Capítulo 6 #2
Las tierras del ducado eran hermosas. Archie y Whippet se alejaban a oler cada rama, cada raíz. Las ardillas escapaban de ellos y movían las ramas. Los ojos de la señorita Plageman recorrían todo con curiosidad.
Oliver capturó la atención de Joyce sin mucho esfuerzo.
—Y ese es un Aminus Loquium —decía Whitcombe.
—¡Se ha inventado ese nombre!
—Todos los nombres son inventados. Los ponemos en latín para parecer que sabemos de lo que hablamos.
Joyce rio.
—¿Y esa flor?
—Oh, esa es evidentemente una Bladium livium.
—¡Claro!, ¿cómo no haberla reconocido?
—No se culpe, milady, pocos saben de botánica lo que yo.
—De lo que no sabe es de latín —murmuró Hayden.
Tracie lo escuchó y se volvió hacia él.
—Son nombres inventados.
—Ya, pero debería coincidir la declinación del adjetivo con la del sustantivo incluso en la invención.
—¿No podría también uno inventarse la gramática? —insistió Tracie.
—La gramática es fundamental para darle orden al discurso.
—¿Y cómo sería una flor inventada en latín?
—Bueno… en lugar de Aminus Loquium, tendría que ser «Aminum Loquium», de ese modo sería un sustantivo neutro con un adjetivo neutro…
—Para mí los árboles deberían ser femeninos, porque las mujeres somos las protectoras del bosque. ¡Hasta en los dioses de la antigüedad la naturaleza se asocia a la mujer! Que las flores sean neutras si quieren, pero los árboles femeninos. ¿Cómo llamaría a ese?
—«Dea pulchra».
—¡Me gusta! ¿Qué significa?
Hayden la miraba con intensidad. Abrió apenas la boca para traducir, cuando Edmund intervino.
—Señorita, dejemos las lecciones de latín para otro momento. Por ejemplo, para cuando tengamos ochenta años —rio—. Ahora somos demasiado jóvenes para declinar adjetivos.
—Pero yo quería saber qué significaba —se quejó la joven. Volvió la mirada hacia Hayden, esperando la respuesta.
—Significa…
—Significa que el lago está cerca. ¿Le apetece una carrera?
—No —respondió Hayden por ella. Estaba tan acostumbrado a dar órdenes y que se acataran solo porque era el barón, que olvidó agregar los motivos de su negativa.
Tracie reaccionó como era esperado, con desafío.
—¿Por qué no?
—Eso, ¿por qué no? La señorita Plageman ya ha dicho que no le apetecen las comodidades de un hogar, que prefiere la naturaleza. Y la naturaleza es salvaje, milord, indómita… no se somete a las rígidas estructuras, ni siquiera a las de la gramática.
—Yo no intento domar la naturaleza; justamente porque acepto su indómito carácter es que no soy tan idio… —Al darse cuenta de que por poco se le escapaba un juramento, cerró los labios en una línea fina.
Tracie lo miró con los ojos muy abiertos.
—Iba a soltar una palabrota —lo acusó con una sonrisa, encantada de haber casi atestiguado ese evento histórico.
—En realidad, «idiota» no es un insulto, sino que refiere a una persona que prioriza los aspectos privados por sobre los públicos. Proviene del griego…
—No, definitivamente no —rio Edmund. Oliver y Joyce ya se habían alejado varios metros en dirección al lago, y como Robin apreciaba las pinturas del ducado, Brett se vio en la obligación de cumplir el rol de chaperón con esa pareja.
Hayden lo hacía con esta—. No pasaremos de las declinaciones del latín a las del griego.
Créame, una carrera no sería más peligrosa que el sistema verbal griego.
—¿Sabe lo que creo, señor Clarke? —dijo Tracie, poniéndose en posición junto a él—. Que como no puede ganarle a Lord Hayden en sus saberes gramaticales, pretende ganarme a mí con sus dotes de jinete. Y como yo tengo vocación de docencia, le enseñaré de manera empírica a domar ese ego herido.
—¿Eso piensa? Mi ego está intacto, señorita.
—Exacto. Es hora de hacerle algún magullón. ¿Se suma, milord? —dijo en dirección a Hayden.
—No considero correcto que corra, señorita Plageman.
—Pero lo haré de todos modos, milord, así que solo puede elegir si se suma o no —lo retó ella. ¿Quería que se sumara?, ¿era una invitación disfrazada de desafío?
—Por favor, señorita —intervino Edmund—, no insista, o tendremos que asistir a una disertación sobre el libre albedrío.
Tracie le echó una última mirada a Hayden, el hombre hubiera jurado que era un ruego de que por una vez en la vida se divirtiera con ella.
—Yo y mi aburrimiento nos limitaremos a ser jueces —fue su sentencia. Pudo ver el atisbo de decepción en la mirada de Tracie, un segundo de emociones que volvió a soterrarse en una juvenil sonrisa.
—¿Listo? —dijo en dirección a Edmund.
—Más que nunca. Pruébeme por qué ama la naturaleza.
Tracie no dudó en inclinarse sobre las crines de su caballo para conseguir la mejor aerodinámica. Sus habilidades como jinete eran inversamente proporcionales a las de bailarina. Había aprendido con el mejor, con su cuñado Leopold. Incluso a mujeriegas, no tardó en sacarle ventaja a Edmund Clarke.
El cabello trenzado, que hasta entonces formaba una diadema en su coronilla, se soltó de sus horquillas y cayó como una trenza espesa, castaña, sobre los omóplatos.
Hayden se quedó petrificado ante la imagen. «Dea pulchra». Diosa hermosa. Edmund sabía de latín lo suficiente como para impedirle la traducción.