Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Hayden se mantuvo en silencio, como si reconociera su propia incapacidad y prefiriera evitar dar su respuesta.

—Y bien —continuó Brett con total serenidad—, ¿usted considera que una futura esposa debería limitarse a cumplir esa función?

Tracie dejó la taza sobre el plato, pero evitó mirarlo. Melissa, en cambio, con disimulo, miró hacia Hayden. Le interesaba oír su opinión.

—En mi caso, una esposa —respondió al fin— inevitablemente deberá cumplir cierto rol social. Londres funciona de esa manera. La sociedad espera determinadas cosas de una baronesa. —Hizo una pausa breve—. Pero el entorno no define lo que una persona representa dentro de su hogar.

Aquello hizo que Tracie levantara la vista hacia él. Hayden exhaló al notar que ella prestaba atención a sus palabras. Y eso hizo que el tono de su voz sonara más relajado.

—Si algún día decido casarme —continuó Hayden—, buscaré una esposa que desee compartir su vida conmigo. No un accesorio para acompañar mi apellido en eventos públicos.

Lady Honora carraspeó con suavidad antes de que el ambiente comenzara a sentirse demasiado… extraño.

—Bueno, creo que ya hemos reflexionado suficiente sobre matrimonios y estructuras sociales por una sola tarde.

Melissa agradeció la interrupción, asintió con un leve movimiento de cabeza.

Edmund sonrió apenas. Fue una sonrisa de gusto amargo. El lord había ganado un punto. Y, peor aún, comenzaba a parecer agradable… incluso humano, ¿verdad? Pues sí. Por eso mismo había que devolverlo a su lugar.

—Entonces hablemos de algo que sí resulte interesante para usted, lord Hayden. Quizá acciones ferroviarias, importaciones industriales o balances comerciales.

Hayden sostuvo su mirada. Por primera vez desde que Edmund Clarke había llegado a la residencia, algo apenas perceptible se tensó entre ambos hombres.

—¿Importaciones industriales? —repitió Hayden con aparente neutralidad—. Curioso tema de conversación.

—Las industrias familiares suelen interesarme.

—Naturalmente... De hecho —continuó Hayden mientras tomaba la taza de té—, hace poco estuve revisando algunos informes vinculados al mercado textil de Manchester. Han sido años bastantes complejos para ciertas fábricas.

—Es verdad, lo sé. Cuando uno pertenece al rubro textil aprende a mantenerse atento a los movimientos del mercado, la competencia y los inevitables altibajos de la industria. Por fortuna, las fábricas Clarke todavía logran sostenerse bien.

Hayden asintió con tranquilidad.

—Tengo entendido que las fábricas Clarke trabajan con lino irlandés y manufactura tradicional, ¿no es así?

Edmund sostuvo la taza con firmeza. Solo un observador muy atento habría notado una brevísima vacilación en sus dedos.

—Entre otras cosas.

—He escuchado que muchas fábricas comenzaron a abandonar esa producción después de que el algodón industrializado desplazara gran parte del mercado manual. Sobre todo, tras la expansión de maquinaria mecánica en Lancashire y Manchester.

Las tres mujeres observaron con discreción a Hayden. Aquello ya no parecía una simple conversación casual.

Brett, en cambio, destinaba su total atención a Clarke. Sentía que estaba ante un duelo inesperado.

—La industria cambia constantemente —replicó Edmund—. Las empresas familiares deben adaptarse para sobrevivir.

—Por supuesto. En especial cuando aumentan los costos de importación y transporte.

El tono de voz de Hayden seguía siendo correcto, cordial, incluso amable. No había agresión en sus palabras. Solo demasiada precisión. Por eso mismo resultaba tan incómodo.

—Aunque imagino que el verdadero problema últimamente habrá sido el algodón americano —continuó Hayden—. Los retrasos portuarios y la inestabilidad comercial elevaron bastante ciertos costos manufactureros.

Edmund tardó apenas un segundo en responder. No se dejaba arrinconar fácil.

—Sí… bueno, algunas industrias lo han sentido más que otras.

Lady Honora comenzó a arrepentirse de haber permitido que la conversación siguiera su curso.

Y Tracie, aunque no comprendía con exactitud qué estaba ocurriendo, sí percibía que el ambiente acababa de tensarse.

—Supongo —continuó Hayden con la misma serenidad insoportable— que las fábricas Clarke ya habrán reorganizado sus acuerdos comerciales para compensarlo.

Edmund sonrió, pero esa sonrisa no alcanzó del todo sus ojos.

—Hacemos lo posible... Debo admitir, Lord Hayden, que no esperaba encontrarlo tan interesado en cuestiones textiles.

—Me interesan las industrias que sostienen ciudades enteras —respondió Hayden—. En especial cuando estas empiezan a mostrar señales de desgaste.

Tracie dejó la taza sobre el plato dando un ligero golpe. Fue ruidosa adrede. Los ojos de todos los presentes se posaron en ella.

—Bueno… —intervino con una sonrisa apenas forzada. Sonreír era parte de su naturaleza— creo que esta conversación comienza a ser peor que la de los ferrocarriles.

Apenas dijo aquello, supo perfectamente lo que estaba haciendo.

Sabía que, de algún modo, estaba exponiendo a Hayden frente al resto, reduciendo aquella parte de él —la más seria, la más obsesiva, la más intelectual— a algo molesto o incómodo.

Pero esa parecía la única manera de detener esa conversación antes de que terminara convirtiéndose en una guerra disfrazada de cortesía.

—Habíamos acordado que esta tarde estaría libre de sufrimiento académico, ¿no es así? —continuó.

Lady Honora intervino de inmediato.

—Señorita Plageman, creo que esas no son las for…

—No, tía —la interrumpió Hayden—. Déjela continuar. ¿Qué quería decir exactamente, señorita Plageman?

Tracie tragó saliva apenas. Melissa le dirigió una mirada sutil de advertencia.

—Tracie…

Pero ya era tarde para retroceder. Hayden la estaba mirando solo a ella.

Y cuando Hayden Kensington decidía mirar a alguien de esa manera, resultaba imposible fingir que el resto del mundo seguía existiendo alrededor.

—Que… —aclaró apenas la garganta, y desvió apenas su mirada— estábamos pasándolo bastante bien antes de que comenzaran a discutir importaciones, algodón y maquinaria como si estuviésemos atrapados en una reunión comercial.

Sus miradas volvieron a encontrarse, y Hayden comprendió lo que ella estaba haciendo. Lo estaba frenando, no de manera hostil, pero sí evidente. Le estaba pidiendo, frente a todos, que dejara de tensar el ambiente.

Peor aún, estaba dándole espacio a Edmund.

Hayden bajó la vista hacia su taza antes de asentir con lentitud.

—Tiene razón, señorita Plageman. —La serenidad de su voz resultó casi elegante—. Le pido disculpas, a veces tengo la desagradable costumbre de convertirme demasiado rápido en mí mismo.

Eso hizo que Tracie sintiera un pequeño y desagradable tirón de culpa en el pecho.

Se mordió apenas el labio inferior. Le dolió, y estaba bien que doliera.

Se lo merecía. Necesitaba sentir aunque fuera una mínima punzada física en compensación por el daño que acababa de provocarle a él.

Porque lo había visto. En el brillo apenas apagado de sus ojos.

En la forma excesivamente correcta en que eligió responderle.

Lo sintió escondido entre cada una de sus palabras.

Y eso la incomodó. Porque empezaba a sospechar que, detrás de su cortesía impecable, también era posible lastimarlo.

—Continúen, por favor, con esta tarde agradable que mi tía intentó organizar con tanto esfuerzo —continuó Hayden mientras se incorporaba—. Con el permiso de todos, debo ocuparme de algunos asuntos pendientes en mi despacho.

Lady Honora abrió la boca con la intención de detenerlo, pero llegó tarde...

Hayden Kensington ya había decidido retirarse mucho antes de ponerse de pie.

Y, por algún motivo imposible de explicar, mientras lo veía alejarse del salón, Tracie tuvo la extraña sensación de que no era de aquella conversación de lo que él acababa de apartarse.