29 Evangeline
VEINTINUEVE
EVANGELINE
Gira la cabeza hacia la izquierda y mi boca roza su cuello. Un hormigueo se extiende por mis labios como un incendio forestal e inhalo con brusquedad.
—Silas —dice él con voz grave.
—Silas —repito suavemente. Sale como un susurro y estoy casi segura de que no me oye.
Lo cual es bueno. No hay necesidad de añadir más incomodidad a todo este intercambio.
Se me calienta la cara cuando pienso en la forma en que me pilló mirando su moto con descaro. Tenía mucha curiosidad, no parecía haber nadie cerca y nunca me había tomado el tiempo de mirarla antes.
Cuando Dixie me ha dicho que pediría a alguien que me llevara a casa mientras mi coche se quedaba aquí, me esperaba a alguien... diferente.
Definitivamente no a este monumento de hombre.
En serio, con el sol a sus espaldas, proyectando largas ondas de calor sobre todo a su paso, parecía una especie de dios de los chicos malos cruzando el aparcamiento para corromperme por completo.
Y yo iba a dejar que lo hiciera sin la menor duda.
Obviamente. Quiero decir, me ha ofrecido llevarme y apenas le he dejado terminar la frase antes de aceptar. Casi no me importa lo ansiosa que me hace parecer.
Ahora estoy convencida de que hay algo en el agua de Rosewood. Hay demasiados hombres guapos por aquí. La mayoría parecen estar vinculados a los Reapers, así que quizá sea cosa de las motos. Quizá ese sea mi tipo y he estado persiguiendo a los hombres equivocados todos estos años.
Él no conducía una moto, me recuerda mi mente de forma servicial.
Sacudo la cabeza, ahuyentando todos los pensamientos de mi hombre misterioso. No hay lugar para él ahora mismo, no cuando quiero darle a Silas toda mi atención.
Dios, ese nombre. Me sale de la lengua como una oración, y me pregunto ociosamente cómo sonaría en una situación muy diferente.
Cambio el peso con cuidado y apoyo las botas en los pequeños estribos. Miro de un lado a otro, buscando las barritas. ¿No se supone que también hay asideros en esta cosa?
—¿Estás bien? —pregunta él con voz profunda.
—Sí, solo me preguntaba de dónde se supone que tengo que agarrarme. —Sigo mirando hacia los lados, con el pelo cayéndome y bloqueándome la visión.
—Agárrate a mí —dice con brusquedad, colocando mi palma en su costado—. Estarás bien.
Asiento, agarrando los costados de su camiseta con ambas manos mientras arranca la moto. Puedo sentir el calor de su piel a través de la tela, y deslizo los dedos apenas un centímetro arriba y abajo. Una descarga de electricidad me recorre y se me quedan los dedos quietos.
Las vibraciones nos recorren a ambos, un zumbido constante que se siente extrañamente erótico entre mis piernas. O quizá sea porque últimamente paso demasiado tiempo dándole vueltas a la cabeza.
Él hace retroceder la moto hasta que estamos de espaldas al taller antes de soltar finalmente el embrague y arrancar impulsándose con un pie.
Avanzamos despacio por los aparcamientos conectados, deteniéndonos antes de la acera en la salida del taller. Baja la pierna al suelo mientras esperamos a un puñado de coches que vienen por la izquierda.
La anticipación se gesta en mi estómago, enviando pequeñas burbujas que flotan por mi cuerpo. Aprieto los muslos. Reajusto mi agarre en su camiseta y él suelta un bufido.
Gira la cabeza y me coge las manos, tirando de ellas hasta que descansan en sus abdominales. —Más fuerte, Evangeline. Muévete conmigo. Con la moto, quiero decir, y estarás bien.
Respiro hondo y asiento, con el pecho ahora apretado firmemente contra su espalda.
Suelta el embrague y nos incorporamos al tráfico. Avanzamos por la calle, lo bastante rápido como para sentir el viento tirando de mi pelo, pero no tanto como para estar aferrada a su espalda como una clase de mono.
Miro de izquierda a derecha, fijándome en toda la gente que hay alrededor. Rosewood es, con diferencia, la ciudad más activa en la que he estado nunca. Siempre hay gente de un lado a otro, paseando por el centro, jugando en los parques y en la playa.
La mano de Silas roza mi muslo, captando mi atención de inmediato. Gira la cabeza hacia mí. —¿Lista? —pregunta, alzando la voz.
—Siempre.
Me inclino más y extiendo los dedos sobre sus abdominales. Y luego hago todo lo posible por no pensar en que parece que tenga una tableta de chocolate debajo de la camiseta.
El motor ruge mientras aceleramos. Giramos a la izquierda, alejándonos del centro, y un momento después, la carretera de dos carriles se convierte en una autovía de cuatro.
El viento azota a nuestro alrededor y siento una ligereza en el pecho que no sentía hace años. La moto se inclina en cada curva y puedo sentir el poder del motor debajo de mí.
Una carcajada brota de mí como la pelusa de un diente de león, dispersándose a nuestro paso.
—¡Dios mío! Esto es increíble —grito.
Mi sonrisa es tan amplia que me pinchan un poco las mejillas. Pero no me importa. ¿Qué es una pequeña molestia comparada con esta sensación increíble?
El mundo a nuestro alrededor se desdibuja mientras volamos por la autovía, al menos así es como se siente. Siento que tengo una experiencia extra corporal, flotando muy por encima del suelo y simplemente dejando que los vientos me lleven.
Observo cómo los árboles se difuminan, una ola verde de vida en movimiento. Y de repente me invade la gratitud.
Escondo la cabeza tras su ancha espalda, apoyando la mejilla en su omóplato y cierro los ojos. No es que pueda sentirlo realmente con el casco entre nosotros.
Por un momento, olvido dónde estoy y con quién. Olvido mi complicada relación con mis padres y la deteriorada relación con mi hermana. Olvido que me despidieron la semana pasada y que Nana Jo me dejó, y que he estado a la deriva desde entonces.
Todo lo que conozco es el calor del cuerpo que tengo delante, protegiéndome, y la sensación de ingravidez que hace que mi alma se sienta ligera.
El aire es rico en el aroma de enebro y madreselva. El sol calienta, pero no es insoportable sobre mi piel.
Esto... esto es lo que se siente con la libertad.
Él acaba aminorando la marcha y abro los ojos para descubrir que hemos llegado a las afueras de la ciudad. Entra en una pequeña zona de descanso y se detiene en una plaza de aparcamiento junto al borde.
Sus pies calzados con botas caen al pavimento, y su mano izquierda se estira hacia atrás para apoyarse en la mitad de mi muslo.
Jesús, qué manos más grandes tiene. Su pulgar se desliza entre mi pierna y su cadera, y su mano cubre casi todo el costado de mi muslo. Me hace sentir segura y femenina.
Los callos de su palma me raspan, pero es de esa forma agradable. Como la barba de unos días rozando la delicada piel de mis muslos internos.
Mantiene la palma ahí y el corazón me da un vuelco. El hormigueo brota bajo su contacto, salpicando y hundiéndose en mis venas.
La sensación es casi abrumadora, me tiemblan los muslos. Su pulgar se mueve en pequeños semicírculos, recorriendo la piel sensible de la parte exterior del muslo.
—¿Estás bien?
—Me siento increíble. Eso ha sido... —me quedo callada, incapaz de encontrar la palabra adecuada para lo maravilloso que ha sido.
Muevo los dedos sobre sus abdominales y noto cómo se contraen. Probablemente haya sido un movimiento involuntario, pero no puedo resistir el impulso de hacerlo de nuevo. Solo por ver qué hace.
Mis dedos se agitan un poco y su mano libre cubre las mías con un gruñido bajo, deteniéndolas.
—Ya basta de explorar por hoy —dice. Juraría que su voz es más profunda que hace dos minutos.
Me muerdo el interior de la mejilla y asiento. —Vale.
—Dime adónde tienes que ir —exige.
Ah. Es verdad. No estamos dando una vuelta por puro placer. Me está llevando a casa porque mi coche está en el taller.
Me aclaro la garganta. —Ah, esto, vivo en Magnolia Lane. La casa blanca grande con el garaje para tres coches y el porchecito.
—Sí, la conozco. —Me da dos golpecitos en el dorso de la mano—. ¿Necesitas un descanso?
Niego con la cabeza. —Estoy bien.
Su otra mano deja la mía para agarrar el manillar, pero deja su palma rodeando mi muslo durante todo el trayecto hasta mi casa.