44 Bane
CUARENTA Y CUATRO
BANE
Ha gritado el nombre de mi primo. Pero teniendo en cuenta que hace nada que lo he dejado a él y a Silas discutiendo en el aparcamiento, sé que no está aquí.
Lo cual significa que está en apuros.
El corazón se me sube a la garganta mientras mi mente se sumerge en una espiral con los peores escenarios posibles. ¿Están moviendo ficha ya los Savage Souls y los Hell Hounds? Parece algo chapucero y aleatorio.
A menos que nos hayan estado vigilando. La habrían visto con todos nosotros.
Apago las luces y abro la alforja al mismo tiempo. Dos segundos después, avanzo sigilosamente por la pared exterior de la casa, con mi pistola favorita levantada y lista.
Hace mucho tiempo que no la uso. Y me alegraba de ello. Pero nunca me he sentido tan jodidamente agradecido de llevarla encima como en este preciso momento.
No tengo ni idea de en qué situación me estoy metiendo, pero si hay algo bueno que mi madre siempre me enseñó es a prepararme para lo peor.
La puerta principal está entreabierta, pero Evangeline está en silencio. No sé si es una buena señal o una muy mala.
A la mierda. Es hora de acabar con esto.
Empujo la puerta con el pie, dando un toque con el tobillo para que la puerta salga volando contra la pared de atrás.
Allí, agachado sobre la figura tendida de mi chica, hay un hombre muerto que camina.
No le advierto ni le doy oportunidad de explicarse. Apunto mi arma y aprieto el gatillo.
Suelta un gruñido de sorpresa mientras se lleva la mano al pecho y cae en las escaleras, junto a ella.
Bueno, eso no es suficiente ni de coña.
Entro corriendo en la casa, plenamente consciente de que podría haber más gente al acecho. No bajo el arma mientras subo los escalones de dos en dos hasta llegar a ellos.
Me arrodillo junto a Evangeline, con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho como si alguien hubiera metido la mano y lo hubiera estrujado sin piedad. Presiono mis dedos contra el lateral de su cuello y suspiro al sentir su pulso. Fuerte y constante.
Se me escapa un suspiro de alivio y murmuro un agradecimiento silencioso a quienquiera que me escuche.
Odio dejarla, pero primero tengo que despejar la casa. Rozo su frente con mis labios y recorro habitación por habitación en tiempo récord. Vuelvo a su lado y saco mi teléfono. Tengo que informar de esto.
Y llamar a un equipo de limpieza. Miro al gilipollas desparramado por la escalera. Por mucho que quiera moverlo, es mejor dejarlo donde está. Así el equipo sabrá exactamente por dónde tiene que limpiar.
Busco su contacto en el móvil, lo pongo en altavoz y dejo el teléfono junto a la cabeza de ella.
Responde al primer tono. —Si vas a echarme un sermón, ahórratelo —dice Silas.
—Reúnete conmigo en el hospital St. Mary en quince minutos. —Mis palabras son cortantes. Me importa un bledo su disputa de antes con Nova.
—¿Quién? —La palabra retumba en la línea como un trueno.
—Evangeline.
Él inspira hondo. —¿Qué ha pasado?
—He ido a su casa y he pillado a alguien robándole. A punta de pistola.
—Hijos de puta —escupe.
Puedo sentir su rabia a través del teléfono. Sirve de leña para mi furia, que ya es explosiva. La reprimo. De nuevo. Y me centro en ella.
—Necesito limpieza.
—Joder. ¿No hay respuestas, entonces?
—No, no he tenido otra opción. Ya sabes que no lo habría liquidado si no fuera necesario. —No es que me opusiera moralmente a liquidar a nuestros enemigos. Pero ni siquiera sabemos quién es este imbécil.
Podría ser cualquier tipo al azar, por lo que sabemos.
Excepto que en Rosewood nunca hay nada al azar.
—Yo me encargo. —Se aclara la garganta—. ¿Ella está herida?
—Sí, está jodidamente herida. Le ha dado golpes, creo. La llevo a St. Mary para que la revisen.
—Te veré allí. ¿Se lo has dicho a Nova?
—Tú has sido mi primera llamada.
—Yo le llamaré. Seguramente esté allí pronto —advierte.
—Bueno, tendrá que dar media vuelta entonces. —Termino la llamada y vuelvo a guardarme el móvil en el bolsillo.
Le examino la cara y noto que tiene sangre en un lado, por el nacimiento del pelo. Deslizo las yemas de los dedos por su ceja izquierda.
—¿Evangeline? —murmuro. Sus pestañas tiemblan al sonido de mi voz—. Vamos, cielo. Abre esos ojos tan bonitos para mí.
Parpadea varias veces antes de centrar la vista en mí. —Bane —susurra—. Estás aquí.
—No estaría en ningún otro sitio.
Ella sonríe; es una sonrisa tenue que no le ilumina los ojos, pero me conformo con eso.
Se incorpora para sentarse, alargando la mano para agarrarme el bíceps.
Deslizo mi brazo por debajo de su espalda, reacio a moverla hasta saber qué ha pasado.
Pero si es capaz de moverse por sí sola, no debe de tener nada importante roto. Al menos, no externamente.
—Realmente eres mi caballero de brillante armadura. —Su voz es suave, llena de asombro.
Dejo que mi mirada recorra su rostro, memorizando cada pequeño detalle. —Solo para ti, cielo.
Se le corta la respiración al oír el apodo, como siempre. Y entonces hago algo en lo que llevo ocho largos años pensando.
Rozo sus labios con los míos y susurro: —Te he echado de menos, Evangeline. He pasado los últimos ocho años soñando con tu sabor.
Ella entreabre la boca y exhala mi nombre, como si fuera una oración. —Lincoln.