Capítulo 6
Lord Brett Grenville leía la nota que tenía entre sus manos con un gesto de completa suspicacia.
En breve finalizaría su receso y regresaría a Eton a terminar sus estudios.
Dejar a su prima sola empezaba a pesarle como una verdadera responsabilidad.
Hasta entonces, pese a la solemnidad que lo caracterizaba y a la seriedad con la que se tomaba el título, había ocupado el lugar que le correspondía: el de niño.
Se lo debía, sin dudas, a su tía Melissa.
Melissa Plageman se había echado sobre los hombros la administración del vizcondado, la educación de sus tres hijas más su sobrino y hasta la terrible vida social que esa situación de ser americanas, pero relacionadas con un vizcondado, conllevaba con total éxito.
Pero tal vez con el asomo de esa pelusita clara sobre su labio y la aparición de vello en ciertos lugares venía la consciencia de las responsabilidades como hombre en una familia de mujeres.
Brett sabía muy bien que su tía y primas podían valerse por sus medios, llevaban años haciéndolo, pero en una sociedad patriarcal (y la nobleza era patriarcal), un hombre a la cabeza solucionaba muchas cosas.
Él era el hombre.
Y cuando las cosas funcionaban de ese modo, en qué hombre depositaba la seguridad de sus primas dejaba de ser una pregunta más para ser una pregunta primordial.
Gail O’Rourke resultó ser perfecto para Noreen.
Lord Leopold Audley VIII, perfecto para Francie.
¿Era Edmund Clarke perfecto para Tracie?
—¿Qué sucede, Brett? —le preguntó Melissa al verlo con el ceño fruncido.
—Ha llegado una invitación para Tracie de parte de Edmund Clarke.
—Vaya… —Melissa sonrió—. Al parecer no te ha sentado bien.
Brett frunció más el entrecejo. Melissa ordenó el té y se sentó en el sillón junto a él con el trabajo de ganchillo en las manos. Al ver que su sobrino no continuaba, ella le dio pie:
—Es lógico que la felicidad de Tracie te preocupe tanto, es la más cercana a tu edad y, por ello, más que una prima que podía reprenderte resultó ser siempre una aliada en tus travesuras.
—No es eso lo que me preocupa, tía. Al fin de cuentas, yo la abandoné primero al irme a Eton.
—¿Eso piensas?, ¿que la has abandonado?
—Sí. No me culpo, es inevitable, como inevitable es que ella se case. Pero sí, la he dejado sola y la soledad no siempre es buena consejera.
—Por suerte ha encontrado en Joyce una amiga.
Brett asintió y volvió a leer la nota.
—¿Me dirás de qué se trata? —insistió Melissa.
—Edmund Clarke es un libertino…
Melissa rio.
—Como lo eran Gail y Leopold.
—Exacto. —El ceño del joven vizconde se frunció más.
—Y Francie y Noreen están muy conformes.
—Claro, claro…
—Di lo que piensas, Brett —insistió su tía. Brett podía ser educado por una mujer americana, pero por sus venas corrían los modos crípticos de los británicos.
—Gail y Leopold nunca han pedido permiso, tía. Gail hizo una escena pública, clavando su rodilla frente a una veintena de personas y proclamando su adoración de un modo bastante ridículo.
—Lo recuerdo… —Melissa contuvo la risa. Aún desconocía que esa propuesta había sido falsa y que la verdadera sucedió meses después.
—Y Leopold recorrió millas para montar un escándalo en una iglesia de Escocia.
—También lo recuerdo.
—Así se comportan los libertinos, tía. Van a por lo que quieren y esos dos querían a mis primas.
—Veo… —Melissa hizo una pausa y tejió un par de puntos—. Tal vez el señor Clarke solo quiere hacer bien las cosas.
—Tal vez…
—Pero hay algo más importante, Brett, y no es lo que quiere el señor Clarke, sino lo que quiera Tracie.
Sé que la aprecias y por eso empiezas a sacar arrugas a la temprana edad de dieciséis, querido, pero te daré un consejo que te servirá no solo con tus primas, sino con todas las personas a las que tengas en estima: confía en sus criterios.
Brett no parecía muy convencido cuando hizo sonar la campanilla y le pidió a la criada que llamara a Tracie, menos aún, cuando le tendió la carta y el convencimiento terminó de caer al fondo oscuro del océano cuando su prima sonrió.
—Será divertido —dijo la señorita Plageman— ¿No lo creen? Me invita a una cabalgata e irá Joyce también.
Melissa sonrió y asintió. Miró de soslayo a Brett y casi carcajea.
—Tanto que no me la perdería por nada del mundo —respondió el joven vizconde.
—No estás incluido en el paseo, Brett.
Este le arrebató la nota.
—¡Claro que sí! Estoy implícito allí, un hombre tan entregado a hacer lo correcto para cortejarte entiende que no puedo enviar a mi prima sola con una amiga a cabalgar…
Melissa frunció los labios para contener la risa.
—¿Madre?
—Es el vizconde, Tracie. Recordar que en esta sociedad la persona con la que te cases digitará tu vida, te ayudará a pensar con claridad qué clase de hombre quieres que sea ese.
—¡Leopold y Gail no dirigen las vidas de mis hermanas!
—Exacto. Pero no porque no puedan, sino porque no quieren. Esa es la diferencia.
Tracie frunció el ceño a la par que Brett relajaba el suyo. Melissa los miró y le costó ampliar más la sonrisa. Cuando los dos se enfadaban se parecían tanto que nadie dudaría de que eran parientes.
—Por eso es mejor casarse con un libertino que con un estirado —sentenció ella.
Archie correteó a sus pies, ignorando a Brett, que era su supuesto dueño.
El vizconde ya se había resignado a la elección de su mascota y empezaba a reemplazarla, sin que nadie lo supiera, con la gata naranja que dormía en la despensa.
Y mientras Archie más olía a la gata en el regazo de Brett, más lo despreciaba en favor de Tracie.
El amor, incluso el de las mascotas, no puede comprarse.
—Claro —dijo su primo—, una decisión muy sabia. Por eso, solo para que no olvides que la contraparte sería seria y aburrida, le pediré a Lord Hayden que elija dónde podemos ir a cabalgar.
—¡Brett!
—¿Qué? No tengo muchos otros contactos —agregó en su defensa—, la mayoría de los nobles de mi edad tienen padres que se encargan de estas cosas. No dejaré que el señor Clarke elija su coto de caza, eso le dará ventaja.
—¡Brett! —fue la queja ahora de Melissa, que intentaba contener la carcajada—. Es un simple paseo de cortejo, no una cacería.
—Mmm. —Brett se volvió dispuesto a escribirle una carta a Hayden—. También iremos con Archie, por si hay liebres.
Tracie rodó los ojos, Melissa ya no pudo contener la carcajada. Brett se estaba tomando muy en serio el rol de protector y, su tía debía reconocer, resultaba bastante divertido.
El lugar propuesto por Hayden resultó ser perfecto.
El duque de Birmingham los invitó a pasear por sus tierras a las afueras de Londres, una campiña que se hallaba al norte de la ciudad a una distancia posible de recorrer en un día sin necesidad de recurrir a hospedaje.
El duque no estaba en casa, pero, como solía suceder, los nobles abrían las puertas de sus mansiones a los vecinos para que pudieran apreciar el arte y los cuidados jardines que de otro modo les estarían vedados.
La comitiva compuesta por el barón de Sheffield, el vizconde de Kinloss, el vizconde de Killearn, el señor Clarke, su buen amigo Lord Oliver Whitcombe y las dos muchachas, Joyce y Tracie, obtuvieron un recibimiento especial por parte de los criados del ducado.
—Podrán usar la glorieta para un picnic si así lo desean —anunció el ama de llaves—, y nuestras caballerizas están a su disposición.
—Por favor, extiéndale a su excelencia mis más sinceros agradecimientos. No nos aprovecharemos más de su generosidad —agregó Hayden.
—Yo quería ver los caballos —murmuró Edmund, casi en un berrinche.
Hayden ni siquiera se gastó en mirarlo. En cambio, sus ojos fueron a Tracie.
La muchacha sonreía y estaba radiante esa tarde. Como Brett le había dicho que irían con Archie, él había sumado a Whippet a la comitiva. La señorita Plageman destinaba toda su atención a los animales y los animales a ella.
—No podremos verlo todo —respondió Tracie, sin apartar la mirada de los perros que se olían el rabo el uno al otro—, y prefiero la naturaleza antes que las enormes casonas.
—¿Sí? —Clarke parecía sorprendido—. Siempre pensé que las mujeres preferían las comodidades domésticas.
Tracie soltó una carcajada. Hayden frunció el ceño al darse cuenta de que lo dicho bien podía interpretarse como una ofensa. Pero la señorita Plageman pasaba por alto cualquier comentario mordaz; pocas cosas la ofendían porque nada se tomaba demasiado a pecho.
—Si las mujeres prefiriéramos las comodidades, no montaríamos con estas sillas del demonio.
—Tracie… —rio Joyce.
—Ups, lo siento. Con estas sillas diseñadas por un santo inquisidor, ¿mejor?
—Mejor —dijo su amiga.
Los viajantes se dispusieron a montar sus caballos para comenzar el paseo. Hayden se acercó a Tracie para ayudarla. Brett alzó las cejas en dirección de Edmund, como diciendo: «era tu tarea, soquete».
Él hizo lo propio con Joyce, aunque la hermana de Lord Grigg no necesitaba socorro. Era una buena jinete.
Robin estaba bastante aburrido. Su hermana le hizo un gesto de que podía marcharse, lo que sobraba en ese paseo eran carabinas responsables que asegurasen el buen honor de las damas.
—Yo sí soy de los que prefieren las comodidades del hogar, por tanto —dijo Robin Grigg—, los esperaré maravillándome con las pinturas de las nueve generaciones de duques.
—No te privas de nada —bromeó Tracie.
—En absoluto. Es maravilloso ver cómo los rasgos se deforman por la endogamia.
Tracie carcajeó. Lamentó que Robin se fuera, porque era evidente que Brett estaba decidido a comportarse como una réplica de Hayden, y ahora dependía de Joyce y ella que la conversación no cayera en la forma de reproducción de los caracoles.
—Marchemos, antes de que todos se retiren y quedemos a solas —dijo Tracie.
—¿Tan malo sería? —respondió Edmund, poniendo su caballo a la par del de Tracie.
—Sí, nos veríamos obligados a ser ocurrentes todo el tiempo.
Joyce rodó los ojos en dirección a Oliver. Tracie era incapaz de captar una indirecta. Clarke le sonrió y siguieron camino.