35 Evangeline
TREINTA Y CINCO
EVANGELINE
Mi teléfono vibra en la isla, a mi lado. He encontrado un pequeño archivador en el salón formal, escondido dentro de una vitrina. Está atestado de papeles hasta los topes.
Así que, aunque estoy cansada tras otro día divertido con Hunter, la casa de Nana Jo no se va a organizar sola.
Supongo que mi progreso se ralentizará considerablemente, ya que estaré ocupada la mayoría de los días con Hunter.
Pero cada pequeño avance ayuda, así que aquí estoy, bebiendo un delicioso chai helado y clasificando lo que resultan ser un montón de viejos manuales de electrodomésticos, extractos bancarios y papeles del seguro. Al menos por ahora.
Mi teléfono vuelve a vibrar y lo busco a ciegas. Deslizo para abrir las notificaciones y la sorpresa me curva un lado de la boca al ver los cuatro mensajes de texto en la pantalla.
Nova: ¿Estás en casa?
Nova: Porque yo sí
Nova: En tu casa, quiero decir
Nova: Abre la puerta, cielo
Me muerdo el labio inferior, arrastrando los dientes mientras pienso en cómo quiero responder.
Nova: Si te estás haciendo la difícil, está funcionando
Ahora me río abiertamente, y mis dedos vuelan por la pantalla incluso antes de que me dé cuenta.
Yo: No lo hacía, pero ahora como que me apetece
Nova: déjame entrar. Te he echado de menos
Yo: ¿y si no estoy en casa?
Nova: si no estás en casa, entonces te están robando unos fans de Taylor Swift. Puedo oír la música desde fuera.
Dejo el teléfono y camino por el pasillo hacia la puerta principal, apenas capaz de contener la sonrisa. La abro, encantada de ver a Nova en el porche. Parece recién salido de una sesión de fotos para una revista.
Viste unos vaqueros rotos, una camiseta verde oliva desgastada y su chaleco de cuero. Una barba de varios días le cubre la mandíbula y lleva el pelo revuelto, como si hubiera pasado los últimos minutos pasándose los dedos por él.
Está apoyado contra el marco de la puerta con una palma y levanta la mirada al sonido de la puerta. Un lado de su boca se curva en una sonrisa pícara y sus ojos prácticamente brillan de diversión.
Sostiene una bolsa de papel marrón con algo grasiento; los laterales se han oscurecido en algunos puntos.
—Hola, cielo. ¿Vas a invitarme a pasar?
Apoyo el hombro contra el marco de la puerta por la parte de dentro de la casa, cruzándome de brazos y pasando un tobillo sobre el otro. Me doy golpecitos en el labio inferior con la yema del dedo índice y finjo que me lo pienso.
—Decisiones, decisiones.
Su sonrisa se ensancha. —He aprendido la lección con los dónuts, así que esta vez he traído algo mejor. Patatas fritas.
Me rugen las tripas, traicionándome al instante ante la idea de nuestra comida favorita.
Me separo del marco y empujo la puerta con el dedo del pie para abrirla más. —Bueno, ¿por qué no lo habías dicho?
—La próxima vez empezaré por las patatas, anotado. —Entra en la casa, cerrando la puerta tras de sí y echando la cerradura.
—Ah, ¿así que habrá una próxima vez? —pregunto por encima del hombro mientras camino hacia la cocina. Esto todavía es muy nuevo.
—Sin duda. A veces tengo que hacer recados para el trabajo. No es a menudo, pero pasa.
—Vaya recado —murmuro mientras saco algunas salsas de la nevera.
—Oye —dice, y sus dedos rodean mi muñeca mientras voy a coger el kétchup.
Me sobresalto, pues no me había dado cuenta de que se hubiera movido tan rápido.
—Si hay algo que quieras preguntarme, hazlo, ¿vale? Porque esto que hay entre nosotros es serio para mí. No he estado por ahí follando con otras ni nada por el estilo.
Se me hunden los hombros. —No lo decía con esa intención. Lo siento.
Él asiente y su pulgar roza la piel sensible de mi muñeca en una caricia suave. —Está bien.
Desvío la mirada, resistiendo el impulso de huir al otro lado de la cocina. No creía estar molesta porque simplemente hubiera desaparecido durante días de forma tan inesperada, y no lo estoy. Ni enfadada ni molesta.
Pero eso ha hurgado en una de mis heridas de la infancia siempre presentes.
Siempre me ha parecido un cliché. Una pobre niña rica cuyos padres adinerados no la abrazan lo suficiente. Nunca quise alimentar ese tópico, pero eso no significa que no fuera cierto.
Mis padres no me abrazaban. Casi nunca. Menos mal que existía Nana Jo.
Y supongo que no me había dado cuenta de cómo podría afectarme eso en una relación.
Uf, me estoy adelantando otra vez. No sé muy bien qué nombre ponerle a esto que hay entre nosotros, pero hay una parte de mí que no puede evitar sentirse un poco culpable.
Porque no puedo dejar de pensar en Bane, que juro que es el doppelgänger perdido de mi hombre misterioso.
Y también en el paseo en moto con Silas. Quiero decir, ¿quién podría culparme?
Me aclaro la garganta y escaneo distraídamente el contenido de la nevera. —Además, eres libre de hacer... lo que sea, ya sabes. Nunca le hemos puesto una etiqueta ni nada parecido.
Su mano libre me rodea la mandíbula y gira suavemente mi rostro hacia el suyo.
Su expresión es tensa y está más serio que nunca.
—Déjame que le ponga yo la etiqueta por ti, nena.
Eres mía, ¿vale? No me importa cómo me llames.
Tu novio, tu hombre, tu puto marido. Me da lo mismo, siempre que sepas que soy tuyo.
Parpadeo con la garganta seca ante su inesperada declaración. Mi corazón revolotea dentro del pecho, como si le hubieran brotado unas alas delicadas que aún no sabe usar.
Abro la boca en un intento de responder, pero Nova se inclina y se traga mis palabras con un beso. No llega a profundizarlo y se aparta después de unos instantes. Siento el calor floreciendo en mis mejillas.
—¿Te sirve así? —pregunta con la mirada intensa.
Asiento, recuperando por fin la voz. —Sí. Ahora bésame.
Nova ríe entre dientes, con un sonido bajo y ronco. —¿Estamos mandonas, eh?
Me pongo de puntillas, subiendo la mano por su pecho para agarrar la tela de su camiseta, y presiono mis labios contra los suyos. Sus labios se curvan en una sonrisa contra los míos. Solo dura un segundo antes de que él tome el control del beso.
Sabe a luz de luna y a promesas oscuras, y yo me pierdo en él.
Da un paso hacia mí y yo retrocedo un paso, con el frío de la nevera a mi espalda. Es el contraste perfecto al calor que desprende Nova. Me dejo llevar por el enredo de nuestras lenguas y por la forma en que ladea mi cabeza para profundizar nuestra conexión.
Demasiado pronto, se separa. Apoya su frente contra la mía y murmura: —Si no paro ahora, voy a olvidar que tenía algo planeado para nosotros y te cargaré al hombro para llevarte arriba ahora mismo.
Abro los ojos lentamente, con la bruma de la lujuria rodeándonos. —Si estás intentando disuadirme, no está funcionando.
Retrocede, alejándome de la nevera sin soltarme la muñeca. —¿De casualidad no habrás encontrado una nevera portátil por aquí el otro día?
Arqueo las cejas, con la curiosidad despertada. —Sí, encontré un par. Y una térmica también. —Miro la bolsa de patatas fritas que hay detrás de él, sobre la encimera.
—Dime dónde está y la cogeré.
Ladeo la cabeza y lo miro. La emoción se agita en mi vientre; destellos de anticipación me recorren la espalda. —¿Qué tramas? ¿Y necesito cambiarme?
Me observa despacio, pasando la yema del pulgar por su labio inferior. La piel me quema como si me hubiera tocado, y parece tardar una eternidad hasta que su mirada vuelve a encontrarse con la mía.
—Estás perfecta, cielo —dice con voz ronca.
Mi corazón revolotea ante sus palabras y no puedo evitar sentir que estoy cayendo cada vez más profundo por él. Lo observo mientras cruza la cocina a grandes zancadas, con su cuerpo irradiando confianza y poder.
Mi mirada se clava en su culo, porque maldita sea cómo le quedan los vaqueros a este hombre. Sinceramente, bromeaba cuando pensaba que había algo en el agua de Rosewood, pero cuanto más tiempo paso aquí y más veo, menos convencida estoy de que no sea verdad.
—¿La nevera, Evangeline? —Hay diversión en su tono y levanto la vista para descubrir que me mira por encima del hombro.
Cazada.
Sonrío y meto las manos en los bolsillos de mi vestido. Es un vestido veraniego de lino, informal, de tirantes y de color azul océano, que me llega a mitad del muslo.
—En el pasillo de atrás. ¿Vas a decirme ya a dónde vamos?
—Nop. —Sonríe y desaparece por el pasillo trasero, dejándome a merced de mi curiosidad e imaginación.
Me encantan las sorpresas, y Nova tiene una forma de hacer que todo parezca una aventura.