Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Sí. Los antiguos eran sabios. La naturaleza siempre tenía nombre de mujer. Él no mentía, no quería dominarla, era en vano emplear fuerzas para hacerlo. Había que respetarla, dejarla seguir en su naturaleza y rezar para que se dignara a dar sus favores.

Y los favores de Tracie no eran para él.

Archie y Whippet correteaban tras los caballos, Whippet era más veloz que Archie, casi como una réplica de los contrincantes. Con la salvedad de que el spaniel sí sabía perder.

Edmund espoleó su caballo y, cuando el camino se estrechó, en lugar de aceptar su derrota, hizo que el animal tocara las ancas de la yegua de Tracie. Esta respondió apartándose del camino, al hacerlo, las raíces desiguales le hicieron detenerse en seco y Tracie resbaló de la silla.

El corazón de Hayden se detuvo un segundo, el mismo segundo que le llevó espolear a Febo, su caballo fiel, y alcanzar a la muchacha.

—Joder, Tracie, casi te matas —dijo.

Bajó de un salto y capturó el cuerpo de la señorita Plageman, que se sostenía solo por la fuerza de sus muslos contra el sostén lateral de la silla mujeriega. Decir que le dolía la entrepierna era poco, el golpe en su zona íntima le estaba haciendo lagrimear.

Él la ayudó a descender, con tanta consideración, que las lágrimas casi se convierten en algo más.

El bochorno le impidió romper en un llanto patético, porque la forma en que Hayden la sostenía y la posaba en el suelo de hojas secas le dejaba en claro que el hombre sabía muy bien qué parte de su anatomía le dolía.

Las mejillas le ardían tanto que pensó que iba a desfallecer, como en las novelas de folletín.

—Has dicho joder —murmuró ella—, y me has llamado Tracie.

El sonrojo ahora fue compartido.

—Y también he dicho que casi te matas, pero eso lo has pasado por alto —la reprendió.

Tracie bajó la mirada, Hayden le alzó el rostro desde el mentón. Sus miradas hicieron contacto.

—¿Se encuentra bien, señorita Plageman? —interrumpió Edmund Clarke—. Fui incapaz de controlar mi montura para detenerme.

—Si es incapaz de controlar su montura, señor Clarke, no debería haber propuesto una carrera en primer lugar. —Hayden estaba que echaba humo por las orejas.

—Si hice tal cosa fue para salvarla del aburrimiento de una conjugación de verbos más.

—Eran declinaciones de adjetivo.

Tracie intentó negar con la cabeza en dirección al barón, la respuesta «eran declinaciones» no era la mejor de las defensas cuando te acusan de ser aburrido. Pero, joder, le dolía demasiado la entrepierna para pensar con claridad.

—Permítame un consejo… —dijo Edmund, igual de furioso. En su caso, la ira escondía la vergüenza. Tracie lo había puesto en ridículo en la carrera y ahora Kensington lo dejaba como idiota.

—¿De usted?, ¿un consejo de usted? Hoy no ha demostrado credenciales, señor.

Bien, pensó Tracie, incapaz de hablar, al menos ahora se elevaban a tres los sonrojados, porque vaya que Edmund ardía de vergüenza.

—La señorita Plageman ha demostrado no ser una frágil flor… —siguió Edmund. Tracie pensaba en cuánto le dolía su maldita «frágil flor». Rayos, no podría cabalgar en una semana—, ya ha dicho que se percibe más como un árbol. Tal vez debería dejar de tratarla como si se fuera a romper.

—Permítame devolverle la gentileza, señor Clarke, y brindarle un consejo a cambio: cuidar algo valioso no significa tratarlo como si fuera frágil, sino recordar que algunas cosas no admiten reemplazo.

—Entornó más los ojos al mirarlo; sin romper el contacto con él, ayudó a Tracie a salir de entre las ramas y sacó la yegua de allí también—.

Si alguien le hubiera enseñado esa lección, no terminaría en situaciones tan… ruinosas.

—No estoy tan ruinosa, ¿verdad? —preguntó ella.

—No hablaba de usted, señorita Plageman —la consoló Hayden, pese a que Tracie sí estaba bastante ruinosa en esos momentos. Encantadoramente ruinosa. Rayos, ¡tenía el cabello muy largo y espeso!, y le sentaba bien el sonrojo y los ojos le brillaban mucho; por desgracia, eso era mérito del dolor.

—¿De qué situación ruinosa hablaba?

—Probablemente de mi gramática latina —bromeó Edmund, tratando de quitar el hierro caliente de la situación.

Tracie intentó reírse de la broma. Le salió una mueca.

Hayden exhaló, frustrado. No había forma de alivianar a la muchacha que no fuera dañando su honor.

—¿Puede caminar?

—Sí, claro.

Era capaz, lo que no implicaba que no le doliera a cada paso.

—Entonces, caminemos. —Hayden le dio las riendas de la yegua de Tracie a Edmund, junto con una mirada que dejaba a las claras que no aceptaría ninguna más de sus bromitas y desafíos, y volvió la atención a la señorita Plageman.

Al ver el dolor que surcaba su rostro, intentó distraerla—: ¿Sabía usted que los lobos están prácticamente extintos en Inglaterra?

—No… ¿cómo ha pasado eso?

Si Edmund suspiró de aburrimiento, tuvo a bien dejar que el sonido fuera en otra dirección. El barón de Sheffield se dispuso a explicarle a la señorita Plageman cómo los lobos habían sido cazados por años y cómo eso había afectado el equilibrado ecosistema inglés.

Clarke supo que, si quería conseguir los favores de Tracie, debía eliminar a Hayden de la ecuación.

Joder, ¡hasta él empezaba a hablar de matemáticas! Ese hombre arruinaba todo. Todo.