Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

La fastuosidad del evento y la cantidad de invitados transmitían un mensaje claro por parte de los Audley.

Ellos estaban muy felices con la futura condesa.

No tenían intenciones de morirse antes de tiempo, eso por seguro; la fama de longevos los precedía, pero dejaban de manifiesto que Lady Francie Audley tenía todo el apoyo familiar.

Un lacayo le abrió la puerta y Tracie alcanzó a ver la figura de su hermana en el umbral, vestida con un hermoso traje cereza y tan despampanante que se le llenó el corazón de orgullo.

La menor de las Plageman se regocijaba en la felicidad alcanzada por las hermanas y casi no pensaba en la propia.

A diferencia de Noreen, quien siempre se había preocupado por el bienestar familiar, y Francie, quien había ansiado sanar la herida producida por un padre desamorado, Tracie no prestaba mayor atención a esos asuntos.

Tal vez porque apenas recordaba al señor Plageman, o quizá porque, cuando alcanzó la edad en que tales asuntos la debían preocupar, tuvo que empacar y cruzar el océano. Como fuera, Tracie era más de vivir el momento y esperar a que la vida la sorprendiera.

Compenetrada en mirar todo, en absorberlo, descendió antes de tiempo.

El lacayo aún cogía a Melissa de su mano enguantada cuando Tracie puso su pie en la escalerilla.

Como Francie las reconoció y no pudo evitar que en su rostro se trasluciera el desconcierto ante el carruaje que las traía, las demás miradas siguieron la de ella para terminar clavadas en Tracie.

Y Tracie trastabilló. Y no había lacayo que la pudiera sostener. Y Brett aún estaba en el carruaje. Y casi se va de bruces. Y unas manos enormes la cogieron de la cintura con tanta fuerza desde dentro del coche que quedó suspendida en el aire hasta que el lacayo pudo socorrerla.

—Segunda vez que nos salva del ridículo —dijo Tracie, volviéndose hacia Hayden. El barón la miraba con una intensidad que le resultó incómoda a la muchacha. Se sonrojó hasta la raíz del cabello—. Le prometo mantenerme lejos de usted el resto de la noche a modo de agradecimiento.

Hayden frunció el ceño, pero no dijo nada. Bajó tras ella y, como correspondía al protocolo, le ofreció el brazo a Melissa, la mayor de la comitiva. Brett cogió a su prima y el cuarteto entró al vestíbulo.

—Nadie lo notó —le susurró Francie a Tracie al fundirse en un abrazo.

—Yo lo noté. Pensé que me partiría la nariz sobre la gravilla. No veo la hora de que vuelvas a ser un florero, Francie, nadie nos miraba entonces y podía ser todo lo torpe que quisiera.

—Ya se cansarán de mí, pero dudo que eso consiga quitar las miradas de ti. La sociedad no deja de hablar de que, siendo tú la más bella de las tres, cazarás mínimo a un duque.

—¡Qué horror! Apenas puedo lidiar con un barón —agregó por lo bajo y movió los ojos de manera rápida en dirección a Hayden. El hombre estaba presentando sus respetos a todos los Lores Leopold Audley en vida y al resto de la ascendencia que en paz descansaba.

—¿Tan terrible te resulta?

Francie había estado tal vez demasiado concentrada en su falsa enemistad con su esposo, pero no se le había pasado por alto cierta preferencia que tenía el barón por su hermana.

Lo que le costaba era reconocer si esa preferencia era recíproca; Tracie no dejaba de mencionar cuán aburrida era la charla del barón, a la vez que era imposible pasar por alto que la menor de las Plageman recordaba de esas «aburridas» conversaciones mucho más que de las lecciones con la institutriz.

—Sí, creo que mi cerebro no soporta un dato más.

—Y yo creo que no eres tan tonta como quieres aparentar, lo que me hace preguntarme: ¿por qué intentas aparentar?

—Francie… —Tracie le sonrió de oreja a oreja—, no todos somos como ustedes dos —aludió al reciente matrimonio—.

La mayoría es lo que muestra; no dicen que se odian porque se aman, ni que se aburren cuando se entretienen, ni que se encuentran horribles cuando se hallan guapos.

La mayoría de la gente es lo que aparenta.

—¿En Londres? —Francie carcajeó—. En Londres nadie es lo que aparenta.

Los demás invitados esperaban su turno de presentar los respetos, por lo que las hermanas debieron dejar la conversación para después.

Los Sinclair, junto a Lady Honora, arribaron diez minutos después y, tras ellos, llegaron los Grigg: Lord Robin y Joyce, la mayor de las hermanas.

Robin había sido un gran amigo de Francie y cómplice a la hora de ayudarla en el complicado trabajo de reconocer emociones soterradas.

Como era un caballero, no podían fundirse en un abrazo, pero Leopold VIII lo recibió con una efusiva palmada al tiempo que le susurraba que William Locke, la secreta pareja de Lord Robin, estaba en la lista de invitados.

—Seguro le interesará ver de nuevo mis experimentos de química —agregó en complicidad. La vieja casa de viuda era el lugar perfecto para encuentros fortuitos. ¡Si lo sabría Leopold!

—Tu esposo es el hombre menos discreto de toda Inglaterra —comentó Robin. Francie se echó a reír.

Tracie vio a Joyce y esperó impaciente poder saludarla.

Entre ellas había nacido una sincera amistad, producto de tener edades similares y de sentirse algo solas en la sociedad.

Con las hermanas casadas, Tracie no tenía muchas aliadas y Joyce, por su lado, cumplía con esa regla algo absurda de no presentar a todas las hijas a la vez por miedo a que unas opacaran a las otras.

En conclusión, eran dos jóvenes solas navegando la sociedad.

—Nada de ponche —se recordaron al verse.

—La última vez fue una tortura ir al cuarto de baño —agregó Tracie.

Estaba segura de que en esa ocasión se consolidó la amistad; nada te acerca más a otra mujer que tener que alzarle el polisón y las enaguas mientras la otra se abre la raja de su ropa interior y suelta orina en media cuclillas.

Se rieron por lo bajo y emprendieron el recorrido al salón. Aunque no les apetecía mucho el mercado matrimonial, otra cosa no se podía hacer, de modo que se entregaron a la labor de estudiar a los invitados y debatir con quiénes sería aceptable bailar.

—Querida, ¡por fin te encuentro! —exclamó Lady Honora al cogerla del brazo. Tracie palideció.

—Milady.

—Lady Joyce, qué gusto verla —agregó en dirección a la hermana de Robin.

—Aquí estamos todos igual de atrapados.

Honora rio.

—Atrapados están los niños en las fábricas —las reprendió Honora.

Las muchachas se sonrojaron porque les correspondía la reprimenda—.

Pero es cierto que hallar marido es inevitable para personas como ustedes y eso es una forma de jaula, por mucho oro con que la revistan.

—Tras tal demostración de empatía y sentido común, no tardó en agregar—: Por fortuna me tienen a mí, que sé como nadie manejar estos asuntos.

Las dos escondieron el leve estremecimiento.

—Lady Joyce, permítame que le presente al conde de Bakewell.

Es un candidato perfecto. Una boda de nobles con nobles —resaltó.

Tracie rodó los ojos y se apresuró a esconder el gesto con un parpadeo rápido—.

Tracie, como entenderás —y el tono de la mujer cambió por completo—, otra boda mixta podría hacer quedar muy mal a tu familia, pensarán que han venido a cazar lores y eso siempre sienta mal.

—Es algo que se solucionaría muy fácil si esos lores no se tuvieran en tan alta estima.

Lady Honora frunció el ceño. Joyce le dio un codazo. Tenía razón, claro, pero decir la verdad era siempre un acto de mala educación en la sociedad londinense.

—Pues mucho mejor —agregó con rigidez Lady Honora—, si tú no quieres ningún lord, no tienes por qué preocuparte de en cuánta estima se tienen estos. Incluso mi sobrino —masculló.

Tracie casi carcajeó; la risa se volvió tos ante el nuevo codazo de Joyce. ¡Vaya tontería pensar que el barón de Sheffield se fuera a fijar en ella como esposa! Ese hombre que todo hacía a la perfección se quedaría calvo en un mes de matrimonio con la menor de las Plageman.

—Le agradecemos su guía —dijo Joyce con una sonrisa forzada.

—Lo sé, lo sé. Mi amiga Simona siempre me dice que, si todo el mundo fuera tan generoso como lo soy yo, este sería un sitio más ameno para convivir…

—Nada como la objetividad de una buena amiga —agregó la joven lady. Tracie la miró de lado.

—¡Ah, estás siendo…! —otro codazo.

—Sincera —completó la hermana de Robin—. Sincera como toda amiga. ¿No es así, Lady Honora?

—En efecto. La sinceridad es la base de una amistad, y si algo me caracteriza es la sinceridad.

—Después de la bondad —dijo Tracie, que empezaba a enumerar con los dedos las virtudes inventadas de Lady Honora.

—Son dos caras de la misma moneda. Pero ya que nos hemos puesto de acuerdo en que no quieres un lord… y que, si un lord le propusiera casamiento, usted diría que no, porque lo hallaría demasiado pretencioso y…

—Yo no dije eso…

—¡Claro que has dicho eso! —Le dio una palmada amistosa en el antebrazo—.

Lo que haremos será salvarte de cualquier propuesta que debas rechazar y encaminarte a las propuestas que puedas aceptar.

Es más fácil encontrar lo que buscamos si vamos al sitio correcto, ¿no es así?

Pues vayamos al mercado de los burgueses con usted y al mercado de los lores con Lady Joyce y todos felices.

Palmoteó con sus manos enguantadas. Consiguió que las dos muchachas enlazaran sus brazos a los de ella y se encaminó en dirección a los candidatos que hallaba perfectos para las jóvenes.

El señor Edmund Clarke, hijo de un empresario de la industria textil, era el indicado para Tracie.

Antes de que pudiera alcanzarlo, una figura se interpuso entre ellas y su destino.

—Lady Joyce… —Lord Hayden hizo una reverencia y la muchacha le tendió la mano enguantada—. Señorita Plageman, ¿tendrá una pieza libre para mí?

—Lady Joyce de seguro tiene un vals disponible —agregó Honora.

Hayden asintió; sus ojos azules, tan oscuros que parecían negros, se fijaron en su tía.

—Por supuesto, será un gusto bailar con usted, Lady Joyce. Señorita Plageman…