Tentación (Rosewood 1) 31 Evangeline
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31 Evangeline

TREINTA Y UNO

EVANGELINE

Me paso las manos por el suave tejido de mi falda larga negra. Ya he comprobado un par de veces que mi camiseta estaba bien antes de salir de casa. Con mi suerte, sería capaz de salir con un gran manchón de pasta de dientes en mitad del pecho.

No sabía qué ponerme para una entrevista informal para un puesto de niñera con la mujer que solía ser la mejor amiga de mi madre. Quien, además, resulta ser la dueña del taller donde arreglaron mi coche.

Y que, al parecer, es la reina de los Reapers.

Sinceramente, ni siquiera sé qué significa eso, pero Cora insistió en que Dixie es como la abeja reina. Así que, ya se sabe, eso no hace más que alimentar mi ansiedad.

Pero aquí estoy.

Nerviosa y un poco sudada, pero aquí estoy.

Su proposición de ayer me pareció más un trabajo de ensueño que otra cosa. ¿Pasar el rato con Hunter y ganar más dinero en una semana de lo que ganaba en un mes en mi puesto junior en Pine Valley Design?

Pan comido.

Me encantan los niños, y este niño en particular era bastante fácil. Pero estar sentada en una pequeña oficina viendo una película de Disney dista mucho de lo que haríamos juntos la mayoría de los días.

De ahí la entrevista de prueba.

Me muerdo el labio mientras la inseguridad flota a mi alrededor, convirtiendo mi ansiedad en una pelotita. ¿Quizá debería haberme puesto unos pantalones cortos vaqueros en su lugar?

No, esto está bien. Llevo unas mallas de ciclista negras debajo, y siempre puedo anudar los lados de la falda, a cada lado de la abertura, si lo necesito. Quedaría un poco ridículo, pero dudo seriamente que a un niño de cinco años le importe demasiado.

Subo las escaleras de la casa de estilo granja gris y blanca que se encuentra más al fondo de lo que Dixie llamó «El Recinto». Como si su vecindario tuviera un título oficial o algo así.

Es una casa preciosa con un porche delantero espacioso adornado con un par de sillas y algunos cactus en macetas. La puerta cruje al abrirse antes de que llegue a llamar, y Hunter aparece al otro lado de la mosquitera, sonriendo de forma tan radiante y amplia que se le hinchan las mejillitas.

—¡Eve, lo has logrado! —exclama.

Sonrío, sintiendo que parte de mi ansiedad desaparece. —No me perdería por nada un día para pasar el rato contigo.

Él pega la nariz a la red metálica. —Abu dice que vas a cuidarme hoy porque ella tiene que ir a que le pongan un hombro nuevo pronto. Porque se rompió el suyo.

Suelto una risita y me balanceo un poco sobre los talones. —Bueno, eso es verdad. Tu abuela tiene que operarse del hombro pronto, lo que hace que le resulte difícil hacer todas las cosas divertidas que quiere hacer contigo. Por eso me pidió que viniera.

Hunter asiente con la cabeza, bajándola despacio como si lo estuviera meditando.

—Vale. ¿Quieres jugar a los coches conmigo?

¿O a pescar cartas? ¡Ah, ya sé, deberíamos jugar en el patio de Abu!

Tiene el mejor columpio en el árbol. Es mucho mejor que los columpios del parque.

Abu también tiene muchas películas aquí.

¡Podemos ver una y luego cantar juntos! —Apoya las manos en la mosquitera, con las palmas planas junto a la cara— ¡Bailemos juntos!

Me río. Su entusiasmo es contagioso. —Eso suena a un montón de cosas divertidas. ¿Quizá deberíamos hacer una lista?

—Hunter Alexander St. James, sé que no estás empujando mi mosquitera otra vez, ¿verdad? —Oigo el regaño de Dixie antes de verla.

La respuesta de Hunter es instantánea. Se aparta de la mosquitera como si fuera a quemarle, dando un salto hacia atrás. Se esconde las manos tras la espalda y gira para mirar a Dixie. —¡Lo siento, Abu!

Dixie aparece entonces, con su cabello rubio recogido en una pinza en la nuca. Lleva una camiseta de tirantes negra con caída, leggings negros y sandalias negras. Su ropa será oscura, pero su sonrisa es soleada y brillante.

Lanza una mirada con los labios apretados a su nieto, que la mira con expresión contrita. Me da la sensación de que este es un tema recurrente por aquí.

—Pasa, cariño —dice, abriéndome la puerta de tela metálica—. Charlemos un poco antes de que Hunter te robe por el resto del día.

—Voy a preparar mis coches —dice Hunter por encima del hombro, corriendo ya por el pasillo.

Sigo a Dixie al interior, fijándome en el acogedor salón con un mullido sofá seccional gris y un televisor grande en una pared.

—Vayamos a la cocina. Espero que te guste la limonada con té dulce. Acabo de preparar una jarra fresca —dice, lanzándome una sonrisa sobre el hombro.

—Me gusta. —A Nana Jo le encantaba esa combinación y, aunque es un poco dulce para mí, no voy a rechazarla ahora.

La cocina es luminosa y espaciosa, con armarios blancos, encimeras de cuarzo y una isla enorme en el centro. Hay una mesa de granja rústica de madera clara en la zona de comedor junto a la cocina, con un banco y sillas a juego. Es lo suficientemente grande como para sentar a doce personas.

Y acabo de darme cuenta de que, en realidad, no tengo ni idea de quién es el padre de Hunter ni de cuántos hijos tiene Dixie. Ni siquiera se me ocurrió acribillar a Cora a preguntas para obtener la información.

Pero eso ha sido sobre todo porque la he estado evitando. Solo un poquito. Soy terrible guardando secretos y rara vez le oculto nada.

Pero no le dije que venía aquí hoy.

Tal como yo lo veo, no tiene sentido ponerla nerviosa si la cosa no termina funcionando.

—Siéntate. —Dixie da un golpecito en el respaldo de un taburete de la isla antes de rodearla para ir al otro lado.

—Ah, claro, gracias. —Saco el taburete, me acomodo la falda bajo el trasero y me subo a él.

—Nuestra situación es un poco complicada, como supongo que imaginarás —dice, apoyando las manos abiertas sobre la isla.

No estoy segura de entenderlo, así que no digo nada. Ella debe de leerlo en mi expresión.

Ella sonríe. —¿Sabes quién es el padre de Hunter?

Me ruborizo y me siento un poco tonta ahora por no habérselo preguntado a Cora. —Sinceramente, no, no lo sé, lo siento. Supuse que lo conocería hoy.

Ella asiente y su sonrisa se ensancha. —Él no estará aquí hoy, pero espero convencerte para que vuelvas mañana.

Suelto una risita. —Tengo intención de volver, Dixie.

—Espera a que Hunter te traiga de aquí para allá toda la tarde. Ese niño tiene más energía de la que tuvieron mis hijos jamás. —Lo dice con cariño, como si no le importara demasiado en realidad.

—Bueno, tendré que pensar en algunas cosas para quemar energía —reflexiono, con la mente ya divagando en todas las cosas que voy a buscar en Google cuando llegue a casa.

—Muy bien, cariño. Por ahora, cuidarás de Hunter en mi casa mientras os vais conociendo. Estaré por aquí si necesitas algo. Y luego mi hijo concretará el horario contigo en los próximos días.

Asiento varias veces. —Todo eso me parece bien.

Ella se aparta de la isla y se ocupa sirviendo dos vasos de limonada con té helado.

—Aquí tienes, cariño. —Coloca un vaso alto frente a mí.

Acepto el vaso. —Gracias. Y gracias por esto —le digo, trazando un círculo con el dedo en el aire para englobar el hecho de estar aquí.

—Faltaría más. No exageraba cuando decía que Josephine te ponía por las nubes ante todo el que quisiera escucharla... e incluso ante los que no.

—¡Muy bien, Eve, ya tengo todos mis coches alineados en mi habitación! —exclama Hunter mientras corre por el pasillo, dirigiéndose directamente hacia mí.

—Viene tan a menudo que convertí uno de mis dormitorios libres en uno solo para él —dice ella por encima del borde de su vaso.

Me duele el corazón de la mejor manera; el afecto de Dixie es evidente en todo lo que hace por Hunter. Me recuerda un poco a cómo era Nana Jo conmigo. Y eso hace que les coja más cariño todavía a su familia.

Dejo el vaso en la isla y me giro hacia Hunter. —Espero que tengas un Escarabajo, porque tengo la idea perfecta para una exhibición de coches.

Hunter desliza su manita en la mía y prácticamente me arrastra por el pasillo, haciendo ese movimiento de saltito emocionado y tirón durante todo el camino.

Y el corazón me duele un poquito más.