Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Porque, tal como había dicho Lady Honora, Hayden parecía hallar calma en la perfección.

En repetir. En ordenar. En controlar. Como si toda su vida hubiese consistido en intentar alcanzar una versión imposible de sí mismo.

Y lo peor era que, al parecer, jamás existía un límite para ello.

Siempre podía ser más correcto. Más eficiente. Más impecable.

Quizá por eso desmontaba relojes. Quizá por eso analizaba cada detalle hasta volverlo exacto. Quizá por eso repetía sus discursos, sus horarios y sus costumbres una y otra vez, como si en la repetición pudiera hallar no solo orden, sino también seguridad.

O paz.

Y, por algún motivo, aquello le resultó terriblemente triste. Porque nadie debería sentirse obligado a ser perfecto todo el tiempo... ¿Verdad?

La campanilla de la puerta de entrada resonó de golpe en toda la residencia. El sonido quebró el ensimismamiento de Tracie y también el extraño silencio melancólico que se había instalado en la biblioteca.

Lady Honora parpadeó. Frunció el ceño.

—¿Qué…? —murmuró para sí—. No, no es posible —La mujer giró hacia el corredor con visible desconcierto—. No es posible… ¿tan pronto?

Para sorpresa de todos, abandonó la biblioteca con una rapidez impropia de una mujer que se consideraba a sí misma la máxima exponente del protocolo y las normas sociales londinenses.

Lady Honora podía recitar de memoria el comportamiento correcto para cada ocasión imaginable y exigirlo con rigurosidad a cualquiera que se cruzara en su camino.

Sin embargo, allí estaba: dejando atrás a sus invitados de un momento a otro, sin explicación alguna y con una evidente falta de decoro que habría criticado en cualquier otra persona.

Melissa intercambió una mirada con Brett.

—Ahora sí me preocupa —susurró el muchacho.

Fueron tras los pasos acelerados de Lady Honora hasta el corredor principal, donde la mujer se detuvo en seco al ver al recién llegado.

Lord Hayden Kensington acababa de entrar a la residencia sin la menor idea de que tenía visitas.

Llevaba los guantes oscuros a medio quitar, barro seco en las botas y el cabello desordenado por el viento.

A su lado avanzaba la elegante Whippet, su perra galga, rengueando apenas mientras él le prestaba mucha más atención a la pata lastimada del animal que a cualquier otra cosa a su alrededor.

Fue la perra quien ladró primero.

El sonido alertó a Hayden de que no estaban solos en el vestíbulo. Fue entonces cuando levantó la vista. Y se quedó inmóvil... Aunque había varias personas frente a él, sus ojos fueron hacia una de ellas: Tracie Plageman.

No esperaba encontrarla allí. En su casa. Entre sus cosas. Dentro de ese espacio donde, en realidad, casi nadie ingresaba de verdad. La sorpresa le borró cualquier capacidad de reacción. Y no fue al único.

Tracie también quedó paralizada ante lo que veía.

Porque había algo brutalmente inesperado en encontrarlo allí, de esa manera.

Desprotegido del protocolo social, despeinado, y con barro en las botas.

Preocupado por una perra herida en lugar de por mantener la compostura perfecta que el resto del mundo esperaba de él.

Aquello la desarmó por completo. El corazón le dio un vuelco incómodo. Así que hizo lo único que sabía hacer cuando algo se volvía demasiado serio... Hablar sin pensar demasiado.

—¡Oh! —exclamó de golpe.

Antes de que alguien más pudiera reaccionar, avanzó entre Lady Honora, Melissa y Brett hasta quedar frente a Hayden.

—¿Qué le ocurrió?

Se agachó frente al animal y terminó prácticamente arrodillada frente al barón mientras examinaba la pata del animal con genuina preocupación.

La perra movió apenas la cola.

Todavía no había decidido quién era esa muchacha para ella. Si alguien a quien darle la bienvenida o alguien a quien mantener alejada de su dueño.

Pero Whippet percibía cosas que los humanos complicaban innecesariamente. Y, en ese instante, notó con claridad cómo el corazón de Hayden se aceleraba ante la cercanía de la muchacha.

Aquello bastó para la perra.

Si el corazón de Lord Hayden reaccionaba así ante esa persona, entonces ella también podía mover la cola en señal de aprobación. Aunque fuera de manera lenta, cautelosa y todavía desconfiada.

Hayden tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Pisó un cristal roto durante el paseo.

—¡Pobrecita! —Tracie acarició con cuidado la cabeza del animal—. Eres muchísimo más elegante que Archie y, con toda seguridad, más inteligente.

La perra volvió a mover la cola. Esta vez con más efusividad.

—Pensé que tardarías más —intervino Lady Honora con evidente incomodidad—. Hayden suele revisar unos documentos legales en la oficina del administrador general después de los paseos —informó al resto de los presentes.

Hayden levantó la mirada hacia su tía. Intuía que algo había tramado. Todavía no lograba entender qué, pero conocía demasiado bien su expresión falsamente casual, esa tensión apenas perceptible en su postura, la rapidez con la que improvisaba explicaciones innecesarias. Era cuestión de minutos.

No, probablemente de segundos... En fin, descifraría el plan completo.

—Traje a Whippet de regreso porque se hirió —explicó Hayden—. Consideré prudente atenderla cuanto antes.

Lady Honora arqueó una ceja.

—¿Desde cuándo la pata de una perra tiene prioridad sobre documentos legales importantes?

Hayden bajó apenas la vista hacia el animal. Le acarició la cabeza.

—Los documentos pueden esperar.

El comentario produjo un pequeño silencio. Porque, viniendo de Hayden Kensington, aquello equivalía a una declaración emocional sin precedentes.

—Bue... bueno —titubeó Honora sorprendida—. Me parece muy razonable de tu parte...—le habló a la perra—... gracias a ti, Whippet, contamos con la presencia inesperada de Hayden en casa.

Whippet resopló, como aceptando el reconocimiento.

—Me doy cuenta —comentó él entonces, sin apartar la vista de su tía— de que mi presencia ha sido realmente inesperada para ti.

Lady Honora soltó una pequeña risa.

—Ay, sí, bueno… la verdad es que este día ha estado plagado de situaciones inesperadas.

Esta mañana, sin ir más lejos, salí a hacer unos recados por el centro de la ciudad y me topé con la señora y la señorita Plageman.

—Hizo un gesto elegante con la mano—. Imagínate mi sorpresa al encontrarlas allí.

Así que me sentí en la obligación de invitarlas a conocer la casa de la baronía, ya que estaban en Londres. ¿No es así, señora Plageman?

Melissa carraspeó con suavidad y sonrió. La nota de invitación había llegado dos días antes y estaban allí por pura insistencia de Lady Honora.

Tracie evitó mirar a su madre para no exponer la mentira. Brett, en cambio, carraspeó con diplomacia antes de intervenir.

—Sí, sí, así fue. —Miró apenas de soslayo a Lady Honora, cómplice del intento colectivo de sostener esa mentira social—.

Estábamos paseando por el centro de la ciudad cuando nos encontramos con Lady Honora y, debido a mi interés por la historia de la baronía, tuvo la enorme amabilidad de invitarnos a recorrer la residencia.

Así que agradezco la gentileza de permitirnos visitar la casa, Lord Hayden —finalizó el joven vizconde.

—Son bienvenidos —respondió Hayden con impecable cortesía pese a no creerse el cuento narrado—. Usted, milord, y también ustedes, señora y señorita Plageman.

Tracie levantó la vista hacia él justo en el momento en que intentaba incorporarse. ¡Mala idea!

La punta de su bota quedó atrapada en el ruedo de su falda y, al recuperar la verticalidad, trastabilló hacia atrás.

Habría terminado de nalgas al suelo de no haber sido porque Hayden reaccionó antes de pensar...

fue puro instinto. La sujetó por la muñeca, con firmeza y delicadeza.

Sin darse cuenta, la atrajo hacia su cuerpo, y el impulso hizo que Tracie chocara con su pecho.

Ella pudo percibir el leve aroma a fragancias silvestres, cuero y sol impregnado en su abrigo. Hayden, por su parte, sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho con una violencia atípica y bien inoportuna.

Para suerte de ambos, la campanilla de la entrada resonó, una vez más, en toda la residencia... y por obvias razones, sus cuerpos se separaron.

El mayordomo apareció segundos después.

—El señor Edmund Clarke, milady.

Ah... Ahora sí.

Ahora todo tenía sentido.

Hayden no necesitó más de unos pocos minutos para comprender el plan completo de su tía. Otra vez jugando a la casamentera. Bajó la vista hacia la pata lastimada de Whippet.

—Si me disculpan, debo limpiarle la herida antes de que se infecte.

Sin mirar a nadie en particular, giró sobre sus talones y se alejó por el corredor mientras Edmund Clarke entraba sonriente en el vestíbulo.