Tentación (Rosewood 1) 47 Silas
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47 Silas

CUARENTA Y SIETE

SILAS

Hunter tira de mi mano, y me da vergüenza admitir que tardo más de lo que debería en despegar mi atención de ella.

De ella y de ellos.

—¿Sí, campeón?

Él no dice nada, solo inclina la cabeza hacia ella y abre los ojos cómicamente, enormes.

—Vamos a darle unos minutos, ¿vale? Ahora mismo no hay mucho espacio.

Por supuesto, me oye. Y por supuesto elige este momento para llevarme la contraria.

—Estoy bien, Hunter. Puedes venir si quieres —dice, moviendo la mano y dando palmaditas en el hueco a su lado—. Pero estoy un poco sucia y sudada, así que acércate bajo tu propia responsabilidad. —Le lanza un guiño.

Hunter suelta mi mano al instante y prácticamente da brincos hasta llegar a ella. No se sube a la cama, menos mal. Apenas hay como ocho centímetros libres en esa camilla de mierda diminuta.

—Vivo con mi padre, ¿te acuerdas? Suda tanto después de hacer pesas en el garaje que a veces parece que acaba de salir de la piscina —le dice Hunter muy serio.

Evangeline se muerde los labios hacia dentro, conteniendo la risa que le chispea en los ojos.—Ah, entonces estás bastante acostumbrado, ¿eh?

Hunter se encoge de hombros y deja resbalar los dedos por la parte metálica del somier.—Sí. Pero Eve, ¿estás muy, muy herida? La abuela dijo que vas al hospital cuando te haces mucho daño, no solo cuando yo me araño la rodilla.

Su cara se suaviza, una ternura delicada reemplaza su diversión. Alarga la mano y le pasa los dedos suavemente por la parte de arriba del pelo.—Sí, tu abuela tiene razón. Pero a veces tienes que venir aquí porque necesitas ver a un médico rápido. Pero voy a estar bien, ¿vale? No te preocupes.

Él asiente despacio, como sopesando sus palabras.—¿Y vas a estar bien para todos nuestros planes de este verano? Hicimos un montón el otro día.

Ella se ríe, y algo se me retuerce con fuerza en las tripas. Le alisa el pelo que le había revuelto con los dedos, apretándole los hombros.

—Claro que sí. No me perdería nuestras aventuras de verano.

—Levanta la cara para mirar alrededor de la habitación—.

Estoy bien, de verdad. Todo esto es innecesario —dice Evangeline, agitando la mano libre para abarcar el cuartucho en el que estamos todos apretujados.

Con la otra mano coge una bolsa de hielo que tiene al lado.

—Bueno, bueno, no podemos mandarte a casa todavía.

Has entrado con un buen golpe en la chola.

Así que tenemos que echarte un vistazo. ¿De acuerdo?

—La enfermera se desliza hasta colocarse junto a la cama, cortándole el paso a Hunter hacia Evangeline.

Tiene el boli preparado sobre la tabla con pinza, la mirada centrada en el papel que tenga allí, así que se pierde la mirada fulminante que le lanza Evangeline.

Pero yo no. Yo no me pierdo lo poco que le gusta que la separen de Hunter así. Evangeline se inclina para rodear a la enfermera y captar la mirada de Hunter. Le dedica una sonrisa cálida y veo cómo sus hombritos se enderezan.

—Venga, vuelve aquí conmigo, campeón.

La mirada de Evangeline encuentra la mía al otro lado de la habitación, los ojos muy abiertos, como si la hubiera sobresaltado. Se ve pequeña sentada sobre la cama. Delicada. Asiento imperceptiblemente.

Hunter se queda pegado a mí, cruzándose de brazos sobre el pecho y observando a Evangeline y a la enfermera con mucha atención.

—Vale —dice Evangeline, inclinando un poco la barbilla—. Lo que tengamos que hacer para que me pueda ir.

La enfermera gira sobre la punta de su zapatilla negra, saca la cadera hacia un lado y nos mira a los cinco, que formamos una barricada alrededor de la cama de Evangeline.

—Familia, entiendo que estéis preocupados.

Pero podéis estar tranquilos, vamos a arreglarla y a mandarla de vuelta a casa en cuanto podamos.

Para eso, necesitamos un poco de privacidad.

Cambio de postura, plantando bien las botas en el suelo, separadas.—No, no la vamos a dejar sola.

—Sí, y además, papá no puede arreglar a Eve si no está en la misma habitación que ella —dice Hunter, con un tono que deja claro lo ridículo que le parece que nos vayamos.

Es entonces cuando me doy cuenta de que ha copiado mi lenguaje corporal.

Sus bracitos cruzados sobre el pecho, su pijama de superhéroes a la vista.

Una ceja arqueada en su frente diminuta.

—Bueno, no sé a qué se dedica tu papá, pero yo soy enfermera, y soy muy buena en mi trabajo. ¿De acuerdo, cariño? —Pasa la mirada de Hunter al resto de nosotros—. Así que voy a necesitar que todos deis un pasito hacia atrás, que nos dejéis un poco de aire.

Nadie se mueve, ni siquiera Hunter.

La enfermera resopla, concentrando su mirada severa en Bane, como si pudiera razonar con él.—¿Tengo que llamar a seguridad?

Él alza un poco la barbilla y la mira fijamente.—No la vamos a dejar sola, así que haz lo que tengas que hacer.

Siempre el puto diplomático. Supongo que está bien así. Ella no querría oír lo que saldría de mi boca ahora mismo. El férreo control que suelo tener se me ha escapado de las manos, y ni yo mismo puedo predecir lo que voy a hacer si la gente sigue empeñada en tocarme los cojones esta noche.

—Está bien, pueden quedarse. Estoy un poco dolorida, pero estoy bien —dice Evangeline.

Su voz no tiene el mismo entusiasmo al que me he acostumbrado, y esa diferencia me pone de los nervios. Me desplazo hacia ella, las espinillas chocando con el lateral de la cama. Su mirada salta a la mía, y los ojos se le vuelven muy suaves. No sé ni por dónde empezar a desentrañar esa mirada.

—La has oído, empieza el examen —espeto, fulminando con la mirada a la enfermera.

La enfermera resopla, como si ya estuviera harta de mis mierdas. Como si me importara una mierda otra cosa de ella que no sea que sea capaz de asegurarse de que mi chica está bien.

Joder. No es mi chica. Es mi niñera... quiero decir, la niñera de Hunter. Y, como su jefe, tengo la obligación moral de asegurarme de que está bien.

Ya está. Solo eso.

Lo que ha pasado en el club ha sido solo eso. Yo cuidando de mi empleada.

—Vale —dice la enfermera, dando una palmada—. Vamos a empezar con unas preguntas básicas. El sistema de base de datos se nos ha caído como diez minutos antes de que llegaras, y además esta noche nos falta un portátil, así que voy a lo clásico.

Se apoya en el lateral de la cama, empujando un poco a Nova para hacerse sitio.—¿Por qué no me cuentas qué ha pasado?

Doy un paso delante de Hunter, bloqueándole la vista y resistiendo el impulso de taparle también los oídos.

—Eh, campeón, ¿por qué no le preguntas a la abuela si te ha traído la tablet?

Puedes ir a ver esas sillas y ver algo. —Le señalo con la barbilla el otro lado de la habitación, donde dos sillones azules están arrinconados en una esquina.

—Toma, cariño, pensé que a lo mejor te hacía falta esto —dice Ma, dándole a Hunter su tablet verde y guiándolo hacia las sillas.

Vuelvo a centrarme en la conversación justo cuando veo a Nova adelantarse, con los brazos fuertemente cruzados sobre el pecho.—¿Ha perdido demasiada sangre?

—¿Qué? ¿Necesita sangre? —Me saltan todas las alarmas en la cabeza.

La enfermera no interrumpe el examen, separando con cuidado el pelo de Evangeline. Observo su cara y capto el momento en que toca un punto sensible por la mueca que pone ella.

—No. Las heridas en la cabeza son famosas por ser muy dramáticas. Les gusta que quede claro que están ahí. Pero en este trabajo aprendí a no decir nunca nunca —responde a Nova, pero no aparta la vista de la herida de Evangeline.

—Así que, Evangeline, eres donante universal —dice con voz cantarina. Mira por encima del hombro, recorriéndonos con la mirada—. ¿Tenemos otros cero negativos aquí? Sois todos familia, ¿no? Mamá, ¿y tú?

—Sí, somos familia. —Le doy un pequeño codazo a Ma, un toque suave.

Ella se sobresalta, apartando la mirada de Hunter, que está tan pancho mirando algo en la tablet, para fijarse en la enfermera.—Eh, AB positivo.

La enfermera ladea la cabeza, se detiene un segundo para mirar a Ma.—Un cero negativo no puede tener un padre AB positivo.

Ma cambia el peso de un pie al otro y juguetea con la cruz pequeña que cuelga al final de su cadena de oro.—Ah, pues entonces AB negativo, supongo. Ha sido una noche muy larga.

La enfermera tararea y niega con la cabeza, sin mala leche, más bien con tono de hecho, como si estuviera en la sexta hora de un turno de diez.—No, un padre AB no puede tener un hijo cero negativo en ningún caso, ni positivo ni negativo.

Esta enfermera está tirando de mi último hilo de paciencia. Doy un paso al frente, entornando los ojos hacia ella.—¿Es que le hace falta eso siquiera? Si no, dejemos de jugar a las adivinanzas con nuestros grupos sanguíneos y sigamos.

—No lo creo, no. Es solo una cortadita, de las que se arreglan fácilmente con unos puntos o con pegamento para la piel.

—Yo también soy cero negativo. Por si lo necesita, digo —añade Nova, empeñado en seguir con un tema absurdo. Se coloca junto a la mano libre de Evangeline.

—Eres su marido, ¿verdad? Qué afortunados sois los dos —dice la enfermera, echándose atrás y quitándose los guantes.

—¿Afortunados por qué?

—Bueno, sois donantes universales, así que podéis donar a cualquiera, pero solo podéis recibir cero negativo. No es el grupo más raro, pero sí el más tiquismiquis.

—Qué suerte —murmuro entre dientes. Bane me lanza una mirada cortante, pero hago como que no la veo. Igual que finjo que no siento celos por algo tan ridículo como no poder darle sangre si la necesita.

No es una puta vampira, por el amor de Dios.

Me froto las manos por la cara, apretando un poco las palmas y arrastrándolas por encima de mis músculos tensos.

—El pegamento está bien. Así no hay que afeitar, ¿no? —pregunta Evangeline.

—¿No quieres una cresta, Eve? —pregunta Hunter, con los ojos brillantes. Vale, la tablet no está resultando lo bastante distraedora, por lo que se ve.

La sonrisa que le dedica a mi chico me deja sin rodillas.

—Estaría bastante guay. Pero creo que voy a dejar los peinados con cresta para ti. Tú sí que tienes la forma de la cabeza perfecta para eso —le vacila Evangeline.

El pechito de Hunter se hincha y se pasa la mano por la cabeza.—Tengo la cabeza bonita, ¿a que sí, papá?

Se me escapa un amago de sonrisa.—Sí, campeón, la tienes.

Aclaro la garganta y miro por encima del hombro, encontrando la mirada de Ma.—Eh, campeón, ¿por qué no llevas a la abuela a comprar un café a la cafetería del pasillo?

Él arquea una ceja; el gesto se parece tanto al mío que siento como un tornillo apretándose alrededor del corazón.—¿Y Eve qué? ¿La vas a proteger tú de los malos?

Le revuelvo el pelo e intento suavizar la expresión.—Claro que sí, campeón. Igual que este tío de aquí. —Deslizo la mirada hacia el personaje de su camiseta.

Frunce la boca hacia un lado, como si de verdad se lo estuviera pensando. Un momento después, asiente.—Vale. ¿Puedo coger yo algo también?

Meto la mano en el bolsillo y saco un billete de veinte dólares.—Algo sano, ¿sí? Ya es más tarde de tu hora de dormir.

—Hora de dormir, hora de dormir... Batman solo lucha contra el crimen de noche, papá. —Salta de la silla y coge el dinero con una mano, rodeándome para agarrar la de Ma con la otra—. Vamos, abuela, papá ha dicho que necesitas un café.

—Gracias —le murmuro. Ella, sin embargo, está distraída; Hunter le estará contando sus últimas aventuras de superhéroes, seguro.

Los miro irse un momento, seguro de que estarán a salvo al final del pasillo durante los próximos diez minutos. Vuelvo a afinar el oído en la conversación tranquila entre Evangeline y la enfermera.

De Nova y Bane emana tensión como olas en el mar en plena marea alta. Se me eriza el vello de los brazos y mis sentidos reaccionan a ese cambio. Estoy en alerta, medio esperando que alguien irrumpa en la habitación.

No es que fueran a llegar muy lejos con los tres que estamos aquí. Demasiados años vividos en situaciones de huida o pelea. Mi cuerpo ya está en máxima alerta. Ahora es mi mente la que intenta ponerse al día.