Capítulo 3
Edmund Clarke apareció ante ellas. No quedaba claro quién arrastraba a quién, si Lady Honora a Edmund o Edmund a Lady Honora.
Los dos eran cómplices inesperados esa noche.
La lady había esperado a que Hayden se alejara para aproximarse ella, empezaba a temerle a las miradas furibundas de su sobrino.
Sabía que Hayden era bondadoso y paciente, pero en ocasiones sus ojos azules oscuros mostraban una determinación que hasta una mujer como ella temía desafiar.
—Señorita Plageman, le presento al señor Edmund Clarke.
Edmund es amigo de tus cuñados, querida.
—Fingió que alguien la llamaba para alejarse de allí.
Solía ser chismosa y le gustaba quedarse a supervisar el resultado de sus artimañas casamenteras, pero esa noche no quería que su sobrino la asociara a ese encuentro.
—Señorita Plageman —saludó con una reverencia apenas exagerada—. Debo agradecerle.
Tracie arqueó las cejas.
—¿Agradecerme qué cosa?
—Haber sobrevivido a la contradanza más temeraria de toda la temporada sin provocar víctimas fatales.
Joyce rio. Tracie también, aunque fingió ofenderse.
—¡No ha sido para tanto! —protestó.
—Señorita, una anciana vizcondesa acaba de persignarse al verla girar en dirección equivocada. Creo que Londres no contemplaba semejante desafío al orden establecido desde la decapitación de Carlos I.
Tracie volvió a reír. No fue una de esas risas suaves y medidas que emitían las jóvenes bien educadas para no llamar la atención. Fue una carcajada sincera. Varios ojos se posaron en ellas.
Edmund no era de los que les importaban las miradas de censuras, de lo contrario, no sería amigo de Leopold y Gail. Disfrutó de la frescura de Tracie.
Lo cierto era que no sabía qué esperarse de ella, no le había prestado demasiado atención a las demás Plageman. Era una cuestión de autodefensa. Podía ser amigo de Audley y O’Rourke, pero era consciente de que los dos le pondrían una bala en el pecho si osaba acercarse a sus esposas.
Tracie se presentaba como un dulce bocado del veneno que tentó a sus amigos. Un bocado bello, apetecible y, por qué negarlo, rico como un creso. No había cosa que aumentara más la belleza de una dama que una abultada dote, y no había cosa que mejorara más una dote que una belleza como la de Tracie.
En conclusión, Edmund estaba bastante satisfecho con el descubrimiento que resultaba la señorita Plageman.
—Pues en tal caso, me alegro de haber arrastrado a Lord Hayden a tal acto de rebeldía ante la corona —dijo ella.
Observó a Edmund. Le agradaba. No era rubio y quizá le faltaran unos cinco centímetros para ser considerado alto, pero por lo demás, respondía al adjetivo de atractivo.
Como se dio cuenta de que lo comparaba mentalmente con otro hombre, decidió enfocarse en lo que Clarke sí ofrecía: Cabello oscuro, ojos castaños cálidos, hombros anchos.
Aceptable.
—Mi total admiración, como excompañero de Hayden sé que ha sido un desafío. Además, como dicen por allí, algo peor a que hablen mal de nosotros es que no hablen en absoluto.
—Eso no suena precisamente halagador.
—Entonces permita que me explique bailando un vals con usted.
Y le tendió la mano.
Tracie miró a Joyce.
—Ve. Mi compañero está por llegar —susurró. Ella tenía reservado ese baile para Hayden.
La muchacha tomó la mano de Edmund.
Edmund se movía con ligereza, era tan opuesto al barón que ella se preguntaba por qué demonios los estaba comparando. La condujo a la pista mientras saludaba gente, sonreía y hacía comentarios al pasar.
—¿Conoce a toda Inglaterra? —preguntó Tracie. Con Hayden había tenido que distraerse de su propia torpeza, con Edmund parecía necesitar distraerse de la presencia silenciosa del barón en brazos de Joyce.
—Solo a la parte divertida.
—¿Y la otra mitad?
—La evito activamente.
Tracie volvió a reír.
La orquesta comenzó a tocar y las parejas se acomodaron. Edmund posó una mano en su cintura, apenas un roce suave. Parecía sencillo bailar con él, conseguía lo que en la contradanza le fue imposible, olvidar que estaba en una pista llena de gente y que su torpeza era estudiada por toda la sociedad.
Era cómodo, confortable. Tracie no era de las personas que pensaban en dejar las zonas confortables, en enfrentar desafíos.
Recordaba su charla con su cuñado Gail antes de que este se casara con Noreen.
Él le había dicho que le gustaban los desafíos, y ella le había confesado que no, que por eso odiaba las matemáticas.
Una vez más, la comparación vino a su mente. Hayden era matemáticas puras. Era esas cosas llamadas logaritmos. Edmund era como leer poesía, ni siquiera necesitabas entenderla para disfrutarla.
—Bien —dijo él—. Antes de comenzar necesito hacer una pregunta importante.
—¿Cuál?
—¿De qué hablaron con Lord Hayden?, ¿de la ley de higiene?, ¿de las tensiones entre los Tudor en la época de la reina Elizabeth I?
—De las corrientes de aires —respondió ella, conteniendo la risa.
—Ah, claro. Mucho más acorde a los sensibles oídos de una dama.
Tracie se mordió para contener la risa mientras comenzaban a girar.
Edmund danzaba de un modo flexible, relajado; si Tracie se adelantaba, él la seguía.
Si ella giraba demasiado rápido, él convertía aquello en parte del movimiento.
En esa fluidez se olvidó de lo que iba a responder, que era algo como ¿qué demonios le importaba de lo que hablaba con Hayden?
No sabía de dónde había nacido esa necesidad de defensa ante los monólogos aburridos del hombre, más cuando ella era la primera en quejarse de ellos. Pero lo olvidó todo porque, por primera vez, estaba disfrutando de un baile. La novedad le hizo dejar de lado cualquier resquemor.
—Mucho mejor —dijo Edmund—. Ya no parece que estuviera intentando escapar del baile.
—Con la contradanza sí quería escapar.
—Lo noté. En un momento pensé que iba a derribar una vizcondesa.
—¡Ella se atravesó!
—Por supuesto. Las vizcondesas suelen arrojarse debajo de las señoritas americanas por deporte.
Tracie volvió a reír.
Giraron entre las demás parejas. El salón resplandecía bajo las lámparas; las joyas y los bordados parecían moverse junto con la música.
Edmund la observó con abierta admiración.
—Ahora comprendo a sus cuñados.
—¿Qué cosa?
—El terror.
—¿Terror de qué?
—De cualquier hombre que se acerque a usted.
—¡No diga tonterías!
—No son tonterías. Lord Leopold me miró hace un rato como si estuviera evaluando dónde esconder mi cadáver.
—Leopold mira así a todo el mundo.
—No, señorita. A mí me miró peor.
—Quizá porque le recuerda a él, a todos nos aterra nuestro propio reflejo.
¡No solo estaba bailando!, pensó Tracie, estaba teniendo una conversación banal y casual.
Otra novedad en lo que respectaba a su vida social.
Las Plageman eran bien recibidas a medias en la sociedad londinense, les abrían las puertas por estar emparentadas a un vizconde y por poseer una fortuna considerable, mas no les perdonaban que fueran burguesas y americanas.
Eso las solía condenar al ostracismo. Francie casi se convierte en solterona y ella…
Ella no había disfrutado de un evento como ese jamás.
—¿Y usted? —preguntó él mientras giraban—. ¿También teme a los libertinos reformados?
—Depende. ¿Es usted uno reformado?
—Todavía no. Pero sus hermanas parecen convertirlos con facilidad. Empiezo a preocuparme.
—Tal vez sea contagioso.
—Dios me libre.
—¿Tan terrible le parece el matrimonio?
—No el matrimonio. La felicidad matrimonial. Es sospechosa.
—¿Por qué?
—Porque Leopold Audley silba ahora. Nadie debería silbar tanto después de casarse. Resulta inquietante.
Tracie rio otra vez.
Y, sin embargo, en medio de la risa, sus ojos se desviaron por accidente a la pareja a su lado.
Hayden y Joyce estaban allí. En silencio, siguiendo un ritmo perfecto y mecánico. No hablaba con Lady Joyce, no la deleitaba a ella con sus saberes enciclopédicos. Se veían bonitos juntos, dos nobles de buenas familias y fortunas considerables, dos personas guapas del mismo estrato social.
Suspiró. Sonrió en dirección a Edmund a modo de un clamor silencioso: vuelve a hacerme reír.
—¿Ocurre algo? —preguntó Edmund.
—No, nada.
La música aumentó de intensidad y Edmund la hizo girar con más rapidez de la habitual. Ella dio una vuelta imperfecta, tropezó apenas y terminó chocando suavemente contra él.
—¡Oh!
—Perfecto —declaró Edmund con solemnidad—. Ahora parecemos una pareja real y no dos aristócratas entrenados.
—Yo nunca parezco una aristócrata, y menos una entrenada.
—Eso la hace mejor.
—Tengo una teoría sobre ustedes, las Plageman —dijo Edmund.
—Eso suena peligroso y no sé si quiero saberlo.
—Creo que disfrutan escandalizar personas, por eso son las mujeres perfectas para los libertinos redomados.
—¡No es cierto! Le juro, señor, que hasta intento pasar desapercibida.
—No me diga eso, porque tendré que ser honesto y decirle que fracasa. No hay una persona que no la mire esta noche.
—Mi baile no fue tan desastroso.
Él se acercó a su oído.
—No la miran por cómo baila, señorita. La miran… miramos… porque es imposible apartar la vista de usted.
Tracie se estremeció. ¿Estaba coqueteando?, estaba segura de que estaba coqueteando con ella. Tres primeras veces en una noche y todas con Edmund Clarke.
—Seguro está bromeando —respondió al darse cuenta de que se sonrojaba. Rio del supuesto chiste, era mejor eso que ser tomada de tonta por creer que había capturado la atención de un caballero.
—Bromear es una habilidad social importantísima, señorita, pero lo que he dicho ha sido de una seriedad propia de mi amigo el barón.
—Lord Hayden no diría algo así… —No supo por qué, había sonado decepcionada.
—Lord Hayden probablemente organiza sus bromas por categorías y sus halagos por categoría.
Tracie rio, más porque quería reír que porque le causara gracia la broma. Sintió los ojos de Hayden en ella y tropezó. La muchacha maldijo por lo bajo, ¡el barón era capaz de hacerla desconcentrarse y romper la armonía hasta cuando no era su pareja!
Hizo un mohín, enojada, y se enfocó de nuevo en Edmund.
Quería pedirle que dejaran de hablar de Hayden, pero era lógico que lo hicieran, era un conocido en común.
No existía excusa alguna para solicitarle cambiar de tema, salvo que reconociera que cada vez que lo mencionaba, ella no podía evitar trazar una comparación.
Y había una que era fundamental: Edmund era burgués y Hayden, noble. Solo uno de los dos era un candidato posible para ella; cuando una vive en Roma es mejor no pensar en las pirámides y concentrarse en el coliseo.
¡Rayos!, ya hasta sonaba como Hayden.
Refunfuñó y frunció el ceño por la propia línea de sus pensamientos.
Entonces Tracie hizo lo que mejor sabía hacer cuando algo se volvía demasiado serio.
Bromeó.
—Esta vez no bailaron vizcondesas cuyo deporte sea lanzarse en mi camino, hemos salido ilesos.
La música terminó entre risas. Ambos hicieron la reverencia final. Edmund se inclinó más de la cuenta adrede, provocando que Tracie casi volviera a reír.
—Definitivamente baila mejor vals que contradanzas —dictaminó él mientras la conducía fuera de la pista.
—¿De cuántos choques y pisotones se conforma un éxito? —preguntó en el mismo tono de mofa.
—¡Conque quería alzarse con una marca personal! ¿Lo ve?, no es mala bailarina, sino incomprendida.
Joyce ya esperaba a por ellos al borde de la pista, Hayden había ido a por ponche para la muchacha.
—El vals es lo tuyo, Tracie.
—Eso mismo decía yo —aseveró Edmund.
A Tracie le dolían las mejillas de reír. Mofarse de sus defectos y tomarlos con humor era la forma que había hallado de enfrentar la vida en Londres. Le agradaba que Joyce fuera de la misma filosofía, y al parecer, Edmund también.
—Bien, mis damas, como demanda mi rol de caballero, les traeré ponche antes de que empiecen otra contradanza y el salón entero deba evacuar.
—Muy amable.
El hombre se alejó entre la multitud rumbo a las mesas de bebidas, mientras Tracie lo seguía con la vista. Joyce dejó las bromas para ir a lo serio:
—Pareciste congeniar con él.
—Sí, al parecer solo no congenio con los hombres que hablan de leyes y datos enciclopédicos.
—Y que bailan como si fuera el despliegue de las tropas napoleónicas, en las que un paso en falso se traduce a una derrota fatal.
Tracie rio de la comparación. No notó que Hayden estaba un paso detrás de ella, que oía la comparación y que retrocedía con las dos copas de ponche hasta perderse en la multitud.