Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 1
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Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4)

Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4)

Por Scarlett O'Connor

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Capítulo 1

—¡No puedo creer que se nos haya roto el carruaje justo hoy! —se lamentó Melissa Plageman. Lord Brett Grenville, vizconde de Kinloss, se acomodó el moño de su frac.

—Pues usaremos la calesa, tía. La distancia es corta.

—¡Y la noche, magnífica! —agregó Tracie Plageman desde la planta alta. Archie, el spaniel que se suponía que era de Brett, pero había elegido a Tracie como su dueña, ladró en conformidad.

—Es una locura y lo saben. —Melissa estrujó el chal que la cubría por los hombros—. El polvo del camino nos ensuciaría, la brisa nos despeinaría y, en especial, haríamos el ridículo.

Tracie, cubierta por una recatada bata, se sentó en el descansillo de las escaleras junto a Archie.

—A Francie no le molestará, madre.

—No, claro que no. Ni a los Audley. Pero sí a todos los demás y nunca pensé que diría esto en mis cuarenta y siete años de vida, pero hay que considerar el qué dirán. —Suspiró derrotada.

Las Plageman eran americanas. Provenían de una rica familia al otro lado del océano, una que años atrás hizo lo que se estilaba: enviar a la muchacha más bella a cazar un lord británico.

La elegida fue Irene, la hermana de Melissa, quien consiguió su cometido al casarse con el vizconde de Kinloss.

La mayor de ellas, en cambio, fue prometida al adinerado señor Plageman, de modo que la familia quedara completamente acomodada pese a no tener hijos varones.

Una aseguró el buen nombre; la otra, las buenas arcas.

Pero mientras Irene había sido feliz, tenido un hijo y fallecido en un trágico accidente a la corta edad de treinta años, Melissa había tenido un matrimonio miserable, tres hijas fantásticas y, por fortuna, una salud robusta que, junto a su ingenio, la convirtieron en la tutora legal de su sobrino.

Desde entonces, las Plageman navegaban las turbulentas aguas de la vida social inglesa, lo cual requería una destreza encomiable, puesto que no eran bien vistas por los nobles. Que una de ellas hubiera conseguido un título era un traspié aceptable, pero ¿dos?

Francie Plageman había dado que hablar cuando fue la elegida por Lord Leopold Audley VIII.

No solo porque Leopold supo ser un libertino, sino porque era la segunda en esa familia en conseguir un matrimonio mixto.

Noreen, la mayor, había hecho lo esperado: conseguir un burgués, pero la del medio había osado romper las normas.

Aunque Leopold VIII no heredaría el título por muchos, muchos años, los nobles pensaban que Francie les había arrebatado un puesto que les correspondía por derecho divino y esperaban que esa noche, la primera fiesta Audley desde que ella era esposa, la muchacha americana hiciera el ridículo o mostrara por qué una plebeya nunca sería una buena lady.

Lo que conducía a Melissa al problema inicial:

—No podemos ir en calesa. Será mejor que nos disculpemos con una nota; diremos que cogimos unas paperas. Nadie puede culpar a Francie de un brote epidemiológico.

—Para considerarse un brote epidemiológico, madre, tiene que extenderse a más de un hogar —la corrigió Tracie.

—Es una forma de decir, hija.

—Es que la diferencia es que la endemia es constante en una zona, la epidemia es un brote rápido y localizado, y la pandemia es la propagación mundial. La peste negra fue una pandemia, mientras que el cólera fue una epidemia y…

—Ya entendí, Tracie. Rayos, ¿de dónde sacas esa información?

—De Lord Hayden Kensington.

—¡Lord Hayden! —clamó Brett, como si cantara «eureka».

—Lord Hayden y Lady Honora serían los primeros en coincidir conmigo en que alegar una enfermedad sería mejor que presentarse en calesa.

Melissa se dejó caer en un sillón, algo rendida.

Estaba a medio vestir y su peinado elegante desentonaba con el vestido de algodón que se había puesto apresuradamente cuando Alice le informó que el carruaje se había roto.

El eje que sostenía las ruedas frontales se había quebrado a la mitad y era imposible repararlo.

Desde entonces, le daba vueltas al asunto en su cabeza sin hallar una solución.

—Lord Hayden y Lady Honora están hospedados como huéspedes en la casa de los Sinclair, eso quiere decir que los Sinclair, además de su carruaje, tienen el del barón, tía.

Enviaré una nota al barón para solicitarle si es tan amable de recogernos.

¡Usaré mi sello! —se entusiasmó el vizconde de dieciséis años.

—No sé…

—¡Es una excelente solución, madre! Pero deberemos apresurarnos, no importa a qué hora Brett le envíe la misiva, Lord Hayden es capaz de descubrir los secretos de la alquimia y del tiempo para llegar aquí puntual.

—La muchacha se puso de pie y corrió de nuevo a su habitación.

A ella le faltaba terminar de peinarse y era lo que más tiempo le consumía.

Melissa le dio el visto bueno a Brett; le agradeció que se le hubiera ocurrido.

Ella estaba tan abrumada ante la idea de que la sociedad quería despedazar a su hija mediana que le costaba pensar con claridad.

Estaba feliz por Francie, por supuesto, al igual que por Noreen.

Había conseguido algo que ella siempre anheló para sus hijas: un matrimonio por amor.

Sin embargo, era consciente de que muchas veces el amor no bastaba y por momentos deseaba vestir una armadura, coger una espada e ir a una cruzada por sus niñas.

Londres podía ser muy despiadado.

Y aún restaba Tracie. La fiesta de Francie no era solo un sitio en el que su hija mediana mostraría que daba la talla, también un lugar en el que Tracie se presentaría como una muchacha lista para el matrimonio.

Ya habían asistido a bailes, pero como bien decía Lady Honora, solo cuando una estaba casada la otra podía brillar.

—Aún podemos acusar unas paperas —murmuró. Brett la besó en la frente.

—Tía, todo saldrá bien. Como ha sucedido hasta ahora. Has hecho tan buen trabajo que crees que ha sido la suerte, pero fue mérito. La suerte cambia, el mérito da resultados. No hay nada que temer.

—Eres magnífico, Brett. Gracias, cariño.

—Y eso también es gracias a ti, tía. Imagina si mi educación hubiera quedado en manos del primo de mi padre. —El muchacho se estremeció. Melissa también.

Brett fue hacia su secreter y escribió una nota al barón de Sheffield. Hayden solía ser muy amable con el vizconde; los unía cierta historia en común. Los dos habían quedado huérfanos, a los dos los había educado una tía y los dos debían asumir las responsabilidades de un título desde muy jóvenes.

Le dijo a su criado que cogiera el mejor caballo para llevar la nota a casa de los Sinclair y solo restó aguardar. Se sentó satisfecho con una taza de té a esperar a que su tía y prima terminaran de vestirse.

Lord Hayden Kensington llamó a la campanilla de ingreso en el mismo momento en que el reloj del salón resonaba con las campanadas de la hora punta.

Archie ladró innecesariamente para advertir al recién llegado.

Brett se encargó en persona de abrir la puerta y lo invitó a pasar.

Melissa se colocaba los guantes en ese mismo instante; la única que no estaba lista era Tracie.

—Lo siento —se disculpó Melissa—, pero es que en un momento consideramos no asistir y hemos perdido preciosos minutos lamentándonos.

—No hay nada de qué disculparse —respondió Hayden y se quedó de pie, en el vestíbulo, sin atinar a moverse.

—Adelante, pase. No espere de pie, por favor. Iré a ver cuánto le falta a Tracie.

El hombre aceptó tomar asiento y Brett le ofreció una copa, que declinó con educación.

Lord Hayden era un hombre callado y reservado; a la vista de un incauto, podía parecer estirado y tan esnob como su tía Honora, pero el vizconde de Kinloss estaba seguro de que ese sería un mal juicio sobre su carácter.

—Le agradezco que nos haya socorrido, milord.

—Llámame Hayden —insistió el hombre, aunque su forma de hablar hacía que cualquier trato informal se sintiera fuera de lugar.

—Ya voy, madre —se escuchó la queja de Tracie—. Necesito averiguar cómo lo hace; para mí es un mago que maneja el tiempo.

—Lo siento —se disculpó Brett y corrió escalera arriba a informarle a su prima que su voz se escuchaba demasiado clara en el salón. Cuando Hayden estuvo a solas, se pasó los dedos por los cabellos para acomodarlos y una pequeña sonrisa asomó en sus labios.

Tracie nunca se guardaba sus opiniones y, pese a que muchos podían sentirse ofendidos, no le sucedía eso a Hayden.

Él encontraba a la muchacha refrescante, no tenía que estar adivinando si hablaba con sarcasmo o si pensaba lo contrario de lo que decía, ni mucho menos dilucidar dobles intenciones.

Si algo caracterizaba a Tracie Plageman era la descarada franqueza.

—Que Lord Hayden te escucha —oyó la voz de Brett.

—No dije nada malo. —Para remarcar sus palabras, se asomó por la barandilla de la escalera. Hayden divisó su rostro, iluminado por una sonrisa—. ¿No es cierto que usted es el hombre más puntual de Inglaterra?

—Sería difícil de comprobar esa premisa.

—Francie dice que es una hipérbole, pero yo creo que, en efecto, es usted el hombre más puntual de Inglaterra. ¿Lo ves, Brett? No lo he ofendido.

—Pues lo ofenderás si sigues tardando y le haces llegar tarde a la fiesta.

—Es que quiero poner a prueba su truco, estoy segura de que, si me demoro, él empleará su reloj mágico y conseguirá que arribemos justo cuando den las campanadas.

—No necesita un reloj mágico, Tracie, con no tener una prima como tú, que se demora tanto en chácharas, le alcanza para llegar a tiempo.

—Los dos se demoran en chácharas —los reprendió Melissa—. Brett, ve a hacerle compañía al barón. Tracie, apresúrate, o serás la única víctima de la epidemia de paperas.

—Lord Hayden… —volvió a asomarse Tracie—. Si endemia es localizado, epidemia es un brote regional y pandemia es extensivo, ¿cómo se denomina a un único caso?

—Esporádico.

—¿Lo ves, madre? No podría ser la única víctima de una epidemia. Sería un oxímoron.

Hayden se mantuvo impávido ante la conversación, pero una sensación cálida lo asaltaba al escuchar a Tracie. Todos los datos que la muchacha repetía los había aprendido de él y de sus intentos de charla social. Al menos no había sido un completo fracaso.

—No preguntaré sobre oxímoros, solo te diré que, si no te apresuras, le diré a Francie que te has robado sus cintas del cabello.

Eso dio resultados. Tracie se apresuró a terminar de vestirse y bajó casi corriendo las escaleras. Hayden se puso de pie, como demandaba la etiqueta, pero no pudo inclinarse cuando la muchacha se apersonó frente a él. La señorita Plageman lo sacó de su estupor al notar su cabello.

—Ha hecho trampas, milord, llegó a tiempo porque no se ha peinado.

—¡Tracie! —la reprendió su madre.

—No dije que le sentara mal.

Hayden volvió a pasar los dedos por sus cabellos rubios oscuros. En efecto, para poder responder al pedido de Brett, prescindió de su aceite macasar y llevaba el cabello algo más rebelde de lo habitual.

—Y está en lo cierto, señorita Plageman, la mentira nunca es irrespetuosa —respondió con seriedad—. ¿Partimos?

—Por favor. —El ruego de Melissa era para salir de esa incómoda situación.

—Mi reloj mágico solo consigue unos cinco minutos de gracia, si me extiendo más, no podré emplear mi hechizo.

Tracie rio.

—¿Ha intentado hacer una broma?

—En lo absoluto, yo siempre hablo en serio. —Le abrió la portezuela del carruaje a las damas y subió después de Brett.

La señorita Plageman era consciente de que solo podía ser una broma, pero tratándose de Hayden, no perdió de vista su reloj en ningún momento.

Mas los magos nunca revelaban sus trucos, y aunque ella no llegó a ver cómo alteraba las manecillas del reloj, la magia tuvo lugar.

El lacayo de los Audley abrió las portezuelas del carruaje del barón cuando el reloj central de la casa marcaba las campanadas de la hora punta.