NUEVE
Zak soltó una risa breve. —Yo también te deseo, muchísimo. —Apretó su erección contra el vientre de ella—. Como seguramente puedes notar.
Ella sonrió y le rodeó el cuello con los brazos. —Me gusta cómo suena y cómo se siente.
—Harlowe, no te imaginas lo que me está costando no arrancarte la ropa ahora mismo, pero antes… tenemos que hablar de algunas cosas. —Zak se apartó ligeramente.
Echó de menos el calor, la sensación del cuerpo de él contra el suyo.
—Harlowe, quiero una segunda oportunidad.
Abrió los ojos de par en par y, ahora completamente alerta, se dio cuenta de que habían pasado un par de horas desde su última copa. Aún no estaba segura de haberlo oído bien. Palabras que no se había atrevido a creer posibles flotaban en el aire entre ellos. Ya descifraría después qué significaba esa segunda oportunidad. Porque, siendo sincera, lo único que quería era a él. Desnudo. No se le ocurría mejor manera de celebrar sus treinta años que tener a Zak de vuelta en su cama.
—Necesito decirte… no me fui aquel verano porque tus palabras me asustaran. Me fui porque… sentía lo mismo, Harlowe. —Zak se apretó contra ella y juntó su frente con la de ella.
Los segundos pasaron mientras intentaba procesar. Todavía estaba en sobrecarga sensorial por la música alta y lo pegados que habían bailado en el bar; era demasiado y a la vez no era ni de lejos suficiente, todo envuelto en el mismo nanosegundo. —Espera. ¿Puedes explicármelo? ¿Qué quisiste decir con «sentía lo mismo»? —El corazón le latía desbocado, la respiración se le entrecortó mientras luchaba por entender sus palabras. Un recuerdo fugaz acudió a su mente: la expresión en el rostro de él hacía nueve años, después de que ella dijera las tres palabras que nunca le había dicho a nadie; ni antes de aquel momento ni después.
—Significa… —Le tomó la mano izquierda y se la colocó sobre el corazón, la cubrió con la suya y le acarició la piel fría con el pulgar.
El calor la recorrió al sentir su contacto. Los dedos de los pies, los de las manos, sus partes íntimas… todo le hormigueaba de calor y esperanza.
—Harlowe, ¿puedes perdonarme? —Le acunó el rostro y se lo levantó. Sus ojos buscaron los de ella y se clavaron en su mirada acuosa. Se inclinó y le rozó suavemente la mejilla con los labios, allí donde una lágrima solitaria había escapado—. Me fui porque me estaba enamorando. De ti. De nosotros. Y no tenía ni idea de cómo manejarlo. Mi compromiso con los Marines aún no había terminado. Y tenía tantos planes. Desde que tenía diez años y mi abuelo me describió el servicio militar como una aventura emocionante.
—Hasta ese momento, era lo único que me había importado. Y, como tú, tenía toda mi vida planeada. Sentía que estaba salvando el mundo con un uniforme decorado con medallas, y que eso me llevaría a la fortuna en el mundo civil. —La voz de Zak se quebró en la última sílaba.
La atrajo hacia sí y apoyó la barbilla sobre la cabeza de Harlowe. —Cariño, lo tenía todo resuelto hasta que apareciste tú. Sabía que si me quedaba… demonios, no sabía qué pasaría. Solo sabía que si lo hacía, lo estropearía todo. Para los dos.
—Hiciera lo que hiciera, ya fuera quedarme, pedirte que me esperaras o, peor aún, que me siguieras…
—Para. Así que antepusiste mis sentimientos a los tuyos, sin decírmelo, y decidiste dejarme sin tener ni idea de lo que sentías de verdad. Que tenías sentimientos reales por mí, pero te fuiste, como si yo nunca hubiera importado.
—Sé cómo suena.
—Suena… —Harlowe se mordió la lengua. ¿Qué podía decir sin parecer una princesita caprichosa que no había conseguido a su príncipe porque él creyó saber más que ella? Si le decía lo que sentía de verdad, si lo insultaba, ¿de qué serviría?
Y ahora aquí estaba, de nuevo enredada con Zakary Carter. La misma ciudad, la misma conexión intensa, una década diferente.
—Suéltalo todo. Me merezco lo que sea que estés pensando de mí. Pero no hagas lo que yo hice. No te alejes de mí sin decirme cómo te sientes. Si no quieres saber nada más de mí, lo aceptaré. No te voy a mentir, no me gustará, pero te dejaré ir… después de que hables conmigo. Pero espero que me des una segunda oportunidad para conquistarte.
El timbre ronco de Zak le susurró contra la sien, amenazando con hacerla sucumbir. Con hacerla ceder a la pasión y a la necesidad momentánea que sentía por él. ¿Quería una segunda oportunidad? ¿O quería usar el deseo de él en su contra para poder ser ella quien se alejara esta vez?
¿Era tan cruel?
Había soñado con hacer exactamente eso. Docenas de escenarios la habían ayudado a sobrellevar que él la dejara sin una palabra tantos años atrás. ¿Por qué no lo había superado?
Porque nunca lo superaría. Así de simple. Lo había intentado y había fracasado. Él era el indicado, y esta era su segunda oportunidad.
—Te necesito, Zak. —La ronquera de su propia súplica la sorprendió—. Yo… ¿deberíamos… ir a mi habitación? —Oh, Dios mío. ¿Qué estaba haciendo él con la lengua? Le había recorrido la mandíbula con los labios hasta llegar al lóbulo de la oreja. Luego le mordisqueó y le arremolinó la lengua en el interior de la oreja, inspirando y espirando. Oh, Dios.
—¿Qué tal aquí? —preguntó mientras la levantaba y la sentaba con suavidad sobre la sólida mesa de roble. Le deslizó las manos por los brazos, provocándole escalofríos y piel de gallina. Le acarició la mejilla y le recorrió el labio inferior con el pulgar—. Dime ahora si no quieres esto. Pararé…
—No, quiero decir sí, Dios, sí. Aquí; elijo aquí. —Le rodeó el cuello con los brazos y arqueó la espalda.
Él la besó con fuerza y rapidez. Empezó a desabotonarse la camisa, pero se detuvo cuando ella se agachó para quitarse los tacones.
—Déjatelos puestos —gruñó Zak.
Le temblaron las manos ante la expectativa de hacer el amor sobre su mesa de comedor sin llevar nada más que sus tacones favoritos.
Siguieron quitándose la ropa frenéticamente. Zak le robaba besos entre prenda y prenda. Ella se llevó las manos a la espalda para desabrocharse el sujetador, pero él la detuvo.
—Déjame a mí. —Le dio un beso con la boca abierta. Un beso que le hizo encogerse los dedos de los pies y que la empapó por dentro. Ella meció las caderas, buscando su atención. Él le pasó la lengua sobre la suya, una y otra vez, llevándola deliberadamente hacia la locura.
Zak le desabrochó el sujetador y lo dejó caer sobre la mesa. Interrumpió el beso para deslizar los labios por su cuello, rozando la parte superior de sus pechos. Los acunó entre las manos y acarició con los pulgares las puntas endurecidas.
—Zak, sí —gimió ella cuando él se llevó un pezón a la boca y lo succionó.
Ella se frotó contra su muslo, buscando alivio. Él soltó una risita al notarlo.
—Recuerdo tu impaciencia por sentir mis dedos dentro de ti. También recuerdo cómo sonabas cuando te tocaba, cuando te lamía: cada gemido, cada suspiro, cada murmullo. He soñado con oírte gritar mi nombre. Joder, Harlowe, no tienes ni idea de cuánto echaba de menos esto. Cuánto te echaba de menos a ti.
—Oh, creo que sí —respondió ella. Le bajó la ropa interior y lo liberó. Deslizó la mano arriba y abajo por su miembro, duro y aterciopelado.
Zak embistió contra su mano una, dos veces. Soltó un gemido y le cubrió la mano con la suya.
—Para. Necesito parar. No es que no sea increíble. Pero quiero que esta vez dure más de lo que duraría si sigues así.
Sus palabras la envalentonaron. La estremecieron.
—Entonces tócame —suplicó, y lo soltó para guiarle la mano hacia sus muslos—. Zak, necesito que me toques —sus palabras apenas fueron un susurro; más alto, y temía que el sueño se rompiera. Aquello tenía que ser un sueño.
Él deslizó dos dedos bajo el encaje y los hundió en ella. Harlowe gritó; el placer era intenso mientras él iniciaba un vaivén lento. Con gusto le dio la respuesta y los sonidos que acababa de confesar que echaba de menos.
—Dios, nena, ya estás empapada —se inclinó para besar y succionar sus pechos, dedicándole la misma atención a cada uno. Ella arqueó la espalda y le presionó la nuca contra su piel ardiente, sin querer que aquel momento terminara.
Ella abrió más las piernas. Levantó las caderas, ofreciéndole más de sí misma. Él le presionó el pulgar sobre el clítoris hinchado. Estaba tan cerca.
—Zak, por favor.
Añadió un tercer dedo y aumentó el ritmo ante su súplica.
—¿Por favor qué, nena? —le enredó los dedos en el pelo y le echó la cabeza hacia atrás hasta quedar cara a cara, sin dejar de acariciarla.
Lo que vio en sus ojos casi la hizo estallar.
Él retiró los dedos.
—Todavía no, amor.
¿Todavía no? Estaba lista para protestar, pero se quedó inmóvil cuando él le arrancó la ropa interior, le subió la falda por encima de las caderas y se arrodilló. Le recorrió las piernas con las manos, desde los tobillos hasta los muslos, y con ambos pulgares le separó los pliegues.
—Oh, pero...
—Ssh —la vibración de sus labios le hizo cosquillas, y entonces, con un lametón contra el clítoris, ella se estremeció—. Sí —sus propios gemidos le llenaron los oídos mientras él la acercaba a otro orgasmo. Apoyó las manos en la mesa mientras Zak seguía amándola con la lengua. Una oleada intensa la atravesó cuando el orgasmo la sacudió con fuerza. Echó la cabeza hacia atrás y gritó su nombre.
El placer le palpitó en el centro y se extendió hasta la punta de los pies y las palmas de las manos, que ahora le hormigueaban con ganas de darle el mismo placer a él. Sentía los párpados pesados, pero logró mantenerlos abiertos mientras intentaba incorporarse. Él la empujó suavemente hacia abajo. Ella se dejó hacer.
Mientras su cuerpo se relajaba en esa sensación laxa y lánguida de total satisfacción, oyó el sonido de un envoltorio al rasgarse. Abrió los ojos y encontró a Zak sobre ella: desnudo, duro, colocándose un preservativo. Le atrapó la mirada y la sostuvo. Sus ojos tenían la misma expresión de antes. Era más que lujuria o revancha para cualquiera de los dos. Lo que vio, lo que sintió, la emocionó y la asustó a partes iguales.
—Mentí antes cuando dije que eras hermosa. Eres jodidamente preciosa —Zak le agarró las caderas, se alineó y se deslizó dentro de ella centímetro a glorioso centímetro. Cuando estuvo enterrado hasta el fondo, estableció otro ritmo lento y tortuoso. Cada embestida la acercaba más; él sabía lo que le gustaba. No se había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos hasta que lo tuvo embistiéndola, con la fricción llevándola cada vez más cerca. Más cerca de lo que ocurría cada vez que habían estado juntos: magia.
—Zak, Dios mío, qué bien se siente —le recorrió la espalda con las manos y le agarró el trasero perfecto.
Él gritó el nombre de ella al correrse y apoyó la frente contra la suya.
—Jodidamente increíble.
Se quedaron abrazados hasta que sus cuerpos se enfriaron y sus latidos volvieron a la normalidad. Él se puso de pie, le tendió la mano para ayudarla a levantarse y luego la sorprendió alzándola en brazos para llevarla al dormitorio.
Se metieron en la cama, saciados y exhaustos. Ella se echó hacia atrás hasta quedar acurrucada contra él, de cucharita. No quería que aquel momento terminara. Su mente daba vueltas con posibles escenarios en los que podrían hacer que aquello funcionara, pero pronto su cuerpo cedió y cayó en un sueño profundo.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, se estiró y saboreó las agujetas de una noche bien aprovechada. Alargó la mano para tocar a Zak, pero encontró la cama vacía a su lado. Le entró el pánico, se incorporó de golpe y se giró hacia la puerta del baño.
—No te preocupes. Esta vez no me voy a ninguna parte, Harlee —Zak estaba en el umbral entre las dos habitaciones. Tenía el pelo revuelto y no llevaba nada más que una sonrisa—. Quiero lo que mi madre describió. Y lo quiero contigo. Siempre has sido tú.
Harlowe se quedó muda de la sorpresa. Abrió la boca, pero no le salió nada. Lo intentó dos veces más.
—Dilo otra vez. ¿Por favor?
—Joder, mi corazón no solo se acelera cuando te miro; me martillea en el pecho. Si eso no es amor, no sé qué es.
Zak se acercó, se arrodilló en la cama y le tomó la mano izquierda para posarla sobre su propio corazón.
—Te quiero entera, Harlowe Kingston. Mente, cuerpo y alma. Siempre has sido tú. Te quiero. Me parece justo decirlo yo primero esta vez. ¿Me dejas volver a tu vida?
—Pero esto es tan... ¿Cómo puedes estar tan seguro tan pronto?
—Cuando es lo correcto, el tiempo no importa.
Buscó la verdad en sus ojos. No tardó mucho en encontrarla.
Sí, llegaba nueve años y tres semanas y media tarde. Pero estaba agarrando su oportunidad y no pensaba soltarla.
—Yo también te quiero, Zak.