Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Pensé que querría mantenerse lejos de mí esta noche.

—Una vez más se granjeó una de esas miradas de ceño que le resultaban indescifrables.

No sabía si Hayden la hallaba la muchacha más tonta del salón o qué, y mucho menos entendía por qué querría entonces pedirle una pieza—. Sé que está siendo amable, pero…

—Le estoy pidiendo su amabilidad, señorita, la amabilidad de concederme un baile.

—Sobrino —intervino Honora—, la señorita Plageman no quiere acaparar toda tu atención, entiende que un hombre como tú necesita hallar una esposa y…

Y si las miradas fueran rayos, Lady Honora estaría carbonizada en ese instante.

—Bien —dijo Tracie, sin entender mucho la dinámica de tensión entre tía y sobrino; su intención era solo alivianar el ambiente—, si quiere correr el riesgo… —sonrió con amabilidad.

Hayden asintió.

—No se preocupe, Lady Honora, nadie interpretará esto más que como una muestra de buena disposición de carácter del barón —completó mientras rebuscaba su carné de baile.

Le molestaba tenerlo pendiendo de la muñeca, por lo que les pedía a las modistas que cosieran bolsillos en sus faldas.

El problema era luego hallar lo que buscaba entre ellos—.

¡Aquí! —exclamó al palpar el delicado anotador—.

Lo tengo vacío, así que elija el nivel de tortura.

—Le tendió el carné y el pequeño grafito para anotar su nombre.

—Reserva el vals para Lady Joyce, ya se lo has prometido —señaló Honora. Una vez más recibió una mirada asesina.

Tracie miró las facciones duras de Hayden.

Cuando el hombre se inclinó sobre su pequeña libreta, un mechón rubio cayó sobre su frente.

La joven sintió el impulso de acomodarle el cabello; al fin y al cabo, estaba despeinado, si así podía decirse, por ir a recogerla.

Notó que Hayden se sonrojaba apenas de modo perceptible y que el pulso le temblaba un poco.

Llevó el grafito al vals y, en último instante, bajó la punta un nivel; sin leer, plantó allí su nombre.

—Una contradanza, buena elección —se alegró Honora. Tracie no tanto, la contradanza era dinámico y se les daba a ambos muy mal.

Hayden no respondió. Parecía más incómodo y sonrojado que nunca cuando se inclinó en una leve reverencia, giró sobre sus talones y se alejó de allí.

—Querido amigo, se te ve tan feliz como hombre casado que uno considera seguir tus pasos. —Edmund Clarke palmeó la espalda de su viejo amigo Leopold VIII.

—Con la indicada, el término «libertino» cambia de definición. No me he dedicado jamás tanto al hedonismo y al placer como desde que estoy casado.

—¡Vaya! ¿Quién lo diría?

—Pues todo el mundo —agregó Gail O’Rourke, el irlandés esposo de Noreen y también libertino redomado—. Es por todos sabido que los Audley solo se dedican al libertinaje hasta que se casan.

—Tienes toda la razón, Gail. Eres tú el caso excepcional.

—Tarde o temprano, Edmund, descubres las mieles de un buen matrimonio.

—Para mí son todas patrañas. Estoy convencido de que ustedes se han unido a una especie de logia secreta que recibe algún tipo de compensación por arrastrar más hombres a ella.

Leopold rio.

—Claro que somos una logia, amigo, pero no es secreta. Si el matrimonio fuese una institución tan mala y tan perjudicial para los hombres, ya la hubiéramos derribado.

—¿Quién hubiera dicho que nuestro amigo Leopold se volvería un institucionalista? —se burló Edmund.

Fue el turno de Gail de reír.

—Joder, hombre. Que Leopold es un noble, es institucionalista y tradicionalista por sangre.

—¿Y qué excusa tienes tú, Gail? Hasta no hace mucho los irlandeses pedían la cabeza de la reina en una pica.

O’Rourke bajó la voz hasta hacerla un susurro.

—Aún la pedimos. Soy un infiltrado de las líneas irlandesas. Shhh.

Leopold rio. Gail hablaba parcialmente en serio, jamás un irlandés dejaría de pedir la cabeza de los ingleses en picas, pero el gran empresario naviero que era su amigo había puesto en pausa sus labores independentistas en pos de ganar una fortuna.

—Entonces, eres tú el caso exótico —siguió Edmund.

—Siempre, querido amigo. Como ya habrás comprobado, en todos los aspectos, soy único en mi especie.

Leopold alzó su copa de champán para brindar por esa declaración. Edmund quería que sus amigos reconocieran que se habían casado por mandatos, pero tal parecía que eran felices.

—¿Saben lo que creo? Que no han visto la luz y las mieles del matrimonio, que el mérito de que estén tan felices en esa institución no es por sus grandes capacidades adaptativas, sino porque sus mujeres han conseguido hechizarlos o algo por el estilo.

En lugar de ofenderse, Leopold y Gail hicieron chocar sus copas.

—¡Sin dudas! En ningún momento nos hemos atribuido el éxito de nuestras felices bodas —dijo Gail—.

Leopold fue directamente arrastrado a la suya y yo casi pierdo la mía si no fuese por la determinación de Noreen.

Pero eso no quita que, una vez la verdad es revelada, no puedes más que convertirte en profeta del mundo.

Edmund y Leopold rodaron los ojos; Leopold por las florituras con las que le gustaba hablar a Gail, Edmund porque le parecían patrañas.

No obstante, Clarke debía casarse. Como decía Jane Austen en el primer párrafo de Orgullo y prejuicio: «Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa».

Si así debía ser y, viendo el éxito de sus amigos, la mujer elegida solo podía ser una.

—Tengo entendido que sus esposas tienen una hermana más, tal vez sea la indicada, la que me sume a la logia de los maridos felices.

Leopold y Gail cruzaron miradas.

—¿Tracie? ¡Tracie es una niña! —dijo Leopold al fin. Gail hizo un gesto similar al de un cochero cuando sabe que no evitará un bache en el camino.

—Ya no es una niña, Leopold.

—¿Cómo no? Si Francie tiene veinticuatro años, Tracie tiene…

—Veinte.

—¡Diecinueve! —corrigió Leopold, como si esos pocos meses de diferencia marcaran una línea imposible de cruzar.

—¿Qué edad tenía Francie cuando la besaste?

—Vete a la mierda.

—Te has quedado sin argumentos.

—¿Te parece bien subastar a nuestra cuñada a un libertino?

—Oye —intervino Edmund—, primero, estoy presente, Leopold.

—No estaba disimulando mi opinión sobre ti, Edmund.

—Segundo, tú también eras un libertino, ¿recuerdas?

—Es distinto…

—Y tercero…

—No hay tercero —interrumpió Gail—, porque, aunque todo lo que dices es cierto, Tracie tiene seso.

—Oigan, pensé que éramos amigos.

—¡Exacto! —corearon los dos. Eran amigos de sus épocas de libertinos.

—Pero Tracie… —agregó Gail.

—Es familia —completó Leopold.

—Y si te metes con nuestra familia… —amenazaron los dos a coro.

—De todos modos, aún no la he visto. Quizá sea fea, quizá no me guste, quizá sea ella quien caiga rendida a mis pies…

Tracie pasó en ese instante junto a ellos del brazo de Joyce. Las dos muchachas hicieron una inclinación de cabeza hacia Leopold y Gail y siguieron camino en su estudio de la jungla social. Edmund las siguió con la vista.

—Tal vez en lugar de una señorita Plageman, vaya tras ella —señaló disimuladamente.

—¿Cuál de las dos?

—La de vestido verde.

Leopold y Gail cruzaron miradas, apretaron las mandíbulas y sentenciaron un rotundo:

—¡No!

Esa fue la confirmación inesperada. La bella muchacha de verde era la señorita Tracie Plageman. Edmund Clarke rio.

—Vaya, ahora empiezo a entender este asunto del matrimonio…

Los dos exlibertinos tiraron de él, uno de cada brazo, y lo arrastraron al jardín. Era en vano, Edmund Clarke tenía una víctima y él les demostraría a sus amigos que era digno de entrar a esa logia de casados felices. Solo necesitaba a la indicada, y esa era, sin dudas, Tracie Plageman.

—¿Te ha gustado alguno, Joyce? —le preguntó Tracie cuando se cansó de dar vueltas. Empezaba a mirar el ponche con verdadera sed. Una copa no le haría mal, ¿verdad?

—Lord Oliver Whitcombe es muy apuesto, ¿no lo crees?

—Mmm, si a ti te gusta…

Joyce se echó a reír.

—Ya empiezas a aprender el arte de disimular tus pensamientos. ¡Muy bien, Tracie!

—Es horrible no decir lo que una piensa.

—Conmigo no tienes que disimular. Dime lo que piensas.

—Hay un problema, ¿qué tal si te casas con él? Entonces, siempre serán incómodas nuestras reuniones si sabes que yo pienso que es demasiado bajo o que pronto echará barriga.

Lady Grigg soltó una carcajada.

—¿Eso piensas? ¡Tracie! El señor Whitcombe me lleva media cabeza, no es bajo. Y barriga echaremos todos. Sigo pensando que es apuesto. ¿Quién crees tú que es el más guapo del salón?

Tracie estudió el lugar, nadie parecía llamarle particularmente la atención. Le gustaban los hombres altos, pero no larguiruchos, y, a diferencia de sus hermanas, ella sentía una leve predilección por los rubios, en especial los que no parecían en miras de quedarse calvos.

—Lord Hayden…

—¿Qué? —preguntó Joyce—. ¿Lord Hayden te parece…?

—Que Lord Hayden viene a por su baile. ¿A quién le toca primero?

—Ah, pensé que ibas a decir que lo hallabas guapo. —Joyce leyó su libreta—. Te toca a ti, la siguiente pieza es una contradanza.

Tracie asintió. Repiqueteó sus zapatos sobre el suelo de mármol.

—No has respondido, Tracie, ¿encuentras a Lord Hayden atractivo?

—Jamás lo he mirado de ese modo. Es algo mayor para mí.

—Pues míralo ahora, se acerca.

Tracie apartó la mirada adrede. Joyce arqueó las cejas. En general, su amiga era de expresar muy abiertamente las opiniones; por algún motivo, no quería arribar a juicio alguno respecto a Lord Hayden Kensington.

—Yo sí lo encuentro guapo —agregó Joyce, buscaba una reacción.

—Harían un buen matrimonio —dijo Tracie.

—Rayos, Tracie, realmente tendrías que aprender a mentir.

—No miento. Tú eres la hermana de un vizconde, él es un barón…

—Y tú suenas como Lady Honora.

—Como sea, no importa si me parece guapo o no, porque él es un noble y yo no.

—Eso no fue obstáculo para tu hermana ni para tu tía…

—Pero ellas no se casaron con parientes de Lady Honora… —insistió Tracie.