Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Lady Honora llevaba exactamente cuarenta y tres minutos convencida de que era un genio.

No un genio cualquiera. Los hombres se atribuían ese término cuando descubrían cómo hacer explotar algo, construir un puente o arruinar un país desde el parlamento.

Ella, en cambio, había detectado algo mucho más complejo: química social.

Y había química.

La vio en la fiesta Audley. Fue muy cuidadosa al respecto; ni por un momento le quitó los ojos de encima a la señorita Plageman, hecho que la llevó a observar algo importantísimo: Tracie había reído en brazos de Edmund Clarke.

Para muchos, quizá aquello no fuera un dato relevante, considerando que la más joven de las hermanas poseía una incapacidad absoluta para mantener los labios tensos y serios. Pero para Lady Honora sí lo era. Porque ahí radicaba la confirmación que necesitaba.

Para alguien cuya naturaleza consistía en sonreírle a la vida sin motivo alguno, hallar a una persona capaz de provocarle una sonrisa todavía más amplia era todo un mérito. Era… química de sentimientos.

Y, precisamente por ello, Lady Honora Kensington estaba convencida de que Edmund Clarke era absolutamente perfecto para la muchachita Plageman.

A esas alturas, Lady Honora casi consideraba a las Plageman una responsabilidad social propia.

Había observado a las tres muchachas abrirse paso en Londres entre susurros, desplantes y normas rígidas, y aunque jamás admitiría en voz alta semejante sentimentalismo, les había tomado afecto.

Noreen y Francie ya habían hallado su sitio; incluso contra toda lógica social, habían conseguido matrimonios felices.

Solo restaba Tracie. Y Honora estaba convencida de que aquella temporada debía resolver, de una vez por todas, los dos asuntos pendientes que más ocupaban su cabeza: encontrarle un esposo adecuado a la última de las Plageman y hallar, por fin, una esposa correcta para Hayden.

Porque mientras todos los hombres de su círculo parecían haber sucumbido felizmente al matrimonio, su sobrino continuaba refugiándose en libros, horarios y responsabilidades.

Y aquello empezaba a parecerle una tragedia doméstica.

Cuanto más observaba la situación, más sentía que tenía frente a sí dos desafíos opuestos.

Uno parecía sencillo; el otro, imposible.

Encontrarle marido a Tracie no debería representar dificultad alguna: era joven, encantadora, rica y condenadamente hermosa.

Pero hallar a la esposa correcta para Hayden…

ah, eso era otra historia. Su sobrino parecía poseer un talento excepcional para desalentar cualquier posibilidad romántica mediante datos enciclopédicos, horarios estrictos y una capacidad alarmante para convertir hasta una conversación trivial en una conferencia académica.

En fin, fuera una tarea sencilla o una condena enviada por Dios para poner a prueba su paciencia, Lady Honora había hecho de aquello el propósito central de la temporada.

Encontraría un esposo adecuado para Tracie Plageman y una esposa correcta para Hayden, aunque tuviera que arrastrar a ambos hacia el altar por pura insistencia.

Y, conociéndose a sí misma, estaba bastante segura de que lo conseguiría.

Sonrió satisfecha mientras observaba, a través del ventanal, el impecable jardín delantero de la residencia Kensington en Londres, la orgullosa residencia de la baronía.

La casa no era ostentosa comparada con otras mansiones nobiliarias de Mayfair.

Los Kensington jamás habían sido una familia afecta al exceso; preferían que el dinero se reflejara en estabilidad antes que en decorados innecesarios.

Sin embargo, había algo en aquella residencia que imponía respeto inmediato.

Todo estaba perfectamente dispuesto. Los setos recortados con exactitud geométrica, los mármoles del piso sin una sola marca, los ventanales pulidos hasta reflejar el cielo gris londinense. La casa entera parecía incapaz de cometer errores.

Al igual que Lord Hayden Kensington.

—Melissa Plageman y familia, milady —informó el mayordomo.

—¡Por fin! —exclamó con entusiasmo. Estaba un tanto ansiosa por el encuentro.

Se apresuró hacia el vestíbulo con una energía impropia de una mujer que, cada tanto, requería de un bastón para sostener tanto su orgullo aristocrático como su delgado y cansado cuerpo.

Mejor ni hablar de su edad, una que, en aquel momento, parecía haber olvidado por completo que estaba a solo unos meses de cumplir setenta años.

Melissa descendió primero del carruaje, seguida de Brett y finalmente de Tracie, que alzó la vista hacia la fachada de piedra clara.

Se quedó inmóvil allí mismo, con un pie en la escalerilla del carruaje y otro en la gravilla.

Un solo vistazo a la fachada de la casa le bastó para elaborar su primer análisis.

La casa de la baronía no era solo grande, era...

Lord Hayden. Una extensión de sí mismo en piedra tallada: correcta, sobria, elegante y silenciosa.

Correcta, tan correcta como él al saludar en un evento social, como si hasta las columnas fueran capaces de hacer reverencias discretas.

Sobria, sin excesos innecesarios, aunque con ciertos matices oscuros y severos que recordaban demasiado al propio barón cuando alguien alteraba el orden de sus horarios o de sus pensamientos.

Elegante… bueno, eso resultaba evidente; Hayden era elegante hasta cuando parecía recién bajado de un caballo.

Y silenciosa. Tan silenciosa que Tracie empezaba a sospechar que la residencia entera contenía la respiración para no interrumpir las reflexiones académicas de su dueño.

Si alguien se detenía a pensarlo con cuidado, resultaba difícil establecer qué había sido primero: la casa o el barón.

¿Era Hayden quien imitaba a la residencia Kensington o la residencia la que había terminado adoptando el carácter de Hayden?

Resolver semejante misterio parecía tan complicado como seguirle el ritmo a una de sus conversaciones sobre ventilación, ferrocarriles o tensiones geopolíticas europeas.

—Queridas —saludó Honora mientras descendía apenas los escalones de la escalera principal—. Qué alegría que hayan venido.

Melissa le sonrió con educación.

—Gracias por invitarnos, Lady Honora.

—Y gracias a Dios que aceptaron, esta casa puede parecer un mausoleo cuando mi sobrino se lo propone. Las visitas ocasionales le aportan una cuota de vida a las paredes.

Brett ocultó una sonrisa.

—¿Lord Hayden permanece mucho tiempo aquí cuando está en Londres, milady? —preguntó el joven al tiempo que observaba el impecable vestíbulo.

—Más del que corresponde a un hombre de su edad. —Lady Honora suspiró con dramatismo mientras comenzaban a avanzar por el corredor principal—. Trabaja demasiado. Estoy convencida de que, si no lo vigilo, un día decidirá casarse con un libro contable.

Tracie soltó una pequeña risa.

—Bueno… si el libro tiene márgenes perfectamente alineados y una caligrafía correcta, el matrimonio podría prosperar.

—Y buena encuadernación —agregó Brett con total seriedad—. No hay vínculo duradero sin una estructura sólida.

Melissa miró a su sobrino de reojo.

—Empiezo a preocuparme por el tiempo que pasas encerrado en el despacho.

—Ahora que debo interiorizarme más en la administración del vizcondado, comienzo a entender ciertas cosas —continuó Brett, ignorando el comentario de su tía—.

Uno crea vínculos con aquello que lo rodea a diario y, en determinadas circunstancias, lo único que lo rodea a uno son estados de cuenta, contratos, balances y correspondencia legal.

—Qué existencia tan romántica —murmuró Tracie.

—Romántica, no... familiar —se defendió Brett—. Supongo que, cuando una persona carga demasiadas responsabilidades desde joven, termina encontrando comodidad en aquello que puede controlar.

—Visto de esa manera… —retomó Tracie con tono pensativo— quizá un libro contable sí sea la pareja ideal para Lord Hayden. Después de todo, si él mismo redacta los balances, allí no existiría margen de error alguno. Y ya sabemos cuánto disfruta de las cosas extremadamente correctas.

—¡Tracie! —la reprendió Melissa, aunque sin demasiada convicción.

—¿Qué? Es una teoría razonable. ¿Cómo no enamorarse de algo que jamás lo decepcionaría a uno? Los números no improvisan, no contradicen y tampoco giran en dirección incorrecta durante una contradanza.

Brett soltó una carcajada inesperada.

—Eso último aún hiere el orgullo del barón, estoy seguro.

—Y el de media aristocracia londinense —agregó Honora con resignación divertida—. Aunque debo admitir que fue el baile más entretenido de toda la velada. Hacía años que no veía a Hayden tan… desconcertado.

Tracie arqueó apenas las cejas.

—¿Y eso para usted es algo bueno o malo? Digo… que Lord Hayden esté desconcertado.

Lady Honora pareció meditarlo con genuina seriedad.

—Ni bueno ni malo, diría que es… diferente. —Una pequeña sonrisa tironeó de sus labios—. Y, tratándose de Hayden, cualquier cosa diferente ya representa un acontecimiento digno de celebrarse.

—¿Lord Hayden siempre fue así? —interrogó Brett.

—¿Correcto hasta niveles alarmantes? Sí. Desde niño. Hubo una vez, cuando tenía ocho años, en que corrigió a un sacerdote durante un sermón porque había citado mal una fecha histórica.

Melissa soltó una carcajada.

—No, no puede ser. Dígame que exagera, Lady Honora.

—No exagero. Así fue... Y lo peor es que tenía razón. El sacerdote se enfadó muchísimo; Hayden, en cambio, se sintió profundamente confundido porque creyó estar ayudándolo.

Tracie rio por lo bajo.

—Creo que el problema de Lord Hayden —argumentó Tracie— es que nació con cincuenta años.

—¡Tracie! —protestó Melissa entre divertida y escandalizada.

—¿Qué? Admítelo, madre. Si uno lo imagina sentado junto a una chimenea hablando de reglamentos ferroviarios mientras sostiene un reloj de bolsillo, resulta una imagen perfecta y natural.

—Y aun así las damas suspiran por él —comentó Lady Honora con aire satisfecho.