37 Evangeline
TREINTA Y SIETE
EVANGELINE
Es sábado por la mañana y tengo el día libre en mi nuevo puesto de niñera. Lo cual, para ser sincera, todavía me parece una locura. Cora no parecía muy entusiasmada con el tema, pero ya se hará a la idea.
En realidad está bastante bien que libre hoy, teniendo en cuenta que apenas he avanzado nada en Magnolia Lane desde que empecé.
Unos golpes en la puerta me sobresaltan; me levanto de la mullida alfombra del salón y me dirijo a la entrada.
Los mismos montones de cosas de la abuela Jo siguen esparcidos por todas partes, así que tengo que serpentear alrededor de una caja de figuritas y saltar por encima de una pila de bordados de punto de cruz.
Añado mentalmente otra tarea a mi lista de hoy: llamar a la tía Hazel para que venga a empezar a revisarlo todo.
Me muerdo el interior de la mejilla al pensar en ponerme en contacto con mi madre para ofrecerle lo mismo. Ni siquiera sé si vendría, pero me parece que quizá sea lo correcto.
Si, ya sabes, no tengo en cuenta lo que dijo Lizzy el otro día. Solo de pensar en tenerlos a los dos y a mi padre aquí dentro me entran escalofríos. Probablemente tendría que limpiar el sitio con salvia después.
La silueta de un hombre es visible a través de los cristales esmerilados de la puerta principal, y una sensación de déjà vu me golpea con fuerza. El corazón me da un vuelco y me siento un poco culpable por desear al instante que sea Bane quien esté al otro lado de la puerta.
También me alegraría igual ver a Nova. Pero hay algo en Bane que sigue atrayéndome.
Abro la puerta y mi rostro se ilumina con una amplia sonrisa.
Bane está en mi porche con lo que empiezo a suponer que es su estilo característico: el chaleco de los Reaper sobre una camiseta negra y vaqueros. El pelo un poco despeinado, lo suficiente como para que me imagine pasando los dedos por él.
Y sostiene una bandeja de cafés helados para llevar.
—He pensado que te vendría bien un poco de ayuda, sobre todo ahora que cuidas de Hunter. Sé de primera mano lo salvaje que puede ser ese niño.
Niego con la cabeza lentamente, sin que mi sonrisa disminuya ni un ápice. Abro más la puerta y le hago un gesto para que pase. —No es salvaje, solo es un niño de cinco años.
—Toma —dice él, agachándose y recogiendo dos cajas—. Estaban en tu porche.
—¿Qué, esta vez no hay donuts? —bromeo, cogiendo las cajas.
—Oh, te tengo preparada una sorpresa, nena. —Su voz es baja, pero ese apodo me provoca un escalofrío por la espalda como si me lo hubiera susurrado directamente al oído.
Tiene el tipo de voz que se escucharía en los audiolibros: cautivadora y grave, con un toque de aspereza.
—¿Uno de esos es para mí? —le pregunto, siguiéndolo a la cocina y admirando de lo lindo cómo le quedan esos vaqueros.
—Chai helado «dirty», tal como te gusta. —Saca los dos cafés de la bandeja y me acerca uno de un empujoncito, dejando una pajita encima.
—Todavía no puedo creer que hayas acertado. Entre todas las combinaciones de café que hay en el mundo —reflexiono, poniendo la pajita y dando un sorbo.
Las primeras notas de vainilla cálida y cardamomo golpean mi lengua y suelto un suspiro audible. Juro que una parte de mi alma abandona mi cuerpo cada vez que pruebo el dirty chai perfecto.
Él gruñe un poco y le lanzo una sonrisa pícara. Le tiendo mi taza, moviéndola de un lado a otro lo suficiente como para que se oiga el tintineo del hielo. —¿Quieres probarlo?
—No, estoy bien con el mío. Eso es todo para ti.
Ladeo la cabeza y lo observo. —Eres demasiado bueno conmigo. Eso puede darle ideas a una chica.
Me mira fijamente, con una mirada pesada que recorre mis facciones. —Quiero que tengas ideas. Muchísimas ideas sobre mí.
Me sonrojo y no sé si es mi mente sucia la que va por ahí o si realmente lo ha dicho con doble sentido.
Me aclaro la garganta y busco las tijeras en la isla de la cocina.
—¿Qué hay en las cajas? —pregunta él, pasando por alto el momento como si nunca hubiera ocurrido.
—No estoy segura. No he pedido nada y ni siquiera he cambiado oficialmente mi dirección todavía. Probablemente sea algo de mi primo.
Corto la cinta adhesiva de los lados de cada caja y dejo las tijeras a un lado. Bane rodea la isla para ponerse a mi lado, con una curiosidad tan evidente como la mía.
Abro la tapa y frunzo el ceño. —¿Qué es todo esto?
Está llena de objetos aparentemente al azar. Cosas que podrías encontrar en una caja de recuerdos o en una cápsula del tiempo. Entradas de conciertos, cartas, fotos Polaroid borrosas, postales antiguas, uno de esos animalitos de peluche con bolitas dentro, un reloj infantil de color rosa neón.
El corazón me late con fuerza en el pecho y mi mente lucha por encontrarle sentido a todo esto.
—¿Esto es tuyo? —murmura él, metiendo una mano en la caja y moviendo algunas cosas.
Una flor prensada, un relicario de plata barato, una concha marina, una de esas monedas de un céntimo prensadas.
Niego con la cabeza, mientras la confusión me invade como agua helada, cruda y cortante. —No, debe de ser de otra persona. Quizá lo dejaron aquí por error.
Veo que arquea una ceja por el rabillo del ojo, pero no puedo despegar la vista del contenido de la caja. Hay algo familiar en algunas de estas cosas. Quizá sea familiar de la misma forma que lo es una infancia compartida. Estoy casi segura de que tuve uno de esos relojes cuando era pequeña.
—Probablemente sea una coincidencia, pero miremos dentro de la otra caja. Quizá nos diga para quién es. —Mi razonamiento suena débil, incluso para mis propios oídos. Pero estoy intrigada, aunque un poco asustada.
Abro la tapa de la otra caja, pero esta no está llena. De hecho, solo contiene un trozo de papel.
Una postal de aspecto antiguo con el cartel de «Bienvenidos a Rosewood». De antes de que la abuela Jo y el comité lo cambiaran y lo pintaran de nuevo cada verano.
Le doy la vuelta, esperando un mensaje espeluznante en el dorso como si estuviera sin saberlo en alguna película de terror. Pero está en blanco.
No sé si debería sentir alivio o preocupación.
Le enseño la postal a Bane. —Está en blanco. ¿Quizá sea alguna broma rara? Ya sabes, ¿enviarle al nuevo residente de Rosewood una caja con cosas al azar?
Su boca se tensa en un gesto serio y me la quita de los dedos. —Si existiera algo así, creo que lo sabría.
Pongo los ojos en blanco con picardía. —Claro. Olvidaba que los Reaper están al tanto de todo lo que pasa en este pueblo.
Él sonríe, con los ojos chispeando un poco mientras me mira por encima de la postal. —Ahora lo vas pillando.
—Bueno, supongo que me lo quedaré por ahora, para dar tiempo a quien fuera de darse cuenta de que lo dejó en la casa equivocada. Si no viene nadie en un par de días, lo tiraré.
—Hm —es todo lo que dice, todavía concentrado en la postal.
—¿Qué posibilidades tengo de convencerte para que me ayudes a seguir ordenando cosas? —Le pestañeo con coquetería, conteniendo la sonrisa.
No es hasta una hora más tarde, cuando Bane me está ayudando a clasificar la colección de vinilos del abuelo para asegurarnos de que todos funcionan, que me doy cuenta.
Esas cajas no tenían sello de correos. Alguien las dejó en mi puerta.
Más tarde esa misma noche, mucho después de que Bane se haya ido, me desplomo en el sofá con el brazo sobre los ojos. Mi teléfono vibra en el cojín junto a mi cabeza; lo alcanzo a ciegas y abro los mensajes al ver una notificación de Nova.
El corazón se me encoge en el pecho de la mejor manera posible. Esos sentimientos casi infantiles de alegría se extienden como miel templada por mis venas.
Nova: ¿Qué llevas puesto?
Yo: ropa
Nova: quítatela
La adrenalina entra en acción, potente y rápida.
Yo: ¿estás intentando que te mande fotos desnuda?
Nova: ¿y si dijera que sí?
Yo: no voy a mandarte fotos desnuda
Nova: ¿ni siquiera por mi cumpleaños?
Casi puedo imaginarme ese hoyuelo apareciendo y su amplia y contagiosa sonrisa.
Yo: ¿Es tu cumpleaños?
Nova: es mi medio cumpleaños
Yo: eso no cuenta
Nova: díselo a Hunter. Él dice que los medios cumpleaños merecen una celebración
Yo: No metas a Hunter en conversaciones de desnudos
Nova: así que estás desnuda
Me río, una carcajada franca y sonora, como si estuviera a mi lado soltando chistes en lugar de enviarme mensajes encantadores.
Qué demonios. Seguiré el juego.
Yo: antes no lo estaba, pero ahora sí
Su respuesta es instantánea.
Nova: voy para allá ahora mismo. Espérame
Mis pulgares vuelan sobre la pantalla mientras me río tontamente.
Yo: No, no. Estaba bromeando. No estoy desnuda
Yo: quiero decir, puedes venir de todas formas
Nova: estaré allí en diez minutos. Y por mucho que me pese decirlo, tienes que estar vestida
Yo: ¿Otra película?
Nova: Hay un asuntillo en la sede
Nova: Y quiero que estés conmigo
Mi mente evoca el tipo de fiestas en la sede que salían en esa serie que no puedo dejar de ver, y se me da un vuelco el estómago.
Yo: ¿Qué clase de asuntillo?
Nova: pequeño, informal. Copas, juegos y música.
Me paso la lengua por el labio inferior, con la emoción estallando en mi interior como una máquina de burbujas.
Yo: nos vemos allí
Nova: estaré esperando