45 Silas
CUARENTA Y CINCO
SILAS
—Evangeline va de camino al hospital.
Mi madre jadea. —¡Dios mío! ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado?
—Parece un asalto a mano armada, pero no lo sé —mascullo, mirando a mi alrededor en el aparcamiento—. Voy hacia allí ahora mismo. Trae a Hunter y búscame allí. —No es una pregunta.
Ella duda, y sé que le preocupa que sea una trampa. No es la única con ese miedo. La idea también me ha pasado a mí por la cabeza.
Me parece demasiada coincidencia que pierda los estribos por completo en un lugar semipúblico y que, en menos de una hora, asalten y roben a Evangeline.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? ¿Y qué pasa con los chicos?
Tengo los nervios destrozados y trato de mantener la cabeza fría sobre todo esto, dejando a un lado mis sentimientos personales para analizarlo desde una perspectiva externa.
Pero no puedo, joder.
Cada vez que intento ser objetivo, la idea de que alguien haya entrado allí y le haya hecho daño aparta cualquier pensamiento racional. Necesito que Bane lo analice todo conmigo para asegurarme de que tengo todos los datos.
Me froto las cejas con el pulgar y el índice. Tengo tanta tensión acumulada en el entrecejo que temo que no se me quite nunca. —No puedo concentrarme si me preocupa que vengan a por Hunter.
—Está a salvo conmigo, y estamos en tu casa, protegidos dentro del recinto —me recuerda ella.
No lo dice con maldad, sino más bien con naturalidad. Probablemente ni siquiera esté tan afectada por todo esto; ha pasado por situaciones peores con los Reapers y las mierdas de mi padre a lo largo de los años.
Pero eso fue antes de Hunter. Tener un nieto ha ablandado a mi madre y, al mismo tiempo, la ha vuelto más protectora. Sé que se pondría delante de una bala para salvar a mi hijo, pero no quiero que tenga que verse en esa tesitura.
—Lo sé. Pero los chicos vendrán conmigo al hospital. Solo necesito tener a Hunter cerca.
Se queda callada un momento. —De acuerdo, prepararé nuestras cosas y nos vemos allí. —Corta la llamada sin despedirse.
Suelto un suspiro, sintiendo que la ansiedad disminuye un poco al saber que es una cosa menos de la que preocuparme.
Busco el contacto de mi hermano en el móvil y escucho cómo da señal una y otra vez. Ese idiota no me va a coger el teléfono, lo sé. Odio la idea de dejarle un mensaje así en el buzón de voz, pero su terquedad me lo está poniendo difícil.
—¿Qué? —responde en el último tono.
—¿Dónde estás?
El viento suena fuerte por su lado. Debe de seguir conduciendo. —Sabes perfectamente dónde estoy. ¿A qué viene esto?
Suspiro. —Da media vuelta y ve al St. Mary's. Ha surgido un problema y Evangeline está allí.
—¿Qué? —estalla él.
—Está bien, ¿vale? Bane está con ella. Ha dicho que se encuentra bien, pero le están haciendo un chequeo por precaución. Y Nova, no hagas que me arrepienta de habértelo dicho ahora. Más te vale conducir con cuidado, joder.
Corta la llamada sin decir una palabra más; sin duda su atención se ha centrado en llegar al hospital.
Que es exactamente lo que yo estoy a punto de hacer también. Corro hacia mi moto y salgo disparado del recinto con los remordimientos pisándome los talones. Evangeline está bajo mi protección. Es mi puta empleada, así que un ataque contra ella es un ataque contra mí.
Y nadie se mete con los Reapers y vive para contarlo.
—¿Nombre?
—Eva —rezongo—. Eh, Evangeline Carter.
La recepcionista tarda demasiado, pulsando al menos noventa y siete teclas en su ruidoso teclado.
—Vale, la tengo. La han pasado al fondo.
Nova se abre paso a codazos a mi lado, plantando la palma de la mano sobre el mostrador que tenemos delante. —¿Cómo está? ¿Se encuentra bien?
He llegado unos minutos antes que él, pero he esperado en el aparcamiento. Sabía que vendría hecho una furia y no quería que hiciera algo impulsivo en caliente.
Y sí, quizá también estaba tratando de controlarme yo mismo.
La recepcionista teclea un poco más, sin desviar la mirada de la pantalla del ordenador. —Lo siento, pero no puedo dar ese tipo de información sobre los pacientes.
Él se inclina hacia adelante, apretando la mandíbula. —No le estoy pidiendo su historial médico. Solo quiero saber si está bien. Si está viva, si respira.
Siento que algo me tira del dedo meñique y miro hacia abajo para ver esos ojos castaños oscuros que quiero más que a mi propia vida.
—Hola, campeón. —Pongo mi mano sobre su hombro, acercándolo a mi costado.
Él se apoya en mí y me rodea con sus brazos lo mejor que puede. —¿Está Eve bien? Nan ha dicho que no se encontraba bien, así que ha tenido que ir al médico.
Miro hacia atrás y veo a mi madre. Se detiene detrás de Hunter, con la piel alrededor de los ojos tensa por la preocupación. —¿Cómo está?
Señalo con la barbilla hacia la mujer de detrás del mostrador. La misma que sigue ignorando a Nova. —Acabamos de llegar y, de momento, no nos han dicho ni una mierda.
—Ni siquiera me han dejado pasar con ella, y he sido yo quien la ha traído aquí —casi gruñe Bane.
La recepcionista suspira. —Lo siento, señor, pero no puedo dar...
Bane golpea el mostrador con la mano, sobresaltando a la recepcionista lo suficiente como para captar su atención. —Soy su puto marido. Así que, ¿por qué no me dice de una puñetera vez dónde está mi mujer?
A la recepcionista se le desencaja la mandíbula y, sinceramente, me haría un poco de gracia si no estuviera mirando de reojo y con incredulidad a mi primo.
—Ah, bueno, ¿por qué no lo ha dicho desde el principio? —balbucea ella—. Eso lo cambia todo.
—Sí, bueno, yo también soy su marido —espeta Nova, apoyándose en los talones y cruzándose de brazos sobre el pecho.
—¿C-cómo? —la recepcionista hace una pausa, con las manos suspendidas sobre el teclado.
—Vaya, y yo también. Así que, ¿por qué no nos dice dónde está nuestra mujer, eh?
Ella cierra la boca de golpe y nos mira con los ojos entrecerrados a los tres. —Mentir sobre su relación familiar es una forma de que les escolten fuera del St. Mary's, caballeros.
Mi madre da un paso adelante, apoyando la mano en mi espalda. —Cielo, ¿por qué no te ahorras el dolor de cabeza y les dices a mis chicos dónde está, eh?
—¿Y quién es usted, cielo? ¿Su mujer? —la recepcionista arquea una ceja, con sarcasmo evidente y los labios apretados en una mueca de desdén. Es un contraste muy marcado con su asombro genuino de hace apenas treinta segundos.
Mi madre capta el desafío y lo acepta. —No, encanto, soy su madre. —Mueve la cabeza hacia la izquierda, hacia nosotros—. Así que supongo que eso también me convierte en la madre de ella.
—¡Pues ella es mi niñera! —clama Hunter, poniendo demasiada posesión en esas pocas palabras.
La recepcionista se inclina sobre el mostrador que nos separa y mira a Hunter.
Mantengo la vista fija en ella mientras le acaricio el hombro a mi hijo para reconfortarlo. —Así es, campeón, claro que lo es. Tenemos que ser pacientes con la gente, ¿verdad? A veces no se dan cuenta de quiénes somos.
Se hace un momento de silencio. La recepcionista deja que su mirada recorra a nuestro grupo antes de centrarse en mí. Es tan molesto como el zumbido constante de un mosquito en la cara.
No tiene nada que ver con lo que siento cuando los ojos de Evangeline se posan en mí.
Y esa comparación es suficiente para que se me erice el vello de la nuca.
Otra vez. Aprieto los dientes, dispuesto a asumir este papel que se me ha asignado.
Un papel que nunca supe si realmente quería o si creía quererlo solo porque era lo único que conocía.
Era una posición en esta comunidad que le otorgó a mi padre muchos privilegios mientras llevaba el parche.
Nunca he alardeado de mi parche, nunca he jugado a ese juego. Nunca he sentido la necesidad de hacerlo. Pero quizá mi inclinación por la paz se confunda con debilidad. Quizá sea hora de ponerle remedio, empezando por la mujer que me obstaculiza el paso.
Solo hay un puñado de personas en este mundo por las que aceptaría plenamente el parche, y cuatro de ellas están a mi lado.
Y les importa que ella esté ahí dentro, sufriendo. Sola.
Así que ahora a mí también me importa, joder.
Y esta mujer se interpone en mi camino. Es un obstáculo que hay que eliminar, y no voy a perder más tiempo con este estúpido juego.
El pelo de Hunter me roza el antebrazo cuando ladea la cabeza para mirarme. —¿Quiénes somos, papá?
Miro fijamente a la recepcionista, con la paciencia agotada hace ya mucho tiempo. —Somos los putos Reapers.
—Bote —murmura Hunter.
A la recepcionista se le agrandan los ojos y veo cómo el miedo le tensa las facciones.
—Bien. Veo que nuestra reputación nos precede. —Me inclino, apoyando el codo en el mostrador—. Ahora díganos dónde está ella.