Capítulo 2 #3
—Mejor aún, si no importa, ¿por qué no llegar a un veredicto? Sería solo una apreciación sin pretensiones, una opinión sin más. ¿Te parece guapo Lord Hayden?
—Es aburrido…
—No es lo que pregunté.
—Y es muy estirado…
—Tampoco es lo que pregunté.
—Y ya está a una distancia en la que puede oírnos.
—Señorita Plageman… —Hayden hizo una leve inclinación.
Tracie le respondió del mismo modo, flexionando apenas una de las rodillas, pero manteniendo la verticalidad. Sin más, fueron a la par a la pista de baile y se posicionaron enfrentados.
La orquesta comenzó a tocar y los bailarines dieron inicio.
Tracie detestaba la contradanza; muchos decían que el vals era más difícil, pero ella lo prefería.
En el vals solo dos personas debían coordinar; en una contradanza, en cambio, muchas parejas debían hacerlo y eso evidenciaba lo mal que se le daba.
Todas las mujeres giraron en sentido de las agujas del reloj; ella, en el contrario. Todas las parejas cruzaron con el hombre en la diagonal izquierda; ella fue hacia la derecha. Cuando volvió a encontrarse con Hayden, le dio un pisotón sin querer.
Empezó a sonrojarse por sus errores y a notar que los demás bailarines la miraban con pavor cuando les tocaba hacer pareja con ella.
—Trate de no pensar, señorita Plageman —le aconsejó Hayden cuando sus manos se tocaron en el centro. Como si fuese una de esas bailarinas en las cajitas musicales, la hizo girar en dirección correcta antes de soltarle la mano; de ese modo no equivocó el siguiente paso.
—Si pensando no consigo un paso bien, imagine si dejo de pensar… —Regresó a la posición enfrentada a Hayden, avanzó al centro—. ¿Usted piensa en los pasos?
—No.
—¿En qué piensa? —Por poner atención a la conversación, la dama de su derecha impactó con el cuerpo de Tracie.
—En… —Hayden no completó la frase. El giro le dio una vía de escape. Supuso que debía halagar a Tracie, decir algo de lo bien que le sentaba el vestido o quizá hablar del clima, pero ese tipo de charla se le daba tan mal como a la muchacha bailar la contradanza.
—¿Sabía usted que la disposición de este salón no es casual?
—dijo en cambio el barón. Tracie alzó la mirada y giró el rostro hacia el decorado.
Las parejas de los lados la esquivaron como a un obstáculo.
Hayden siguió la danza desde allí, como un experto en trenes que conseguía empalmar las vías a tiempo para que no hubiera demoras ni contratiempos.
—¿Ah, no? Pensé que alguien simplemente decidió poner muchas velas y esperar que nadie se incendiara. ¿No le da pavor?
—No es un miedo absurdo, señorita, de hecho, esta disposición responde a un principio de circulación del aire. Desde la reforma de 1854, se empezó a considerar la ventilación como un factor clave en eventos sociales prolongados.
—¿Está usted insinuando que bailamos mejor porque respiramos mejor? ¡No me quiero imaginar cómo se me daría esto sin la correcta ventilación!
—En términos simples, sí, bailamos mejor. Aunque también influye en la permanencia de los invitados. Un ambiente cargado reduce la tolerancia social.
—¿Y usted mide eso? ¿La tolerancia social?
—Es observable. Por ejemplo, después de tres horas, la mayoría de las conversaciones pierde calidad.
—Ah… con razón —murmuró Tracie. Era evidente para ella que la «tolerancia social» de Hayden tendía a cero, sus conversaciones llegaban al punto del aburrimiento antes de la media hora.
¡En tres horas sin ventilación el hombre comenzaría a hablar de las formas de reproducción de los escarabajos egipcios!
—También hay un criterio jerárquico en la ubicación. Las familias con mayor influencia tienden a situarse cerca de las corrientes de aire más frescas.
—¡Hasta eso nos roban! —se quejó Tracie, sin darse cuenta de que, aburrida o no, siempre terminaba compenetrada en esas conversaciones. Ahora quería ir hacia la ventana, empujar de allí a la marquesa de Nosequé que allí se situaba y reclamar su legítimo derecho a la brisa fresca.
La pieza terminó. Tracie no puso atención, así que dio el siguiente paso sin melodía.
Terminó con su pie sobre el zapato de Hayden.
El hombre no hizo siquiera una mueca de dolor; en cambio, se apresuró a sostenerla por la cintura para que no cayera presa del impacto, la ley de acción y reacción y el peso de su polisón.
Las parejas pasaron junto a ellos y les lanzaron miradas de censura. Tracie se sonrojó de nuevo.
—Lo siento. En mi defensa, fue usted el que propuso lo de no pensar. —Buscó su abanico para intentar calmar el ardor en sus mejillas.
—Si me permite, haré uso de mi influencia y privilegios y le buscaré un sitio donde llegue la brisa.
Tracie rio.
—Y yo que pensaba que no se podía sacar nada bueno de un matrimonio con un noble, que todo sería obligaciones, responsabilidades y puras apariencias. ¡Tal parece que sí! Hay acceso al aire libre.
—¿Eso piensa de una boda con un noble? —preguntó Hayden.
Tracie lo miró de soslayo, seguía sonriendo. Era muy difícil dilucidar lo que pasaba por la cabeza del barón.
—Mire la presión que ha recaído sobre mi hermana, ¡y es la cuarta en línea sucesoria!
Dios me salve de ese destino. Su tía tiene razón, es mejor burgueses con burgueses y nobles con nobles.
—Le dio una suave palmada en el brazo que él le había tendido por caballerosidad—.
Está a salvo conmigo, milord. —Bajó la voz hasta hacerla un susurro.
Hayden la dejó de pie junto a la marquesa.
Tracie suspiró al sentir la fresca brisa en su nuca.
¡Vaya! Jamás había considerado el aire como un privilegio hasta esa noche.
Joyce fue a su encuentro; su rol de amiga era hacer reír a la señorita Plageman para que hallara el humor en su torpeza en lugar del bochorno.
—¡He sido un completo desastre!
—Has marcado tendencia, amiga. Estoy segura de que ahora se sumarán esas excéntricas figuras a la contradanza.
Las carcajadas de las muchachas acompañaron a Hayden hasta que se alejó de ellas. Al menos, pensó satisfecho, el orgullo de Tracie había sufrido menos que sus pies tras ese baile.