42 Evangeline
CUARENTA Y DOS
EVANGELINE
Oigo un ruido sordo por encima del suave murmullo del agua al correr. Cierro el grifo y me seco la cara. Ha sido rápido. No lo esperaba tan pronto. Pero eso debe de ser algo bueno, ¿verdad?
Llevo unos minutos en casa. Lo primero que he hecho ha sido subir disparada y quitarme el maquillaje.
Jagger ha esperado a que yo estuviera dentro antes de salir del camino de entrada, un detalle que me parece tierno. En realidad, el hecho de que me haya seguido hasta casa ya ha sido un detalle, aunque lo haya hecho como un favor a Nova.
La culpa se arremolina en mis entrañas como un torbellino. No le creo ni por un segundo eso de que yo no causara... lo que sea que haya sido eso.
Quizá sea presuntuoso por mi parte pensar que ha sido todo por mí, pero definitivamente ha tenido algo que ver conmigo.
También está el hecho de que estaba disfrutando de cómo se sentía Silas entre las piernas. Sí, eso añade una pizca de vergüenza a mi tormenta de culpa.
Siento todo el cuerpo sudado, y no me gustaría nada más que meterme en la ducha y lavarme para quitarme de encima los eventos de esta noche. Pero otro golpe suena en algún lugar fuera, así que la ducha tendrá que esperar. Supongo que Nova ya está aquí.
Y tiene que ser Nova, porque no hay forma de que Silas venga corriendo tras de mí. Por favor, no puedo imaginar a ese hombre doblegándose ante nadie, y mucho menos ante su niñera.
Que es todo lo que seré a sus ojos. Ni siquiera tengo energías para analizar esos sentimientos esta noche.
Y no sé dónde demonios estaba Bane, pero no era en la sede del club.
Así que, sí, eso deja a Nova aporreando mi puerta principal. No sé si debería estar molesta conmigo misma por mi alivio instantáneo. O simplemente deleitarme en el hecho de que ya esté aquí.
No negaré que hay algo seductor en un hombre poseído por la necesidad de ayudar a su mujer. O, qué demonios, quizá sea solo cosa mía.
Juro que mi feminismo sale volando la mitad de las veces que estoy cerca de esos hombres St. James.
Creo que tenemos que hablar esta noche. Una conversación en la que intente articular que siento una atracción creciente por su hermano y su primo. Además de lo que siento por él.
Y luego, tal vez si todo va bien, pueda convencerle para que se meta conmigo en la ducha.
Aunque lo que he dicho iba en serio. No quiero causar problemas a nadie. Son familia.
Y no conozco a Hunter desde hace mucho, pero es fácil quererle. Jamás querría que su vida fuera confusa o complicada.
Sobre todo, odio que Silas tuviera algo de razón. En cierto modo.
Es difícil recordar cuál era su punto cuando sus labios estaban tan cerca de los míos. Habría jurado que estaba a dos segundos de besarme de verdad.
Oigo otro golpe sordo. Este parece venir del salón.
Estoy bastante segura de que he echado la llave a la puerta, aunque todo el mundo me dice repetidamente que no hace falta.
Es una costumbre mía, y excepto por aquella vez con Bane, la puerta principal permanece cerrada incluso cuando estoy en casa.
Me tomo mi tiempo para vestirme, pensando en hacerle sudar un poco más. Me pregunto si me habrá traído patatas fritas en lugar de flores. Suelto una risita al imaginarlo en mi mente organizando un elaborado despliegue de patatas y salsas en la isla de la cocina.
Vestida con una camiseta de talla grande que he encontrado en una caja de mis cosas viejas y unos pantalones cortos, me recojo el pelo en un moño desordenado.
La camiseta es tan vieja que el dibujo está casi borrado, pero creo que es de algún grupo de los noventa.
El cuello está estirado, así que siempre se me resbala por el hombro.
Pero puede que sea la camiseta más suave que tengo y, ahora mismo, me vendría bien un poco de consuelo.
Bajo las escaleras saltando, pensando en Nova y las patatas fritas cuando el sonido me pone en alerta.
No es que estén llamando a la puerta principal, ni siquiera es Nova preparando nada en la cocina.
Alguien está hurgando entre los montones de cosas de la abuela Jo en el salón.
Me acerco de puntillas, con el corazón dándome vuelcos en el pecho. No, no es alguien. Son tres personas. Van vestidos con colores oscuros y llevan gorros o pasamontañas. Murmuran entre ellos, arrojando todo lo que pillan en grandes bolsas de basura negras.
Mi mano vuela al bolsillo trasero, donde siempre guardo el móvil. Pero cuando toco el suave nailon, recuerdo que lo he dejado arriba. Maldigo el hecho de que estos pantalones cortos no tengan bolsillos mientras paso por una crisis de pánico absoluto de cinco segundos.
No sé quién está en mi casa, ni cómo han entrado, ni si van armados.
Conclusión: necesito mi móvil.
Intento estabilizar mi respiración mientras doy un paso atrás para subir las escaleras. Y espero con todas mis fuerzas que no se den la vuelta y me vean. Doy otro paso atrás, manteniéndome de puntillas.
Este escalón cruje y me quedo helada. Es un ruido quedo, lo bastante suave para que crea que no lo han oído por encima de sus murmullos bajos. El corazón me retumba en los oídos y una ola de miedo me recorre el cuerpo.
Su conversación no se detiene, así que no hay peligro. Subo otros dos peldaños antes de que se produzca otro crujido. Y sé que estoy en problemas. Es fuerte, demasiado fuerte para pasar desapercibido.
—Oye, ¿has oído eso? —pregunta alguien con la voz un poco más alta, como si se acercara hacia mí.
No tengo tiempo para pensar. Giro sobre el talón y salgo corriendo escaleras arriba. Solo consigo subir dos escalones antes de que una mano se cierre alrededor de mi bíceps.
—¿A dónde cojones crees que vas? —gruñe una voz grave justo detrás de mí.
Lucho contra el agarre, sacudiéndome todo lo que puedo para soltarme. Mis pies descalzos resbalan en los escalones y pierdo el equilibrio. La persona que me sujeta gruñe y me estampa contra la pared con tal fuerza que me deja aturdida.
—¿Qué tenemos aquí, eh?
Miro a la persona que tengo delante. Es el más alto de los tres, y me mira con lascivia mientras los otros dos esperan junto a la puerta principal.
—¿Qué pasa? —pregunta uno de los otros.
—Nos hemos encontrado un regalito extra —dice el tipo alto que tengo delante. Suena demasiado alegre para la situación, y eso hace que algo dentro de mí se encoja de miedo.
—¿Qué queréis? —me aplasto contra la pared, intentando parecer lo más pequeña posible. Me alejo un poco más, preparándome para subir otro escalón centímetro a centímetro y alejarme de él.
—Todo —responde él.