Tentación (Rosewood 1) 38 Evangeline
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38 Evangeline

TREINTA Y OCHO

EVANGELINE

—Apenas te conozco. Mantengo un tono ligero—. A menos que cuentes cómo se siente tu lengua dentro de mi coño...

Él tartamudea y un chorro de cerveza sale disparado de su boca.

Sigo con mi pensamiento, como si no hubiera obtenido de él la reacción exacta que quería. —Entonces supongo que te conozco bastante bien.

Arquea una ceja y se pasa el dorso de la mano por la boca. —Oh, eso siempre cuenta, cielo.

—Cuéntame algo sobre ti. —Apoyo la espalda en la barra tras de mí. Estamos en el extremo, cerca de la pared. Hay suficiente espacio a nuestro alrededor para no tener que gritar para que se nos oiga por encima de la música y la conversación.

Y hay mucha música y mucha conversación en la sede de los Reapers. Está más limpia de lo que esperaba, pero apuesto a que no lo estará mañana por la mañana, cuando termine esta fiestecita.

Nova invade mi espacio y me observa con una sonrisa de suficiencia. —¿Quieres tener una conversación profunda aquí? ¿Ahora?

Mi sonrisa se transforma en una expresión seria y asiento un par de veces, apretando mi bebida contra el pecho. —Tienes razón. Este no es lugar para ese tipo de charlas. —Siento que la boca se me curva en una sonrisa pícara—. Juguemos a verdad o atrevimiento en su lugar.

Le da un trago a su cerveza, pero puedo ver su sonrisa tras la botella. —Solo si me toca empezar a mí.

Sacudo la cabeza y el pelo se me escapa de detrás de la oreja. —Ni hablar. La idea ha sido mía. Eso significa que sin duda empiezo yo.

Se ríe, un sonido profundo que me calienta algo en el pecho. —Está bien, adelante.

Frunzo los labios para evitar que la sonrisa se ensanche demasiado. Estoy totalmente radiante por este juego, reconozcámoslo, juvenil. —¿Verdad o atrevimiento?

—Atrevimiento —dice rápido, con un destello de emoción en los ojos.

—Te reto a que me beses.

Para ser un reto, es uno sólido. O lo sería si no nos hubiéramos besado ya antes. Pero tengo una estrategia. Se trata de jugar a largo plazo.

—Si querías besarme, Evangeline, no tenías por qué retarme. Te besaré en cualquier momento. —Da un paso adelante—. En cualquier lugar. —Desliza la mano por el lateral de mi cuello, inclinando mi cara hacia la suya—. En cualquier parte —murmura contra mis labios.

Me estremezco ante su insinuación, pero me distrae con su boca contra la mía. Su lengua roza la comisura de mis labios, incitándolos a abrirse con facilidad. Nuestras lenguas se encuentran en un beso lento y exploratorio. Se aparta demasiado pronto, y ya sé que tengo las mejillas encendidas.

—Mi turno. —Sonríe, todavía de pie frente a mí—. ¿Verdad o atrevimiento?

—Atrevimiento —murmuro.

—Te reto... —Sus labios rozan los míos, una provocación susurrada solo para mis oídos—... a subirte a la barra y bailar con las conejitas.

Arrugo la nariz ante el uso del término «conejitas», pero lo paso por alto cuando pone su gran palma en mi cadera en un gesto posesivo.

Me acerco a él y apoyo el brazo en su hombro, jugueteando con el pelo de su nuca. Deslizo mi boca por su mandíbula áspera y me detengo al llegar a su oreja. —Si estás intentando ver si voy de farol, te vas a quedar con las ganas, Nova. Estuve diez años en danza en mi ciudad. Esto no es nada.

Sus manos se asientan en mi cintura, y las puntas de sus pulgares rozan mis costillas. —Pues sube ahí, cielo. Hazme tragarme mis palabras, y luego yo me comeré tu precioso coño.

—Promesas, promesas. —Esbozo una sonrisa burlona.

Me alza hasta la barra; me quedo sin aliento por la imagen sucia que me ha pintado. Seguro que lo ha hecho a propósito, este granuja.

La música está alta, los altavoces vibran con una canción country que solo he oído un par de veces. Siento un momento de pánico cegador, como un destello blanco que cruza mi visión.

Esta no soy yo: bailar encima de las barras, tomar más de dos copas, dejar que un chico me susurre guarradas al oído. Pero es un pensamiento fugaz, desaparece en cuanto las dos chicas a mi lado entrelazan sus brazos con los míos.

Puede que no hubiera hecho esas cosas antes, pero eso no significa que no pueda divertirme ahora.

Me río, el sonido se funde con la música que retumba en las paredes, y me pongo a bailar con las chicas.

Es como un remix de hip-hop y two-step, y pillo los pasos fácilmente.

Muevo las caderas, muevo los brazos, hago girar a la chica de mi izquierda —no recuerdo su nombre—; nuestras melenas vuelan tras nosotras.

Siento muchas miradas sobre mí, pero solo me importan las suyas. Busco los ojos de Nova y le lanzo un guiño coqueto. Su mirada se ensombrece mientras me recorre entera con la vista y le da un trago largo a su cerveza. Alguien debe de habérsela pasado, porque no tenía bebida cuando me subió aquí.

Silbidos y piropos atraviesan el silencio en el momento en que termina la canción. Me río, sin aliento y eufórica. Me siento ligera y casi radiante, como si pudiera hacer cualquier cosa ahora mismo.

Me giro hacia Nova y me agacho hasta que mi culo toca mis talones. Enrollo las manos en el borde de la barra, con los labios curvados en una sonrisa. Le he sorprendido, lo sé.

—¿Has visto suficiente? —bromeo, arqueando una ceja.

Su mirada es ardiente mientras me recorre. Deja la cerveza en la barra, junto a mí, y se acerca. Desde este ángulo, soy un par de centímetros más alta que él.

—Creo que necesito mirar más de cerca —dice, con su voz como un rugido bajo.

Mi sonrisa se ensancha y me acerco, mis labios buscan los suyos en un momento de deseo instintivo. Sus manos se deslizan hacia mis costillas en cuanto sus labios encuentran los míos.

Pequeñas chispas de placer me recorren y gimo suavemente en su boca. Intensifica el beso, su lengua se desliza contra la mía en un enredo febril. Estoy tan concentrada en lo que siento que apenas me doy cuenta de que me está bajando de la barra.

Mis pies tocan el suelo, pero no me suelta de inmediato. Una palma se desliza desde mis costillas, por mi espalda, hasta el pelo de mi nuca.

Su mano debería resultarme dominante al rodearme la nuca de esa forma, manteniéndome exactamente donde él quiere.

Pero no lo hace.

Me hace sentir audaz, como si él pudiera manejar cualquier cosa que le eche.

Él rompe el beso primero y se aparta lo justo para sonreír contra mis labios, ahora hinchados. —Tú ganas, cielo. Y tengo que decir que estoy deseando que te cobres el premio.

Se me escapa una carcajada. Un sonido alegre y despreocupado. Exactamente así es como me hace sentir Nova.

Me gusta tomarle el pelo diciéndole que es demasiado encantador para su propio bien, y sigo sosteniéndolo. Pero su inagotable seguridad en sí mismo es simplemente parte de él. Y no hay nada en él que no me resulte atractivo.

Además, el hombre me besa con una pasión que creía reservada a las novelas románticas y a aquel famoso beso de fin de guerra.

No nos conocemos desde hace mucho, pero no lo parece. Parece que podríamos deslizarnos por la vida juntos con mucha, mucha facilidad.

Nada en mi vida me había resultado tan sencillo antes. Podría volverme adicta a él.

—Yo también estoy deseándolo. —Me pongo de puntillas y le planto un beso casto en los labios.

Su mano se asienta justo en la curva de mi culo. Es un movimiento posesivo, una declaración ante todos los presentes. No es que nadie me haya tirado los trastos ni nada parecido. Pero mentiría si dijera que no me encanta cómo se siente.

Me acerco y subo la voz para que pueda oírme por encima de la música. —Voy un momento al baño.

—Voy contigo. —Su respuesta es instantánea.

Resoplo y pongo los ojos en blanco, aunque él no pueda verme. —Está literalmente al otro lado de la sala. Estaré bien. Quédate aquí y habla con tus amigos. —Le doy un par de palmaditas en el pecho, señalando con la cabeza a los Reapers que están en un semicírculo informal al otro lado de él.

Desliza su mano por la parte baja de mi espalda y me besa la sien. —Te vigilaré desde aquí. Ese es mi compromiso.

Suelto una risita y me separo de él. —Vuelvo enseguida.

Sigo riendo para mis adentros mientras esquivo un largo sofá en forma de L abarrotado de gente. Estoy casi segura de que hay personas a punto de follar en aquel rincón poco iluminado. Nunca he probado el voyeurismo —bueno, aparte de nuestro pequeño encuentro en el autocine⁠—.

Pero no es lo mismo que enrollarse en medio de una fiesta como esta. No estoy segura de si me gustaría. Pero nunca digas nunca y todo eso.

Estoy ocupada pensando en enrollarme con Nova mientras cierto Reaper mira y tal vez se une, cuando una mano me rodea el bíceps y me empuja hacia el pasillo.

Aquí está oscuro; los apliques de las paredes proyectan un resplandor suave, casi anaranjado. Tropiezo, pero su agarre fuerte me mantiene erguida. Por un segundo pienso que es Nova, que de algún modo me ha leído el pensamiento.

Pero entonces me empuja contra la pared. Y no es Nova. Ni siquiera es Bane.

Es Silas.