46 Nova
CUARENTA Y SEIS
NOVA
—Y ustedes deben de ser la familia que tiene a Nancy tan alterada —dice una enfermera alegre mientras entra apresurada en la sala de espera con una carpeta en la mano.
Se inclina hacia Ma y le guiña un ojo de forma conspiradora—.
No se preocupen, Nancy siempre es un poco espinosa. Síganme y los llevaré con ella.
—Gracias —gruñe Silas.
Bane mira con odio a la recepcionista mientras salimos de la sala de espera, pero ella ni siquiera nos presta atención. Ya ha vuelto a teclear en su ordenador.
Me mantengo en silencio, haciendo lo posible por bloquear todo lo de antes. Guardar esa mierda en un armario y olvidarme de ello. No es que fuera a sacarlo a colación ahora.
Le he dicho todo lo que tenía que decirle, e incluso si quisiera volver a repasarlo, no lo haría con Hunter pegado al costado de Silas.
La preocupación me arruga el entrecejo mientras me pregunto qué pensará él de todo esto. Tengo que creer que si Evangeline estuviera muy mal, Bane habría advertido a Silas en el momento en que vio a Hunter y a Ma cruzar la puerta.
Aunque es un chico duro, resistente como el que más. Al fin y al cabo, es un St. James.
Seguimos a la enfermera por el pasillo y me paso una mano por el corazón de forma distraída. Me duele como un músculo entumecido días después de un levantamiento pesado.
El miedo y yo somos viejos amigos, pero nunca había sentido su punzada como cuando Silas llamó. Por la forma en que se me encogió el corazón cuando dijo que Bane la llevaba al hospital, pensé que me iba a ir al suelo con la moto.
Un déjà vu me golpea en el estómago, robándome el aliento mientras los recuerdos se superponen a mi visión.
Caminé por este mismo pasillo cuando mi padre estuvo aquí. Le habían disparado, iba drogado hasta las cejas con el cóctel de analgésicos y drogas recreativas que ya tenía en su sistema, y soltaba mierdas que yo no entendía.
Estábamos acostumbrados a las juergas que se pegaba después de una buena racha, pero esto era algo diferente. Era como si estuviera recordando detalles de la vida de otra persona, hablando de otros hijos y de trabajos distintos.
Parpadeo y aún puedo oír los sonidos de su respiración fatigada, la forma en que las máquinas pitaban al ritmo de su corazón.
Y ahora, aquí estoy de nuevo. Caminando por este maldito pasillo, pero en lugar de mi padre, es Evangeline.
—¿Cómo está? —pregunta Bane. Me rodea para caminar al lado de la enfermera.
Por una vez, agradezco su necesidad de recopilar información. No solo quiero saber la respuesta, sino que su brazo ha rozado el mío, sacándome de esa espiral de déjà vu. No había pensado en aquella noche en años.
—Bueno, eso es lo que vamos a averiguar —dice la enfermera, dedicándole una sonrisa brillante.
—¿Por qué no la han atendido todavía? —Noto la brusquedad en mi voz, pero no la modero.
La enfermera me mira por encima del hombro y su sonrisa se vuelve tensa—. Bueno, por si no está familiarizado con el funcionamiento de las salas de urgencias, se hace por triaje.
Se me tensa la mandíbula ante su sarcasmo apenas velado—. Sabemos cómo funcionan las urgencias.
La enfermera se detiene en seco y se gira para mirarnos—. Entiendo que estén preocupados por su ser querido, pero aquí hay otros pacientes que también necesitan atención médica. Hacemos todo lo posible por priorizar a quienes requieren atención más inmediata. Además, nos falta personal.
Ma da un paso adelante, con voz baja y firme—. No le estamos pidiendo que descuide a otros pacientes. Solo queremos saber cómo está nuestra chica.
La enfermera señala la habitación que tenemos detrás—. Bueno, vamos a averiguarlo, ¿de acuerdo? Normalmente no permitimos que pase tanta gente aquí atrás, pero voy a hacer una excepción con todos ustedes.
Me doy la vuelta y mi mano busca el pomo de la puerta antes de que ella termine de hablar. Siento que me palpita la piel. La culpa se enrosca en mis pulmones como alambre de espino, destrozando el tejido blando cada momento que paso sin verla.
—¿Cariño? —la llamo, entrando en la habitación. Siento la piel tirante, zumbando como si cien luciérnagas bailaran a mi alrededor.
—Nova. —Mi nombre suena como una oración en sus labios y siento que una oleada de alivio me invade.
Está sentada en la cama del hospital, con el rostro pálido y demacrado, pero tiene los ojos brillantes. Mis pies me llevan hacia ella sin pensarlo dos veces. Pongo mis manos a cada lado de su cuello, con los pulgares acariciando la suave piel bajo la mandíbula.
Examino su rostro, catalogando cada hematoma, cada trozo de piel hinchado y sensible. Cada rastro de la violencia que ha soportado.
—Voy a matar a quien te haya hecho esto, nena —murmuro, inclinándome para apoyar mi frente contra la suya—. Es mi promesa.
—¿Cuándo ha pasado esto? —murmura Ma con brusquedad. Oigo algunos gruñidos detrás de mí también, pero los ignoro, centrando toda mi atención en mi chica.
—Me has pegado un susto de muerte —digo con la voz quebrada.
—A todos —dice Bane.
—Lo siento —dice ella, alzando la voz para que llegue al resto de la sala.
Niego un poco con la cabeza, moviendo mi frente contra la suya—. No te disculpes. Soy yo quien debería disculparse. Debería haber estado allí.
Sus manos suben y bajan por mis brazos, tranquilizándome—. Está bien. Estoy bien.
—No pareces estar bien —le replico.
—Bueno, lo estoy. —Se ríe, con un sonido bajo y divertido. Se aparta y mira detrás de mí—. Gracias a Lincoln.
Tomo nota del uso de su nombre real, algo que él no suele permitir a la mayoría de la gente. Aunque ahora mismo eso no es importante. Lo importante es el hecho de que él estuvo allí para ella.
Giro la cabeza para mirarlo y él me sostiene la mirada con serenidad. No hay hostilidad, al menos no hacia mí. Hay una rabia compartida entre nosotros, un entendimiento.
—Gracias —digo con voz ronca.
Él sonríe con suficiencia—. No lo he hecho por ti.
Le devuelvo la sonrisa de la misma forma—. Ya, lo sé. Pero te lo agradezco de todos modos.