Tentando a Zak (Protectores de Pineville nº 2) CINCO
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CINCO

La tortura llevaba días. Zak estaba tan impresionado como frustrado. No había tardado mucho en darse cuenta de que Harlowe había puesto en marcha una campaña de «mira pero no toques». Lo había estado tentando a diario, a propósito y con total éxito.

Había caído la noche y seguían trabajando. Dos de los hombres que había contratado, Royce Kincaid y Seth London, se habían marchado veinte minutos antes tras ponerlo al día sobre sus clientes.

Él y Harlowe eran los únicos que quedaban en la planta ejecutiva.

Lo había comprobado y sabía que el guardia de seguridad pasaría a hacer la ronda en aproximadamente una hora. Tiempo de sobra para convencer a Harlowe de que le diera una segunda oportunidad.

Sí, sabía cuál era su juego, y era hora de ponerle fin. Recordaba que tampoco había sido muy buena al póquer. Cuando habían jugado, ella había perdido toda la ropa mientras él todavía lo tenía todo puesto excepto los calcetines. Hoy, más temprano, había notado que estaba molesta con él y no sabía por qué. Pero si tuviera que apostar, y le encantaba apostar, diría que era porque él no estaba picando el anzuelo, y eso la tenía cabreada.

No había sido fácil. Había sido tan obvia que resultaba adorable. Y sexy a rabiar. Esa noche, estaba listo para poner a prueba los límites de ella porque él había alcanzado los suyos. Los roces de manos supuestamente accidentales, los suaves contactos contra su brazo, las blusas escotadas, los zapatos de tacón alto y las faldas; todo había cumplido su función.

Demasiado bien. Especialmente esas malditas faldas de vuelo con la abertura en la parte de atrás que terminaba justo debajo de su trasero lo habían obligado a salir corriendo a su habitación de hotel cada noche para desahogar sus frustraciones. Estaba listo para probar lo que ella le ofrecía, o aquello con lo que lo tentaba en su juego de «puedes mirar, pero no tocar».

Caminó hacia el panel de control de las ventanas y lo accionó para cerrarlas. No miró para ver si ella se había dado cuenta. Le daba igual. No quería excusas de ella cuando le pillara el farol y le propusiera un viaje al pasado. Se dirigió hacia la puerta como si tuviera todo el tiempo del mundo y la abrió como si fuera a marcharse, luego echó el cerrojo y volvió a cerrarla fingiendo que había recordado que se dejaba algo.

Al mirar, vio que ella se había agachado a recoger algo del suelo. Su polla dio un salto ante la visión que ofrecía: el trasero en pompa, la falda a un milímetro de dejarla al descubierto, y un destello de bragas rojas de encaje.

Contuvo un gemido y se acercó.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Qué? No, ya lo tengo.

No lo miró y siguió rebuscando en el suelo. Cuando localizó su premio, se enderezó y, por un breve momento, le ofreció una vista tentadora de su escote y un sujetador rojo de encaje.

Ella. Lo. Estaba. Matando.

Harlowe estampó el recipiente metálico de agua sobre la mesa de conferencias y lo fulminó con la mirada.

—¿Qué miras?

—Qué borde. Aunque es curioso que te enfades conmigo por mirar cuando llevas días montando un espectáculo, tentándome a cada momento. ¿Qué esperabas conseguir, Harlowe?

Apretó los labios, se pasó los dedos por sus gloriosos rizos castaño oscuro y se puso las manos en las caderas.

Su polla decía: tómala ya. Su cerebro estaba de acuerdo, pero antes quería respuestas.

Como ella no decía nada, decidió presionarla.

—¿Esperabas darme una lección? ¿Tentarme y enseñarme lo que nunca podré volver a tener? O quizá sí me quieres de vuelta en tu cama. Quizá… quizá me deseas tanto como yo a ti, pero quieres que dé el primer paso. ¿Me equivoco? ¿Es eso lo que escondes?

Zak se acercó más, se desabrochó la chaqueta y se aflojó la corbata.

—¿Espectáculo? Que te jodan.

—Pensé que nunca me lo pedirías. ¿Qué tal ahora?

Ella negó con la cabeza sin decir nada, rehuyendo su mirada. Rodeó la mesa por el otro extremo hacia sus cosas, y él pensó que iba a marcharse sin decirle ni una palabra más. Pero entonces se detuvo en seco y se volvió hacia él.

—Sé que podrías haber traído a tu asistente, Zak. Te oí hablando por teléfono el otro día.

El aire de la habitación se había vuelto denso; la atracción entre ellos lo cargaba de electricidad.

—Pregunta justa. Podría darte medias verdades, pero ya es hora de poner las cartas sobre la mesa.

Se sentó en el borde de la mesa y observó cómo el fuego se apagaba un poco en sus ojos. Interesante. Quizá no esperaba que él quisiera hablar del tema.

—Por supuesto, cuéntame tu versión. Seguro que será entretenida, ya que han pasado, ¿qué?, casi diez años desde que te escabulliste de mi cama. Sin nota. Sin un «gracias por el rato», ni un «Nena, lo siento, pero me han llamado de vuelta a la guerra».

Zak abrió los ojos de par en par ante su arrebato. Sabía que estaría enfadada, que había estado enfadada y probablemente herida y confundida, al menos durante un tiempo después de que él se largara, pero la emoción en bruto de su voz le hizo pensar que quizá no lo había superado, que no había olvidado lo jodidamente bueno que había sido lo suyo.

—Nunca quise hacerte daño.

Zak se esforzó por mantener un tono neutro.

—Pero lo hiciste. ¿Por qué te fuiste sin despedirte? Sabía que era solo un rollo de verano, y estoy segura de que después del poco tiempo que pasamos juntos sabías que yo no era de las que se pegan ni montan dramas.

Por un momento, vaciló. ¿Y si lo echaba todo a perder diciendo algo inapropiado? Desde que había vuelto, sabía por qué se había ido. Porque ella era la mujer de su vida. Y a los veintiuno, eso lo había aterrorizado.

Pero ahora necesitaba averiguar si ella lo deseaba tanto como él a ella. Y esta vez, no pensaba irse a ningún lado.

—Tienes razón. Merecías la verdad entonces y la mereces ahora.

Soltó un largo suspiro.

—Harlowe, me asustaste esa noche. Después de que dijiste… nosotros… después del sexo increíble, y siempre fue increíble, ¿verdad?

Joder, esto era más difícil de lo que esperaba.

El rostro de ella se suavizó un poco, y su cuerpo se relajó visiblemente ante el recordatorio. Probablemente no era consciente de ello, pero a él lo habían entrenado para fijarse en esas cosas, y quizá, solo quizá, aún tenía una oportunidad.

—No. Por favor, no sigas por ahí, Zak.

—Harlowe, esto llega con nueve años de retraso… Siento mucho haberme ido. Siento haber actuado como un adolescente asustado. Debería haber aceptado mis sentimientos en lugar de pisotear los tuyos. Nunca nadie me había dicho «te quiero». Joder, nunca me quedaba el tiempo suficiente para que pudieran hacerlo.

Respiró hondo. Maldición, qué bien sentaba. Zak dio otro paso hacia ella. —Hay más.

—¿Más? Estoy un poco abrumada, Zak. ¿Podríamos hablar de esto más tarde o...?

Temía que ese más tarde nunca llegara.

—El año pasado murió mi padre. Más o menos una semana después del funeral, le comenté a mi madre que parecía estar llevándolo mejor de lo que esperaba. Entonces ella dijo: «Zak, estoy furiosa, pero tuve al mejor hombre del mundo para mí. Nos quisimos con locura y vivimos cada día al máximo. No hay garantías en la vida, pero si la atraviesas con alguien que hace que tu corazón se acelere cada vez que entra en la habitación, bueno, entonces has ganado, sin importar cuánto tiempo tengas con esa persona».

Harlowe extendió la mano, pero la retiró. —Lo siento mucho, Zak. Sé lo difícil que es perder a un padre.

Respiró hondo. —Lo sé, gracias —pero no quería su compasión en ese momento—. Hay tantas razones por las que he vuelto...

—Si buscas perdón... es tuyo.

Las palabras de Harlowe lo sorprendieron, y a juzgar por su expresión, también a ella.

—La vida es demasiado corta para aferrarme a mi odio hacia ti. Y te odié, Zak. Pero no estoy segura de que esto sea buena idea. Lo de trabajar juntos. Pensé que podría, pero... siendo honesta, es demasiado difícil —se limpió rápidamente una lágrima de la mejilla—. Supongo que no soy tan dura como me gustaría que todos creyeran —soltó una risa ahogada y recogió sus cosas.

Ya había terminado de hablar. Acortó la distancia entre ellos, la tomó de la muñeca y la atrajo hacia sí hasta que sus cuerpos se tocaron. —Esto —le acunó el rostro y observó sus labios mientras formaban un «Oh» sin aliento. Se inclinó lentamente, dándole tiempo para decir que no. Cuando no lo hizo, gracias a Dios, capturó aquel puchero sensual con los labios y se entregó a su deseo.

Harlowe nunca debería haberle permitido que la besara; nunca... oh, Dios. Había tantas razones para no dejarse besar; pero su ira se evaporó. Sus labios eran tan malditamente suaves. Carnosos, ardientes, y al primer contacto, se rindió. Quizás esa noche fuera una forma de compensación para ambos.

Cuando los labios de Zak dejaron los suyos, ella gimió de frustración. Él se rio entre dientes. —Esto es lo que he echado de menos, Harlowe. En realidad, lo he anhelado durante semanas, diablos, más bien años... tus dulces sonidos y reacciones a mis besos —no le dio oportunidad de responder. En cambio, rozó sus labios contra los de ella, y Harlowe perdió la cabeza. Le agarró la cabeza y lo besó como había estado fantaseando desde el primer día que él volvió a entrar en su vida.

Él respondió con la misma desesperación, luego tomó el control y la consumió. Su lengua se deslizó entre los labios de ella y se encontró con la suya en un duelo frenético. Le mordisqueó el labio inferior y enseguida succionó para aliviar el escozor.

El pomo de la puerta traqueteó. El sonido de las llaves tintineando atravesó la mente nublada de Harlowe, y se separó de Zak. Fue lo más difícil que había tenido que hacer en mucho tiempo. Y necesitaba pensar. Dejar que todo lo que él le había dicho calara.

Se dio la vuelta y se alisó la blusa. —Salvados por el guardia de seguridad —susurró.

—Ha llegado pronto —Zak se pasó las manos por el pelo y se giró hacia la puerta cuando se abrió de golpe.