Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2) SIETE
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SIETE

Harlowe siguió a Kelsey escaleras abajo. La pobre Mari se había quedado dormida entre lágrimas. Le asombraba lo rápido que la pequeña se había encariñado con ella. Y lo mucho que ella también se había encariñado. Siempre le habían gustado los niños, los hijos de otros. Quizá eso era todo lo que necesitaba: ser la tía Lolo.

—Slade es un tipo genial, y está buenísimo. Seguro que hacéis buena pareja. —Kelsey se enganchó el monitor inalámbrico del bebé al cinturón y guio a Harlowe hacia fuera, hasta la gran hoguera, señalando a un hombre que se parecía mucho a los atletas que las rodeaban. Ya se había fijado en él la última vez que estuvieron en el pub, y era atractivo, pero no tenía valor para decirle a Kelsey que no era su tipo.

—Esperaré a que esté solo y luego te busco, ¿vale?

Harlowe no respondió de inmediato. Zak se acercaba a grandes zancadas hacia ellas, y perdió el hilo de lo que iba a decir. Estaba... maldición. El corazón le dio un vuelco al ver su sonrisa, y los vaqueros ceñidos dejaban claro que aún conservaba unos muslos bien tonificados. La camisa de botones, informal, le marcaba el pecho y los brazos, que parecían más grandes que cuando estaban juntos. Un tatuaje de águila asomaba por debajo de la manga.

Tragó saliva y apartó la mirada rápidamente.

—Suena bien.

Harlowe observó cómo Kelsey se alejaba y buscó a alguien más con quien hablar. Encontró a Reese junto a los postres y fue directa hacia ella. Pero no sin antes echar un vistazo rápido a Zak y verlo fruncir el ceño al verla huir.

—Reese, por favor, ayúdame y finge que necesitas hablar conmigo.

—Eh, claro. Pero ¿no estamos ya hablando?

Harlowe agarró a su amiga del codo y la guio hacia un par de sillas.

—Oye, iba a coger un trozo de tarta. El bebé quiere tarta, Harlowe.

Reese miró con anhelo la tarta rellena de mermelada de frambuesa.

—Espera.

Harlowe se levantó de un salto, agarró un plato y un tenedor, y volvió corriendo a su sitio.

—Aquí tienes. Ahora acércate un poco más, como si estuviéramos hablando de algo importante.

Reese dio un bocado a la tarta, cerró los ojos y dejó escapar un murmullo de placer.

—Esto está delicioso. Tienes que probarla.

—Gracias. No tengo hambre. Y bueno, ¿qué tal estás?

Harlowe clavó la mirada en Reese, aunque de reojo vigilaba si Zak la había seguido.

—No sé qué has bebido, pero ojalá pudiera tomar un poco yo también. Aunque ya sabes, embarazada. Entonces, ¿por qué te escondes?

Mierda.

—¿Tan obvio, eh?

Reese dio otro bocado y suspiró.

—Algo así. Mira, si no quieres hablar con él, pues no lo hagas.

Harlowe abrió los ojos de par en par.

—¿Qué quieres decir?

—Zak, boba. Mira, ya sé que pasó algo gordo entre vosotros hace mucho, aunque no quieras contarme los detalles. Pero creo que ese hombre quiere hablar contigo. Quizá deberías escuchar lo que tiene que decirte.

Harlowe siguió el gesto de Reese con la mirada, y efectivamente, Zak estaba a unos tres metros hablando con alguien que no reconocía, pero la miraba directamente. Doble mierda.

—Eso es ridículo. Hemos estado juntos toda la semana. Si tenía algo que decir, espera... sí, ya lo hizo. Y nosotros, bueno... me besó. Anoche.

—¿Quién te besó anoche?

Kelsey se había unido a ellas sin que Harlowe se diera cuenta. Dejó escapar un gemido y cerró los ojos un momento. Ahora sí que estaba metida en un lío.

—Eh, ¿he dicho besó? Quería decir que vino a hablar conmigo anoche. Después del trabajo, bueno, en la sala de conferencias, cuando ya se habían ido todos...

—Zak te besó en la sala de conferencias anoche. Antes de que habláramos por teléfono, ¿verdad?

Kelsey acercó una silla y se sentó junto a Harlowe.

—Si Zak te besó anoche, ¿por qué huyes de él cada vez que se acerca? ¿Y por qué estoy intentando presentarte a Slade si tú y Zak os besasteis anoche?

Harlowe dejó caer la cabeza entre las manos.

—No lo sé, ¿vale? Me siento como en un episodio raro de la Dimensión Desconocida donde el pasado se mezcla con el presente, y el presente es un lío, y ¿por qué tuvo que volver?

Sacudió la cabeza y se recostó en la silla.

—¿Sigue mirando hacia aquí?

—Sí —respondieron Reese y Kelsey al unísono.

—Solo es confuso si tú dejas que lo sea, Lolo.

Harlowe le sonrió a Kelsey.

—Solo Mari puede llamarme así.

—Puede, pero centrémonos en ese hombre de ahí. Podría ser el indicado, Harlowe. Sí, la fastidió antes, pero ¿no te das cuenta de que quiere otra oportunidad?

Kelsey le puso una mano sobre la suya.

Bajó la mirada y se dio cuenta de que estaba agarrando el brazo de la silla con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. ¿Por qué se hacía esto a sí misma? Tenía que dejar de estresarse y enfrentarse a Zak. Aclarar las cosas de una vez por todas y llegar a un acuerdo para poder terminar de trabajar juntos sin que fuera más incómodo de lo que ya había sido.

—No estoy segura de que quiera algo más que lo que tuvimos, que fue sexo increíble. Pero tienes razón. Tengo que dejar de comportarme como una boba, que diría mi tía abuela. Eh, espera, ¿ese es Slade que viene hacia aquí?

Kelsey y Reese giraron la cabeza hacia donde el gerente del pub se dirigía hacia ellas.

Kelsey dejó escapar un gemido.

—Vale, le dije que me diera cinco minutos y luego se acercara, que os presentaría. No me odies. Solo sígueme el rollo.

Harlowe miró a Reese buscando apoyo. Esta le guiñó un ojo.

—Voy a por otro trozo de esa tarta. Adiós.

—Harlowe, te presento a Slade. Es el nuevo gerente de O'Malley's. Mav y Luke lo contrataron el mes pasado.

Harlowe se levantó y le estrechó la mano a Slade. Era cálida y grande, y él se la sostuvo un poco más de lo necesario.

—Encantado de conocerte, Harlowe. Kelsey me ha contado que has vuelto hace poco a Pineville. Quizá podamos...

—Perdona que interrumpa, pero necesito a Harlowe un momento. Es un asunto de trabajo. Sé que es fin de semana, pero estamos con un tema de seguridad importante para Connor y Reese —dijo Zak mientras se acercaba a Harlowe y le ponía suavemente la mano en la espalda.

Sorprendida, Harlowe miró de Kelsey a Slade, cuyos ojos se habían estrechado en cuanto Zak la tocó.

—Bueno, yo eh...

Harlowe no podía pensar con la mano de Zak sobre su espalda. Le lanzó una mirada suplicante a Kelsey.

—Mira, Harlowe acaba de decirme que tiene una... una migraña. Iba a llevarla adentro a por unos analgésicos.

—Cierto. De hecho, creo que debería irme. Una vez que empieza el dolor de cabeza, dura bastante, incluso con medicación —dijo Harlowe.

Odiaba mentir, pero se sentía como una cierva atrapada entre dos machos, y no quería estar allí de ninguna manera.

—No deberías conducir, Harlowe. Te llevo a casa. Trajiste a Evie, ¿verdad? La buscamos, le damos las llaves de tu coche y así puede irse cuando quiera. ¿Qué te parece? —dijo Zak mientras la atraía hacia él.

Tres pares de ojos la miraban fijamente, y cedió.

—Eh, sí. Eso estaría bien. Gracias, Zak.

Alzó la vista hacia él y lo pilló fulminando a Slade con la mirada. Una oleada de emoción la recorrió. Estaba marcando su territorio, pero ¿era solo por lo que habían tenido?

—Bueno, espero que te mejores, Harlowe. El personal y yo estamos deseando que llegue tu fiesta de cumpleaños el próximo fin de semana. Nos vemos entonces —dijo Slade.

Les hizo un gesto de despedida con la cabeza y se alejó.

Harlowe lo observó un momento. Lamentaba un poco tener que mentir; parecía buen tipo. Kelsey puso una excusa poco convincente y la dejó tirada. Sí, sabía que su amiga estaba que no cabía en sí de la emoción. Fuera cual fuera su plan original, ya daba igual porque estaba consiguiendo lo que quería de momento: Harlowe y Zak a solas.

Harlowe no le había dirigido ni una palabra mientras recogía el bolso del ropero de la entrada, sacaba las llaves y volvía a la barbacoa para buscar a Evie y dárselas. Supiera o no que él la observaba, mantuvo la farsa de la migraña con su prima. Le preocupaba que hubiera llegado al extremo de mentir diciendo que no se encontraba bien, creyendo que así podría escapar de él.

¿Harlowe todavía lo odiaba después de tantos años? Si era así, tendría que esforzarse mucho más para conquistarla. Y joder, ¡cuánto la deseaba!

Habían pasado diez minutos desde que se subieron a su nuevo todoterreno, la única compra personal importante que había hecho desde que llegó. Todavía olía a cuero nuevo, pero ese olor quedaba en segundo plano mientras aspiraba el suave perfume de Harlowe. El aroma terroso le sentaba mucho mejor que el cítrico que recordaba. No es que aquel no le gustara, pero este era más maduro y le daban ganas de descubrir todos los rincones donde se había aplicado aquella fragancia seductora.

Se removió para aliviar la presión de su repentina excitación y la miró de reojo: tenía la vista clavada en la ventanilla del copiloto.

—Sabes, en algún momento vas a tener que hablar para darme tu dirección; si no, acabaremos en mi casa, y me da que eso no te haría gracia. O... quizá sí.

Harlowe soltó un bufido y se volvió hacia él. Su expresión no revelaba nada.

—Mi casa está en la calle Quince; gira a la derecha aquí y sigue recto hasta la avenida Front. Luego gira a la izquierda, es la tercera a la derecha.

Se volvió de nuevo hacia la ventanilla.

Ya, como si fuera a dejarla escapar tan fácilmente.

—¿Te molesta la luz?

La vio fruncir el ceño por el rabillo del ojo y sonrió.

—¿Luz? ¿A qué te refieres?

—Ya sabes, por tu migraña. He oído que quienes las sufren son muy sensibles a la luz durante el dolor de cabeza y necesitan estar a oscuras hasta que pase. A ti no parece molestarte la luz, eso es todo, y pensé...

—Vale. Me pillaste. No tengo migraña. ¿Contento?

Cruzó los brazos y clavó la vista al frente.

—No. En absoluto. Solo me preguntaba por qué mentiste.