Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

La cabeza de Whippet reposaba en su regazo; lo miraba con ojos de enamorada.

No había ser que le subiera más la autoestima a un hombre que un perro.

Ellos no juzgaban ni se ofendían cuando uno no les ponía la merecida atención.

Hayden la acariciaba entre las orejas con movimientos mecánicos, mientras su cabeza estaba en otro sitio.

De hecho, en la otra mano tenía una misiva de Lady Evelina Ashcombe, que le escribía con ese entrelíneas que la caracterizaba para no dejar en evidencia la esencia de la relación que los unía.

«No he tenido noticias tuyas en semanas…», «el corazón de esta amiga busca en las conversaciones casuales el sonido de tu nombre», «me nutro de susurros…»

Admiraba el arte de hablar sin decir, requería de muchísima técnica y a él se le daba bastante mal.

Cuando no quería decir nada, callaba, y punto.

Por eso no había contestado esa nota cuyo subtexto era: «No te has casado ni anunciado compromiso alguno, entonces, ¿por qué demonios hemos dejado de follar?

, ¿debo buscarme otro amante con todo lo que eso conlleva?

No me hagas pasar por el trabajo de encontrar un hombre discreto y, además, generoso, si tú no te has ido a ningún lado».

Siguió acariciando el pelaje suave de Whippet. Dejó la nota a un lado; le sentaba mal no responderle a Lady Evelina, aunque solo fuera por el respeto de la relación que los unió, pero no hallaba palabras ni el ánimo para redactar en ese tono críptico.

Al pensarlo, un nuevo rostro vino a su mente. La señorita Tracie Plageman. Sintió la tensión en la comisura de sus labios por el inicio de una sonrisa.

Tracie no escribiría esas notas. No solo porque a su edad era aún inocente respecto a las relaciones entre hombres y mujeres, sino porque, de no serlo, se manejaría de una manera absolutamente franca.

Algo en su humor cambió, porque Whippet subió las patas delanteras a su regazo para alcanzar el rostro y besuquearlo.

—¡Oye! —la reprendió. Apartó la cara y la perrita le empujó el mentón con el hocico—. ¿Qué hablamos del espacio personal?

Pudo jurar que Whippet le respondía algo como: «Yo no soy persona, tus tontas reglas no aplican a mí».

Al menos los juegos del animal lo habían arrancado de su ensimismamiento.

Cogió una bola que había hecho con un par de calcetines viejos de lana y se la lanzó.

La perra salió disparada a por su juguete.

El despacho era amplio, pero no lo suficiente para contener la euforia del animal.

Whippet golpeó un mueble y el jarrón de porcelana se tambaleó.

Hayden corrió en esa dirección para equilibrarlo; al ver que no llegaba, se lanzó al suelo para impedir que la porcelana se hiciera añicos. Consiguió coger el jarrón, no así el agua de su interior, que se derramó sobre su rostro.

Whippet, al verlo en el suelo, se subió sobre él y volvió a lamerle el rostro, ahora húmedo de agua y baba.

Así lo encontró Herbert Stern. El hombre golpeó y abrió la puerta de inmediato, sabedor de que así lo prefería el barón. Pero al entrar y hallarlo con esas pintas, cerró la puerta con premura, permaneciendo del otro lado de la madera.

Si lo hubiera encontrado con los pantalones bajos, hundiéndose en el cuerpo de una amante, el impacto hubiese sido menor que aquel.

¿El barón reía?

—Pase, señor Stern —le ordenó, aún desde el suelo.

El administrador acató, pues una orden era una orden y bastante le pagaban para acatarlas. De todos modos, mantuvo la mirada apartada del cuerpo de Kensington.

Hayden se incorporó, regresó el jarrón, ya sin agua y con las flores deshechas, a su sitio y buscó en sus bolsillos el pañuelo para secarse.

La camisa se le había pegado al pecho y se quitó el corbatín para estar más cómodo. El señor Stern ya no encontraba dónde posar la mirada en sus ansias de no ser testigo de un acto íntimo de su lord.

Ajeno a tal incomodidad, Hayden terminó por arremangarse la camisa y dejar al descubierto sus antebrazos. Stern esperaba que un cuervo le comiera los ojos.

—Bien, señor Stern, ¿tiene lo que le pedí? —El barón extendió la mano y el antebrazo desnudo apareció en el campo visual del administrador. Empezó a sudar.

Hayden puso los ojos en blanco. ¡Y ese hombre había pretendido a la señorita Francie Plageman! Por favor, al primer descaro de la muchacha, el señor Stern habría perecido de un fallo al corazón.

Su tía creía ser una buena casamentera, pero lo cierto era que los resultados positivos se daban pese a ella y no por ella. Lady Honora había pretendido emparejar al señor Stern con Francie.

Y ahora a Tracie con Edmund Clarke.

—Sí, milord. Estaba usted en lo cierto, milord. El señor Clarke no se halla en una situación holgada, milord. Sus sospechas sobre las intenciones del señor tienen fundamento, milord.

Hayden hizo tronar sus cervicales.

—¿Prefiere que me vaya a acicalar, señor Stern? Porque si dice una vez más «milord», voy a sufrir una migraña.

—Lo siento, mil…

—Stern.

—Estoy bien. Solo un poco sorprendido, m… —La mirada de Hayden lo hizo interrumpirse—. Cierto, sí, al grano, como dice usted. Aquí está el informe. ¿Cómo desea proceder?, ¿lo lee y luego hace preguntas o presento los puntos importantes primero?

Sí, Stern podía ser demasiado condescendiente, pero sabía muy bien cómo trabajar con el barón. Podría ser un pésimo marido para alguien como Francie Plageman, pero un excelente administrador para alguien como él.

Lo que lo llevaba a preguntarse si eso no lo hacía a él también un pésimo posible marido para una Plageman.

Sabía la respuesta. Era un rotundo sí. Su tía Honora lo sabía, la señorita Tracie era consciente de ello (algo que había dejado claro en el baile de los Audley) y cualquiera que los viera juntos podía confirmarlo.

El único que se resistía a la evidencia empírica era él o, mejor dicho, una parte de él.

Esa que seguía sin responder a la nota de su amante y le había empujado a investigar al señor Edmund Clarke.

—Presente los puntos importantes.

—El señor Clarke padre ha cortado la asignación para gastos de su hijo.

El señor Edmund Clarke gastaba sumas desorbitantes en prostíbulos y juegos, pero fue cuando debió salvarlo de la prisión de deudores cuando el señor Clarke, que como bien sabe, es dueño de una empresa textil, decidió que tenía suficiente de su hijo.

Según las fuentes, las he citado, milord, por si quiere corroborar los datos, el padre le ha propuesto al hijo trabajar a cambio de dinero, algo que al parecer nuestro señor Edmund halló indigno de su condición.

—Veo, ¿cuánto tiempo tiene el señor Clarke antes de que su situación sea de público conocimiento?

—Dos meses, tal vez. Ya ha caído en préstamos usureros, milord.

—¿El padre volverá a salvarlo? Es normal que quiera castigarlo, pero sigue siendo su hijo y el renombre de la familia está en juego.

—El renombre está en juego más que por las andanzas del señor Edmund. La empresa Clarke está al borde de la quiebra; no podría salvarlo ni aunque quisiera.

Whippet se acercó al percibir que el humor de Hayden volvía a enturbiarse.

Le trajo su bola de calcetines a modo de símbolo de paz, y el barón la estrujó entre sus dedos para serenarse.

Volvió a dejar vagar la mirada por el despacho, como solía hacer cuando pensaba un asunto en profundidad.

Eso le impidió ver la cara de asco de su administrador al ver la bola llena de babas y vaya uno a saber qué más.

El señor Stern empezaba a preocuparse por el estado mental de su señor. Siempre pulcro y en punta en blanco, esa mañana presentaba un aspecto distinto.

—Milord, sería injusto pensar que solo le atrae la señorita Plageman por su dinero; es evidente que la muchacha es bella y, a su modo, carismática.

—¿A su modo? —La atención de Hayden regresó a su administrador. El hombre se sonrojó hasta la raíz del pelo.

—A su modo… ejem… americano. ¡Totalmente válido! —completó, y la voz le sonó chillona. Hayden ladeó la cabeza.

—¿Por qué se incomoda?, ¿cuándo le impedí expresar sus opiniones libremente?

—No estoy incómodo. —Se arrellenó en la silla y se sentó tan recto que su columna podía compararse con un palo.

La mirada del barón fue cargándose de intensidad a medida que miraba a su administrador.

Este suspiró y transpiró medio litro de agua al hablar—.

Tal vez lo haya malinterpretado, milord, pero me pareció que quizá…

usted… no sé… podría hallar a la señorita Plageman más que simplemente carismática y, pienso, supongo…

¡totalmente fuera de lugar para mi rol de mero administrador!

... que, bueno, podría haber tomado mi observación, ¡mi tonta y no pedida observación! , fuera de lugar.

—¿Me tiene miedo, señor Stern?

—¡Noooo! —Rayos, había sonado tan agudo que lo llamarían de la ópera para reemplazar a su estrella soprano.

—¿Doy miedo?

—Nooooooo. —¡Vaya!, el señor Stern se dio cuenta de que, si lo despedían, tenía futuro en la ópera.

—Sea sincero, por favor.

Bueno, pensó el señor Stern, al menos ya no le incomodaba mirar al barón empapado por el agua de un jarrón, pues compartían estado de humedad. En su caso, de puro sudor.

—Quizá, milord, pueda resultarles a algunas personas algo intimidante, milord… —Empezaba de nuevo a repetir «milord» una centena de veces por oración.

—¿A la señorita Plageman?

—¿A cuál de ellas? —Las cejas de Hayden se elevaron—. Ya, a la señorita Tracie. Estem…

Stern analizó la pregunta por encima del pavor a perder el puesto. No buscó la respuesta que creía que el barón esperaba, sino la respuesta que pensaba verdadera.

—Sí, milord. Creo que la señorita Tracie Plageman lo encuentra intimidante, aunque lo disimula bien.

—Gracias por su sincera opinión.

El administrador suspiró. No había perdido su puesto.

De hecho, pensó para sí, la señorita Plageman lo encontraba menos intimidante que él.

Por eso había reconocido el sentimiento en la muchacha.

Lo aterrador del barón era el perfeccionismo que lo caracterizaba; a su lado, cualquier mínimo error se magnificaba y, lo viera Kensington o no, la señorita Tracie erraba con bastante frecuencia.

—Si puedo seguir siendo franco, milord, le diré que el señor Edmund Clarke puede encontrar en la señorita Plageman una salida rápida a su situación financiera.

No solo por la dote de la muchacha, que de por sí es elevada, pero que duraría lo que un suspiro en un puño en manos de Clarke, sino porque la señora Melissa Plageman nunca dejaría a su hija sin sustento y él lo sabe.

—Vaya si lo sabe —siseó Hayden. Edmund se había asegurado de encantar a la señora Plageman antes que a su hija, ganarse esa confianza con halagos y zalamerías.

—Su temor tiene sustento, milord. El señor Clarke quiere parasitar a las mujeres Plageman.

Hayden asintió en silencio. Stern había ganado confianza, por lo que siguió hablando del asunto sin que le preguntaran.

—Si le apetece, podría hacerle llegar una copia de este mismo informe a la señora Plageman.

La mujer es sensata y ha demostrado un muy buen manejo de las finanzas familiares; no es por ser alarde…

—Se acomodó su pañoleta—, pero por eso su tía me consideró en su momento un esposo perfecto para una Plageman. Las finanzas se nos dan bien.

El barón mantuvo su mutismo, en esa ocasión, porque no hallaba algo amable que decir y prefería callar antes que herir al pobre señor Stern, quien aún lamentaba haber perdido frente a Leopold VIII las atenciones de Francie.

—La mujer sabrá cómo manejar la situación con su hija y…

—No.

—¿No? —repreguntó Stern—. Claro, no. No, por supuesto, no. ¿No?

—No.

Acostumbrado a su rol de mando, Hayden se ahorró las explicaciones. Stern ya había atravesado muchas líneas esa tarde y salido indemne; era mejor retirarse cuando uno iba ganando.

—En tal caso, milord, ¿necesita algo más?

—Sí. El informe sobre las acciones de la industria textil; veremos si este asunto de Clarke padre impacta en los valores del mercado.

Necesito el balance del trimestre de los gastos domésticos.

Por favor, consígame la propuesta de normativas sanitarias que se hizo en la Cámara de los Comunes; quiero estudiarla en detalle antes del debate en la Cámara de los Lores, y, por favor, aumente la donación a la organización benéfica de vida salvaje; no queremos que se extinga otra especie como extinguimos a los lobos, ¿verdad?

—Ahora le preocupan también los animales… —susurró el administrador.

—¿Disculpe?

—Nada.

—Stern… —fue la amenaza.

—Se preocupa por demasiadas cosas, milord, menos por usted mismo.

—Al sentir la mirada pesada de Hayden, se apresuró a ponerse de pie.

Nunca se sabía con el barón cómo interpretar sus silencios y sus miradas intensas; podía estar enfadado, o quizá pensativo, o tal vez simplemente no te estaba oyendo con atención.

No importaba, porque cuando posaba en ti sus ojos azules oscuros como océanos, temblabas quisieras o no—.

Lo dejo con sus asuntos. En cuanto tenga lo solicitado, le aviso. Buenos días…

Sin detenerse un segundo más, huyó del despacho. Hayden frunció más el ceño y miró a Whippet.

—Creo que mintió; me parece que sí me tiene miedo, ¿tú qué dices?, ¿soy aterrador?

Whippet movió la cola. No era aterrador para ella y eso tendría que bastar.