Capítulo 5
La llegada de Edmund Clarke terminó de encajar las piezas dispersas en la cabeza de Melissa Plageman. Y probablemente también en la de Tracie.
Porque, hasta ese momento, Lady Honora había conseguido disfrazar toda la situación bajo la apariencia de una simple visita social improvisada. Pero ahora… ahora el cuadro completo empezaba a revelarse con más claridad.
Primero, la invitación inesperada, una nota en donde dejaba bastante en claro que no aceptaría una negativa como respuesta.
Segundo, el punto de encuentro escogido: la residencia oficial de la baronía en Londres.
Bien era sabido que los Kensington reservaban aquella casa para asuntos formales, reuniones privadas y cuestiones vinculadas al legado familiar.
Los encuentros sociales, fiestas y temporadas distendidas siempre tenían lugar en la residencia campestre, en las afueras de la ciudad.
Tercero, la ausencia “accidental” del propio barón, muy bien contemplada por Lady Honora para garantizar horas tranquilas de sociabilización…
hasta que la perra del lord decidió arruinar el cronograma lastimándose una pata.
Y por último, casi como la pieza final de una estrategia magistralmente organizada, Edmund Clarke atravesando la puerta principal con una sonrisa impecable, encantadora y relajada.
Como si, de todos los presentes, fuese el único que sabía a qué había ido allí.
Confirmado, aquello no era una coincidencia. Era un plan ideado por alguien con demasiado tiempo libre y una peligrosa afición por los matrimonios ajenos.
—Señor Clarke —saludó Honora con entusiasmo—. Qué gusto verlo.
Edmund realizó una impecable reverencia.
—El gusto es mío, milady. Espero no haber llegado tarde.
—En absoluto. De hecho, acaba de salvar usted esta reunión de convertirse en una extensa discusión sobre balances contables y reorganización ferroviaria.
Hubo un pequeño silencio. Porque, técnicamente, Lady Honora acababa de burlarse de Hayden. Era la primera vez que Melissa, Brett y Tracie la escuchaban utilizar aquella clase de humor relajado a costa de su propio sobrino.
Tracie soltó una pequeña risa.
Edmund giró hacia ella de inmediato, como si el sonido hubiera guiado su atención. Eso era lo que lo volvía agradable, sabía hacer sentir vistas a las personas. Siempre estaba atento a todo.
—Entonces lamento haber interrumpido un tema tan apasionante —comentó con tono de solemne tragedia.
—Por favor, señor Clarke —replicó Tracie divertida—. Ni usted mismo se cree eso.
Edmund llevó una mano al pecho.
—Tiene razón. Mi capacidad para fingir interés por los ferrocarriles posee límites bastante estrictos.
—Ah, sí… —Tracie inclinó la cabeza, siguiéndole el juego—. Me encantaría conocer esos límites y compararlos con los míos. Creo que necesito perfeccionarlos para desarrollar más tolerancia al sufrimiento.
Brett cruzó los brazos con evidente fastidio.
—Los ferrocarriles son fundamentales para el crecimiento industrial moderno —argumentó el joven vizconde.
Edmund lo miró con total seriedad.
—Y tiene usted toda la razón, milord. Pero sospecho que no nos hemos reunido esta tarde para debatir sobre el crecimiento económico del país.
Nos hemos reunido para disfrutar de una conversación agradable acompañada de té y pastelillos.
Y, en ese contexto, hablar de ferrocarriles sería muy aburrido.
Melissa disimuló una sonrisa. Al parecer, el señor Clarke sabía desenvolverse muy bien en sociedad.
Poseía esa clase de encanto ligero que actuaba como un paño frío sobre la rígida fiebre protocolar de la nobleza londinense, relajando el ambiente justo lo suficiente como para que todos respiraran con mayor facilidad.
—Bueno —intervino Honora con evidente satisfacción. Si intuición no fallaba, sin duda, esos dos congeniaban—, ahora que todos están aquí, sugiero que pasemos al salón de té. Los scones tibios esperan a por nosotros.
El salón de té de la residencia Kensington conservaba la misma elegancia sobria que el resto de la casa. Nada resultaba excesivo; incluso la porcelana parecía incapaz de llamar demasiado la atención sobre sí misma.
Melissa tomó asiento junto al ventanal. Brett permaneció cerca de una biblioteca auxiliar examinando algunos títulos. Tracie se acomodó frente a Lady Honora. Edmund Clarke eligió sentarse junto a Melissa.
Eso llamó la atención de Honora. También la de Tracie. Porque la mayoría de los hombres habrían intentado monopolizar a la muchacha joven y bonita de la habitación. Edmund, en cambio, parecía interesado en agradarle primero a la madre.
—Debo decirle, señora Plageman, que siento verdadera curiosidad por su fábrica de porcelana en América —comentó mientras aceptaba una taza de té—. Mi padre mencionó hace algún tiempo que su producción comenzó a competir con varias importaciones europeas.
Melissa arqueó apenas las cejas. No esperaba semejante comentario.
—Me sorprende que conozca el tema. Pero más me sorprende aun que quiera charlarlo conmigo con tanta franqueza.
—Las industrias familiares me interesan bastante. Sobre todo, aquellas que sobreviven en mercados complicados. Y debo admitir que siento particular admiración por las personas capaces de dirigir negocios exitosos.
Lady Honora dejó la taza sobre el plato dispuesta a intervenir en la conversación.
—Confieso que me sorprende a mí también, oír semejante postura en un hombre no es habitual.
Edmund sonrió apenas.
—¿Porque no pertenezco a la nobleza o porque estoy hablando bien de una mujer de negocios?
Honora entrecerró apenas los ojos.
—Tal vez ambas cosas.
—Milady, si una mujer puede dirigir un hogar, administrar personal, controlar gastos, supervisar educación, vínculos sociales y resolver problemas familiares… es probable que pueda dirigir una fábrica mucho mejor que la mayoría de los hombres.
Melissa soltó una pequeña risa inesperada. Tracie levantó la vista hacia él con visible interés, le agradaba lo que oía y estaba igual de sorprendida.
—Deberíamos prestarles más atención a las mujeres antes de tomar decisiones importantes —continuó Edmund mientras removía el té—. El mundo funcionaría bastante mejor.
—O bastante peor —murmuró Lady Honora.
—Eso dependería de la mujer.
—Tenga cuidado con ese tipo de comentarios, señor Clarke —advirtió Honora—. Podría terminar casado con una esposa empeñada en controlar todos los aspectos de su vida.
Edmund apoyó su taza en el plato.
—No tendría ningún problema con eso.
Melissa lo miró de soslayo. Necesitaba ver para creer... Para creer en hombres.
—¿No? Mmm, permítame dudar por un momento, señor Clarke.
—Dude todo lo que quiera, señora Plageman.
Pero la verdad es que yo no pretendo casarme con una mujer para convertirla en adorno social.
Pretendo una compañera. —Hizo una pausa leve, miró a Tracie y le sonrió—.
Aunque sospecho que esa idea no resulta muy popular en ciertos sectores de la aristocracia.
El golpe fue elegante. Pero golpe al fin. Lady Honora lo notó. Melissa también, y por ello ocultó una sonrisa detrás de su taza.
Tracie, en cambio, observó a Edmund con atención renovada. Porque sí, ya era evidente, el hombre sabía qué decir y cuando decirlo para lograr el efecto deseado. En este caso, atención y consideración. La clase de candidato que tanto madre como hija dirían un... Sí, acepto.
—Me parece que está siendo usted bastante tajante, señor Clarke —acotó Brett de repente.
El salón quedó en silencio apenas un segundo. Edmund giró su rostro hacia él.
—¿Sí?
—Sí. Creo que está generalizando demasiado cuando habla de la nobleza como si todos los hombres aristocráticos consideraran a las mujeres simples adornos sociales. Dudo mucho que todos piensen de esa manera.
La expresión de Edmund permaneció amable. Demasiado amable, casi fingida.
—Entonces celebro que existan excepciones, milord.
—No hablo de excepciones —replicó Brett con calma, pero con un ligero tono de firmeza en la voz—. Hablo de una realidad más amplia de lo que usted supone.
El intercambio con el joven vizconde pareció divertir a Edmund.
—Tiene razón. No debería generalizar. Pero el hecho de que existan hombres capaces de pensar distinto no cambia la realidad social de Londres ni el rol que muchas veces se espera de las mujeres dentro de ciertos círculos.
—Eso depende de los círculos que usted frecuenta, señor Clarke —contraatacó Brett.
Lady Honora observó al joven vizconde y ocultó una sonrisa detrás de su taza. Notaba el parecido entre su sobrino y Lord Brett, ambos tenían la misma manera controlada y precisa de discutir.
Y hablando de Roma...
—Dudo que el señor Clarke pretenda iniciar una revolución social en mi salón de té.
La voz de Hayden interrumpió la conversación antes de que Brett decidiera defender el honor completo de la aristocracia británica.
La diferencia en él era sutil, pero evidente. El cabello seguía ligeramente desordenado y ahora llevaba las mangas apenas remangadas hasta los antebrazos, como si hubiera abandonado el protocolo a mitad de camino para atender a Whippet y solo hubiese recordado recomponerse antes de entrar al salón.
Y aun así… Seguía siendo Lord Hayden Kensington.
No era su atuendo el que definía su presencia, era su esencia más profunda. Pura aura rígida y estructurada, pero también cautivadora.
El ambiente cambió apenas apareció. No de forma incómoda. Solo… distinta.
—Lord Hayden —saludó Edmund con cordialidad—. Debatíamos sobre el rol de las mujeres dentro de ciertos sectores aristocráticos.
—Un tema un tanto extenso y delicado para acompañarlo con té —comentó mientras tomaba asiento.
Brett aprovechó la oportunidad antes de que alguien intentara cambiar el curso de la charla.
—Quizá usted pueda responder algo, Lord Hayden. El señor Clarke sostiene que muchos hombres aristocráticos buscan esposas solo como adornos sociales.
Lady Honora cerró los ojos. Oh, no... Ese tipo de tópicos de conversación no se le daban bien a su sobrino.