Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2) CINCO #2
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CINCO #2

El guardia gritó: —¡Seguridad! —el haz de su linterna recorrió la habitación y se posó sobre ellos—. Señorita Kingston, señor Carter, ¿está todo bien aquí? Oí un ruido, pero las luces estaban apagadas y, oh, Dios mío. Lo siento mucho —el rostro del sesentón se puso rojo y se tapó la boca con la mano libre para disimular una tos.

—Yo... yo me voy. Y no se preocupe, señorita Kingston. No soy de los que van contando cosas. Que tengan una buena noche —se dio la vuelta y se fue. La puerta se cerró sin hacer ruido.

—Harlowe...

—Sabes que ha sido lo mejor. Tengo que irme. Esto no ha sido buena idea, y... buenas noches, Zak —le sostuvo la mirada y vio hambre en sus ojos. La misma hambre que la había perseguido durante demasiado tiempo. Necesitaba elegir. ¿Haría lo seguro, lo inteligente?

«El amor es para tontos, Harlowe. Recuerda siempre eso y cuídate a ti misma primero. Siempre». Las palabras de su madre resonaron en sus oídos. Las había ignorado hacía nueve años y había pasado todo ese tiempo endureciéndose, preparándose para conformarse con un hombre decente. Ahora no sabía qué quería.

Bueno, eso no era del todo cierto. Sabía que quería a Zak en su cama. Y si podía hacerlo sin sacrificar su corazón de nuevo, diablos, le habría dejado tomarla ahí mismo, sobre la mesa de conferencias, si no los hubieran interrumpido. Pero los habían interrumpido, y lo tomó como una señal para recapacitar y tomar una mejor decisión esta vez.

—No pienso rendirme, Harlee. No esta vez.

Sus palabras la siguieron fuera del edificio y la persiguieron en sus sueños. ¿Lo perdonaba? Sí. Nueve años era una eternidad. Necesitaba pasar página.

Harlowe todavía tenía un revoloteo de mariposas en el estómago cuando llegó a casa, tiró el bolso en el sofá y fue directa a la cocina. Era viernes por la noche, pero no tenía planes. Diablos, no había tenido ningún plan que no girara en torno a su grupo de amigas y su prima Evie desde que había vuelto. Y después de lo que acababa de pasar entre ella y Zak, necesitaba tiempo a solas para pensar.

Se sirvió una copa de vino, cortó una manzana y cogió un puñado de sus pretzels favoritos. Lo llevó todo al salón y se sentó frente a la chimenea. Se quitó los tacones, se hundió en su mullido sillón orejero, puso los pies en alto y suspiró.

Apenas había pasado un mes desde que él había vuelto a entrar en su vida. Sus nervios nunca habían estado tan alterados, y su determinación había sido puesta a prueba. Y de qué manera. El encanto de Zak se había afinado al máximo, pero nunca había sobrepasado el límite entre jefe y empleada hasta esa noche.

Había hecho todo lo posible durante la semana para ignorar cómo él despertaba su feminidad. Ojalá no supiera a qué sabían sus besos ni cómo se sentía estar en sus brazos. Con suerte, el equipo técnico localizaría pronto a quien estuviera acosando a Connor. Harlowe no sabía cuánto tiempo más podría estar cerca de Zak sin que se le notaran los sentimientos que habían vuelto a despertar. Especialmente después de ese beso.

Dio un respingo cuando su teléfono sonó con el tono de Kelsey.

—Hola.

—Hola. Te llamo porque no pude verte antes de irme del estadio. El vuelo del equipo aterriza sobre las once de la noche en el Aeropuerto Internacional de Spokane, pero Mav quiere reunir a los sospechosos habituales para una barbacoa mañana. ¿Puedes venir a casa sobre las tres? —Kelsey chistó a Mari cuando la pequeña empezó a reírse de fondo.

Harlowe se hundió más en el asiento y sonrió. Mari era la niña más dulce del mundo. La había cuidado varias veces cuando la niñera habitual de Kelsey no podía. Kelsey no había querido una niñera interna a tiempo completo y había encontrado una guardería estupenda, pero eso significaba que necesitaba amigas que cuidaran a la pequeña diablilla cada vez que ella y Mav querían salir por la noche. Harlowe siempre estaba encantada de echar una mano.

Tener hijos nunca había sido una prioridad en su vida. De hecho, le iba bien sin ellos. Su infancia no era precisamente una época que recordara con cariño ni con momentos de complicidad con su madre. De hecho, ella y su hermano menor a menudo se habían sentido como un estorbo del que su madre habría prescindido encantada. Su padre se había largado cuando ella tenía cinco años, y nadie había vuelto a saber de él. Buenos tiempos.

Por ahora estaba a gusto así, y quizá algún día, si encontraba al hombre adecuado que tampoco quisiera hijos, podría plantearse vivir juntos. Pero los niños y el matrimonio no entraban en sus planes ni de lejos.

—Lolo —se rio Mari al teléfono.

—Hola, cariño. ¿Mamá te deja quedarte despierta hasta tarde?

Sabía que Mari solo decía unas diez palabras, así que no esperaba respuesta.

—Dada.

—Eso es. Papá ya casi está en casa —respondió Kelsey—. Espera un momento, voy a ponerla en el columpio.

Harlowe dio un largo sorbo a su vino y pensó en qué película ver más tarde, o quizá darse un baño de espuma y leer un libro. Cuando no logró entusiasmarse con ninguna de las dos opciones, se dio cuenta de que el estrés de la semana le había pasado factura y lo único que quería era acostarse temprano.

Sí, vaya manera de disfrutar los últimos días de sus veintitantos. Pero al menos era dueña de su propia casa, algo que muchos de los de su generación no podrían conseguir sin casarse.

Era algo que su madre nunca había podido hacer mientras trabajaba en dos sitios y se quejaba amargamente cada día del coste de la guardería. El día más feliz de su madre fue cuando Harlowe cumplió trece años, porque eso significaba que podía cuidar a su hermano menor y ninguno de los dos tenía que ir a la guardería ni a actividades extraescolares, que costaban dinero.

Dinero que su madre gastaba en ir a la peluquería o al spa, en zapatos caros y conjuntos. Todo eso, decía, era necesario para llamar la atención de alguien con dinero. Alguien que la sacara del trabajo agotador que soportaba para mantenerlos a los tres.

Pero al final, todo fue en vano. Un conductor borracho había embestido de frente a su madre cuando Harlowe tenía dieciocho años. Su hermano, Vince, tenía dieciséis, y ella se había convertido en su tutora. A pesar de tenerlo todo en contra, había conseguido que terminara el instituto mientras ella trabajaba y estudiaba en la universidad. Ahora era bombero y técnico de emergencias médicas en el Departamento de Bomberos y Rescate de Pineville.

Kelsey volvió al teléfono.

—Ya está, esa pequeña diablilla necesitaba un cambio de pañal. ¿Por dónde íbamos?

Harlowe se secó una lágrima que se le había escapado mientras se perdía en el pasado. Se incorporó, cruzó las piernas y apuró el vino.

—La barbacoa.

—Cierto. No hace falta que traigas nada, pero ¿podrías pasarle la invitación a Evie? No sé por qué no tengo su número, y me encantaría que viniera también.

Harlowe hizo una mueca al oír mencionar a su prima. Últimamente no había sido muy buena contestando mensajes ni llamadas. Esta sería una forma estupenda de compensarlo. Evie también estaba soltera, y de verdad quería encontrar marido. Una quedada con jugadores de béisbol atractivos le garantizaría el perdón de Evie durante al menos los próximos seis meses.

—Claro, sin problema. Sé que le encantará.

Harlowe jugueteó con el bajo del pantalón y suspiró. Evie era la compañía perfecta. Era divertida, mona y le encantaba socializar, mientras que ella prefería quedarse en segundo plano observando a la gente. Podía ser extrovertida cuando hacía falta, pero estar rodeada de mucha gente durante mucho rato la agotaba, y luego estaba todo el tema de las citas.

Sentía que sus dos últimas relaciones no habían sido más que esfuerzo. Al menos por su parte. Siempre estaba buscando la manera de acortar las citas o de evitar el sexo. Y eso era bastante patético. Estaba en la flor de la vida. Era bastante atractiva, buena conversadora y se cuidaba. Debería estar saliendo y disfrutando de los hombres, el sexo y la vida. En cambio, estaba sentada en casa un viernes por la noche preguntándose qué estaría haciendo un viejo amor y cómo demonios sus mundos habían vuelto a cruzarse.

Harlowe sabía muy bien lo que era sufrir por amor gracias a Zak, pero pillarlo mirándola esta semana solo había aumentado el anhelo que nunca había conseguido quitarse de encima. Odiaba el juego del «y si...», pero ¿qué demonios habría pasado si él no se hubiera ido? ¿Habrían encontrado la manera de que lo suyo funcionara?

—Oye, Harlowe. ¿Dónde te has ido? —la voz de Kelsey sonó preocupada al otro lado.