Tentación (Rosewood 1) 39 Evangeline
80%

39 Evangeline

TREINTA Y NUEVE

EVANGELINE

—¿Qué pasa? ¿Está Hunter bien?— Es lo primero que sale de mi boca. En mi estado ligeramente ebrio, es la única razón que se me ocurre para que me haya sacado de allí así.

—Por supuesto que Hunter está bien— lo dice como si le ofendiera la simple pregunta. Como si fuera un ataque contra él.

—Vale.— Lo miro, pegando la espalda a la pared que tengo detrás.

Respira con dificultad, inclinándose sobre mí con una mano a cada lado de mi cabeza. Me recuerda a uno de esos héroes románticos de las novelas históricas que Nana Jo guardaba en su mesilla de noche. Todo melancólico e intenso.

Pero esto no es una novela, y yo no soy una heroína que se desmaya.

Casi nunca.

—¿Entonces qué pasa?— Frunzo el ceño y escudriño lo poco que puedo ver de su cuerpo, buscando heridas evidentes. No imagino otra razón por la que estaría aquí, así.

—¿Que qué pasa?— Su voz es engañosamente tranquila mientras se me acerca.

Nuestros cuerpos están pegados de cintura para abajo, y él apoya los antebrazos en la pared.

Bajo la mirada en cuanto siento su polla, gruesa y dura contra mi bajo vientre. No entiendo muy bien qué coño está pasando ahora mismo, pero no estoy segura de necesitar entenderlo.

Nuestros cuerpos parecen saber exactamente lo que ocurre. Me arqueo contra él por instinto, y él usa sus caderas para mantenerme quieta.

—Lo que pasa, Evangeline, es que he recibido diez mensajes distintos diciendo que mi dulce niñerita estaba moviendo el culo encima de mi barra.

Su aliento roza mis labios y reconozco el olor a whisky. Apuesto a que bebe del caro, en una copa elegante. Probablemente nunca se excede. Es demasiado responsable para tales frivolidades.

Excepto por lo visto esta noche.

Echo la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Apenas puedo verla bajo la sombra de su gorra de béisbol.

Sin decir palabra, levanto la mano y le doy la vuelta a la gorra. Ya está, ahora puedo ver sus ojos. Están furiosos, ardientes como el metal fundido y oscuros. Parece un hombre poseído, y me pregunto vagamente si estoy viendo un lado suyo que nunca me habría mostrado voluntariamente.

Es curioso lo que puede hacer el alcohol. En cierto modo, puede ser liberador. Pero todo es una ilusión. Algo a lo que echarle la culpa si nuestros verdaderos deseos se encuentran con el ridículo y la vergüenza.

Qué deseará Silas, me pregunto.

—¿Y qué tiene de malo bailar?— pregunto.

Veamos hasta dónde se dobla Silas St. James. Quiero forzarlo un poco, pero no tanto como para que se rompa.

Flexiona las rodillas y presiona sus caderas contra las mías, y oh, joder, joder.

Los planos duros de su cuerpo se presionan contra mí, mis pechos aplastados contra su torso. Sus caderas se mueven sutilmente, presionando contra el calor creciente entre mis muslos. El aliento se me entrecorta de nuevo y me muerdo el labio mientras el deseo se acumula en mi entrepierna.

No puedo evitar balancearme contra él. Muerdo con más fuerza para reprimir el gemido que desea desesperadamente escapar.

—Ahora todos los cabrones que hay ahí dentro van a imaginarte a ti cuando pongan a una bunny a cuatro patas sobre la superficie más cercana—, gruñe.

Tardo un segundo en asimilar sus palabras, pues la bruma lujuriosa me envuelve por completo. La confusión atraviesa mi pequeña burbuja y parte de la niebla se disipa.

—No es asunto mío lo que hagan o piensen los demás mientras lo están haciendo.

—Están follando, Evangeline. Si no eres capaz de decir la palabra, entonces no deberías estar aquí participando.

Mi rostro se enciende de ira y deseo a la vez. Es una combinación potente. —No me da miedo decir la palabra follar, Silas.— Miro sus labios, carnosos como si se los hubiera estado mordiendo esta noche. —De hecho, quizá por eso estoy aquí: para follar con alguien.

No es una mentira, pero tampoco es exactamente la verdad. No necesito venir a su club para andar follando. Pero mentiría si dijera que no he fantaseado con todas las formas y lugares en los que Nova podría compensarme esta noche.

Sus labios se aprietan en una línea recta y veo cómo aprieta los puños por el rabillo del ojo.

—¿Ah, sí?— Me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja, con la mirada siguiendo el movimiento de su mano. —¿Estás intentando destruir mi club?

Niego con la cabeza, muda.

—¿Solo a mi familia, entonces? Qué mariposa tan hermosa y venenosa eres, Evangeline Carter— susurra contra mis labios. —Tan hermosa. Tan tentadora.

Su mano izquierda desciende desde la punta de mi pelo por mi costado, recorre la curva de mi cadera y se posa en la parte exterior de mi muslo.

Me viene un recuerdo de cómo me agarró el muslo cuando me llevó en la parte de atrás de su moto. Es un fuerte contraste con la forma en que ahora desliza suavemente las yemas de los dedos hacia mi cintura. Me obsesiono con la sensación, y el vello se me eriza por toda la pierna.

Suelto un pequeño suspiro, aunque sale más bien como un gemido. Debería ser ilegal que algo tan inocente se sienta tan indecente.

Pero no son solo sus dedos acariciando mi piel. Es la forma en que me arrincona contra la pared y rompe cualquier ilusión de espacio entre nosotros. Es la forma en que su polla apenas se roza con mi coño, enviando pequeñas descargas de placer por mi columna.

Es la forma en que me hace sentir audaz.

—¿Te tiento, Silas?

Baja la cabeza una vez. —Pensé que eras mi tentación y de nadie más, pero ahora lo sé.

Me pongo de puntillas, acercándome a él todo lo posible. Sin embargo, no seré yo quien cierre esa distancia. Con cualquier otro hombre, tomaría el mando encantada. Pero no con Silas St. James.

No, él tiene que ser quien tenga el control.

—Te equivocas. En tantas cosas...— le digo. Desde tan cerca, todos sus rasgos se desdibujan y lo único que destaca son sus ojos.

Se han oscurecido hasta el azul más profundo, como una tormenta que se gesta sobre el lago.

Es el último pensamiento que tengo antes de que estalle el caos.