Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Eso es porque las damas londinenses necesitan emociones más fuertes en sus vidas —dictaminó Tracie.

—O quizá porque el misterio resulta atractivo —aportó Brett. Las dos mujeres lo miraron sorprendidas. El joven vizconde se aclaró la garganta—. Eso dicen las novelas, al menos.

—Pues espero que no estés leyendo novelas inconvenientes en Eton —murmuró Melissa.

—Depende de la definición de inconveniente, tía.

—¡Brett Grenville!

—Bueno, basta de hablar de Hayden —interrumpió Honora antes de que Melissa comenzara un interrogatorio—. Ya dedicamos suficiente tiempo al pobre muchacho sin que él esté presente para defenderse. Destinemos esta tarde a cosas más importantes.

Tracie sonrió, como un indicio de que estaba de acuerdo con el cambio de tema.

La verdad era que prefería no seguir hablando de Lord Hayden.

Pese a su ausencia, cada vez que mencionaban su nombre, ella terminaba imaginándoselo allí.

Caminando por esos corredores. Leyendo tratados tediosos junto al ventanal.

Y sinceramente, prefería no imaginárselo en absoluto.

—¿Como cuáles? —preguntó.

Lady Honora abrió los brazos hacia el interior de la residencia.

—Como un recorrido apropiado por la casa Kensington antes de que sirvan el té. ¿Qué les parece la idea?

—Una idea maravillosa, milady —respondió Brett de inmediato, claramente fascinado. Nunca estaba de más aprender de otros lores y su historia familiar.

Avanzaron por los amplios corredores de la residencia, mientras la casa parecía observarlos con la misma silenciosa corrección que su dueño.

Los retratos familiares, enmarcados en madera oscura, revestían las paredes.

Había barones severos, mujeres de expresión rígida, militares con medallas y una cantidad alarmante de hombres que parecían desaprobar la existencia humana en general.

Tracie caminó más lento que el resto. Observaba todo como si intentara memorizarlo.

Había algo en esa casa que le despertaba una absurda sensación de examen inminente, como si en algún momento del futuro alguien fuese a detenerla en medio de un salón y preguntarle quién era el hombre del retrato junto a la escalera principal, por qué aquel reloj estaba situado junto al ventanal oeste o cuál era el nombre del barón de expresión severa que parecía odiar a la humanidad desde su marco dorado.

Así que prestaba atención a todo: a la disposición exacta de los muebles, a las pequeñas placas bajo los cuadros, al orden impecable de los objetos, incluso a la forma en que las cortinas caían con perfecta simetría.

Sentía, por algún motivo imposible de explicar, que olvidar cualquiera de esos detalles equivaldría a cometer un error imperdonable.

—Ese es Alistair Kensington, quinto barón de Sheffield —explicó Honora señalando un retrato—. Expandió la baronía hacia el norte en plena revolución industrial.

—¿Él inició las fábricas textiles? —preguntó Brett de inmediato.

Honora pareció encantada por la pregunta del joven lord. Se lo notaba muy interesado en su relato.

—¡Exacto, milord! Veo que alguien sí presta atención a los asuntos importantes.

Brett se sonrojó apenas.

—Lord Hayden también mencionó algo sobre la reorganización ferroviaria de Sheffield durante la cena en casa de los Sinclair.

Tracie ocultó una sonrisa. Claro... Hayden hablaba de reorganización ferroviaria durante las cenas. Eso sonaba exactamente como él.

Mientras Honora y Brett continuaban conversando sobre títulos, administración y linajes, Tracie se rezagó apenas junto a una mesa cercana al salón principal.

Había allí un reloj desmontado, las diminutas piezas descansaban ordenadas sobre un paño oscuro, alineadas con precisión.

Al lado había herramientas pequeñas y un cuaderno lleno de anotaciones de letra firme y prolija.

Tracie rozó apenas una de las hojas. Como si pudiera acariciar las letras, los cálculos y diagramas. Sintió una extraña ternura.

—Hayden desmonta relojes cuando necesita apaciguar su mente inquieta —comentó Honora a sus espaldas—. Yo considero más práctico discutir con alguien, pero supongo que todos tenemos nuestros defectos y estrategias.

Tracie retiró la mano rápidamente.

—No quería tocar nada.

—Oh, querida, si Hayden se molestara porque alguien toca sus cosas, ya habría expulsado a cada uno de los empleados de la casa. Pero ven, hay cosas más interesantes que un simple reloj desmontado.

La instó a avanzar, a retomar la comitiva de expedición. Volvieron a la par de Melissa y Brett y se adentraron dentro de la biblioteca de la baronía.

La biblioteca era aún peor... O mejor. Dependía del nivel de fascinación que una sintiera por Hayden Kensington. Tracie empezaba a sospechar que su curiosidad por Lord Hayden resultaba bastante mayor de lo razonable.

Lo cual era absurdo. Completamente absurdo.

Porque ella no debía sentirse fascinada por un hombre que hablaba de ventilación, reorganización ferroviaria y reglamentos administrativos con genuino entusiasmo.

Recorrer aquella casa se parecía demasiado a abrir pequeñas puertas ocultas dentro del propio Hayden.

Era como si, sin proponérselo, estuviera conociendo versiones del barón que él jamás mostraba en sociedad.

Y eso la incomodaba. Porque empezaba a ser muy difícil sostener la teoría de que lo encontraba aburrido. Aunque lo era... Para casi todos.

Evaluó las estanterías con detenimiento.

Había obras completas de historia, política, ingeniería, arquitectura, navegación, medicina, matemáticas y tratados científicos.

Pero entre ellos también aparecían una gran cantidad de partituras, novelas francesas, poesía y varios libros gastados por uso frecuente.

Eso descolocó a Tracie. Ella no sabía por qué le sorprendía tanto descubrir ese tipo de pasión dentro de Hayden. Quizá porque él hacía un trabajo excelente escondiéndola.

—¿Lord Hayden toca el piano? —preguntó.

—El violonchelo —respondió Honora—. Bastante bien, aunque dejó de practicar con frecuencia cuando heredó el título.

Tracie imaginó por un instante a Hayden tocando ese instrumento. La idea le resultó peligrosamente atractiva.

Demasiado atractiva y provocadora.

—¿Y esos mapas? —preguntó Brett acercándose a una mesa. También estaba fascinado, no en el mismo nivel de su prima, pero fascinado al fin.

—Planos de las tierras de Sheffield —explicó Honora—. Hayden los revisa a diario. Está obsesionado con la administración eficiente.

—Debe ser difícil encargarse de tanto siendo tan joven —comentó Melissa.

Por primera vez desde que iniciaron el recorrido, Lady Honora perdió algo de teatralidad.

—Lo fue… —admitió tras una breve pausa. Y no solo por pensar en Hayden.

El recuerdo de aquella época también arrastraba consigo la pérdida de su único hermano, una herida vieja que jamás terminó de cerrar del todo.

Giró apenas el rostro hacia Brett—. Cuando murieron sus padres, Hayden era apenas un año mayor que usted cuando perdió a su padre, milord.

Brett enderezó ligeramente la postura. Sentía que podía ponerse en los zapatos de Lord Hayden. Eran similares a los suyos.

—En ese entonces, los hombres de esta familia… —continuó Lady Honora señalando en dirección al corredor en el que estaban colgados los retratos familiares— aquellos cuyos rostros han visto, o al menos los que aún quedan vivos, nunca fueron muy buenos acompañando emocionalmente a nadie.

Melissa soltó una breve risa nasal, carente de verdadero humor.

—En líneas generales, los hombres no suelen serlo, Lady Honora. Al menos, esa ha sido mi experiencia.

Tracie tragó saliva. No necesitaba que nadie aclarara a qué experiencia hacía referencia su madre.

Lady Honora la comprendió enseguida.

—También ha sido la mía —admitió con una sinceridad sorprendente—. Por eso mismo jamás me he vuelto a casar. Para evitar la amarga sensación de sentirme sola aun estando acompañada.

La frase dejó un extraño silencio detrás; era sabido que había enviudado muy joven, ni siquiera había tenido hijos y al poco tiempo regresó incluso a usar el apellido paterno, porque ni ella ni nadie se había acostumbrado a llamarla por el de casada, pero nunca había dejado entrever desdicha en esa unión.

El silencio fue compartido. Porque, de una forma u otra, todos los allí presentes entendían algo de aquella melancolía.

Melissa había sobrevivido a un matrimonio desdichado; Brett había tenido padres amorosos, pero los perdió demasiado pronto; e incluso Tracie, que apenas recordaba al señor Plageman y quizá había sido la más beneficiada de olvidar a un hombre incapaz de amar correctamente, comprendía que había ausencias que deformaban una vida entera.

Pero el silencio no nació solo de eso. También surgió porque era la primera vez que Lady Honora dejaba entrever algo parecido a fragilidad.

Hasta ese momento, la mujer había parecido hecha de rigidez, orgullo aristocrático y normas sociales.

La gran guardiana del decoro londinense.

Y, sin embargo, allí estaba: humana. Vulnerable.

Apenas por un instante, claro, porque personas como Lady Honora jamás se permitían caer por demasiado tiempo.

¡Vaya visita aquella!

Tracie estaba empezando a descubrir que Lord Hayden era mucho más pasional de lo que aparentaba… y que su tía resultaba bastante más frágil de lo que toda Inglaterra suponía.

—Como sea… —continuó Honora tras recomponerse—, aunque yo intervine y permanecí a su lado, la presión fue demasiada para un muchacho tan joven.

Así que Hayden hizo lo único que sabía hacer, lo que le enseñaron desde temprana edad...

Volverse perfecto. Y cuando su padre murió, sintió que debía ser aún más perfecto todavía.

Así que puso todo de sí para conseguirlo.

Volverse perfecto.

La frase quedó resonando en la cabeza de Tracie como el eco insistente de un reloj. Recordó el reloj desmontado. Las piezas alineadas con precisión obsesiva. Los cálculos. Las anotaciones. El orden absoluto.

Una repentina tristeza la invadió.