Tentación (Rosewood 1) 34 Nova
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TREINTA Y CUATRO

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Aparcamos en casa de mi madre, más que encantados de ayudarla con la cena. Siempre sé que miente cuando dice que ha hecho comida de más, pero no me importa. Es un jueguecito al que le gusta jugar conmigo, como si yo no fuera a pasar tiempo con ella si no retorciera la verdad de esa manera.

Y como tenemos que informar a Silas y él está aquí, esta noche cenamos todos en casa de mi madre.

Bane pone la camioneta en punto muerto y yo salgo por la puerta al segundo siguiente. No es que tenga muchas ganas de detallar la sarta de mierda que hemos presenciado. Más bien es que necesito salir de un coche de una puta vez.

El impulso de subirme a mi moto y sentir el viento azotándome es fuerte. Pero mis ganas de comer una comida casera de verdad y desplomarme son más fuertes.

Aunque sacaré fuerzas para enviar algunos mensajes con mi chica, de eso no hay duda.

Silas está en el porche de mi madre, con los brazos cruzados con fuerza y las piernas bien plantadas.

—Ya lo hemos pillado, hermano, eres el jefe. Relájate, ¿quieres? —le grito, burlándome de él.

Siempre es tan rígido, tan serio. Solo puedo imaginarme lo tenso que se va a poner después de que lo pongamos al día.

Mueve la barbilla hacia mí. —Hablemos aquí fuera.

Subo los escalones del porche de dos en dos. —¿Qué? Mi madre ha dicho que la cena estaba lista.

—Lo está, pero vamos a hablar primero. No quiero que Hunter oiga nada —dice Silas, sin moverse de su posición frente a la puerta de rejilla.

En ese momento, oigo el chillido encantado de Hunter, que viene de algún lugar de fuera. Del patio trasero, si tuviera que adivinar. Ese niño puede convertir una caja de cartón y un neumático viejo en un juego que lo mantiene activo durante horas.

Arqueo una ceja y esquivo a mi hermano, abriendo la puerta de rejilla. —Parece que está fuera. Y estoy muerto de hambre. Llevamos demasiado tiempo dando rodeos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Silas, pisándome los talones.

—Hemos seguido nuestro antiguo protocolo, nos hemos asegurado de que no nos seguían antes de venir a casa —dice Bane desde detrás de mí.

—Me preguntaba qué demonios había pasado. ¿Qué habéis averiguado? —pregunta Silas.

—Estamos jodidos —suelto, siguiendo el delicioso olor hasta la cocina.

—Parece que los Savage Souls y los Hell Hounds están compinchados. Necesitamos aliados, Silas. Y los necesitamos ya —dice Bane, con un tono que transmite la gravedad de la situación a la que podríamos enfrentarnos.

Silas exhala. —Joder. Contadme exactamente qué ha pasado.

Desconecto del relato detallado de Bane, distraído por la mujer que corre por el patio trasero con Hunter. Una mujer con el pelo largo y oscuro, un culo perfecto en unos pantalones cortos vaqueros y una sonrisa que me hace doler el pecho.

Parpadeo varias veces, intentando aclarar la vista. Eso no puede ser cierto, ¿verdad? Quiero decir, ¿qué estaría haciendo ella aquí?

Me retumba la cabeza por llevar demasiadas horas despierto, y casi me he convencido de que no está aquí de verdad. Es un producto de mi subconsciente porque no ha salido de mi cabeza ni un momento.

—¿Han abierto fuego en una zona neutral de hace décadas? Es como si se hubieran meado en el pacto que hicieron todos los clubes —dice Silas.

—Sí, estaban lanzando un mensaje —dice Bane, mirando por las puertas correderas del patio.

Me conozco todos los dichos sobre pelear limpio. Y aunque estoy de acuerdo con el sentimiento en cierto nivel moral, toda esa mierda se va por la ventana en el momento en que me arrinconan.

Porque lo único más peligroso que un hombre que no tiene nada que perder, es un hombre que está protegiendo su mundo. Ese hombre romperá cada regla, cruzará cada línea y quemará el puto mundo entero para proteger a la gente que ama.

Y creo que podría amar a Evangeline Carter.

—¿Qué hace ella aquí? —interrumpo, indicando a la mujer de fuera con un movimiento de barbilla.

Silas se coloca a mi lado, hombro con hombro. —Es mi niñera.

Me echo hacia atrás y lo miro. —¿Qué?

Silas se encoge un poco de hombros, como si se estuviera acomodando la camisa o algo así. —He dicho que es mi niñera.

El corazón se me detiene en el pecho, y una sensación de pavor fría y viscosa recorre mis venas. ¿Podría haber sido todo esto una jugada para llegar a Silas? No sería la primera vez que una chica —o una bunny— usa esa táctica.

Pero maldita sea, porque nunca me importaron ellas de la forma en que ella ya me importa.

—¿Desde cuándo? —me siento orgulloso de lo firme que suena mi voz, considerando que por dentro me siento como si estuviera en medio de un pogo salvaje.

Silas se encoge de hombros, como si los detalles no importaran. Pero ese capullo no me engaña. Él siempre se fija en los detalles. —Desde hace un par de días, supongo. Mi madre la contrató. —Se gira para mirarme—. ¿Por qué? ¿La conoces?

—Vaya si la conozco. Es mi chica.

—No —dice Silas, sacudiendo la cabeza. Frunce el ceño profundamente—. Es mi niñera, tío. No la conocerías.

Le sonrío con sorna, dejando que los pensamientos de lo íntimamente que la conozco se reflejen en mi cara.

—Puede ser las dos cosas —dice Bane. Silas y yo lo miramos con furia, pero él no se inmuta—. Es verdad. No son excluyentes.

Algo en su tono no encaja y entrecierro los ojos para fijarme mejor.

—¿Y tú? ¿Tú también quieres intentar reclamar a mi niñera? —gruñe Silas.

Si no hubiera estado observando con tanta atención, se me habría pasado. Bane ha sonreído de medio lado, ha sido algo breve y rápido. Pero algo más le pasa, aparte del obvio asunto de la casa.

Y aún no se lo ha dicho a Silas. Lo cual es, posiblemente, lo más interesante.

Una idea brilla como si alguien hubiera encendido una bombilla. Me balanceo hacia delante sobre las puntas de los pies, sintiendo cómo una amplia sonrisa se extiende por mi cara.

—¿De qué estás tan contento? —dice Silas, con los labios apretados en una mueca.

—Acabo de darme cuenta de que ahora voy a pasar mucho más tiempo con ella. Así que esto de que sea la niñera en nuestra casa me viene de perlas —digo con una risita.

—¿Se te olvida que tienes un trabajo? —pregunta Silas.

—Qué va, puedo hacer mucho desde cualquier parte. Parece que voy a trabajar a distancia mucho más a menudo, hermano.

—Le pago para que cuide de Hunter, no para que flirtee contigo —espeta Silas.

Evangeline elige ese momento para entrar, gritando por encima del hombro: —Cinco minutos para la cena, Hunter.

Se da la vuelta, nos ve a los tres justo dentro de la cocina y da un respingo, con el cuerpo sacudido por la sorpresa.

—Cielo santo, necesitáis cascabeles o algo así. Me habéis dado un susto de muerte —dice, llevándose una mano al corazón y mirándonos a los tres—. Y otra cosa: ¿qué hacéis todos aquí?

—Ya sabes por qué estoy yo aquí —dice Silas, mirándola fijamente.

Ella asiente, sosteniéndole la mirada. —Cierto. —Inclina la cabeza hacia nosotros, como si le hiciera una pregunta silenciosa.

Los celos se disparan en mi interior. Quiero su mirada sobre mí. Debería estar en mí y no en él, después de haber pasado días sin contacto.

Doy un paso hacia ella. —Es mi hermano.

Su atención se desplaza hacia mí, y tengo que luchar contra la inclinación de pavonearme como un pavo real orgulloso que ha conseguido llamar la atención de la chica.

—Vaya. Qué pequeño es el mundo —murmura.

—Rosewood es pequeño —interviene Bane.

Evangeline le sonríe a Bane, y siento esa misma punzada de celos retorcerse dentro de mí. Quiero que solo tenga ojos para mí.

—Bueno, la cena está casi lista —dice, dándose la vuelta para volver a la cocina—. Hunter ha ayudado a hacerla, así que pido perdón de antemano si no sabe bien. Se le ha ido un poco la mano con el cilantro.

—¿No te quedas? —pregunta Silas.

—Ah, no. Pero gracias. He quedado para cenar con mi prima —dice, mirándome de reojo para calibrar mi reacción—. Nos vemos mañana por la mañana.

Silas solo responde con un gruñido. Típico de él.

Ella enciende la luz del horno y se inclina para mirar dentro. —Hm, unos minutos más y debería estar perfecto. Voy a despedirme de Hunter.

—Te acompaño a la salida —digo, situándome detrás de ella mientras sale fuera.

Me conformo con estar a su lado ahora mismo, observando la forma en que habla con Hunter. Se le da bien, muy bien.

Camino con ella hacia la parte delantera de la casa después de que Hunter reciba exactamente seis abrazos por su parte antes de dejarla marchar.

—Oye —dice, chocando su hombro con el mío—. Siento si esto es raro ahora. Que yo sea la niñera de tu sobrino.

Le paso el brazo por encima del hombro. —Qué va, no es raro. Solo me ha sorprendido verte, eso es todo.

—Bueno, para ser sincera no estaba segura de si iba a durar; sigo sin estarlo. Silas parece muy tiquismiquis con las cosas, y a mí no siempre se me da bien la estructura rígida, ya sabes.

—Lo entiendo, y que conste que creo que eres excelente con él. —La atraigo más hacia mí y le doy un suave beso en la coronilla.

—Tengo que irme —murmura, pero aún no sale de debajo de mi brazo.

—Nos vemos pronto, ¿vale? Tengo que solucionar unos temas de trabajo, si no, pasaría por tu casa esta noche.

Sus manos me rodean, y su risita contra mi pecho alivia el dolor de antes. —Qué confiado. Puedes pasarte cuando quieras, Nova.

Se aparta, y yo le rozo la comisura de los labios con los míos antes de que me suelte.

—Me estás malcriando, ¿lo sabes?

—¿Recuerdas lo que dije sobre eso? —le doy un beso en la sien.

—Lo recuerdo —susurra ella.

—Bien. Estaré encantado de recordártelo siempre que lo necesites —le digo, riendo entre dientes.

Se aleja y cruza el camino de entrada hacia su coche, en el que no me había fijado antes. La veo irse, con la cabeza dándome vueltas desde que hemos obtenido esta información.

Es difícil encontrarle sentido a las acciones malvadas de gente despreciable.

Seguirlos definitivamente nos ha dado algunas respuestas generales, pero ha abierto unas cincuenta más.

Hay demasiadas variables, y odio profundamente lo desconocido. Sé que tenemos que concertar una reunión con el sheriff, y solo espero que su sustituto sintonice con nosotros de inmediato. O nuestras vidas están a punto de volverse mucho más complicadas.