OCHO
O'Malley's estaba abarrotado. El personal había reservado casi la mitad del bar para la fiesta de Harlowe. Kelsey y Mav eran copropietarios del pub junto con el receptor titular de los Outlaws, Luke Garibaldi, y su esposa, Lara. Decidir celebrar la segunda parte de su trigésimo cumpleaños allí había sido fácil. Los Outlaws jugaban en casa los próximos tres partidos, y había invitado a todos sus conocidos.
Zak también. No pensaba montar un drama por su presencia, aunque las cosas estaban raras entre ellos. Él le había dado espacio durante la última semana y no había vuelto a mencionar la conversación que tuvieron después de la barbacoa.
Una parte de ella deseaba que no le hubiera dado ese espacio. Esa misma mañana, Zak le había dicho que su antigua asistente había decidido mudarse a Pineville. Llegaría el lunes, y le preguntó a Harlowe si le importaría dedicar un par de horas a enseñarle todo lo que habían organizado antes de volver a su propia oficina. Pensó que se sentiría aliviada. En cambio, estaba triste. Él había dado a entender que quería arreglar las cosas, pero ahora se mostraba educado y distante.
Odiaba la incomodidad, pero de alguna manera conseguía sobrellevarla. El trabajo ayudaba. Habían localizado al acosador, o fan loco de Connor, gracias a las maravillas de la tecnología y los increíbles esfuerzos del equipo técnico de Zak, como había empezado a llamarlos. El tipo resultó ser un antiguo compañero de equipo de Connor de la universidad que no había llegado a triunfar en la liga Triple-A y estaba arruinado y desesperado. Pensó que si chantajeaba a Connor con unas fotos viejas y borrosas de sus días de fiesta, podría sacar algo de dinero rápido.
Con el caso resuelto, Zak centraría los esfuerzos de su equipo en medidas de seguridad proactivas. TS seguía queriendo mayor protección para el equipo cuando viajaban, y por desgracia, llegaban nuevas amenazas de distinta gravedad casi a diario. La clave estaba en distinguir quién solo estaba desahogándose y quién suponía un problema real.
¿Qué estaba haciendo? Otra vez dándole vueltas a todo mientras se abría paso por O'Malley's y saludaba a sus amigos. Echó un vistazo rápido para ver si Zak había aparecido. No había estado en la cena, y una parte de ella se había sentido decepcionada.
—¡Harlowe, feliz cumpleaños! —Se giró hacia la barra, de donde había venido el grito, y vio a Slade mirándola. La forma en que la miraba le aceleró el paso y le dio un bienvenido subidón al ego. Le saludó con la mano y sonrió cuando él le guiñó un ojo.
Harlowe mantuvo la sonrisa mientras caminaba hacia su asiento, o más bien, su trono. Evie y Amber estaban de pie a cada lado de la silla dorada, que parecía una versión en miniatura de la de la Reina de Inglaterra, pero sin el terciopelo rojo. Esta tenía una tela de felpa morada oscura, y habían estarcido su nombre en negro en el respaldo. Se rio al verla. Era perfecta, y adoraba a sus amigas por convertir su trigésimo cumpleaños en todo un acontecimiento. Así le dolía menos cumplir los treinta.
Trastabilló al ver a Zak de pie detrás de ellas. Con el ceño fruncido, él desvió la mirada de ella hacia Slade, en la barra. Cuando volvió a mirarla, lo hizo con las cejas enarcadas. Su desaprobación era evidente. Pues mala suerte. Podía coquetear con quien le diera la gana. Era su día.
Reprimió la emoción que le provocaba su presencia y centró la atención en la primera ronda de chupitos que les sirvieron. Siguió una ronda de «Feliz cumpleaños» y luego brindaron. Suplicó que no le pusieran más chupitos, ya que no era muy bebedora, y pidió vino para ir dándole sorbos. Hasta que se le asentara el estómago. Hasta que Zak dejara de mirarla desde el otro extremo de la mesa.
Una hora después, todos estaban en la pista de baile. Habían movido las mesas para crear un espacio abierto, y Harlowe casi había olvidado que Zakary Carter se había presentado y le había removido todas las emociones que tenía reprimidas. Bueno, en realidad eso lo habían hecho los chupitos de Jägermeister.
Dio una vuelta y se rio de Evie mientras le enseñaba a Hank unos pasos que él no conseguía pillar del todo. Amber y Royce bailaban agarrados aunque era una canción movida, y Kelsey y Mav estaban en la esquina dándose el lote. Harlowe tendría que meterse con su jefa más tarde por eso. O quizá no. Estaban intentando tener otro hijo, así que necesitaban aprovechar la libertad de esa noche.
La música cambió a un ritmo más lento, y Amber y Royce siguieron pegados mientras los demás les lanzaban besos y silbidos. De todos modos, necesitaba un descanso, así que se dirigió por el pasillo hacia los baños.
Cuando salió, Slade estaba apoyado en la pared, pero se enderezó al verla.
—Hola, cumpleañera guapa. Se ha calmado la cosa en la barra. ¿Te apetece bailar? —Se acercó a ella con la mano extendida.
Lo miró a la cara, parpadeó despacio para enfocar la vista y tenía un sí en la punta de la lengua.
—Creo que el próximo baile me lo prometiste a mí. ¿No es así, Harlee?
Oyó un suspiro fuerte en dirección a Slade, pero Harlowe ya se había olvidado de él y dio un paso hacia Zak. Cuando estuvo lo bastante cerca, le clavó un dedo en el pecho duro. —Primero, ¡ay! ¿Eres todo músculo o qué? Y segundo, no recuerdo que me lo pidieras.
Zak le miró el dedo y luego la cara. —Cariño, creo que quizá te has pasado un poco con los chupitos, aunque sea tu cumpleaños. Pero sí te lo pedí, y dijiste «eh», luego dijiste «um», luego dijiste «más tarde». Pues ya es más tarde, y vengo a cobrarme mi baile.
Se volvió hacia Slade. —Lo siento. Parece que tendrás que buscarte otra pareja.
—Oye, de todos modos lo tenía crudo, hermano. Solo asegúrate de que llegue bien a casa. —Slade se volvió hacia Harlowe, le hizo un saludo y se alejó hacia la barra con paso chulesco.
Harlowe se tambaleó hacia la izquierda. —No estoy borracha. Solo cansada. Ya tengo treinta años, ¿sabes? Las diez de la noche es mucho más tarde de mi hora de acostarme. Espera, ¿qué ha querido decir con eso de que «lo tenía crudo»?
Zak ignoró la pregunta, se acercó más y la sujetó del brazo para que no perdiera el equilibrio. La atrajo hacia él, y ella suspiró. —Vale, un baile. Pero luego me voy a casa. Esta chica ya ha tenido bastante fiesta.
Él se rio y la llevó de vuelta a la pista de baile, donde la estrechó entre sus brazos.
Estaba en el cielo. ¿Cómo podía estar pasando aquello?
Se mecieron al ritmo de la música y siguieron así incluso cuando la siguiente canción no era para bailar lento. La mano de Zak trazaba círculos lentos y perezosos en la parte baja de su espalda, y todo su cuerpo vibraba con cada roce.
Un baile se convirtió en todos los demás hasta que anunciaron el cierre. Todos protestaron, pero se acercaron a despedirse, le dieron abrazos y remedios para la resaca, por si acaso.
Antes de que se diera cuenta, Zak la estaba acompañando a su gran SUV blanco y ayudándola a subir al asiento del copiloto. —Oye, ¿dónde está Evie? Íbamos a pedir un coche juntas.
—Creo que ella y Hank se fueron hace como una hora. Me temo que te ha tocado aguantarme.
—Hmmm... vale.
Harlowe bostezó mientras subía al todoterreno.
La mirada de Zak se posó en su trasero, enfundado en una ajustada falda corta de cuero que le subió la tensión. Su mirada recorrió sus piernas de abajo arriba, deteniéndose en sus tacones de siete centímetros de un morado intenso. No se molestó en disimular el gemido.
—¿Qué ha sido eso?
Harlowe se dejó caer en el asiento.
Su rostro estaba bañado por la luz del techo, los ojos cargados de sueño. Maldita sea, era cautivadora incluso muerta de cansancio. Iba a ser un viaje largo.
—Nada. Vamos a ponerte el cinturón. Ya está, ahora recuéstate, relájate, y te llevaré a casa en un santiamén.
Zak se apresuró a abrocharle el cinturón y logró contener un gemido cuando el dorso de su mano le rozó el pecho. Oyó cómo a ella se le cortaba la respiración al suspirar. Sus miradas se encontraron, y habría jurado que el tiempo se detuvo. Ojos marrones y azules chocaron mientras sostenían la mirada. Los recuerdos lo asaltaron de golpe. Otra noche en la que la había ayudado a subir a su viejo Chevy, su sonrisa provocadora y su expresión llena de deseo lo habían hecho correr de vuelta a la casa que alquilaba en la playa, donde apenas lograron cruzar la puerta antes de que él estuviera entre sus piernas y la hiciera gritar su nombre.
Harlowe rompió la burbuja del recuerdo.
—¿Zak?
Cuando susurró su nombre, sonó más como una súplica que como una pregunta.
—Me estás matando, Harlee.
Le dio un beso en la frente, cerró la puerta, se puso al volante y, sin mirarla, salió del aparcamiento marcha atrás y enfiló hacia su casa.
Podía sentir la mirada de ella clavada en él, pero sabía que si la miraba, no llegarían a casa. Así que mantuvo los ojos en la carretera, respetó el límite de velocidad y controló la respiración. O lo intentó. Intentó, esa era la palabra clave, mientras el deseo y la caballerosidad libraban una batalla en su interior.
Zak respiró hondo y miró a Harlowe. La mujer que nunca había podido olvidar, a la que había seguido la pista y que, por fortuna —casi increíblemente—, estaba soltera cuando por fin se dio cuenta de que era el amor de su vida, dormía profundamente.
Salió del todoterreno con el mayor sigilo posible, abrió la puerta de ella y se tomó un momento para observarla antes de coger su bolso y sacar las llaves de casa. ¿Solo había pasado una semana desde que estuvieron casi en esta misma situación? Esperaba que esta noche terminara de manera diferente.
La tomó en brazos. La cabeza de ella cayó de forma natural sobre su hombro. Sin embargo, no había forma de abrir la puerta sin despertarla. Hizo lo que había temido hacer antes de llegar: se inclinó y besó a su bella durmiente.
Un beso suave y rápido. Observó cómo ella abría los ojos y sonreía.
—Hola.
—Hola a ti también.
Harlowe miró hacia su puerta y parpadeó varias veces.
—Supongo que ya hemos llegado.
—Tengo tus llaves.
Las hizo sonar en la mano que tenía bajo sus piernas.
—Vale.
Relajó el brazo y las piernas de ella bajaron, pero no la soltó. No podía.
Ella se giró hacia él y se deslizó pegada a su cuerpo, sus pechos contra el torso de él, plantó los pies en el suelo y le sostuvo la mirada.
Dios, qué bien encajaba en sus brazos.
—Ya es pasada la medianoche, así que supongo que oficialmente ya tengo treinta años.
Él asintió. Temiendo que lo mandara a casa, permaneció en silencio.
—Pero tenía un deseo más. Y estaba pensando que nosotros... que tú podrías ayudarme con algo que llevo queriendo desde... bueno, desde que volviste, en realidad. Sin ataduras, solo por los viejos tiempos.
El cuerpo de Zak se puso rígido ante sus palabras. Apoyó la frente contra la de ella.
—¿Y qué es, cariño?
Casi no reconoció su propia voz; estaba ronca y temblorosa.
—¿Sabes esa cosa que me gustaba? ¿La que hacías con tu lengua?
Muerto. Se habría caído de espaldas. No se lo esperaba.
¿Cómo se había ganado este momento, esta mujer?