraban como forma de pago.
Pensó en Tracie. En Tracie acorralada en su propia casa.
En ella aterrada ante el horrible hombre que fumaba en su puerta esperando a que saliera para soltarle una amenaza.
Imaginó la mano del hombre enredándose en alguno de los delicados colgantes de oro que usaba la muchacha; cómo los pequeños eslabones la ahorcaban antes de ceder y terminar en la mano de un prestamista…
Pensó que estaba siendo fatalista. Y pensó que no le importaba pensar cuando en las tripas la sensación era más lacerante que en la cabeza.
Dio un rodeo por el edificio. Si era habitado por granujas, entonces tenía un ingreso alternativo. ¿Cuántas veces había salvado a amigos de amantes furiosas o cobradores tenaces? Cientos. Él quizá no fuese un libertino, pero la experiencia la había adquirido.
Saludó a Febo al paso; el caballo esperaba por él, paciente.
Entre la medianera y el muro final de la construcción había un corredor estrecho.
Por lo visto, al vender esa casa tan bien ubicada años atrás, dividieron el terreno para hacer más apartamentos.
Lo que antes fue el jardín ahora eran habitaciones para los nuevos criados, esos que en lugar de trabajar bajo el techo de sus señores lo hacían por hora y necesitaban un sitio al cual regresar.
Que ese sitio tuviera ventanas era opcional.
Eso era problema para el Hayden de la Cámara de los Lores, porque el Hayden que estaba allí venía con otro fin en mente. Tuvo que avanzar de lado, hasta que por fin halló la puerta. Esta conectaba con la vieja despensa y necesitó bajar unos cinco escalones mugrosos hasta ella.
Se encontraba sin cerrojo, era mejor así, puesto que los habitantes nunca sabían cuándo deberían salir corriendo para salvar el pellejo. Hayden entró y aguardó a que la vista se le acostumbrara a la penumbra; una vez listo, ingresó a la vieja casona.
No tardó en dar con la habitación que rentaba Edmund Clarke ni con el mismo hombre. Clarke se hallaba recostado en un sillón, con los pies sobre una mesa que hacía las veces de escritorio y bien seguro tras las cortinas cerradas y algo traslúcidas que le permitían ver hacia fuera sin ser visto.
—Buenas tardes, señor Clarke.
El salto que dio el hombre casi hizo a Hayden sonreír.
—Milord, no me diga que le debo dinero. No, imposible, para eso usted debería apostar y no lo hace. ¿Qué lo trae por aquí?, ¿quiere una copa?
—¿Ama a la señorita Plageman?
—¡¿Qué?! —Clarke carcajeó. Dios, ese hombre sí que no se iba con rodeos. ¿En qué momento había pensado el barón que una conversación podía empezar en esos términos? A ese hombre se le daba muy mal el vínculo social.
—Si ama a la señorita Plageman.
—¿La ama usted? —Edmund sonrió. Se sirvió una copa de todos modos; le señaló a Hayden el vaso vacío con el mentón. El barón negó con la cabeza y Clarke se encogió de hombros. Allá él si no quería alcohol en sangre para abordar ese tema.
—No es de su incumbencia —sentenció Hayden.
—Lo mismo podría decir yo.
—Pero no lo ha dicho. En cambio, ha reaccionado como si tal pregunta fuera absurda.
—Bueno, lo es. —Clarke se dejó caer de nuevo en el sillón. Con sus dedos, abrió una hendija entre las cortinas y miró en dirección al carruaje. Soltó el aire—. Apenas conozco a la muchacha, pero el amor nunca ha sido la base de los matrimonios en Londres.
—Bien.
—¿Eso es todo?, ¿a eso ha venido hasta aquí y me ha dado un susto de muerte?
—No, claro que no. He venido a decirle que, si insiste en casarse con la señorita Plageman, ese cobrador de allí será el menor de sus problemas. —Hayden abrió la cortina y Clarke se apresuró a cerrarla.
¡Joder!, el cobrador había visto el movimiento. Ahora tenía motivos para perseverar en su espera.
—¿La quiere para usted? —Clarke soltó una risotada.
—Eso no es de su incumbencia.
—Al parecer ahora lo es, milord, puesto que me ha amenazado. —Edmund volvió a reír de manera relajada. Bebió un sorbo de su copa y se recostó en el sillón usando los reposabrazos como sostén.
—Aún no lo he amenazado, esperaba no tener que hacerlo, de hecho.
—Dijo, y cito: «el cobrador de allí será el menor de sus problemas».
—¿Eso es una amenaza? Pensé que era solo una obviedad.
Lo peor, pensó Clarke, era que Hayden no estaba siendo sarcástico. Quizá debería cerrar la boca, pensó el hombre, y no descubrir qué, en efecto, el barón consideraba una amenaza.
Pero no estaba para eso. La desesperación era mala consejera.
—Si la quiere para usted, milord, ¿por qué no lo propone? Mi ego no es tan grande como para creer que seré un mejor candidato que un rico barón…
Hayden no respondió. Edmund volvió a reír.
—Así que usted sí la ama…
—No es…
—De mi incumbencia, ya… ¿Pero sabe qué sucede, milord?, que ahora lo es. Usted quiere que yo no le proponga matrimonio a la señorita Plageman, y eso es por una única razón: porque cree que dirá que sí.
—No lo averiguaremos.
—Claro que sí. Estaba esperando para no parecer desesperado, pero usted ha sido testigo…
Estoy desesperado. La señorita Plageman es bonita, hasta empiezo a pensar que la suerte me ha sonreído al fin.
No será tan desagradable cumplir con mis obligaciones maritales de tanto en tanto para, además, gozar de los beneficios económicos.
No soy tan esnob como otros, podré soportar su horrible acento americano.
Hayden cerró los puños a los lados del cuerpo.
—Estoy intentando no matarlo, señor Clarke, le pediría que tenga a bien no incitarme.
—¿Matarme, usted? —Edmund rio. La risa se le cortó al mirar la expresión del barón. Joder, que ese hombre hablaba en serio.
—¿Y por qué no le dice a la señorita Plageman la verdad?, ¿por qué, en lugar de advertirme a mí, no le advierte a ella?
—Eso no es…
—Ya déjese de tocar los cojones, milord.
—Edmund se incorporó. Se puso de pie y, al hacerlo, tomó consciencia de lo grande y fuerte que era el barón.
Tal parecía que la disciplina, el entrenamiento constante y una alimentación a base de nutrientes en lugar de alcohol daban mejor resultado físico que la vida de un granuja.
Si el barón quería matarlo, y tal era el caso, podría hacerlo sin mayor esfuerzo.
Pero el barón tenía una debilidad, una que había expuesto al presentarse allí.
—Ya veo, Lord Hayden, ya veo… —La sonrisa de Clarke se amplió—. No quiere que la señorita Plageman sepa que mis atenciones eran para su bolsillo y no para su bonito rostro.
—Ya está advertido, Clarke, si le propone casamiento, solucionaré todos sus problemas de deudas…
—¿No debería ser al revés?, ¿no debería proponerme saldar mis deudas a cambio de que me aleje de ella?
—No me refería a saldar las deudas… —Se le acercó; el hombre necesitó alzar la cabeza para sondear los ojos azules del barón—, me refería a enviarlo al único sitio donde no van los cobradores. Al más allá. Ahora que nuestros asuntos están claros…
Hayden se volvió para marcharse. Clarke era un cobarde y no amaba a Tracie, no iba a luchar por ella.
—Es usted patético, milord. —Edmund volvió a su sillón—. Absolutamente patético.
Hayden ignoró la pulla, pero Clarke quería anotarse un par de puntos. Dar aunque fuera un golpe en esa contienda que lo tenía sobre la lona.
—La señorita Plageman nunca será la baronesa de Sheffield y lo sabe. Puede ser encantadora, incluso hacer a un hombre babear… No es mi caso, pero tal parece que es el suyo. ¿Qué le ve?, ¿es su rostro? ¡Definitivamente no puede ser su cuerpo!
—No vuelva a hablar de ella —siseó Hayden.
—Oh, claro que hablaré de ella, milord. De esa torpe muchacha que no sabe bailar, ¿qué hará siendo baronesa?
, ¿organizar eventos de críquet en el salón de su casa de Londres?
Será el hazmerreír de la sociedad y lo arrastrará a usted a esa burla, entonces, lo que ahora le resulta encantador, en el futuro le irritará.
«Jamás», pensó Hayden, no era tan imbécil como para interesarse por el qué dirán.
Era Tracie quien se sentiría miserable, ridiculizada.
Ser su esposa era una condena y la señorita Plageman, con su sinceridad, ya lo había dejado en claro.
No lo quería a él, a quien hallaba aburrido, y no quería su título, el cual consideraba una carga insoportable.
Y él no podía culparla por sentirse así.
—La señorita Plageman no sirve para nada más que para aportar una fortuna a quien se case con ella. Usted no necesita esa fortuna, yo sí.
—Vuelva a hablar así de ella y adelantaré la sentencia —amenazó Hayden. Se acercó a Clarke y vio cómo el hombre se estremecía.
—¿Entiende, milord, que, si puede obligarme a mí a apartarme, puede obligarla a ella a aceptarlo?
Joder, es uno de los lores más influyentes de Londres.
El motivo por el que tomo en serio sus amenazas es porque sé que puede ponerme una bala en el pecho en medio de Hyde Park, a plena luz del día, y el juez solo lo condenaría a pagar una multa de una libra.
Solo tiene que decirle a la señora Plageman que quiere a Tracie, que de lo contrario hará miserable a toda su prole, incluido el vizconde de Kinloss y ya…
es suya… ¿por qué no?, ¿por qué no ir a por lo que desea?
Hayden evaluó terminar con la vida de Edmund Clarke como un bien para la humanidad. Nadie llevaba a prisión a los fumigadores por terminar con las ratas, ¿verdad?
—Porque no la desea —siguió Clarke—, porque usted la quiere. —La carcajada del hombre hizo a Hayden estremecerse—. El pobre barón de Sheffield necesita ser querido por la torpe señorita americana… oh… ni los dramas del teatro son tan patéticos.
—Ya he dicho lo que tenía que decir.
—Pero yo no. —Clarke volvió a incorporarse. Se tomó el resto de su bebida de un sorbo—. Usted está aquí porque no quiere que la señorita Plageman sufra, no quiere que ella sepa que es una torpe e insufrible muchacha de acento atroz cuyo único valor se mide en dólares.
—Lo espero al amanecer, elija el arma y su padrino —respondió Hayden—, no me importa, no hay disciplina en la que no pueda cerrarle la boca para siempre.
Kensington cogió el pomo de la puerta para marcharse, jamás se había batido a duelo, pero siempre había una primera vez en la vida. No iba a tolerar que ese maldito hablara así de Tracie.
—Si me paga una suma considerable, me alejaré de ella y la dejaré en paz.
Hayden rio. Por primera vez rio. Fue una risa amarga.
—No le pagaré, Clarke. Es más, si espero un mes más, ni siquiera tendré que matarlo con mis propias manos. —Fue hasta la cortina y volvió a descorrerla. Edmund corrió a cerrarla—. Si lo espero al amanecer, es porque no deseo que me arrebaten el placer.
—Si no me paga, entonces le confesaré todo a la señorita Plageman; le diré lo que pienso de ella y la pobre muchacha sufrirá.
—No, no hará tal cosa y los dos lo sabemos. Entienda, señor Clarke, no está en condiciones de negociar.
—Es verdad, solo me queda herir y, si no la hiero a ella, entonces será a usted. ¿Qué elige? Es usted quien elige las armas en este duelo, milord. ¿Ella o usted?
Hayden se alejó de Clarke, repugnado. Cualquier duda que albergara sobre su decisión de intervenir se disolvió tras esa charla.
—A mí, señor Clarke, si ha de clavar un puñal, que sea a mí.
—Sabía que diría eso. Yo me hundiré en la pobreza, pero no pretendo ser el único que sufre aquí.
Hayden abandonó la habitación. La puerta frontal estaba cerrada con candado, malditos cobardes. Salió por donde había entrado, rodeó la construcción y fue hacia el carruaje que allí esperaba:
—Se puede entrar por atrás, señor —le dijo al cobrador.
—No puedo matarlo —le respondió el hombre—, los muertos no pagan. Salvo que usted quiera cubrir su deuda, en tal caso…
—Tentador. —Miró hacia la ventana. Divisó el movimiento tras las cortinas, Clarke se iba a dar a la fuga—. No, no es mi asunto, mi parte ya la he solucionado. Por favor, no le corte la lengua, necesito que hable mañana. Gracias.
—¿Los dientes?
Imaginó a Tracie escuchando una excusa de una boca sin dientes y lo embargó una sensación de oscura satisfacción.
—Eso corre por su cuenta.
—No, aún puede vender los dientes para pagarnos.
—Apresúrese, va a escaparse por la puerta trasera. Buenas noches.
—Buenas noches —saludó el cobrador y fue a la caza de su presa. Hayden buscó a Febo y regresó a su casa con la incomodidad de saber que Clarke se vengaría y con la pacífica certeza de que sería él la única víctima.
Podía soportarlo. Había salvado a Tracie, cualquier golpe sería un precio bajo a pagar.