Tentación (Rosewood 1) 32 Evangeline
65%

32 Evangeline

TREINTA Y DOS

EVANGELINE

Camino por Main Street, en dirección a la cafetería. Tengo ganas de darme un capricho y, aunque al final me lo pasé de maravilla la última vez que estuve en The Wild Boar, sé que Nova no está aquí. Y eso le quita parte de la gracia.

Por derecho, debería estar cansada. Por muy bien que me lo haya pasado hoy con Hunter, ha habido un hilo de ansiedad constante que me ha acompañado todo el día. Es desconcertante saber que alguien te está observando.

Así que llamo a la única persona que sé que siempre está dispuesta a celebrar con comida y dulces. Cora responde al segundo tono.

—¿Dónde estás? —le pregunto, con un entusiasmo literal en mis pasos.

—Estoy en casa. ¿Por qué?, ¿dónde estás tú? —pregunta Cora. Parece ocupada, como si estuviera caminando por su casa o algo así.

—Estoy en el centro. ¿Quieres que quedemos para tomar un café?

—Cariño, por favor —dice con un bufido—. No todos podemos tomar un espresso a medianoche y dormirnos veinte minutos después.

Sonrío, sin inmutarme por su descaro. —Vale, ¿entonces cenamos?

—Claro —dice, alargando la palabra—. Estás terriblemente animada. ¿Qué pasa? ¿Has encontrado el tesoro secreto de Nana Jo o algo así?

Me detengo en la esquina, esperando a que parpadee la señal de cruzar. —¿Nana Jo tiene un tesoro secreto?

Cora suelta una carcajada, ligera y musical. —No, estaba bromeando. Pero en serio, ¿a qué viene ese buen humor?

Iba a esperar a verla para contárselo, pero esto también sirve. Quizá tener un poco de tiempo para que se le pase el fastidio inicial le venga bien. —He encontrado un trabajo que creo que va a ser perfecto.

—¡Oh, genial! Es una noticia fantástica. Ahora podrás quedarte en Rosewood para siempre —dice canturreando la última palabra.

Suelto una risita y miro al otro lado de la calle a toda la gente que hace cola en Uncle Harry's Custard. —Siempre estás buscando formas de retenerme aquí.

—Obvio —dice con naturalidad.

—Voy a ser la niñera del nieto de Dixie.

Ella me lo propuso cuando llevé el coche el otro día, y hoy he pasado toda la tarde con él.

Ha sido como una especie de entrevista práctica de prueba.

—Hago una pausa, sonriendo al recordar la cara radiante de Hunter cuando convertimos el patio trasero de Dixie en una pista de obstáculos—.

Ha sido muy divertido. Y Hunter es adorable.

Estoy tan absorta en mi felicidad que tardo un segundo en darme cuenta de que ella no ha dicho nada.

—¿Cora? —Retiro el móvil para asegurarme de que seguimos conectados. Todavía tengo cuatro rayas de cobertura—. ¿Hola?

—¿Te das cuenta de para quién vas a trabajar de niñera? —La voz de Cora alcanza ese tono agudo que me indica que está a un paso de caer por el precipicio de la incredulidad en el que se tambalea.

Sin embargo, ya sabía que reaccionaría así de fuerte. Sus sentimientos sobre los Reapers en general son de sobra conocidos. Así que dejo que la crítica me resbale con un encogimiento de hombros.

—Sí, de Hunter —le digo, pero me distraigo con la figura familiar que camina hacia mí.

Pelo corto y oscuro, tan oscuro que desde la distancia parece negro. Alisado al milímetro y cayendo justo por debajo de la barbilla en un bob muy chic. Una blusa negra con suaves volantes en el cuello, metida por dentro de unos pantalones negros de pernera ancha e impecablemente rectos.

Me pierdo lo que sea que diga Cora, porque allí, al otro lado del paso de peatones, está mi hermana.

—Voy a tener que llamarte luego. —Retiro el teléfono de mi oreja y mi pulgar se dirige directamente al botón de finalizar llamada.

La voz descontenta de Cora es lo último que oigo antes de colgar.

El semáforo se pone en verde, aparece el símbolo de peatones y mis pies me llevan rápidamente al otro lado de la calle. Mis pensamientos en torno a mi hermana son complicados en el mejor de los días y dañinos en el peor.

—Lizzie —la llamo antes de salir del paso de peatones.

Ella cruza los brazos con fuerza sobre el torso. Las puntas de sus uñas de gel francesas se clavan en sus bíceps.

—Elizabeth —espeta, con la cabeza bien alta para poder mirarme por encima de sus enormes gafas de sol negras y, literalmente, por encima del hombro.

Cinco centímetros más alta y dos años mayor que yo, mi hermana Elizabeth se parece más a mi madre de lo que yo jamás lo haré. Fría, calculadora, implacable en su profesión.

Cuando éramos mucho, mucho más jóvenes, ella era Lizzie, mi amiga. Pero aquello no duró mucho.

Ni siquiera sé por qué sigo intentando aferrarme a esa versión olvidada de ella. De nuestra relación. A veces me pregunto si me lo inventé todo, como los niños solitarios que tienen amigos imaginarios.

Mirándola ahora, somos extrañas.

Dos mujeres nacidas de los mismos padres y a kilómetros de distancia la una de la otra.

—¿Qué haces en Rosewood, Elizabeth? —Hago lo posible por mantener la voz serena.

—Estaba de gira por Europa cuando se leyó el testamento de la abuela. Este es el único momento en el que he podido volver. —Agita los dedos en el aire, manteniendo los brazos fuertemente cruzados.

—Ah, vale. Bueno, me alegro de que hayas podido volver. —No sé qué esperaba. De verdad que no lo sé.

Aunque eso no es del todo cierto.

No sé por qué, pero supongo que pensaba que estaba aquí para verme. Como si tal vez se hubiera enterado de que me quedaba en Rosewood y quisiera verme en el territorio más neutral que hayamos tenido nunca.

—¿Es eso todo lo que tienes que decir? —Lizzie levanta una ceja muy por encima de sus gafas de sol, con la voz destilando condescendencia.

—¿Qué quieres que diga? —pregunto, dejando traslucir mi frustración.

Chasquea la lengua mientras me mira fijamente, supongo. —Quiero que me digas por qué la abuela te dejó Magnolia Lane cuando mamá me la prometió a mí desde que tenía ocho años. ¿Tienes idea de cuánto dinero vale? —Está casi echando chispas al final de ese discursito.

Seguro que le horrorizaría saber que tiene una vena pulsando en la sien ahora mismo.

Suspiro, sin dejarme impresionar por sus numeritos. Mi hermana es una violinista de fama mundial. Tiene tanto talento que las compañías compiten por la oportunidad de pagarle miles y miles de dólares para que haga giras con ellos. ¿Qué demonios le importa el dinero?

—No lo sé, Lizzie —digo, con la voz cargada por el peso emocional que siempre parece tener cuando ella está cerca.

—Elizabeth —ladra, enfatizando su nombre.

Continúo como si no me hubiera interrumpido: —Mamá no debería haberte prometido algo que ni siquiera era suyo para empezar. Yo ni siquiera lo sabía hasta que el señor Robert me lo dijo.

Ella bufa. —Claro, estoy segurísima de que la pequeña señorita perfecta, inocente y dulce Evangeline no tenía ni idea, ¿eh?

Sus palabras son hirientes y su expresión parece tallada en piedra, afilada con la intención de causar el mayor daño posible.

Aprieto la mandíbula e intento contener la ira que burbujea en mi interior. Siempre ha sido así con Lizzie. Siempre tiene que encontrar la forma de hacerme sentir pequeña, como si yo fuera un estorbo.

—¿Qué quieres de mí?

—Quiero que me des Magnolia Lane. Debería ser mía. Me la merezco —dice con voz firme. Echa la cabeza hacia atrás y baja los hombros como si esperara que yo cediera de inmediato.

—¿Qué? —balbuceo, abriendo mucho la boca—. No voy a hacer eso.

Ella da un paso adelante, como si pretendiera intimidarme. —Es lo que hay que hacer. ¿Y no es eso lo tuyo?

Niego con la cabeza, con los ojos nublados por el brillo de las lágrimas. Odio que sea así conmigo. Y odio que la respuesta de mi cuerpo a la rabia extrema sean lágrimas. Como si eso hubiera ayudado alguna vez a alguien.

Ella bufa y se echa hacia atrás. —Uf, no empieces a llorar. Puede que eso funcionara con la abuela, pero ya sabes que soy inmune a tus numeritos.

Me enderezo y la miro. La miro de verdad. Está delgada, demasiado delgada probablemente. Gracias a cualquier dieta de moda que mi madre le esté imponiendo últimamente. Su pelo parece más apagado de lo habitual y las puntas no tienen el mismo corte a navaja de siempre.

—No son numeritos y yo no soy tu enemiga. No puedo cambiar el testamento de Nana Jo y tú tampoco. Esos eran sus deseos, Lizzie.

—No tengo tiempo para esto. Tengo ensayo esta noche. Ya sabes, para la gira mundial que he interrumpido por un momento para venir a este pueblo de mala muerte. Tendrás noticias de mis abogados, Evangeline.

No ha escuchado ni una palabra de lo que he dicho. Nada nuevo.

La veo alejarse, con sus tacones de suela roja haciendo clic sobre el pavimento. El corazón me late con fuerza en el pecho; la rabia y el cansancio crecen hasta convertirse en una ola que apenas puedo contener.

Ya no tengo humor para celebraciones; mi hermana lo ha aplastado con éxito con su rabieta. Ni siquiera tuve oportunidad de preguntarle qué le dejó Nana Jo a ella.

Da igual. Apuesto a que Cora puede enterarse sin que ninguna de las dos tengamos que hablar con Lizzie.

Mañana se lo preguntaré. Esta noche, lo único que quiero hacer es volver a casa y seguir con el maratón de mi nueva serie favorita de moteros.

Al darme la vuelta para marcharme, noto a un hombre de pie en la esquina, mirándome intensamente. Es alto y de hombros anchos, con el pelo rubio arena y unos ojos azules penetrantes. Hay algo en él que me produce un escalofrío.

Puedo sentir su mirada sobre mí, como un depredador evaluando a su presa. Mi instinto es darme la vuelta y alejarme, pero una parte de mí está lo suficientemente enfadada como para hacer algo impulsivo.

Me doy la vuelta y camino hacia él. No doy más de tres pasos antes de que él se suelte del poste de la luz y camine a paso ligero por la calle, alejándose de mí.